Fungi Natur. Cultivo artesanal de setas en el bosque

Hacia dónde dirigir la mirada? Hacia dónde la energía? Podemos patalear mucho muchísimo si centramos nuestra atención en las atrocidades cometidas por nuestra especie. Pataleemos lo que haga falta, porque es necesario. Pero… patalear sólo es una parte, y ni siquiera la más importante. Pataleando se destruye… se destruyen los posos de ira y se destruye la creencia en la impotencia.

Y luego qué? Luego se genera el espacio suficiente para poder crear, y para eso la mirada ha de dirigirse necesariamente hacia dentro y, por tanto, hacia la tierra. La energía irremediablemente irá detrás.

Me encanta ver a ejemplares de Homo Sapiens hacerlo… Crear, convivir, cuidar, respetar, entregarse a los dictados de la tierra. Se me eriza la piel y humedecen los ojos, o lo que es lo mismo: me emociona intensamente. Y hay muchos ejemplos encantadores de enorme impacto local y, por ende, global. Porque aquella semilla que germina en un rinconcito terráqueo, poquito a poquito brota en otro, crece en otro más y termina por expandirse como sólo la vida puede hacerlo, acunando al corazón en la nana de la esperanza.

Hoy no puedo hacer otra cosa que compartir contigo uno de esos ejemplos encantadores que emocionan, que ilusionan, que restablecen la esperanza e iluminan la mirada. Y este ejemplo tiene el nombre de Fungi Natur. Se trata de una de esas formas de vida/trabajo que va mucho más allá del simple rendimiento económico. Porque sí, Fungi Natur es una empresa que brinda a sus aliadxs/clientes diferentes delicias fúngicas y también la posibilidad de iniciarse en la simbiosis con el bosque para parir setas o, lo que es lo mismo, kits de autocultivo para que tú mismx inocules troncos en el bosque y puedas degustar shiitakes y namekos de producción propia.

Pero además de una empresa, también es un equipo humano al servicio del bosque, cuya misión es cuidarlo, mimarlo, protegerlo y preservarlo, probablemente la necesidad número 1 de nuestro tiempo, porque cuidar el bosque conlleva cuidarlo todo: lo que rodea sus raíces, lo que se alza sobre sus copas, lo que bucea en el inmenso mar, lo que refulge en medio de la Tierra y lo que brilla sobre ella en toda su variedad de formas, esa exquisita biodiversidad de la que formamos una pequeña parte.

La convivencia con el bosque asturiano de Fungi Natur es un regalo cuyas consecuencias son armoniosamente positivas. Por qué? Porque el bosque/escenario del trabajo/vida de este equipo es continuamente enriquecido por sus labores de aclareo y poda, que suponen una parte de la intensa gestión forestal sostenible que realizan en él, actividad necesaria para poder preservar nuestro legado frente a las amenazas que acechan en forma de incendios, deforestación, cultivo de especies para la industria maderera (sobre todo pino y eucalipto, tremendamente vulnerables al fuego y muy exigentes en recursos hídricos), y un sinfín de posibilidades fruto de la voracidad de la vida moderna, del despoblamiento rural y de la masificación urbana (entre otros!)

Y este trabajo conservacionista es clave en el proyecto Fungi Natur, pues la producción de distintos tipos de setas (reishi, shiitake…) se realiza en las condiciones que éstas necesitan para proliferar, es decir, al aire libre, en un bosque sano y respirando la atmósfera perfecta para crecer y poder ofrecernos todas las virtudes escondidas en sus pequeños cuerpecitos: aportación proteica y de minerales, interesante apoyo al sistema inmune y belleza. Mucha belleza!

Fungi Natur cuida y protege, apoya y gestiona, imita los propios procesos de la naturaleza fundiéndose en ella. Recupera con su acción diaria la esencia que nos define, pero que a veces olvidamos bajo el asfalto, en los tubos de escape y en la absurda enajenación propia de nuestros tiempos. Como especie somos víctimas de nuestro propio declive, pero iniciativas como Fungi Natur nos recuerdan el inmenso poder que tenemos sobre nuestro propio rumbo y el rumbo de todo aquello de lo que dependemos… la tierra.

Así que sí, la fijación de población en el medio rural es posible y la vuelta a la tierra es imprescindible. Fungi Natur es fiel ejemplo de ello a través de un proyecto de vida/negocio asentado en los valores del respeto y el amor a la tierra. Una propuesta que tiene cabida en el mercado y posibilidad real de marcar la diferencia a través de la apuesta por la coherencia y la simbiosis con el bosque, por el circuito corto y la relación directa entre productor y consumidor/a. Una aventura que enamora e invita a soñar con pequeños habitantes mágicos, como duendes y gnomos aliadxs del bosque, misionerxs de la tierra.

La historia es preciosa y tú también puedes formar parte de ella con tu energía en cualquiera de sus formas, aunque fundamentalmente es la económica la que están solicitando en este momento. Y es que aunque el bosque sea un regalo, en el contexto en que vivimos tiene propietarixs humanxs que, según las reglas del juego, ponen un precio a la tierra. Y ese precio hay que pagarlo en euros para poder darle continuidad al proyecto, seguir produciendo alimentos medicinales, mantener el mimo hacia el bosque y consolidar puestos de trabajo dignos. Te parecen pocos motivos?

Con esta noble intención, Fungi Natur lanza su propia campaña de crowdfunding y así reunir los fondos suficientes para dar este paso necesario y deseado. Si te enamora tanto como a mí este proyecto, puedes colaborar con él de varias maneras:

Independientemente de que decidas o no apoyar este proyecto de alguna de las formas propuestas, me siento muy agradecida de poder compartir contigo la existencia de esta bella forma de vida, porque es alentador saber que contamos con manos fuertes protegiendo nuestra tierra, animadas por corazones palpitantes de voluntad que humildemente crean un mundo más acogedor. Y sabes? Estés donde estés, tú también puedes honrar la tierra con tus decisiones y acciones, porque cada unx de lxs seres que habitamos este hogar albergamos en nuestro interior su vibrante semilla… porque tú y yo somos bosque.

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Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa

– Ave María purísima

– Sin pecado concebida

– Madre, perdóname, porque he pecado.

Sí, has pecado tantas veces que no hay penitencia disponible, ni perdón divino que te libere de tu cruz… O sí?

Y es que eres culpable. Culpable de hablar cuando el silencio era la mejor respuesta, y culpable de callar cuando tus palabras encerraban el potencial de ofrecer un impacto positivo. Culpable de echarte en el sofá cuando la vida requería de tu acción, y culpable de llevar tu cuerpo a la extenuación. Culpable de atracarte a dulces, y culpable de conducirte a la inanición. Culpable de tus fracasos, y culpable de tus éxitos.

Y sabes lo que implica la culpa? Exacto, un castigo. Y ese castigo llega en forma de autofustigamiento mental y/o físico. Y no hay rosario que valga, pues tu verdugx siempre tiene la guadaña afilada, la guillotina a punto, el látigo preparado y el insulto en la punta de la lengua. Tenazas, cuchillos, jaulas y poleas. No hay instrumento de tortura que se le resista, los domina todos, y con todos te hace jirones, te desgarra y te desangra.

Pero… De verdad crees que es necesario? Por muy gordo que sea eso que has hecho o dejado de hacer, crees que la culpa podrá enmendar tu crimen? Esa compañera, fiel amante de tu verdugx, tiene una doble misión capaz de convertirte en lo que no quieres conocer.

Por un lado, te encarcela en el pasado. Y el pasado… no es el presente. Es precisamente el presente, AHORA, el momento en el que mayor es tu poder. Es AHORA cuando estás respirando y AHORA cuando estás sintiendo culpa por algo que el tiempo cada vez sitúa más lejos. Y es verdad, el tiempo ofrece perspectiva, y con perspectiva puedes entender a tu yo del pasado, que es necesariamente distintx a tu yo del presente. Ubicar la mente en el pasado (momento sobre el que no tienes poder), implica irremediablemente desalojar el presente (momento sobre el que sí tienes poder). Y el presente empieza donde estás y como estás, independientemente de lo que haya pasado o dejado de pasar.

Por otro lado, y muy vinculada a la primera misión de la culpa, te encuentras con su segundo dardo envenenado: identificarte con tu yo del pasado. Ese yo que hizo o dejó de hacer algo que te pesa tanto que se te olvida caminar, que te hunde en el barro de tus remordimientos. Ese yo que murió junto a sus cagadas… si tienes el valor de permitírselo. Y es que ya no eres esa persona que se equivocó, sino otra nueva cuya sabiduría aumenta cagada tras cagada, y acierto tras acierto (de nuevo, si tú se lo permites). Y necesitas equivocarte para tolerar mejor las equivocaciones ajenas, para desterrar el juicio de tu mente y de tu lengua, para entender que tus debilidades se manifiestan igual que las del resto, para sentir esa compasión amorosa propia de las altas esferas del/la Homo Sapiens (y hablo de compasión de la güena, la que acompaña y acaricia, no de la chunga, la que escupe desde arriba).

Y es que en esta cultura nuestra en la que nos postramos frente a la figura de un hombre esquelético y moribundo (Jesús, si me estás leyendo, sabrás entenderme… Tus enseñanzas son supercañeras! Pero no la lectura que con los siglos hemos ido haciendo de ellas), y en la que salimos a las calles con flagelos y cilicios, la culpa tiene una tribuna de honor en el espectáculo de nuestras vidas. No es tan fácil patearle el culo y echarla del show. Pero… pero puedes sentarte frente a ella, mirarla a los ojos y desentrañar sus verdades y mentiras. Puedes arrimarla al bando de lxs aliadxs, y olvidarte poco a poco de ese bando formado por “enemigxs”.

Y es que la culpa ofrece muchas bondades que no puedes ignorar. Te indica claramente cuáles han sido los pasos que menor coherencia han supuesto con quien eres realmente. Te susurra la urgencia de reorganizar tus prioridades y de ser fiel a lo que en el fondo siempre sabes que es lo mejor. Te anima a confiar en ti, porque sabe que tú puedes. Te recuerda que tus errores son parte del proceso, y que mientras tu corazón siga bombeando sangre, tú tienes que seguir viviendo y entregando tus dones.

Gracias culpa! Ahora que esta antigua compañera te ha brindado las lecciones que tenía guardadas para ti, es importante rescatar toda tu atención para depositarla en una de las certezas más intrínsecas (y aterradoras! Aaaahhhh!) que tienes: eres libre. Crees que no, pero sí. Y esa libertad que rezuma cada poro de tu piel es tan poderosa que rompe cada una de las cadenas que tú creías que debías sostener, entre ellas, la tan citada culpa. Si ya has escuchado todo lo que tenía que contarte, para qué seguir arrastrándola? La culpa tiene su parte maja, pero también es muy muy muy cansina. Así que… gracias culpa, pero hasta que no tengas nada novedoso que contar, este viaje es más liviano sin ti.

“Jo… Y ahora qué? Con lo mal que lo he hecho!” Vale, lo que tú quieras, pero no necesitas castigarte más. Dónde estás AHORA? Con quién? Cuál es el presente que te rodea? Quién eres tú en este momento? Dedícate las respiraciones que hagan falta para darte cuenta de lo que este AHORA te ofrece. Celebra esos pequeños detalles ajenos a aquello por lo que te mortificas. Están ahí para ti, para que aprendas a quererte y a tratarte con mimo. La Tierra sigue girando, incansable, y tú giras sobre ella, vivx.

Tómate tu tiempo, tampoco necesitas cargar con la prisa. Tienes por delante un indeterminado número de segundos, minutos, horas, días, meses y años. Dales el valor que se merecen. Y observa con calma qué sucede dentro, qué sucede fuera. Hay situaciones que ya conoces, ya has pasado por ellas (quizás incluso muuuuuuchas veces).

Si sientes que no vales nada… puedes volver a meterte en la cama de la primera persona que te guiñe un ojo. Si sientes el desasosiego arañarte las arterias… puedes volver a fumarte un chino. Si sientes rechazo hacia el reflejo que el espejo te devuelve… puedes volver a vomitar la cena. Puedes volver a repetir el mismo bucle toda la puta vida, pero… Te está aportando algo? Te está llevando hacia la vida que quieres? Es ese el trato que merece el/la niñx que sigues siendo, aunque toque disfrazarse de adultx? Si la respuesta es SÍ, creo que no es el momento para estas conversaciones. Pero sí la respuesta es NO…

Puedes decidir! Puedes invocar al perdón e invitarlo a un viaje al pasado, allí donde parte de tu yo del presente todavía tiene echada el ancla. Déjales encontrarse, que se den la mano y que se entiendan en aquel momento que ya pasó, pero que todavía tiene cierto poder sobre tus poderosas alas (esas que te hacen libre, incluso de tus inercias más peleonas). Decide perdonarte. Decide volver a decidir. Decide arriesgarte a quererte y a probar una nueva respuesta. Decide explorar nuevos caminos… decide incluso abrir caminos vírgenes campo a través. Decide apostando por lo mejor, pero preparadx para lo peor. Decide descubrirte en cada decisión. Decide amar lo que ERES.

Crónica de una nevada anunciada

Hasta dónde? Cuál es la apuesta máxima? La vida siempre plantea situaciones en las que hay que arriesgar. Unas veces el juego se presenta potente e implica inversiones muy altas. Otras es suficiente con una inversión mínima en la que la “pérdida” sea asumible. Y jugamos todo el rato. Unas veces midiendo, y otras veces sin medir.

Estos últimos días fueron muy intensos en lo que a jugar se refiere. Me he visto atrapada en la duda, y resolví apostando por la incertidumbre… Esa compañera siempre presente en los caminares de cualquiera. Ese asumir que no tengo ni pajolera idea de lo que va a pasar, pero con la certeza de que en algún momento lo sabré y me veré obligada a tomar más decisiones… Quién sabe si acertadas o erradas. Decisiones, al fin y al cabo, movimiento.

Aposté. Aposté soñar con una vida libre. Sigo apostando, pero con unas cartas distintas a las que tenía hace unos días. Aposté subir montaña arriba y explorar mi naturaleza más silvestre, y gané demasiado como para querer renunciar a ello al primer traspiés. Pero las dificultades siempre se presentan y todxs y cada unx de nosotrxs intuímos cuáles pueden llegar a ser los riesgos de nuestras propias decisiones. En mi caso, mi mayor temor desde hace meses era la nieve. Sabía que en invierno llegaría, pero los partes meteorológicos comenzaron a anunciarla para ya, otoño, la estación que en el calendario viene representada por una hojita marrón. Una hojita que se desprende de su árbol para que éste pueda resistir el invierno con mayor éxito. Pero a la hojita no le dio tiempo a caer… Y el copito de nieve, ese símbolo que representa el invierno en el calendario, llegó dos meses antes de que su estación predilecta diera comienzo.

Que viene, que viene! Bromeé con lxs vecinxs del pueblo diciéndoles que prepararan la pala. Honestamente, no pensaba que en el pueblo fuera a hacer falta la pala, aunque sabía que yo sí la necesitaría en la montaña. Bajar o no bajar? He ahí la cuestión. Busgosu se cerró rotundamente a esa opción. Donde yo veía riesgos, él veía soluciones, así que decidí compartir esa decisión: una “cata de invierno”, me decía a mí misma. Así sabría de primera mano si era o no viable prolongar mi estancia en la montaña, o si por el contrario era mejor pasar los meses fríos en el pueblo. En realidad… ya tenía la respuesta: es demasiado desgaste pelearse con la nieve teniendo una alternativa en la que la lucha con la dama blanca es más ligera.

Aún así, arriesgué. Cuando le pedimos aprendizaje a la vida, ésta nos lo brinda en su siempre abundante generosidad. El viernes anunciaban lluvias, pero no llovió hasta la noche. Me animé. “Ves como exageran?” Aún así, dormí muy poco porque estaba nerviosilla. Busgosu quedó en el pueblo. Había evento y sus madre y padre participarían también, así que decidimos que lo mejor era que lxs acompañara, que disfrutara de ellxs y que aprovechara al máximo cada momento a su lado. Su padre está enfermo, su madre desbordada y él confundido con ese “extraño” que llegó con fuerza a la vida familiar con clara intención de quedarse y alterar el orden de las cosas.

Sábado por la mañana. Estoy aburrida de dar vueltas en cama, y me da la impresión de que debería haber más luz de la que hay. Enciendo el farolillo y enfoco a las claraboyas… Ahí la tienes! Pensaba que llegaría por la tarde, pero a las 8AM ya tenía 5cm de nieve. Bueno! Por la noche es más fácil que cuaje. Mi mente buscaba continuamente excusas que me evadiesen de lo evidente. Pero 5cm no es nada! Después de la comida, subiría Busgosu y venceríamos juntxs la incertidumbre con una tacita de cacao calentito.

Así que me decidí a iniciar mi particular protocolo de día de nieve. Abrí la puerta a las cabras, les llené el comedero de rama de haya y fresno, limpié su claraboya para que les entrara luz, limpié también la única de las de casa a la que tenía acceso desde una escalera, recogí alguna cosilla antes de que la nevada me la escondiera del todo, quité la nieve del pseudoinvernadero que improvisó Busgosu para proteger los semilleros de brócoli y repollo, coseché todas las calabazas (creo… cuando se derrita la nieve ya sabré si supe acordarme de dónde estaban todas), retiré la nieve de la placa solar y busqué la manera de proteger las miniplacas a las que enchufé los farolillos y la batería externa. Di las otras tres vueltas que me pareció y decidí prender el fuego fuera para desayunar. No me quería perder el espectáculo.

La nieve ofrece una doble cara de mucho contraste. Es bella, relajante, elegante y silenciosa. Es mágica, pura, embriagadora y magistral. Pero también es difícil, fría y moja mogollón. Lo sepulta todo bajo su peso y modifica el paisaje haciéndote perder las referencias que hasta ese momento te permitieron orientarte. Y yo la veía caer, preciosa, y mi cuerpo se relajaba con su suave movimiento. Sabía que cada uno de esos delicados copos suponía una pizca más de esfuerzo para cualquier tarea que me propusiera, pero era tan sedante contemplarla, tan hipnótica…

Repetí varias veces a lo largo de las horas mi particular protocolo de día de nieve, preparé la comida (está vez dentro) y serré leña como casi todos los días. La jornada transcurrió un poco diferente a las demás, pero con la aplastante normalidad de un día cualquiera, a pesar del sobreesfuerzo que suponía cada paso, a pesar de tener que quitarme y ponerme ropa a cada rato (esto me da una pereza… nunca entenderé cómo hay personas que se van de compras para relajarse).

Me dieron las 7, y las 8, y las 9… Yo seguía sola. Mi ánimo comenzó a cambiar. A pesar de la crudeza de la situación, la expectativa de verme acompañada me hacía verlo todo más fácil. Otro día me hubiera dado exactamente igual quedarme sola, de hecho me gusta. Pero justo ese día, con una capa de nieve cada vez más gruesa, cuando era yo la que había propuesto bajar, y él el que había propuesto quedarnos… Pues como que me puse de muy mala hostia. Le di una oportunidad a la preocupación antes de permitirle a mi hígado ponerse a escupir bilis como un géiser. Afortunadamente, conseguí llamar por teléfono a la madre de Busgosu (él lo tiene estropeado). Y la información que recibí no me gustó nada: a pesar de que sus padre y madre ya habían abandonado el evento por temor a la nieve que comenzaba a cuajar en el pueblo, Busgosu se quedó allí celebrando con el resto de vecinxs.

Entonces sí. Me abrí a la decepción, a la rabia, al dolor. Me sentí abandonada, menospreciada, olvidada… Me sentí caer en el victimismo. Y no. Mi vida tiene mucho más valor del que me estaban demostrando, así que comencé a desarrollar un plan B que me permitiese empezar de 0 en otro lugar, sola, con mis mismas ilusiones y mis mismas inquietudes. Y lloré. Últimamente lloro lo que nunca me permití llorar, y eso me gusta. Todo lo que sale fuera, deja de engordar esas bolas dolorosas que colapsan abdomen, garganta y/o pecho. Y así como hay cabida para la risa, también la hay para el llanto o la ira… Porque estoy viva, y la vida emociona.

Dejé que lxs perrxs entrarán dentro de casa, que se cobijaran del frío al lado del fuego. Él no hubiera querido, pero… Acaso estaba allí para contradecirme? Noe y yo nos fuimos para cama y pegamos nuestras espaldas para darnos calorcito. Jeti roncaba desde la planta de abajo, transmitiendo una calma que agradecí enormemente.

Pensé que podía haber bajado al pueblo por la mañana, o por la tarde! Pensé que podía haber hecho las cosas diferentes, pero no contaba con su ausencia, que me dolió más que una capa de 2m de nieve. Estaba perdida y no sabía muy bien qué hacer. Esperaba que él subiera pronto al día siguiente por la mañana, pero habiendo fallado una vez… Quién me decía a mí que no fuera a fallar otra? Me costó mucho dormir. Respiré profundo por la nariz y agradecí que mi catarro me dejara un poco de tregua. Esta inesperada hostia resultaba difícil de gestionar y no entendía nada.

Cerré los ojos y me centré en los sonidos de la noche… Y escuché que fuera de mí sucedía lo mismo que sucedía dentro: todo se desmoronaba. La nieve había caído con arte durante todo el día y había formado una capa nada desdeñable. Los árboles, vestidos todavía con su hoja otoñal, eran más vulnerables al peso de su asesina blanca… Y se caían, y se rompían, y se morían. Una vez más, el bosque y yo configurábamos la analogía perfecta.

Pero bueno! A pesar del miedo, decidí que mi historia no merecía tanto dramatismo. Por la mañana, no sabía muy bien qué hacer, pero necesitaba gritarle a ese hombre que no tenía teléfono, necesitaba creerme con valor aunque me hubieran hecho sentir como una mierdecilla. Necesitaba claridad en un momento de mucha confusión. Esa mañana, mi compañera nívea ya me llegaba a la altura de la cintura en algunos sitios, y seguía nevando… y seguiría nevando al día siguiente. La previsión era de 23cm de nieve a los 1100m, un grosor de muy fácil gestión, pero lo que tenía delante era mucho más. Me sorprendió mucho porque suelen anunciar más de lo que suele suceder, y esta vez fue al revés (nota mental: los partes meteorológicos no son mucho de fiar). Además, los sonidos de la noche eran ahora visibles a mis ojos: árboles rotos, ramas de todos los grosores por todos lados… camino bloqueado.

Qué hago? Qué hago? Qué hago? No me quiero quedar, pero no sé si es buena idea bajar. Me quedo? Tengo leña, comida para mí y para lxs animales, pero no sé para cuánto tiempo… Y esto va a seguir creciendo un día más, para luego ir derritiéndose poco a poco, dependiendo del sol y las lluvias. Vamos, que aquí hay tema para largo.

Llamo a la madre de Busgosu, a ver si tenemos noticias. No, no las tiene. Lo que sí tiene son los nervios destrozados. Ella pensaba en mí, y yo en las cabras. Esas cabras que ya no eran mi rebaño, ya no eran mi historia… Pero unas cabras a las que no podía dejar de querer de un día para otro.

– Mando a alguien a buscarte? A Fulano? A Mengano? – me preguntaba llorando (ay, las mamis… Qué papelones os hacemos pasar…)

No! No me apetecía ni lo más mínimo protagonizar una historia de damisela en apuros.

– Aunque parezca una florecilla delicada, soy más fuerte de lo que crees.

Y tomé la decisión de bajar con toda la familia. Di ocho vueltas de pura tensión, recogí cosas sin darme mucha cuenta de dónde las colocaba y… “Busgosa, si bajas, baja. Deja de dar vueltas.” Gorro, guantes, cuerdas alrededor de los tobillos… Cogí la mochila y prioricé lo que me pareció más importante: mis cuadernos, el móvil y Noe, mi gatita guerrera. Cogí mi vara y empecé a silbar para poner en movimiento a toda la tropa. Las cabras no tenían muchas ganas de salir fuera con la que estaba cayendo. Grité, grité mucho. Recordé que hacía un par de días le había confesado a Busgosu: sabes lo que más miedo me da? Tener que bajar con una nevada del copón con todas las cabras tiritando de frío.

Y me tocó. Me tocó enfrentarme a lo que más miedo me daba, con un añadido con el que no contaba: sola. Las cabras son animales rústicos, pero este rebaño de murciano-granadinas es más frágil y delicado. Salomé estuvo enferma hacía poco y no estaba segura de que estuviera lo suficientemente fuerte como para sobrevivir a esta travesía. Las podía dejar arriba, pero no sabía si subir y bajar a diario sería lo suficientemente llevadero en esas condiciones, como para que la opción valiese la pena. “Bajamos, chicas.”

Y emprendimos la marcha. Pensé en el mar congelado que se extendía alrededor de mí y recordé que el agua simboliza las emociones… Emociones congeladas por todas partes, y si no te mueves, te atrapan y te congelan entre ellas. Movimiento!

Me hundía a cada paso y se me pasó por la cabeza todo lo que tendría que caminar en esas circunstancias antes de llegar al pueblo. Un camino, por largo que sea, comienza con un paso. Y cada paso que daba, era un paso más cerca de mi destino, más lejos de una historia que escribía FIN en los renglones de la nieve.

La primera vez que mi cuerpo se quedó hundido, sentí impotencia, frustración e incluso miedo. Pero mi plan era bajar, y lamentándome no lo iba a conseguir, así que me retorcí y contorsioné todo lo que hizo falta hasta que fui capaz de salir del agujero. En el resto de los agujeros en los que mi cuerpo se hundió, la sensación de agobio ya no tenía el mismo poder sobre mí. De peores agujeros hemos salido ya…

Avancé unos 150m de pendientes nevadas, cuando lxs perrxs salieron disparadxs a no sé dónde, dejando de ayudarme a abrir camino con sus saltos. Me tocaba a mí romper, pero las cabras se entretenían comiendo ramas allí donde las encontraban, así que tenía que desandar mis pasos para animarlas a seguir el viaje de descenso. Repetí la operación varias veces, hasta que paré para pensar si era o no la mejor opción bajarlas conmigo. Decidí dar vuelta y dejarlas en la cuadra, lo que implicaría subir a diario para alimentarlas y ordeñarlas. Yo no lo iba a hacer…ya no eran mis cabras. Comencé el regreso a la cuadra cuando de repente oí silbar. Eran los silbidos de Busgosu.

– Cabrooooooooon! – grité.

Y volví a cambiar de rumbo, tan indecisa como sólo yo podía estarlo, con mi menstruación a cuestas.

– Dónde estaaaaaaaaaaaaas?

– Subiendo, y tuuuuuuuuuuu?

– Bajandooooooooo!

Momento conversación de besugos. Qué ganas tenía de verle y gritarle, de insultarle, de decirle verdades, de reprocharle y de mandarlo a la puta mierda. Y por fin lo vi, con paso lento, ropa empapada, manos temblorosas y rostro de pánico. Liberé un poco de mi tensión acumulada con gritos y aspavientos. Pero aterricé en el momento en el que estábamos: seguía nevando, las cabras tiritando de frío, el camino estaba muy obstaculizado por árboles caídos y mi sentido de la orientación se sentía confuso al no encontrar las mismas referencias en mi ruta de siempre. El paisaje era completamente desconocido. No podía quedarme allí quieta y Busgosu estaba en pleno colapso emocional.

– Yo bajo

Y mis pies comenzaron a desandar el camino de Busgosu. Él vino conmigo, las cabras también, lxs perrxs aparecieron corriendo y Noe maulló dentro de mi mochila. El mundo adquiría un poco más de orden de repente. Busgosu no estaba en su mejor momento, el ascenso había sido muy exigente a nivel físico, mental y emocional. Pero yo sentía un fuego interno que me sorprendía que la nieve no se derritiera a mi paso.

Reanudamos la marcha teniendo que reptar, saltar, gatear… Una pista americana “versión snow”. Cada paso era la motivación suficiente para dar el siguiente. Pero cuando al cabo de un rato vi hacia atrás, sólo me seguían 5 cabras y ningún humano. Lxs perrxs iban y venían jugando, pero me faltaban dos miembros de la expedición: Salomé y Busgosu. Llamé, esperé y comencé a desandarme para comprobar que todo iba bien. Pero no todo iba bien. En seguida me encontré con Busgosu arrastrando a Salomé. Sus patas habían dejado de obedecer y no la dejaban avanzar. Decidimos dejarla en la cuadra de Rober, un poco más abajo. Allí podría descansar, guarecerse y reponerse… Si es que ese era su destino. Me entraron ganas de llorar al verla despedirse de su vida… Y la culpa me tiró de las orejas, colgándose de ellas para hacerme más pesadxs los días y las noches.

Una de las cuerdas que sujetaban mis pantalones a los tobillos estaba deshilachada y en torno a ella se iba generando continuamente una bola de nieve, cada vez más grande. Me hacía gracia, aunque me pesara y me molestara. Me recordaba a esa bola que llevaban lxs rexs… Y me sentí identificada como la prisionera de mi propia necedad. A Lana también le pasaba lo mismo que a mí pero en su cola, que movía con la misma ligereza de siempre. De vez en cuando, deshacía mis pelotas y las suyas, para volver a cargar con ellas a los dos segundos. Cuando me quise dar cuenta, me faltaban una cabra y un humano: Desi y Busgosu. Esperé en un cruce su llegada, imaginándome lo que estaba sucediendo. Y aparecieron. Desi no parecía tan débil como Salomé, pero también le costaba mucho andar. Decidimos dejarla en la cuadra de Ramón, un poco más abajo.

Y nos cruzamos con el primer ser humano del día que, con hacha en mano, se disponía a atender a las vacas de su padre. Poco después nos cruzamos con un quad, en el que viajaban otros dos ganaderos. No iban a llegar muy lejos con el quad pista arriba… El camino ahora estaba más transitado, y era más fácil. Proseguí con lxs animales mientras Busgosu se desviaba para llevar a Desi a la cuadra. Ahora que nos acercábamos a los primeros asentamientos humanos, me acordé de que Jeti era “peligroso” y le silbé para que se acercara y poder llevarlo así con la correa.

Mientras sacaba a patadas la nieve de la primera cancilla que tenía que abrir para llegar al prado en el que nuestrxs animales se iban a quedar, llegó Busgosu. Continuamos hasta el prado, donde Margarita y Nerona se paseaban tranquilas. Todxs volvieron a su antigua casa después de 4 horas de descenso.

Y lxs busgosxs nos fuimos para la nuestra. Atravesamos el pueblo nevado. Algunxs de lxs visitantes del fin de semana no podrían volver a sus casas de la ciudad. Lxs ganaderxs tendrían en adelante duras jornadas de trabajo y lxs niñxs se iban a poder librar de ir al cole. En el pueblo también cayeron árboles por doquier. Quedaba mucho trabajo por delante.

– Hombre! Montañeros! Bajasteis por la nieve? – preguntó Pedro.

– No, es que echa un programa muy guapo en la tele y nos apetecía verlo – contesté.

– Pues estamos sin luz – fulminó él.

Nada más llegar a casa nos sacamos rápido la ropa helada y nos fuimos juntxs a la ducha calentita. Mientras nos caía el agua por encima, pensé que juntxs las putadas no son tan gordas, que nuestras fuerzas se multiplican cuando las compartimos… y que la adversidad es una maestra capaz de rescatar de nuestra ignorancia las fortalezas que creíamos no poseer. Y a veces pasa aquello que creíamos que era lo peor que podía pasar… Y jode mucho, pero tus pulmones siguen demandando aire, y tú se lo tienes que dar. Y es verdad que hay días de mierda… Pero con el tiempo te das cuenta de que romperte en mil pedazos es una dolorosa pero efectiva manera de recoger todas tus piezas del suelo y colocarlas donde deberían estar… Allí donde te quieres más.

La explosiva abundancia de pequeñas cosas

Son casi las 4AM. Hoy lo de dormir está siendo un poco complicado porque tengo un catarro considerable que me lo está impidiendo. Aún así, resulta muy agradable enfocar el oído en los sonidos de la noche, dominados por un silencio genérico del que van brotando matices encantadores cuando la cabeza mareada me permite ser consciente de ellos: el constante chorro de agua que hace rebosar el abrevadero, alguna cencerra grave de las vacas del prado de al lado, alguna cencerra aguda de nuestras cabras descansando en su cuadra, mis estornudos (estos no son sonidos tan “encantadores”, pero forman parte igual que el resto), una lechuza lejana…

Hoy “duermo” sin compañía humana, pues Busgosu se quedó en el pueblo para ir tras la pista de Margarita y Nerona, nuestras mula y burra fugitivas (oooootra vez…) Esto plantea la ventaja de poder manifestar mi ruidoso e inquieto catarro sin alterar el sueño de nadie. Además, tengo la gran fortuna de poseer un objeto vital: un farolillo eléctrico cuya batería se recarga con el sol, lo que me facilita escribir o leer aún siendo de noche. A pesar del frío, que ya empieza a dejarse notar (aunque las noches aquí siempre son fresquitas), cuento con un montón de ropa y mantas que otras personas fueron desechando (cortesía del espíritu consumista que impera en nuestra sociedad). Y por si esto fuera poco, tengo a mi disposición un sistema inteligente de calefacción independiente que va recorriendo mi cama con ronroneos y suavidad extrema: mi pequeña Noe, la siamesa cazarroedorxs.

Mañana por la mañana me espera una sesión intensa de gimnasio gratuito: bajar leña del monte, cortarla y apilarla. Parece ser que este finde tendremos muy muy muy mal tiempo. Anuncian viento, tormenta y nieve a 800m para el sábado y a 600m para el domingo. Aquí superamos los 1100m, así que me va a tocar tragármelo casi fijo (contaba con ello para invierno, pero no para otoño!) Temo no estar preparada para afrontarla, pero si no es muy prolongada, puede resultar más o menos “fácil”. Afortunadamente, los árboles todavía conservan gran parte de su hoja, así que puedo alimentar a mis rumiantes si el suelo se cubre de nieve. Sólo tengo que pasear mi catarro bajo la tormenta de vez en cuando para rellenarles el comedero con ramas de haya, roble, fresno o cualquier otro caducifolio. Las cabras son animales sumamente adaptativos en lo que a la alimentación se refiere, y eso me encanta.

Después del gimnasio, bajaré al pueblo para pegarme una ducha calentita y marchar a “trabajar”. Ahora que no tengo acceso a la ducha igual que antes, se me presenta como uno de esos pequeños placeres reconfortantes de la vida. Cuando se convierte en una rutina diaria, corre el riesgo de hacerte olvidar todo el confort que te brinda. Una ducha caliente supone una oda a la gratitud, de verdad. Desentumece tus músculos tensos por el frío, arrastra toda la mierda que cubre tu cuerpo (bueno, es que en mi caso suele ser mucha, teniendo en cuenta que me paso el día rebozada en tierra, y le pongo miramientos 0 a hacer la croqueta donde y cuando me da la gana), te masajea con mimo como un/a amante cariñosx y te confina en su presencia alejando temporalmente las preocupaciones y los tormentos diarios. Y si eres de lxs que canta en la ducha como yo, ofrece un valor añadido inconmensurable.

Las pequeñas cosas… La paz nocturna, prolongar la actividad diurna a través del sol recolectado en un farolillo, un libro estimulante cortesía temporal de la biblioteca, un cuaderno con páginas en blanco y un boli con tinta, papel para poder sonarme los mocos, una compañera felina con funciones de estufa, liberar tensión (y frío!) a través del movimiento, la disponibilidad de combustible renovable, una tierra fértil proveedora de alimento, un paseo por el monte, una ducha calentita, canciones que cantar… Estamos rodeadxs de motivos por los que agradecer continuamente. Pero a veces lo olvidamos y ponemos el foco en el problema, el conflicto o el miedo. Y ojo! Hay que hacerlo! Hay que poner el foco en el problema, el conflicto o el miedo, porque hay que encontrar soluciones que poner en marcha. Pero también hay que desenfocar el problema, el conflicto o el miedo para no ahogarnos en ellos, y así poder apreciar esa explosiva abundancia de pequeñas cosas que lo hacen todo más fácil, armonioso, bello y/o coherente con tu proyecto vital. Esa explosiva abundancia de pequeñas cosas que a veces pasamos por alto porque tenemos la fea costumbre de darlo todo por hecho, olvidando toda la energía que fue necesaria para que esas pequeñas cosas llegaran a formar parte de nuestras vidas.

Especialistas en la queja, damos la espalda a la gratitud. Y otra vez… necesitamos la queja! Aligera nuestros pesares al compartirlos y nos pone en movimiento. Y yo me quejo bastante… Que si las babosas que se comen las verduras del huerto, que si la industria del carbón y su influencia en la emisión de gases de efecto invernadero, que si los conflictos armados, que si los intereses de la industria farmacéutica, que si mi falta de constancia, que si los despistes de Busgosu, que si el uso de herbicidas y plaguicidas… Será por quejas! No me caben en los puntos suspensivos. Y nuestras quejas tienen un valor que no podemos obviar: nos unen, nos ayudan a tomar decisiones lo más coherente posible en cada momento, nos empujan a la lucha y al cambio, nos hace darle significado a la palabra “compromiso”…

Pero más importante es si cabe el saber agradecer. Agradecer nos permite fortalecer el vínculo con aquello que despierta nuestra gratitud, pone el foco sobre esa parte positiva en nuestras vidas, nos convierte en exploradorxs de lo grato y genera un mundo-hogar más acogedor. Agradecer el sol, el aire, el agua y la tierra. Agradecer la compañía y la soledad. Agradecer el incansable ingenio humano buscando siempre la forma de hacer la vida más fácil. Agradecer la belleza manifiesta allí donde mires. Agradecer aquello que nos hace daño, aunque quizás haga falta tiempo para desenmascarar el por qué de la gratitud en estos casos. Agradecer profundamente nuestras raíces. Todxs lxs que por aquí pasaron antes que nosotrxs merecen nuestra gratitud por habernos facilitado las condiciones que hoy conocemos (alimento, cobijo, vestido, energía, comunicaciones, arte y un etc infinito). Y es que todxs contribuímos a nuestra manera a brindar motivos de gratitud. Sencillamente, no podemos pasarlo por alto. Entre todxs, somos capaces de llenar los días y las noches de esa explosiva abundancia de pequeñas cosas que nos entrenan en el noble arte de la gratitud.

Vive, por favor

Sabes? Debe de haber cientos de temas sobre los que hablar por aquí. O miles. O millones! No a todo el mundo le seducen las mismas historias. Es obvio. Y la verdad es que estoy muy lejos de intentar complacer a todo el mundo. Ni puedo, ni tampoco quiero. Qué me motiva a elegir un tema y no otro? Me limito a expresar lo que necesito, a conversar conmigo misma desde distintos niveles de profundidad. A veces floto en la superficie, otras me zambullo en lo más hondo de mí. Depende. Ni siquiera sé a dónde voy a llegar cuando cojo el boli.

Pero cierto es que con todo esto busco casi siempre ayudarme a mí misma. A veces me doy cuenta de que cuando me atiendo, también atiendo a otrxs, y eso me anima a quitarle el “mute” a mis historias y a compartirlas con lxs demás. Lo último que quiero ahora mismo es hacerme daño, y por extensión hacértelo a ti. Busgosa es para mí un puente a través del cual me transporto a un lugar donde tú y yo somos lo mismo, y eso me permite adormecer esa parte cabrona que censura mi corazón y entorpece mi lengua.

Toda esta larga intro es el preludio de un tema que me resulta espinoso, dolorosamente punzante. Mi madre me dijo que no utilizara este espacio para abordar este asunto. A veces tiene razón, y otras veces se equivoca. En este caso, no lo sé, pero voy a hacer lo que suelo hacer cuando una duda adquiere demasiado protagonismo dentro de mí: testarla, airearla, acompañar a mis pies cuando se echan a andar.

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Me gustan las historias rurales, en las que siento la hierba bajo mis pies descalzos y la inminente aparición de xanas y trasgos. No es este el caso. Hoy te traigo una historia un poco más urbana, más de humanxs y no tanto de cabras. Y es que aunque me guste menos, todas las semanas me quito un poco el olor a estiércol y polvo, me pongo ropa limpia y sin agujeros (o con agujeritos más pequeñitos) y cojo el tren de camino a la capital, donde intercambio un pedacito de mí por unos cuantos euros (vamos, lo que es un trabajo asalariado).

Jueves, 11 de octubre de 2018. 16.10h. El tren arranca puntual como de costumbre. Una mujer se sienta a mi lado y charlamos sobre las obras del ayuntamiento, peluquería y empanadas. Justo cuando entra en escena la empanada gallega de millo (maíz), el tren inicia el frenado de emergencia. La mujer que va sentada frente a nosotras exclama: “pillamos algo, no lo sentisteis?” Y yo qué iba a sentir, si estaba en plena traducción del recuerdo de mi paladar a palabras? La puerta de la cabina del maquinista se abre y el profesional sale de ella con paso nervioso y rostro desencajado. El revisor aparece con el mismo paso y rostro, encontrándose con el maquinista a mitad de pasillo. Intercambian susurros sudorosos y abren la puerta para asomarse al exterior.

Lxs pasajerxs guardan silencio, y la expresión facial de cada unx denota intriga, preocupación e incluso miedo. La mujer que va sentada frente a nosotras vuelve a exclamar: “ay madre, que pillamos algo!” Se levanta y se dirige al revisor, que tiene medio cuerpo fuera del vagón, y le pregunta: “se lanzó alguien a las vías, a que sí?” El revisor asiente con la cabeza. La mujer con la que charlaba sobre empanadas le pregunta entonces: “y vive?” El revisor niega con la cabeza, desnudando sus ojos azules para cantar en silencio sobre el sufrimiento humano, entonando el estribillo de “no somos nada”.

Resoplidos, silencios, miradas desconcertadas… Un chico se pone sus auriculares, la mujer de en frente sale del tren para echar un pito, el maquinista entra al baño, la mujer de labios rojos llama por teléfono para avisar que llegará tarde… Poco a poco, todo el mundo va reaccionando a la situación, optando la mayoría por coger el teléfono y whatssappear con otra persona a la que necesitan para no sentir tan frío al fantasma de la muerte. Llegan la guardia civil y la ambulancia. El maquinista nos invita a abandonar el tren y esperar en el andén por el siguiente, sin sucumbir a la morbosa tentación de mirar atrás.

En Madrid el siguiente tren hubiera llegado en seguida, pero en Asturias no. Esperamos a nuestra manera, teniendo en cuenta lo que los acontecimientos despiertan en cada unx de nosotrxs. La mayor parte de los hombres permanecen taciturnos, intentando mostrar una indiferencia que algún gesto, tic o arruga desmiente. La mayoría de las mujeres se juntan en corros para desplegarse entre sí su arsenal de dudas: cómo es que no dejó una mancha de sangre en la cabecera del tren?, pero de dónde salió?, quién sería?, qué se le pasaría por la cabeza?

Yo siento que mi garganta es presa de una mano fuerte que aprieta con decisión. Tengo lágrimas en el pecho que despiertan sobresaltadas de su letargo. Y mi mente… Mi mente se ve invadida por los recuerdos. Todo mi cuerpo reacciona y me tengo que sentar. Saco el cuaderno de mi mochila y me pongo a escribir. Necesito ese rincón en el que volcar mi dolor y mi soledad. Me gustaría hablar con ese grupo de mujeres y explicarles qué se le pasa por la cabeza a un/a suicida, pero siento que mi voz se ahoga en un llanto mudo y libero mi energía en el papel.

Si tú también te preguntas qué se le pasa por la cabeza a una persona que se quita la vida, podría intentar hacer el ejercicio de transportarte a un lugar frío, inhóspito y desesperadamente oscuro. Podría hurgar en tus rincones más vulnerables y ser tan cruel contigo como un/a suicida lo es consigo mismx. Podría hacerte perder la fe y hundirte en el pesimismo más extremo. Podría empujarte a un agujero cenagoso en el que si peleas te hundes, y si te abandonas te hundes también. Podría describirte noches de insomnio en las que tu única obsesión sea dormir y no despertar más. Podría incluso introducir un mantra en tu cabeza que te arrulle con su potencial autolítico. Podría, pero ya no quiero. Quemé cuadernos enteros en los que expresaba precisamente eso continuamente. En una ocasión, mi profe de lengua del instituto me comentó tras leer una redacción mía: “qué bello, pero qué horrible!” Las letras siempre fueron mi refugio, me atrevería a decir que han sido mi salvación. Si alguna vez fui algo parecido a una poetisa, fue cuando más sufrí. Pero no necesito ser poetisa, no si el precio es despertarme cada mañana queriendo morir.

Así que si no sabes qué se le pasa por la cabeza a un/a suicida… genial. Eso quiere decir que, aunque hayas sufrido, no has tocado fondo. La vida es más liviana así, créeme. No hace falta que hagas el ejercicio de imaginarlo si no quieres, pero tampoco hagas el de juzgar si no has podido caminar con los zapatos del/la otrx. Respeta, comprende, acompaña. Sé que no es fácil, vi durante años la impotencia, la rabia, la vergüenza y la culpa dibujadas en el rostro de mi madre. A día de hoy, creo que no me equivoco si afirmo que le regalé la peor experiencia de su vida, precisamente aquella en la que tuvo que hacer acopio de más fuerza y paciencia.

Pero si sabes de qué te hablo, si sabes lo que es vivir bajo el castigo de una voz que te empuja a tomar acción en tu contra, si has visto latir tu corazón a través de la rítmica huida de sangre a través de tus muñecas rajadas, si te has despertado mareadx en un hospital tras un lavado de estómago, si hoy arrastras las secuelas de haber saltado desde tu azotea… Sigue leyendo, por favor, necesito hablar contigo.

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Sé que crees que no hay alternativa, que no hay palabra que arroje luz al pozo en que te encuentras, que tu decisión es firme… Sé que es insoportable, que no puedes más, que crees que el mundo ganaría con tu ausencia… Pero permíteme decirte, amigx, que estás equivocadx. Si quieres, podemos hablar de Darwin y su teoría de la evolución de las especies. Él afirmaba que sólo lxs más fuertes sobreviven. Y así es. Tú crees que se te habría confiado el privilegio (sí, la palabra es privilegio) de la vida, si no fueras capaz de defenderla? De verdad crees que, con lo difícil que es llegar hasta aquí, este no es tu sitio? Ya sé que hay infinidad de motivos por los que deprimirse y/o encabronarse, y es lo más natural del mundo sucumbir en algún momento, pero también los hay para celebrar la vida. Mereces estar aquí, la naturaleza no invierte sus recursos en crearte si no es así. Puede que no sepas qué hacer, pero eso nos pasa un poco a todxs aunque a veces no se note. La vida no viene con instrucciones para nadie.

Otra persona que dejó una huella importante: Krishnamurti. “No es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma.” Este señor de rostro compasivo te está dando la razón. Él sabía que las cosas no iban de la mejor manera, y hoy sucede más o menos lo mismo. Pero eso no quiere decir que la solución sea quitarte la vida. Él inició una revolución pacífica y nos anima a todxs a hacer lo mismo. La causa te necesita! No le des de lado. Y fue Gandhi quien dijo “sé el cambio que quieres ver en el mundo.” Sabía lo que se decía, y es que cualquier cambio que tú creas necesario fuera de ti, requiere que tus pasos se encaminen en esa dirección. Y ojo! Este hombre vivió unas circunstancias objetivamente difíciles, pero se aferró a algo más grande que él, a una causa en la que creía, a una misión que debía ser defendida y a una coherencia que le salvaría: ser el cambio que quiso ver en el mundo, la desobediencia civil a través de la no violencia.

Nuestro contemporáneo Dalai Lama: “si un problema tiene solución, para qué preocuparse?, y si no la tiene, para qué preocuparse?” Cuando tenía 16 años y zozobraba entre mis pensamientos y emociones, mi tío Julio me regaló un libro en el que este hombre especial hablaba sobre este tema y muchos otros. Seguí deprimida y tardé muchos años en salir del berenjenal en que me había metido, pero he de reconocer que la sencillez aplastante de esa afirmación me hizo dudar del sentido de mi estado de alienación depresiva… y sonreí. De vez en cuando, el Dalai Lama resonaba y resuena en mi mente y me recordaba y recuerda que debo involucrarme en las soluciones necesarias a las situaciones que se me han planteado y se me plantean, pero también debo aceptar que pierdo energía cuando pataleo frente a lo inevitable. Abandónate, pues, a lo que es, y aprende a manejar tus velas en función del viento. Es tu motor más importante, al fin y al cabo, los remos son una energía auxiliar que viene genial cuando el mar está en calma, pero no son tan efectivos cuando hay tormenta. Y tú y yo sabemos que este mar está lleno de tormentas, aunque no olvidemos que hay también periodos de calma en los que podemos achicar agua y reparar los desperfectos de nuestro barco… para después volver a remar en la dirección en la que nuestra brújula interna nos va dictando.

Te sientes solx e incomprendidx? Mira a las estrellas por la noche, calladitas y quietitas (en apariencia!) Habla con ellas. Llevan mucho tiempo dando vueltas por aquí y ya saben de sobra de qué va el rollo. Habla con el mar, habla con el fuego, habla con el viento pasajero. Su silenciosa compañía te brindará las respuestas que necesitas si logras entrenar el oído y hacerte unx con ellos. No estás solx… Afina el oído y escucha.

Sabes? El otro día en la estación de tren, me di cuenta de algo en lo que no había reparado demasiado hasta ese momento: el efecto que el suicidio tiene sobre lxs demás. Yo creía firmemente que le hacía un favor al mundo quitándome del medio. Todxs la cagamos alguna vez, a veces en forma de cagadita, otras en forma de cagadón. Pero ningún error, ni tampoco ningún defecto, ningún problema, ni el foco equilibrado hacia el lado de la catástrofe son tan grandes como para conducirte irremediablemente hacia el suicidio. Y sabes por qué? Porque somos un equipo. Somos un equipo diverso con multitud de aportaciones a la vida que compartimos. No aportes desesperanza, ni tampoco fatalidad. Ya sé que te cuesta ver más allá, pero déjanos a lxs demás ayudarte a hacerlo. Con tu suicidio nos lanzas un mensaje claro: está todo perdido. Y no, no lo está. Somos un animal sumamente sensible al contagio, así que busca aquello dentro de ti que quieras contagiar al resto. Busca en lxs demás, aquello que quieras que se te contagie. Cúidate mucho, rescata al/la niña que fuiste y trátalx con el mimo que se merece. Le harías daño a esx niñx? Le dirías esas cosas que te dices, o le harías las cosas que te haces? La vida está a tu disposición. Tu historia te está esperando. Descubre ese nicho de poder donde tu voz es más fuerte. Okúpalo y crece desde ahí. No hagas caso cuando te digan cómo vivir tu vida, porque sólo tú sabes cómo hacerlo. Materializa ese cuento del que siempre fuiste protagonista, pasito a pasito, sin prisas. Qué es lo peor que puede pasar? Ya sé que las aguas que te rodean están sumamente turbias y limitan tu campo de visión, pero reblandece esa coraza tuya que te impide conectar con esa parte oculta dentro de ti que ahora mismo me está dando la razón.

Da un paso hacia la vida. Todxs te necesitamos fuerte, porque todxs nos enfrentamos al mismo misterio. Cuántas fichas en esta partida tienes sin estrenar? Cuántas? Úsalas, por favor, son un regalo que se te ha confiado para que nos ayudes a ser mejores. Tenemos mucho que aprender de ti, bríndanos el ejemplo que sólo tú nos puedes mostrar. Únicx, no hay nadie como tú. No nos prives de tu luz, la necesitamos para encontrar la nuestra propia. Agárrate a aquello que te da la vida… Vuelve a coger esa armónica, da la vuelta al mundo haciendo autostop, esculpe con tus manos el universo que hay en tu interior, apúntate a esas clases de teatro, planta ese árbol, sostén esa mano, arregla la pata de la mesa, cose el botón del pantalón, dibuja eso que ves dentro de ti, juega con esx niñx, haz limpieza general en casa, pide perdón, perdona, cocina tu plato estrella y compártelo, poda el rosal, cántale una canción al cielo estrellado, acaricia a tu gatx… Te llegará el momento de morir, como a todxs lxs demás. No lo precipites, porque todo parece indicar, si me estás leyendo, que estás vivx. Y la vida, ese mientras que transcurre entre el nacimiento y la muerte, es una oportunidad única para experimentar, para crecer… Para manifestar lo que has venido a ser aquí.

 

Y aún en plena tormenta, puedes

Buenos días! Y lo de “buenos” quizá sea por eso de “a mal tiempo, buena cara”. Menudo temporal! Dormí como un tronco, pero al despertar la lluvia repiqueteaba sobre las tejas, el viento se me colaba hasta las cejas y me hacía llegar un montón de sonidos no identificados provenientes precisamente de ovnis: objetos voladores no identificados. Sabía que una vez levantada, me encontraría con las consecuencias del temporal. Sabía que las habría y que tendría que recoger, reconstruir y suspirar con resignación.

Tardé creo que bastante en levantarme. Estaba oscuro, hacía frío y el temporal no animaba demasiado a hacer nada concreto. Pensé en agarrar el cuaderno que descansa junto a mi cama, pero la verdad es que no me apetecía contar nada. Aparte de legañas, bostezos y pensamientos difusos, no tenía mucho más que compartir. Entonces oí “miau!”. Noe suele dormir conmigo, pero esta noche no sé dónde se metió. Miau!” Noe sonaba desde el tejado. Había un pequeño agujero desde el que conseguía colarse haciendo acopio de sus facultades felinas, pero decidimos taparlo por eso del frío, la lluvia… Esas cositas. Me levanté. Tenía ganas de saludar a la minina.

Capa, tras capa, tras capa. Llovía más de lo que pensaba, pero como tengo un poco complejo de anfibio, salí sin más. La gatina aprovechó la puerta abierta y entró en seguida, dejando sus huellitas húmedas en el suelo hasta ese momento seco. Una toalla en un charco, un paraguas abierto en todo el medio (que no sé muy bien de dónde salió), un canalón en una punta, un bidón en la otra, el “gorro ruso” arrinconado junto a un montón de piedras… Me tiré un buen rato buscando la tapa de la potita que uso para calentar la leche y que no le entre la ceniza dentro. Tardé, pero la encontré entre unas hierbas, acompañada de una pequeña babosa.

Decidí abrir la puerta de la cuadra para saludar a mis chicas, aunque conozco a estas rumiantes y sabía que no iban a poner una pata fuera. Así fue. Se incorporaron un poco, pero en cuanto vieron el percal, pusieron cara de “si acaso, luego”. Ni siquiera Niebla, la mastina cachorrona llena de vitalidad, se dio sus carreras matutinas. Hizo un pis express y se apostó frente a la puerta de la cuadra implorándome con su carita triste que detuviera el temporal. Más quisiera, guapa! Pero no puedo. Lo que sí pude fue darles de comer a todxs, excepto a las cabras, pues preferí esperar un poco a ver si amainaba y se animaban a salir a buscárselo ellas mismas. Siempre estaría a tiempo de cortarles un poco de rama de haya ahora que todavía tienen hoja.

Y me toca desayunar a mí! Pero descubro que estoy empapada, así que decido cambiarme y ponerme ropa seca. Esta vez, con ropa de agua por encima (decisión de sentido común, dadas las circunstancias). Desayuno… Tarea complicada con viento y lluvia. Pero bueno! No es la primera vez, ni será la última. Poco a poco, me convertiré en una maestra de fuego (más quisiera, pero soñar no requiere  inversión de euros). Así que… Mierda! Me dejé las cerillas fuera y, obviamente, están empapadas. Quedaron bajo techo, pero con el viento que sopló y sopla, llovió y llueve en horizontal, mojando cerillas, leña, asiento… Por suerte, tengo más paquetes dentro de casa. Pero quise retarme y prender así, objetivo que conseguí transcurrido un lapso de tiempo más corto de lo que esperaba. Ni el viento ni la lluvia lo pusieron fácil, pero raro es el camino en el que no median las dificultades.

Así que reto superado! Desayuno de campeonas en marcha: cacao con leche de mis cabritas y un par de tostadas de pan de escanda con masa madre elaborado por una servidora. Si miro atrás y veo todas las cosas que aprendí a hacer en cuatro años… Ya casi me puedo autodenominar aprendiz de campesina. Mientras calienta la leche y se tuesta el pan, busco entre los bolsillos de las tres chaquetas y los dos pantalones que llevo puestos un pañuelo para limpiarme los mocos. El viento enloquece el fuego, y el humo baila junto a él colándoseme en los ojos y haciéndolos llorar, lo que me hace buscar de nuevo el pañuelo en alguno de los bolsillos de alguna de mis prendas. Parece que suaviza el agua… Las nubes dejan paso a parches de un cielo azul intenso, y las montañas recogen un lindo arco iris.  De repente me siento Heidy pero sin abuelito. Hasta que el viento vuelve a traer una nube-regadera cuya noble misión es limpiar el aire, regar la tierra y rellenar los charcos que hay frente a la puerta de casa. Vuelvo a techarme, igual que cabras y perrxs, que también quisieron contemplar el arco iris durante esa breve tregua que viento, agua y nubes nos ofrecieron.

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Y mientras me planteo pasear bajo la lluvia para llevarles algo de rama a mis guarecidas y perezosas cabras, pienso en cuánto durará este temporal de pañuelos llenos de mocos y pies fríos. Sé que no mucho. Sé que siempre hay treguas. Y aunque la situación se prolongue un poco en el tiempo, teniendo en cuenta que estamos a principios de otoño, sé que después vendrán la primavera y el verano, generalmente más apacibles. Cuántos temporales hemos tenido que pasar ya? Enfermedad, violencia, carencia, autosabotaje… Muchos temporales, muchos. Pero sencillamente se van, o al menos te enseñan que con ropa de agua te mojas menos, o que si guardas las cerillas en lugar seco, podrás brindarte un nuevo fuego cada mañana. Tampoco importa demasiado que todo vuele por acción del viento… Poco a poco, a tu ritmo, puedes ir recogiéndolo, reubicándolo en mejor lugar o mejorando la disposición general de las cosas. A veces puedes pensar que estás perdiendo el tiempo haciendo algo que  ya habías hecho, pero la repetición, aunque pone a menudo a prueba tu paciencia, también proporciona lecciones de humildad. Te lamentas porque no puedes hacer las cosas al ritmo al que estás acostumbradx, o porque en tus planes las cosas salían diferentes a cómo están saliendo, y ahí es cuando la resiliencia se abre paso a través de tus tripas y te enseña cuán fuerte puedes llegar a ser. Puedes alimentar esa falsa sensación de control, sólo para darte cuenta de que tienes poder sobre unos márgenes, pero no el poder absoluto. Preparadx para todo. Para los días bucólicos de calma y margaritas, para los días retorcidos de lluvia y tormenta. Hay cosas que no puedes escoger. No puedes engrosar la asamblea de majaras de Kortatu para decidir que “mañana sol y buen tiempo”, pero sí puedes liberarte  de las expectativas, puedes liberarte del exceso de autoexigencias, puedes liberarte de pesadas etiquetas, puedes liberarte del lastimero victimismo. Puedes mejorar, puedes dar un paso más (aunque sea en una dirección inesperada), puedes descubrir algo nuevo. Puedes ser consciente de la presencia del sol, aún en noches largas y frías… porque siempre está ahí. Puedes confiar en la abundancia de ese combustible universal, el aire… si cierras los ojos y lo sientes entrar y salir, es que todavía estás vivx, aunque a veces te sientas morir. Puedes incluso, aprender a bucear en la niebla, al fin y al cabo, sólo es agua, y el agua… vida.

No todo es perfecto. Nunca lo será o siempre lo ha sido.

Es casi la 1 de la tarde. Hace un día precioso, de esos en que el sol se muestra generoso y convierte lo bello en sublime. El fuego chisporrotea a mi lado mientras calienta mi comida y observo como la pila de leña reclama reposición. Lxs perrxs dormitan, la gata está desaparecida (seguramente se esté echando una siestina en mi cama) y las cabras pasean sus cencerras rompiendo el silencio con su traviesa presencia.

Me siento un poco cansada porque ayer me acosté muy tarde, sólo cuando el pan estuvo horneado y la cosecha de maíz “esfoyada” (creo que estoy creando mi propio dialecto asturgalaico). Además, hoy madrugué para volver a casa temprano, con la mochila cargada de útiles varios y un charco de sangre en la entrepierna. Lo que me espera arriba siempre motiva mi ascenso: el embriagador silencio, mi diversa familia de 4 patas, la magia del bosque y la imponente montaña como recordatorio perenne de lo efímero de nuestros pasos por sus valles. Gratitud… Y sí, la motivación que me calza las botas y carga la mochila a mi espalda es la misma que me hace comprobar orgullosa como mejoran mis tiempos y capacidad pulmonar. Justo cuando creo que no puedo más, se deja entrever mi tejado entre los árboles para esbozar una sonrisa en mi pecho y aligerar mi paso.

Pero no todo es perfecto. Nunca lo será o siempre lo ha sido, depende del enfoque a través del cual lo queramos entender. De repente sucede algo que desestabiliza tu calma, recordándote que el paraíso requiere de tu constante intervención, y no meramente tu contemplación. Y es que a mí me pasa eso. Me dejo enamorar por el momento y cuando me quiero dar cuenta, un par de cabras saltaron al interior del huerto y se dieron un homenaje a base de calabacines, coles de bruselas y lombardas, lo cual repercute sobre mi despensa y sobre mi transitoria actitud zen. Tampoco pude impedir que Jeti, el macho alfa del grupo no humano, atacara a otro perro que pasaba por aquí y le dejara heridas cuyas cicatrices permanecerán en su cuerpo de por vida. No recuerdo haber llorado más en mi vida, a pesar de haber pasado muchas dificultades… Muchas e intensas. No todo está bajo nuestro control. Qué va! Eso me recuerda a un proverbio sufí que dice algo así como “confía en Alá, pero antes ata bien tu camello”.

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No todo es perfecto. Nunca lo será o siempre lo ha sido. Sí, es nuestra responsabilidad ejercer las acciones necesarias para solucionar nuestros “embolaos” y también para prevenirlos, aunque eso no nos acabe de garantizar que todo va a ir por el cauce que queramos, si bien es cierto que podemos acotar márgenes. En cualquiera de los casos… No nos queda otro remedio que aceptar la incertidumbre y aceptar que la vida nos depara todo tipo de experiencias, las que nos gustan y las que no. Hoy estoy de refranes, y es que resuena en mi mente el clásico “no hay mal que por bien no venga”, en el cual creo, pero meterme ahí excedería mis pretensiones para las líneas de hoy.

No todo es perfecto. Nunca lo será o siempre lo ha sido. Creo que en mi vida he estado más cerca de la realidad que quiero crear, de la persona que he venido a ser. Y aún así tengo miedo. Le tengo miedo al éxito y al fracaso, al invierno y al verano, a la compañía y a la soledad, a comprobar que no puedo o a tener que reconocer que me he equivocado. El ego… Ese ente que tanto se sataniza, pero que constituye una herramienta indispensable para transitar por la vida, para conducir al personaje que se nos ha encomendado interpretar. Herramienta… No director de orquesta. A veces me lo tengo que recordar para no entrar demasiado en el juego de la culpa, en el del victimismo y en tantos otros que, si los dejas, consumen tu atención y energía, cuando éstas necesitan canalizarse hacia ese granito de arena que sólo tú puedes aportar, desde ese nicho privilegiado que sólo tú conoces y gobiernas.

No todo es perfecto. Nunca lo será o siempre lo ha sido. Y en la medida en que nos vamos dando cuenta de ello, nuestras decisiones se van tornando más acertadas, aunque todxs lxs demás se rían, se extrañen, se escandalicen, juzguen, proyecten sus miedos o incluso liberen contra ti las profundidades de sus “no puedo” a través de envidias o, como en otros tiempos se creía, “males de ojo”. Da igual. No esperes que lxs demás aprueben tus decisiones. Son tuyas, rigen tu vida y sólo tú sabes qué hay dentro de ti que clama ser expresado, manifestado, creado. Fácil? No, yo no he dicho eso. A veces acompañan duros obstáculos, tanto externos como internos, y con el tiempo la mirada se acostumbra a detectar, relativizar, afrontar y aceptar. Ahí es na. Y puedes sentir ganas de renunciar, de no seguir adelante, de volver a entregarte a aquello que ya conocías (que no te plantea estos nuevos problemas, pero tampoco el sentido de autenticidad, coherencia o, en definitiva, amor propio). Puedes sentirlo y puedes sucumbir si necesitas tomar aliento y ganar perspectiva, pero no cedas a la primera hostia que tú sueños te propicie, porque hostias las hay en todos los campos de batalla, pero tú eliges en cuál pelear.

No todo es perfecto. Nunca lo será o siempre lo ha sido. Término sobrevalorado, al fin y al cabo. Si buscas ahí, puede que no encuentres nunca. Equilibrio te parece mejor? A mí me resulta sumamente descriptivo. Puesto que no podemos controlar el futuro, ni tampoco cambiar el pasado, es el presente el momento en el que tenemos poder, y el poder que cada cual atesora es más efectivo cuanto más sincero. Cierra tus ojos a todo lo que creas conocer y enfoca tu mirada a esa verdad que te susurra desde dentro, que reclama tu mimo, que promete revelarte quién eres y que te permite ser parte activa del cambio que tu/la vida necesita.

¿Bolsa? No, gracias.

Tengo que hacerlo. Me está hirviendo dentro, pidiéndome salir… y yo esto no lo quiero retener, quiero que vuele libre y caiga donde y como tenga que caer. Mi venita “predicadora” o “sindicalista”, como diría mi profe de historia del instituto, palpita con fuerza. Y hay mucho que predicar (sobre todo el ejemplo!), y mucho que incluir en las luchas sindicalistas. Hace tiempo que abandoné banderas y pancartas, me cansé de protestar por la diferencia. Y me gusta la diferencia, pero…

Pero no. No soy el mejor ejemplo de nada en concreto. Me equivoco a menudo, a veces me desinflo y simplemente dejo que la vida me viva, todavía hay muchos ámbitos en los que soy sordociega y me contradigo en un sinfín de incoherencias. Sí, soy de esas imperfectas que rondan por ahí, qué le vamos a hacer? Todavía no nos hemos extinguido en un mundo de retoques digitales. Y aún siendo imperfecta, tengo dos oídos bastante potentes, dos ojos a los que el astigmatismo les deja bastante tregua y un corazón que envía señales por todo el cuerpo que a veces comprendo y a veces no.

Tengo un grito en la garganta. Lo noto, está ahí. Suceden cosas que hacen grande ese grito, y mi garganta apenas puede contenerlo. La quema, la empuja, la lastima. Y yo así… así no puedo. ¡BASTA! ¿Hasta dónde queremos llegar? ¿Cuál es el precio de nuestra comodidad? ¿Acaso no vemos dos palmos por delante de nuestros ojos? Queremos “crecer” hasta donde no podemos. Ponemos nuestra creatividad al servicio de una superficial e inconsciente convivencia. Nos quejamos de cómo nos han dejado el panorama lxs que vinieron antes que nosotrxs, y no nos molestamos mucho en cuidar lo que dejamos a lxs que vendrán después.

El ser humano… Ese bichillo tan… ¿Tan? Tan lleno de luces y sombras. Quedarme en cualquiera de los dos polos es un error de visión y cálculo. Como individuxs, como especie, tenemos ese doble potencial: el de mejorarlo, o el de empeorarlo. Podemos estar mejorando algo, a la vez que empeoramos otra cosa. Nadie es perfecto. nadie sabe cómo hacerlo sublime. Pero podemos mejorar desde el punto en el que estamos. Y estamos, lo siento mucho, en un punto en el que nuestro consumo está desbocado. Me entran ganas de entrar en muchos temas en torno a los que mi sensibilidad se estremece. Pero voy a aprovechar el tirón de la semana, ya que estamos… ¡el plástico!

Sí, en España, este país, conjunto de kilómetros delimitados por una valla imaginaria que nos hace “diferentes” de lxs que están al otro lado, se están poniendo en marcha algunas medidas destinadas a reducir el consumo de plástico. Aunque no frecuento teles, radios, ni periódicos, el tema se palpa en la calle, el debate está abierto. Dentro de la inmensa cantidad de plásticos que consumimos a lo largo de nuestra vida, se ha puesto el foco solamente en uno de ellos: la bolsita. Por algo hay que empezar…

Lo damos por hecho. Damos por hecho que cuando vamos a consumir, porque consumimos con una frecuencia desorbitada teniendo en cuenta nuestras necesidades reales, queremos que el producto consumido venga con nosotrxs de una forma cómoda. Y para ello, simplemente para introducir la compra y transportarla desde el comercio de turno hasta el destino que hayamos predeterminado, tenemos que seguir un proceso que sinceramente desconozco, pero intuyo muuuuy largo:

  • extracción de petróleo
  • purificación y obtención de etileno (un gas)
  • solidificación y conversión a polietileno
  • conversión a granza (pequeños granitos de polietileno)
  • extrusión, transformación de la granza en una bolsa o film de plástico según las indicaciones del/la cliente en cuanto a calidad, brillo, superficie deslizante/antideslizante, superficie porosa/lisa, color (la granza es transparente), tamaño, resistencia…
  • impresión, personalización según lo que el/la cliente haya demandado.
  • corte, según el tipo de bolsa que se vaya a fabricar (tamaño, asas…)
  • embalaje
  • distribución al/la cliente (es decir, nuevamente transporte, porque a saber cuántas veces ha viajado el petróleo inicial antes de llegar a la tienda y ser receptora de nuestras compras).

Cuánto esfuerzo, ¿no? Cuánto recurso empleado para una vida tan efímera como la que le damos a las bolsas (o cualquier otro plástico, pero hoy me ocupan las bolsas). Y cuánto derroche… Bueno, que lo mires por donde lo mires, no tiene mucho sentido. Y nos hemos hecho supercómodxs. Damos por hecho que el comercio tendrá con lxs clientes esta cortesía, pagando por todo este despliegue de hidrocarburos no renovables, de muy difícil extracción y muy nocivos para nuestro entorno, para nosotrxs y para otros animales. Y es que el precio, más allá de euros, dólares o yenes, es sofocantemente elevado. No nos damos cuenta, pero está ahí. No me gusta ofrecer datos, porque personalmente no los retengo en mi memoria, pero creo que muchas veces son necesarios. Sólo por poner algunos ejemplos, según la organización ecopacifista Greenpeace:

  • cada año llegan a mares y océanos el equivalente en basuras de hasta 12 millones de toneladas (un camión de basura por minuto)
  • 550 especies marinas ingieren o se enredan en los plásticos que llegan a mares y océanos (las consecuencias te las puedes imaginar)
  • cada español/a, a lo largo del 2014, consumió 144 bolsas de plástico durante todo el año.
  • sólo el 30% de los plásticos se reciclan en España.
  • una bolsa de plástico tarda unos 55 años en descomponerse, una botella de plástico unos 500 años.
  • España es el quinto mayor productor de la UE.

¿Pero qué estamos haciendo? Ese precio que hasta ahora creíamos no pagar por las bolsas de plástico de nuestras compras, se traduce en especies amenazadas, ecosistemas en peligro a lo largo y ancho de todo el globo, nuestra salud atentada… Y todo a base de un recurso finito. Definitivamente, no nos lo estamos montando muy bien.

Y quien dice bolsas de plástico, dice envases, menaje de usar y tirar, o productos con microesferas (detergentes, exfoliantes, pastas de dientes…) y un largo etcétera que mi imaginación, sinceramente, no logra abarcar. Tal es nuestra creatividad destructiva…

Toca… desaprender. Damos por sentado que es normal nuestro estilo de vida. Pero no lo es. A lo largo de toda la cadena de producción del plástico (y muchos otros productos, pero voy a ser fiel a mi intención de limitarme al tema principal), son muchos los problemas que se van generando. Por supuesto, medioambientales (de los cuales derivan directamente todos los demás), pero también sociales, económicos y, desde luego, espirituales. Y sabes qué? No los necesitamos, aunque creamos que sí.

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No se trata de ser un baluarte de coherencia. Eso está al alcance de muy pocxs, y en nuestra sociedad… muy muy muy pocxs. De hecho, estamos consiguiendo que cada vez sea menos viable para menos pueblos a lo largo y ancho de todo el mundo. Pero por supuesto, tenemos la poderosa capacidad de cambiar pequeñas cosas, poco a poco, de forma que nuestro estilo de vida sea cada vez más sostenible, coherente y respetuoso con nosotrxs mismxs, con la madre de la que venimos y con lxs hermanxs con lxs que compartimos hogar.

Como no me gusta que me dogmaticen, ni dogmatizar a nadie, me limitaré a proponer reflexiones en nuestro día a día, en ese pequeño y significativo acto que es el consumo.

Independientemente de quién seas, de tus hábitos y de los motivos que te llevan a planteártelos (que pueden ser infinitos), la primera incógnita a resolver es: ¿LO NECESITO? Podemos plantearnos esta pregunta cada vez que saquemos los euros del bolsillo. Si nos ponemos una semana a prueba, usando esos euros solamente para adquirir aquello que de verdad necesitemos, descubriremos lo superfluo de nuestros gastos, la sencillez que nos caracteriza y nuestra capacidad para ahorrar (económicamente y todo lo demás, que no verás de forma directa pero te aseguro que se palpará quizás al otro lado del globo). Quizás esta semana de prueba, sea lo suficientemente poderosa como para querer prolongarla durante más tiempo aunque sea de forma no tan extrema.

Otra pregunta relevante es: ¿CUÁNTO TIEMPO PODRÉ USAR ESTE PRODUCTO? Evidentemente, hay cosas que “se terminan” en seguida, como las manzanas o el arroz, pero… ¿qué me dices de sus envases? Consumir a granel, llevando tus propias bolsas, es una alternativa. Por otro lado, ¿para qué necesitamos platos, vasos y cubiertos de plástico? ¿Para qué las botellas de plástico, cuando existen otros materiales más duraderos y saludables? ¿Para qué los productos que vienen en mil envases, pudiendo usar tuppers para las magdalenas o botellas reutilizables para monodosis de zumo, por ejemplo? Por no decir, que hay mil cosas que podemos elaborar en casa (cocinar en vez de calentar el precocinado, extracción de zumos, elaboración de productos de higiene, limpieza y cosmética…) Buf, se me ocurren tantas cosas que me eternizaría aquí, pero voy a dejar que tu propia reflexión te haga encontrar más hábitos que modificar.

Nos podemos poner incluso un poco más intensos e intentar indagar la PROCEDENCIA de lo que consumimos. ¿De dónde viene? ¿Sabes la cantidad de kilómetros que tiene que recorrer tu comida, tus productos de higiene, limpieza…? ¿Cuál es el impacto medioambiental de esta marca o empresa en sus lugares de trabajo? ¿Experimentan con animales? ¿Usan productos transgénicos, plaguicidas, fertilizantes…? ¿En qué condiciones trabajan sus trabajadorxs? Aquí… podemos enloquecer, la verdad. No podemos dar respuesta a muchas de estas preguntas en cada uno de los productos que vemos en escaparates y estanterías, pero… sí podemos responderlas cuando conocemos directamente a sus productorxs, nuestrxs vecinxs, personas emprendedoras que han elegido servirnos con su trabajo y entrega. Consumo local, de cercanía, de temporada. La vida podría ser tan familiar y cercana como siempre ha sido, sin depender tanto de recursos externos que viajan de aquí para allá para acabar en tu casa. Detrás de cada producto hay una historia, y nosotrxs elegimos cuál de ellas vive:

  • podemos apoyar que una gran empresa esté deforestando un país entero para destinarlo al monocultivo agresivo de un producto de moda, enriqueciéndose a base de empobrecer a las poblaciones locales, desproveyéndolas de sus tierras, de sus recursos, de su hábitat, de sus culturas y economías, de sus raíces y legado.
  • podemos apoyar que personas justas elijan su modo de vida y empleen su ilusión en compartir con el resto el fruto de su trabajo, cuidando los detalles, respetando el medio, cobrando un salario digno, manteniendo vivas las tradiciones locales a las que poder dotar de los avances técnicos apropiados. Permitir que la creatividad de nuestrxs vecinxs se manifieste a través de sus productos. Permitirles ser.

Y las preguntas no terminan en el puro acto de consumir. Continúan una vez ese producto ya forma parte de tu vida. ¿Puedo darle OTRO USO? ¿Es esto basura, o encierra el potencial de convertirse en otra cosa? Recicladorxs, artistas de la basura, manitas de lo imposible… ¡manifestaos! Tenéis un mundo entero que explorar y al que darle una segunda vida a partir de vuestra imaginación.

Y saltándome todas las preguntas previas que puedan surgir, pero que te animo a compartirme/nos, surge la última. ¿Es el momento de TIRARLO? En muchos casos, la respuesta será sí. Pues, por favor, hazlo en una papelera o contenedor (ya sé que no debería hacer falta decirlo, pero lamentablemente, sí es necesario). Además, existen contenedores de varios colores según el residuo que hayas generado. No te hablaré de las campañas de este tipo porque se popularizaron ya hace muchos años y creo que todxs las conocemos. Personalmente, ¡no lo hago! Ya lo sé, iré al infierno, pero tardo alrededor de dos semanas en llenar una bolsa de basura, no tengo contenedores cerca y convivo con personas para las que estos argumentos son suficientes, así que he pospuesto la lucha para otro momento en el que esté más sobrada de paciencia, y pueda enfrentarme a esta lucha en casa.

Que a gustito me he quedado… Bueno, más o menos. Tenía ganas de hablar del tema, pero no se me han quitado con estas 2000 palabras, así que lo retomaré en algún momento… fijo. Ahora me reclama el riego de mis tomates, ajenos a la lluvia dentro del invernadero que me permite una cosecha libre de agroquímicos en el húmedo norte peninsular (y, por lo tanto, vulnerable a la proliferación de hongos como el mildiu). Así que cedo mi faceta comunicadora para hacer frente a la de campesina en vías de ser más resiliente.

Pararse para transitar

23 de abril. Mi calendario lunar tiene señalado el día de hoy en rojo, porque parece ser que la luna atraviesa el plano de la eclíptica en forma ascendente, produciéndose un nodo lunar, con lo cual se produce perturbaciones energéticas que pueden alterar negativamente cualquier actividad relacionada con la tierra. ¿Qué significa esto? Que hoy descanso de huerto.

Así que aunque piense en la tierra muy muy muy a menudo, hoy toca hacer otras cositas, ¡entre ellas pan!, que hay que alimentar la masa madre y ya habrá demasiada como para seguir almacenándola sin usarla para elaborar nuestro pan de cada día. De seguir así, voy a tener que comprar otro congelador para conservar todo el pan que horneamos… Y eso entra en contradicción con mi transición decrecentista. ¡En fin! Procastrinaré nuevamente la toma de decisión con respecto al pan, la masa madre y la larga vida de ambxs.

Y mientras este tránsito lunar me invita a parar, y el momento de ponerme a amasar como una loca no llega… Rescato nuevamente este espacio para no sé muy bien el qué, pero “haciendo” unx aprende a encontrar sentidos, sinsentidos y, en definitiva, a conocerse un poquito más. Y aunque todavía no sepa qué tipo de pieza supone en el puzzle de mi vida, sé que ahí está Busgosa, desordenada pero incuestionablemente presente.

A fueguito lento. Desde este 1 de enero, momento en el que transmuté el descanso del festivo en una decisión, TODO parece que cobra otro significado. Empezó un nuevo año y las cosas seguían siendo igual, tanto las que me gustaban como las que no me gustaban. Pero había algo que ensombrecía los días del “equipo caprino”, y tanto mi compi Busgosu como yo sentíamos un caminar pesaroso, alejado de un propósito que en realidad lleva mucho tiempo identificado. Algo había que hacer, y pasaba irremediablemente por tomar una decisión. ¡Y la tomamos! 🙂

Mi nuevo hogar

Cada paso tiene un significado, cada pausa también. El sueño nos ha secuestrado y nos está revelando poco a poco nuestra misión, y con ella nuestra fuerza para ponernos a su servicio. El llamado de la Tierra. No se me ocurre nada más importante que la libertad para cuidarla, rendirle homenaje y reubicarnos como hijxs suyxs que somos, respetándola y agradeciendo su legado. Somos muy afortunadxs al poder convertirnos en sus guardianxs y resquebrajar el concepto de tiempo para fundirnos en ella.

Sin prisas, como un árbol que crece ante nuestra despistada mirada. Así es la naturaleza, y así somos nosotrxs aunque lo hayamos enterrado bajo el asfalto y el hormigón. Toca romper, rebrotar, redescubrirse. Y para eso a veces es necesario contemplar cambios estructurales, de esos que implican revisar cimientos. Y en eso estamos, limpiándonos de las formas que aprendimos, nos sirvieron en su momento, pero necesitan ser trascendidas. Y con cada sacudida del personaje que creí haber sido, algo cambia dentro, para luego cambiar algo fuera. No soy una nueva persona, soy la misma de siempre abriéndose a su propia transición, aceptando que no todo es instantáneo, que ninguna semilla se convirtió en árbol en el mismo instante en el que soñó serlo.

Mires hacia donde mires, la naturaleza no ofrece otra tendencia. Mientras vives, creces. Aunque duela desgarrarse la corteza en cada estirón, aunque sea constante la exposición a la adversidad, aunque lo que tú quieras, que se nos da muy bien buscar y encontrar pretextos que nos convencen de no atrevernos. En el fondo, sabes lo que es mejor para ti y para lxs que te rodean. Pero cuesta probar algo que todavía no conoces, o que ya has olvidado (como la vida sin tabaco, o sin coche, o sin pareja, o sin trabajo asalariado).

¡Somos muy comodonxs! Y a veces “simplemente” se trata de cambiar un hábito. Ya, ya sé que no es fácil. Pero con convicción es posible. Poco a poco o de golpe, con apoyo o a contracorriente, solx o acompañadx. Y cuando observas que ese hábito ya está integrado en tu vida… ¡a por otro! Echas la vista hacia atrás y te das cuenta de a dónde te han llevado tus decisiones. Echas la vista hacia adelante y observas que todavía te queda mucho por caminar. Te paras y te centras en ese único instante del que en realidad eres propietarix, el presente, y te responsabilizas de tu timón.

Por eso soy una fiel defensora del “pararse” y observar. Es más sencillo aceptar el punto en el que estás, porque comprendes el punto desde el que vienes y rediriges el punto hacia el que vas. Nadie más que tú transita tu camino, nadie más que tú puede hacerlo. ¡Ey! Todxs nos equivocamos y todxs tenemos la capacidad de convertir nuestras vidas en tierra fertil para que aquello que ha de manifestarse, se manifieste.

¡Y yo me voy! Me voy de tu mano hacia ese rinconcito en el que soy más yo. Me voy poco a poco hacia la coherencia que todavía no practico (fase gradual de implementación). Me voy hacia la tierra, porque sé que en la oscura profundidad donde entierro mis raíces soy más fuerte, y en la resbaladiza luz hacia la que brota mi energía soy más plena. Pretendo contártelo, a mi ritmo, poco a poco. Pretendo hacerte partícipe y que tú me hagas partícipe a mí de tu propio proceso. Porque somos diferentes manifestaciones de un mismo impulso creador, y cuando yo me cuido, te cuido a ti.

Respiraciones de empoderamiento

Poco a poco. El reencuentro con las teclas me ha sentado definitivamente genial. Tanto que, después de varios días febril, mi bienestar comenzó a retoñar de nuevo, y mi cuerpo ya tiene otra disposición diferente, otro arte, otra gracia. Y es que la enfermedad suele tener su utilidad enmascarada, en este caso la gripe, que me ha permitido tomar un periodo de descanso necesario tras una época un tanto confusa y desorientada, automatizada y parcialmente desconectada.

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Un paso adelante no te ubica en el lugar en el que desearías estar, pero sí en el mejor lugar en el que puedes estar. Y tras el primero, suele venir el segundo. Eso sí, bailar es lo que tiene, e incluye traspiés, pasos atrás, resbalones, vueltas pa un lao y más vueltas pal otro, por no hablar del “momento estatua”, en el que por sentir, casi ni se siente la música. ¡Y los hay! Hay momentos de lo más variopintos. Sólo una visión un poco más generosa nos hace comprender la importancia y necesidad de cada baile.

Poner a disposición los sentidos para poder volver a sentir la música… Y eso sucedió el 1 de enero. El día comenzó para mí como otro cualquiera, pero por eso de ser el primer día del año, parece que unx rescata el concepto de “oportunidad” y lo revaloriza. Y cada segundo alberga infinidad de oportunidades que se nos pasan por alto, ya que tan sumidxs estamos en nuestras preocupaciones, responsabilidades, obsesiones, recuerdos, expectativas y demás ruídos que nos separan de nuestro verdadero potencial.

Lo que me rodea cambia, yo también cambio. Emmm… Yo cambio, lo que me rodea también cambia. Eso de que el orden de los factores no altera al producto no es precisamente una ley universal. Esa música que te hace bailar, sólo suena en tus oídos. Si te desconectas de tu música y permites que sea otro sonido el que retumbe dentro de tu cuerpo, definitivamente éste no se conducirá con la misma armonía. Así que toca recuperar esa melodía y dejar que el cuerpo se mueva en respuesta, que la voz se manifieste entre el resto de sonidos y que el corazoncito se acurruque en el calor de la ilusión.

Y a veces cuesta, ¡vaya si cuesta! Cuesta mucho desaprender, para poder aprender. Cuesta desprenderse de roles, inercias, pensamientos, palabras, perezas, creencias… Cuesta dejar de ver al otrx para verse unx mismx, ese espacio en el que tienes verdadera opción a vislumbrar el cambio. Cuesta asumir la responsabilidad de la propia vida y a la vez sentir su ligereza. Cuesta darle forma a los sueños con las manos inexpertas, con los miedos agarrándote de los talones. Cuesta encontrar la propia voz y permitir que en su paso hacia el exterior sane pecho y garganta. Cuesta abrir los ojos con los párpados cerrados.

Pero ¿y qué? También les costó a nuestras respectivas madres parirnos, y aquí estamos. Aprovechemos el milagro, ¿no? Desde hace muchos años, la manera más coherente que he encontrado de hacerlo fue no participando de aquello que más me rechina. Esto llevó mi mente a los radicalismos más insoportables, y aunque la experiencia me haya enseñado una y otra vez la importancia de la flexibilidad, sigo teniendo cierta tendencia a la rigidez y los autodogmatismos, que a veces se quiebran propulsándome con gran precisión hacia todo aquello que había querido evitar. Me reconforta ver con los años, que el alcance de esos vaivenes es menor, y la distancia recorrida entre un extremo y otro es más pequeñita. ¡Yupi!

Respiraciones de empoderamiento. Nadie va a vivir mi vida por mí. Intentarán dirigirme/te, sí, pero hay una voluntad que se está desperezando ahora mismo, bostezando tras un laaaaargo sueño. Quiero llevarme bien con mi voluntad. Mimarla, escucharla y darle prioridad. Es la protagonista de todo aquello que me hace sentir en sintonía con la vida, ¿cómo ignorarla? Vivir “contra tu voluntad” es dejarte apagar poco a poco.

Respiraciones de empoderamiento. Llega la primavera, ¡siempre preciosa! Los días más largos, las flores desplegando su belleza, el huerto reclamando una mayor atención que en meses previos, la sangre alterada igual que el clima… Estación convulsa de cambios, es pura gestación. ¿Y tú qué quieres gestar? Sea lo que sea, es buena señal que “la criatura” en cuestión te traiga paz, amor y plenitud (lo sé, yo también pienso que soy muy hippy cuando meto las palabras “paz” y “amor” en la misma frase… pero es que me sale así, ¿qué le vamos a hacer?)

Respiraciones de empoderamiento. La nieve se fue derritiendo y fue empapando bien la tierra. Las fuentes bajan repletas de agua. Esto sólo puede significar abundancia, y ya va siendo hora de que la pongamos a nuestro servicio con todo el respeto y gratitud que merece. Las buenas nuevas silencian el miedo y envalentonan el corazoncillo (¡la menor presencia de mocos también ayuda!). Si la premisa es la abundancia, ¿qué podemos temer? ¡Y hay abundancia de todo! Sólo hay que reordenarlo un poco. La naturaleza que nos da forma es tan sumamente sencilla, que por poco que te guste hablar de mierda, tus turullos tienen el poder de vigorizar los árboles que te ceden el oxígeno que alimenta tus células. Otra cosa es lo que sucede en muchas partes (que acaban en el mar), pero eso es tema para otro ratito de conversación tranquila.

Respiraciones de empoderamiento. Llega el momento de agradecer. Gracias por cada experiencia, cada aprendizaje, cada revelación. Y aunque siga siendo indecisa, decidir realmente es más sencillo cuando cultivo la capacidad de quitar capas y quedarme con lo esencialmente importante. Y en torno a lo esencialmente importante, o lo importante de la esencia, seguimos creando… pero con más consciencia. Hay quien anima a “imitar” a personas “de éxito” con trayectorias afines a la que tú tienes/te planteas. Bueno… apoyarnos en algún referente puede ser inspirador, pero, por favor, ¡defiende tus matices! La diversidad es taaaaan importante…

Respiraciones de empoderamiento. Dentro de nuestra peculiar especie, tú eres un ejemplar único. Y yo también. Por eso tu/mi historia tiene similitudes con muchas otras, pero en esencia es irrepetible. Tienes/tengo la responsabilidad de vivir. Y yo lo tengo bastante claro, cada vez paso más de ir en contra de mi voluntad. Cada vez siento más la necesidad de dejar que mi voluntad se expanda, de permitir que LA VOLUNTAD anide en mis entrañas y eche alas a través de mis sentimientos-pensamientos-acciones.

Respiraciones de empoderamiento. Hay una historia esperando a ser vivida… la tuya, la mía. Cada capítulo requiere de presente entrega, de entregada presencia. Y mi ahora me requiere para prender el fuego en casa, abrirle la puerta a lxs gatxs que se acaban de despertar de su okupasiesta en cama, transformar la última cosecha de brócoli morado en una grata cena y crear un biofertilizante para el huerto (pa entendernos… voy a mear) a expensas de cortar el ciclo que llevaba mis “residuos” al mar.