Mentiras tralará

Mentira es una palabra que me inquieta. Me inquieta cuando nos mienten, cuando me mientes y cuando me miento.

Cuando nos mienten me puedo refugiar en ti… Pero sólo si percibes junto a mí el engaño, intencionado por parte de unxs pocxs, y perpetuado de forma inconsciente por muchxs que hacen de una mentira su verdad.

Cuando me mientes de pronto me siento más sola, porque el refugio que encontré en tu compañía se desvanece en el desacuerdo que nace de la desconfianza. Edificar una historia compartida con renglones torcidos despierta la inminente amenaza de derrumbamiento.

Cuando me miento me hago daño… porque anulo tras los velos de la ignorancia el respeto que me debo y el espacio que merezco para desplegar quien soy. Se me disipa el amor entre las rendijas de lo que me fui creyendo sin querer, para poder pertenecer, para poder ser una humana más en este juego de oculto sentido.

Cuando nos mienten, tú y yo nos hacemos fuertes, porque nos unimos en su contra, ya sea ésta una unión quejumbrosa, indignada o resueltamente empoderada. Nos damos un abrazo y nos decimos mutuamente que no estamos solxs. Nuestra locura compartida se convierte en cordura, y aún sin saber muchas veces cuál es la verdad, estamos de acuerdo en que hace falta muchas pinzas pa coger lo que nos cuentan. Y tú las tienes de plástico, yo de madera, esas tuyas son más grandes y las mías más pequeñas. Sus mentiras se deshacen ante nuestros ojos cuando tu mirada y la mía se ponen de acuerdo para ver.

Cuando me mientes me empujas a mi propia historia, porque la nuestra pierde todo su previo valor. A veces me mientes por protegerte, o por protegerme, o por un motivo de esos que parecen nobles… pero que no te eximen de la carencia de honestidad. Otras veces me mientes porque te mientes, y en tu mentira me abrazas sepultando el coraje necesario para ver juntxs de frente la verdad.

Cuando me miento me escondo de mí… dejo de atender mi verdad porque no me siento lo suficientemente fuerte para sostenerla, porque confirma esa permanente sensación de tener que ir en contra, porque quien «bien me quería» me enseñó que así no era la vida. Me creo las mentiras que me apuntalan como Laura, y abandono a esa otra cosa sin nombre cuyo poder reside en su silenciosa presencia (aunque a veces, en susurros me va chivando una a una las palabras que aquí voy volcando).

Cuando nos mienten nos hacen pequeñitxs, pequeñitxs, pequeñitxs… O eso intentan, al menos, entre articuladas estratagemas de persuasión, manipulación e ilusionismo. Es parte del juego, así como es parte del juego nuestra respuesta ante sus mentiras, y nuestra voluntad de ver más allá de lo aparente. Y no es mi misión reunir dossieres informativos al más puro estilo geminiano, que para eso ya está quién se ve motivadx por esa energía amiga de los datos. Pero quizás sí lo sea cantártelo como lo siento, y expandirlo por las invisibles ondas de las profundidades que compartimos.

Cuando me mientes me traicionas y pateas con desdén mi alocado afán de caminar a pecho descubierto. Y ya me fue replegando hacia dentro la experiencia, pero de vez en cuando una se aventura en búsqueda del tú, para descubrir los matices ocultos de ese yo con el que convive. Y a pesar de los tropiezos, las caídas y el costoso peaje de acercarme a ti, sin la experiencia que me regalas yo no podría saber de mí.

Cuando me miento… me olvido. Alejo de mí el recuerdo que me empujó a venir aquí, prorrogo la necesidad de descubrir mis tesoros y me entrego a la inercia ciega del impotente «es lo que hay». Y duele, y una no sabe hacerlo, y da miedo, y afloran las dudas, y se tambalea esa poderosa fe disfrazada de precaria. Y me vuelvo a levantar, me vuelvo a sacudir el barro, vuelvo a cerrar los párpados para poder abrir el ojo, vuelvo a descubrir la tierra firme a la que enraizar mis propósitos y vuelvo a creer… porque todo empieza por creer.

La posición de Saturno

Conoces a Saturno? Es un señor celeste cuya misión es preservar los límites. Por eso dispone de un anillo alrededor de su cuerpo, y por eso es el último planeta visible a ojo desnudo… custodiando la frontera que separa a los planetas tradicionales de los transpersonales.

De pequeña tenía un Saturno colgado del techo de mi habitación. No sé por qué, simplemente me gustaba su figura. También tenía un montón de estrellitas de esas que brillan en la oscuridad. Un sol naranja de cara risueña colgaba de una pared, y una apacible luna tricolor colgaba de otra. De una manera u otra, los astros estaban materialmente presentes, como queriendo recordarme su protagonismo en nuestra historia.

Saturno… Lxs clásicxs lo llamaban el gran maléfico, aunque en astrología evolutiva se le considera el maestro severo que te empuja a perseguir la excelencia. En la práctica… es ambas cosas. Saturno implica una putada, pero también la oportunidad de generar la resistencia necesaria en toda carrera de fondo, el andamiaje seguro en cualquier obra y la sabiduría propia de la veteranía.

Saturno está ahí, moviéndose junto al resto de los astros. No genera nada en sí mismo, no provoca las desgracias que se le achacan, no es el culpable de bloqueos y restricciones. Es un jugador más en el tablero cósmico, cuyo movimiento guarda correlación directa con las experiencias cotidianas. «Como es arriba, es abajo», dijo un tío muy sabio, hace mucho tiempo, en una tierra muy lejana y misteriosa.

Saturno es un importante matiz en el calendario celeste. Observar su ubicación ayuda a entender por qué cada momento es cómo es. Cada unx de nosotrxs, hijx de un momento determinado, llevamos impresa en nuestro ADN cósmico la huella de ese preciso instante en que el aire de este planeta Tierra conquistó por primera vez nuestros pulmones.

Cuando yo nací, Saturno atravesaba el signo de Sagitario, igual que el Sol, la Luna y Urano. De hecho, la distancia que lo separaba del Sol era muy corta, menos de 2°. Esto quiere decir que sus energías se fusionan y se manifiestan a la vez: cada vez que algo genuino pulsa por expresarse, también se expresa Saturno. Y Saturno es el juez que bloquea, que impone sanciones a lo imperfecto, que castra la creatividad infinita propia de Urano (la mitología narra literalmente este acontecimiento, porque en verdad Saturno no se anda con chiquitas).

Además, en aquel momento en que yo nací, está conjunción entre el Sol y Saturno, hacía una cuadratura a Júpiter y Marte. Pues sí… Saturno estaba bastante charlatán en aquel momento y, no contento con el bloqueo impuesto al Sol, también abría un beligerante frente con estos dos señores, encargados de la preservación de la fe y la conquista de los sueños, respectivamente.

Hija de ese instante, asisto a ese diálogo planetario dentro de mí. Así como se expresaba la energía en aquella noche de diciembre, así me late dentro hoy por hoy. Retos y potenciales encapsulados en este avatar que elegí antes de haberme olvidado de la elección, y de la motivación subyacente a ella.

Si sigo observando a Saturno en mi mapa personal, resulta que se aposentó en mi casa 5, hogar natural del Sol, entorno propio de la creación y la libre autoexpresión. Además, soy ascendente Leo. De nuevo, el mismo mensaje… Saturno tiene un protagonismo en esta historia imposible de obviar.

Así que sí, claro, reconozco el fuego que soy. Siento al centauro relinchar bajo la opresión de Kronos, siento el tacto del arco en mi mano y el ardiente deseo de disparar su flecha hacia la Verdad. Siento la voluntad de Ser, siento la pasión y el instinto, siento la voz de mi corazón susurrarme historias inspiradoras… Claro, soy hija de aquel instante.

Pero también siento el peso de la coraza, los músculos doloridos de reprimir mi propio baile, el frío acero presionar mi pecho. Siento la dureza y severidad de mi mirada, la espartana rigidez de mis elecciones y el discurso interno que me sentencia con su «no eres suficiente»… Claro, soy hija de aquel instante.

Y son bastante inútiles las astroexcusas, pero muy útil la mirada astrológica. Porque se me quitan las culpas cuando entiendo el por qué de mis prematuras depresiones, mi fuerte tendencia al aislamiento, mi limitante timidez y mi constante sensación de inadecuación. Entiendo que, aunque la música suene dentro de mí, compartirla implica burlar el feroz asedio de Saturno.

Así que asumo que este estreñimiento espiritual y creativo es una fase de un proceso laaaargo. 29 años… 29 años tardó el colega en darse una vueltita entera, en recorrer cada escenario y atravesar cada una de las doce energías, en hacerme un primer pase de todo su arsenal. Toca ahora una segunda vuelta, y aunque me debiera pillar más madura, en ocasiones me sorprende un tanto distraída.

Y verlo me ayuda a conocerlo. Escuchar su potente voz entre todas las demás y concederle su espacio, importante pero no tan limitante. Porque no le gusta que hable, pero he hablado. No le gusta que se me vea, pero se me ha visto. No le gusta que cante, pero he cantado. Y el haberlo hecho una vez hace más fácil que suceda una segunda, y tras la segunda viene la tercera, y entre ellas me avinagran menos sus vinagres, a la vez que observo mis errores sin dejar de merecer por ello el aire que respiro.

Y Saturno me dice que «menudas mierdas escribo», que «pa qué derrocho el tiempo en estos párrafos?» Y Júpiter le invita a tener paciencia, a simplemente encontrarse en el proceso de hacerlo, a relajarse entre la búsqueda y los intentos… a vivir lo «imperfecto» mientras se gesta lo sublime.

Pasado, presente y perdón

El pasado, pasado está… Pero a veces se hace presente y tortura el tiempo para exprimirle la tibia voluntad al olvido. Así que aquí te quedas, sin estar. Quitándole espacio a lo que no eres tú, burlándote de mis errores y tropiezos, flotando como una pluma que le cuenta al viento historias que ya no me cuentas a mí.

Tienes lo que buscabas, una red que te sostiene el cotidiano, que te admira y acompaña. Ya no te hago más falta… ni hermana, ni confidente. Y me enrabieta haber sido así sustituída, prescindible en tu camino como camino humano mismo.

Y me vuelvo a tirar ahí… al agujero de los dolores, de los «aaaayyys» desolados, del abandono desempoderado. Y me quedo ahí agazapada, esperando que venga un coro celestial a cantarme un rumbo en el que apostar mi poder, en el que volver a creer. Vaya… me volví a despistar… qué fácil es magnificar tu indiferencia, y hacerla una con la del cosmos. Y de pronto soy yo esa cosita pequeña despreciada que no merece amor.

Caminito repetidamente caminado, en un sentido y en el opuesto. Lección repetida, para poder ser aprendida. Que ya existía yo antes de que tú me descubrieras, como Colón descubrió América. Porque se me desprenden aromas de eternidad a menudo ignorados, mientras te imploro que deposites sobre mí tu mirada, para crearme en base a tus alabanzas y elogios.

Qué verde está mi fruto, si es que en algún momento dejé de ser flor, o brote, o semilla. Y ni sé en qué punto de maduración estás tú, pero tampoco podría ser ese el centro de mi narrativa. Queda viaje… Y me toca en soledad, intermitentemente interrumpida por la presencia de otrxs caminantes que, libremente, eligen compartir caminar conmigo.

Y libre eres tú, en tu propio camino alejado del mío. La libertad es un bello aprendizaje, una pendiente conquista. La mía… la tuya. Y si tu libertad te pone lejos de mí, celebro la distancia en honor a la libertad. Y si mi libertad me empujó a un largo silencio, lo honro con la quietud que le es propia a la ausencia de verbo… aunque a veces me cueste y se me disparen los reproches, las súplicas y los melancólicos lamentos.

Hoguerita… hoguera para aquello de mí que no impulsa mis pies a caminar. Luz y calor para lo no detectado, lo no comprendido, lo ignorado y lo padecido. Y te lo debo… te debo un gracias porque me empujaste con decisión a mis propias sombras, de nuevo, para hacerme amiguita de ellas, para transitar la experiencia y sorprenderme en ella, para destaparme verdades incómodas que me hacen más auténtica (y quizás menos santa, sí, pero más humana).

Y al viento que sopla suelto un perdón, que te bañe entera la culpa si la hubiera, y que regrese a mí para limpiarme esta sórdida aflicción. Lo vuelvo a lanzar renovado, para que visite las demás historias análogas y me devuelvan un recuerdo sanado y superado. Y en torno al perdón, invoco una canción que le susurre a la Tierra que soy digna hija de ella, capricho divino en busca de la sutil manera de trascender la experiencia.

Tu ausencia en mi cine

Un puñado de gotitas de chocolate y dos traguitos de agua mientras la infusión reposa. Rituales propios de los momentos de ansiedad.

Karina llama desesperada al resto, que libres andarán por ahí… al otro lado de la red. Las tareas inconclusas es lo que tienen… incomodidades para todxs. Lxs perrxs ladran a algún animal humanx o no humanx que transita por la pista. Son adorables y chungxs a la vez, por lo que me recuerdan a mí bastante. Águila se pasea por donde le da la gana, porque es una escapista sin rehabilitación a medida…

Es Macarena, Águila no quiso posar

Y parece que ponga donde ponga mi atención, mi mente la persigue con la eterna tarea del cierre. Y cierre suena a control, porque las cabras no se suben a los tejados de lxs vecinxs, lxs perrxs no asustan a la gente que pasa, y las pitas sobreviven a la depredación de lxs mamíferxs salvajes.

Y no siempre es así… porque los cierres no garantizan límites, y los límites se empujan y se exploran… como Águila o Tronqui. Y la libertad absoluta casi siempre es calma, pero a veces pasan esas cosas… que las cabras se suben a los tejados de lxs vecinxs, que lxs perrxs asustan a la gente que pasa y las pitas sucumben a la depredación de lxs mamíferos salvajes.

La eterna tarea del cierre… de poner límites entre lo mío y lo tuyo. De saber cuál es tu espacio, cuál es el mío y que hacemos con el que se convierte en nuestro. Y de vuelta a ver quién eres tú, quién soy yo, y qué coño es ese ente llamado «nosotrxs».

Y te sigo esperando a este lado del cierre… sin noticias. Porque cuando el que se aventura más allá del cierre eres tú, el grado de complejidad se multiplica. Porque se activa otro universo de posibilidades por el simple hecho de que eres infinitx, y los escenarios que se despliegan frente a tu ausencia generan su impacto en mi imaginación. Y qué pasa si nunca más vuelves?…

Y empatizo con Karina, desesperada todavía llamando al resto (qué a saber dónde estarán ya). Ella grita… y yo no me lo permito, aunque ambas nos sintamos igual de solas, igual de abandonadas. La incertidumbre se inunda de drama, y mi guionista interna se entrega solícita a la labor de dibujar la respuesta a la pregunta de «dónde estás?»

Y no es la primera vez que Karina se queda dentro, desesperada, mientras el resto consiguen salir por alguna zona pendiente de cerrar. Y no es la primera vez que me quedo yo dentro, desesperada, mientras tú…, mientras tú qué? Hollywood empieza a fabricar su saga tragicómica, y yo no puedo hacer otra cosa que emocionarme con cada una de sus creaciones.

Y la realidad suele ser apacible, y lxs animales vuelven a última hora a sus respectivas guaridas y les doy las buenas noches. Y casi siempre tu vida te entretuvo en cualquier episodio paralelo del que yo no formo parte, y vuelves por la noche a tu guarida y te doy las buenas noches.

Buenas noches… por la tarde

Pero a veces no… A veces la vida no es apacible. A veces intercala eventos un poco más complejos que hacen que todo cambie, que lo esperado sea un imposible y las líneas de futuro se pierdan en el misterioso territorio de lo desconocido. Y ahí? Todavía no sé quién soy aquí, miedo me da enfrentarme a la tarea de descubrirme ahí… Porque aparece el miedo, se cuela con su gabardina negra y lanza volutas de denso humo a través de sus apretados labios…

Y no hace falta… No hace falta crearme cinco futuros paralelos cuando el presente se me vacía de ti. Porque tú me dejas fuera, pero yo… dónde me dejo yo? Ajena de mí, entregada a un nosotrxs entre interrogantes. No es un buen lugar para estar tranquila, pero es un rincón interesante para observarse… para echar la cámara lenta y capturar cada fotograma de la película en reproducción.

Karina consiguió salir fuera con el resto y ya no okupa el silencio con su berrido. Pasó un ganadero lanzando cargamentos a lxs mastinxs ladradorxs (poco morderorxs). A estas horas me dispongo a abrirles a las pitas para que se den un voltio junto a Águila antes de que oscurezca. La autopista sigue sonando con su ir y venir de camiones (el apocalipsis zombie no ha llegado… o sí?)

No me gustan los camiones, pero hacen que el día sea «normal»

Y tú?… Tu película no la sé, pero estoy aquí para dirigir la mía… aunque sea sin ti…

Volver a escribir

Bueno… Pues… Y otras palabras sueltas seguidas de puntos suspensivos…

Me apetece volver, aunque sólo sea hoy, aunque la voluntad no sea la suficiente como para que haya otra ocasión después de ésta, pero ésta me pide ocuparme… volver, reencontrarme, permitirme el «no hacer nada» paseándome por este espacio abandonado. Y mira que lo quise… mira que me apeteció apostar por él, creer en él, cuidar el vínculo y tejer mi identidad con él… Pero siempre está esa voz susurrando que pierdes el tiempo, que para nada sirve, que a ningún lado vas… y miente, porque siempre vengo a mí.

Tengo cosas más importantes que hacer, sí. Tengo tareas para permanecer eones ocupada sin descanso. Tengo aprendizajes pendientes que buscan su momento reiteradamente postergado. Tengo metas propias de un ser humano en el que todavía no me he podido convertir. Tengo compromisos pendientes con a saber qué ancestrxs. Tengo desafíos que unas veces me ilusionan y otras me acojonan. Y sí, claro… tengo culpa por no estar respondiendo a todo ese lastre que me postra en una silla cuyo nombre es «bloqueo». Porque la sucesión de «hayques» me empuja a la tristeza, y entregarme a las palabras es un consuelo que, al menos hoy, necesito consentirme.

Y las lloro sobre la pequeña pantalla de mi móvil, como a la espera de que tú sepas que existo. Las desbordo fuera de mí porque dentro ya hacen demasiado ruido. Las pongo una detrás de otra sin decir nada, pero diciendo todo… o eso me cuenta el vello de punta y la imposibilidad de dejar de hacerlo. Y es que se me acumula ese peso invisible sobre los hombros, se me agarran los pies al suelo como si sintiera que no puedo formar parte de él y se me resienten las mandíbulas de imponerme un silencio que sé que no toca.

Y tú… tú que estás ahí, buscando a saber qué… Y yo… yo queriendo aprovechar tu lectura para darte «algo» que tú quieras. Pero cómo voy a poder yo atender tu anhelo, si el mío propio vaga perdido por las colinas del abandono? Porque no… todavía no sé atenderme. Todavía no sé encontrar lo que me hace falta y dármelo, mendigándoselo a quien tampoco tiene para sí, por mucho que la apariencia se esfuerce en mostrar la abundancia de lo contrario.

Y me encantaría poder decirte que desbordamos plenitud, tú y yo. Que nuestro interior alberga todo lo que necesitamos. Que todos esos blablablas positivistas nacen en mi corazón sano y fuerte y se expanden para contagiarte de paz y alegría. Pero, aún siendo cierto, no estaría siendo fiel a este momento desamparado, a este instante de cansancio y fragilidad humana. Claro que me gustaría decirte que tenemos la fuerza necesaria para crear una realidad diferente a la que nos somete, y te diría la verdad si así lo hiciera, pero dónde meto la desesperanza que ahora siento?

Todavía hoy… siguen siendo las palabras el cauce que me saca de mí y a mí me devuelve, como la respiración en el momento en que se hace consciente. Todavía hoy siento ese extraño compromiso con ellas, que me empuja a vaciarme en el desorden de los renglones para encontrarme contigo. Todavía hoy me visitan en mi soledad… narrando mis íntimos sentires, mis experiencias paralelas, mis libertarios aullidos. Sólo el efímero silencio absoluto es más yo, que el yo que soy cuando me deslizo por los párrafos de mi soledad.

Y podría seguir un rato hablándote de esta «nada» tan nutritiva que supone el reencuentro con la grafía en esta pequeña pantalla, a la que me asomo con un dedo cada vez. Podría hacer reverberar mi voz en este silencio vespertino mientras me vuelco en un escrito cuyo fin se resiste a manifestarse. Podría fundirme en los minutos y las horas por el simple hecho de sentirme más viva.

Pero me doy por saciada… por la simple imposición del rutinario cotidiano… que me arrastra y apaga, lanzándome poco a poco a ese estado de «hoy no tengo gracia pa na». Pero me observo más impulsada a seguir, por el simple hecho de haberme permitido parar… a escribir.

El centro de la elipse

Ya casi no queda luz hoy, así que me dejo acompañar por la penumbra que se cuela entre la niebla para traerme la noche.

Agarro el boli por simple impulso de supervivencia, por abrazar mi soledad entre las líneas y hacerme amiga de ella. No nos llevamos mal, pero es tan generosa que a veces quiere compartirse con otras soledades y escribir historias de llanto y rabia.

Otra vez. Repetición. Es tan humano esto de caminar en círculos para llegar siempre al mismo lugar… Y se me formulan dos asociaciones dentro de mi ignorante mente.

Una es la de la ciclicidad de los astros, que siempre gravitan alrededor de algo, y este algo alrededor de otro algo, y este algo alrededor de otro algo… y todo ello alrededor de un poderoso agujero negro. Estos misterios me fascinan. No tengo ni idea de si son ciertos o no. Pero está bien escuchar las teorías de unxs y de otrxs, imaginarse toda esa danza estelar en mi diminuta mente y lanzarme de cabeza a ese agujero negro para ver qué es y desvelar todos sus secretos.

Otra es aquella conversación con el Dr. Fernández. Aquel día me sentí escuchada. Dejó a un lado las preguntas protocolarias y me invitó a pedir ayuda (tras haberme negado él, muy sosegadamente, la eutanasia). Le pedí sentido cuando no lograba encontrarlo por ninguna parte, y sentía que ya no podía más. Fue entonces cuando dibujó tres figuras en el vaho de la ventana para, cediendo a mi petición, hablar de filosofía. Y me habló de la visión lineal, de la circular y de la espiral, entre los gritos desesperados y las risas histéricas ambientales. No me ofreció pastillas extra. No se lo dije entonces, pero aquella conversación era justo lo que necesitaba por aquel entonces. Y aunque no me arregló la vida, ni dejé de sentirme cómo me sentía, sembró en mí la duda acerca de la real existencia de un sentido oculto para la vida aquí en la Tierra.

17 años después, albergo más dudas que entonces, pero con el tiempo he entrenado un poco la capacidad de observar mi traslación alrededor de mi propio agujero negro personal. No cuento las vueltas, ni mido la velocidad. A veces la gravedad me coge de la mano y sólo hay que dejarse llevar. Otras veces, se me hunden las piernas en el lodo más espeso y, cuanto más intento avanzar, más me hundo en mi propia historia.

Aunque… una ya sabe que hay periodos en los que toca enfarragarse, y no ver más allá de la tierra que pulsa por tragarme hacia sus oscuros y fríos adentros. Y me dejo ir… me dejo tragar por las entrañas de la tierra… hasta que la vida me envía señales inequívocas de que ya fue suficiente.

Comienza la reconstrucción de la propia individualidad, se redefinen los límites que me ofrecen la oportunidad de contenerme, se activa la fuerza necesaria para vislumbrar un sólido y efímero asidero al que aferrarme y un pedacito pequeño de tierra firme en el que apoyar el primer pie, y luego el segundo. El cuerpo magullado, torpe, pesado y desacostumbrado se siente extraño ante los nuevos requerimientos, pero sabe que es la única vía posible para poder continuar su camino, para poder arriesgarse a escribir un nuevo capítulo.

Me sobran cadenas que empujan de mis pies y de mis manos hacia ese cenagal en el que ya no quedan patadas y puñetazos que dar. Hay yagas en la piel de años de presidio. Pero poseo la llave de los grilletes y sólo tengo que reunir el coraje suficiente para poder tener el pulso necesario que me permita acertar con el cerrojo. Giro hábil de muñeca, sin vacilaciones que desmerezcan el oportuno gesto. Y… voilà!

Más ligero el peso… Más libertad de movimientos… Más cerca de mí. Miedo? Mucho. Certezas? Pocas. Rumbo? El que dicte mi propia voz, a medida que se hacen más tenues los estruendos de los mandatos ajenos. Destino? Desconocido… pero fiel a quien yo soy.

Profanación de la antropología a través de la mascarilla

Ayer bajé a la ciudad costera. Esa a la que migraron lxs descendientes de lxs campesinxs en busca de «una vida mejor». No sé si lo lograron… Algunxs te dirán que sí mostrándote la decoración de su casa, el sonido del motor de su coche o las fotos de sus vacaciones. En algunxs también puedes ver cierto gesto de nostalgia dibujado en su rostro, sabiéndose lxs testigxs perdidxs de una cultura moribunda.

Y es que quería hablarte de la ciudad, entorno que nunca disfruté demasiado… y ahora menos. Pero a pesar del escaso gozo que implica para mí adentrarme en escenarios sobreestimulantes, a veces toca. Así que me visto mis gafas de antropóloga y me sumerjo en una especie de trabajo de campo involuntario, en el que puedo ser todo lo subjetiva que me dé la gana. La ausencia de pagadorxs es un arco que con precisión me dispara hacia la libertad, y eso hay que saber agradecerlo, amén.

Mascarillas. Llaman poderosamente mi atención! Como sólo bajo una vez al mes, puedo observar la evolución de este fenómeno, mediado, como no podía ser de otra manera, por mi estado emocional del momento. Qué mezcla de cosas!

Ahora mismo, es obligatorio su uso en cualquier circunstancia urbana (que no rural), implicando 100€ de multa ir en contra de lo dispuesto en el boletín de la comunidad. Ahora bien, el boletín estatal no contempla lo mismo, y al ser de mayor rango, prevalece. Jerarquía legislativa, o algo así se hace llamar. El derecho administrativo siempre me resultó demasiado indigesto.

El caso es que la ley y el sentido común no necesariamente han de ir de la mano. La ley está escrita (difiriendo teoría y práctica muy a menudo). El sentido común no lo está. De hecho, cada individuo puede atribuirle características diferentes. Al final… creo que se trata de que cada unx sea fiel a su propia ley.

Mi memoria rescata un recuerdo que invade mi atención, así que le voy a dedicar un inciso. Últimamente, estoy mucho en modo «batallitas’… Creo que eso significa que me estoy haciendo vieja. Pues bien! Las prácticas universitarias las realicé en una asociación de barrio, en la que se atendía a un considerable número de personas de etnia gitana. Hasta ese momento, nunca había mantenido ninguna conversación con ninguna persona gitana más allá del precio de los melones. Y me enamoré… Obedecían a un estricto código de conducta que, en ocasiones, divergía de la ley «paya». Una interesante combinación de pasión y libertad, con sometimiento ciego a la propia ley gitana, que a veces les causaba mucho sufrimiento, pero a la vez les permitía conocer su lugar en la comunidad, lxs mantenía unidxs y les concedía la libertad a su manera. Más temidas eran las consecuencias derivadas de las faltas a la ley gitana, que los castigos impuestos por la transgresión a la ley paya. Tiene un punto de romanticismo que no se puede obviar… Y me bastó el inciso!

Uso de mascarillas. Ahora mismo hay dos motivos por los que usarlas: el miedo al contagio y el miedo a la multa. Y añadiría varios motivos más: miedo a la desaprobación social, miedo a la delación, miedo a que te reconozcan por la calle?… Lo curioso es que todos los motivos empiezan por «miedo a…» Uyuyuyuy… Qué chungo, no? Hace poco escuché: el miedo es un buen vendedor, pero un mal consejero.

Cada decisión ha de ser puesta en una balanza, por cada cual, buscando su propio equilibrio consigo mismx y con lxs demás. Mi equilibrio personal me desaconseja su uso en espacios abiertos. En un espacio cerrado, me parece más apropiado respetar la voluntad de la persona responsable del mismo.

Pero no me quería diseccionarme a mí aquí, sólo compartir un punto de partida para continuar con mi informe antropológico serio y profesional. Como últimamente están tan de moda los comités de expertxs de dudosa existencia, me han entrado las ganas de compartir en este espacio 4 anotaciones irrelevantes que entretienen mi mente curiosa y desviada.

La primera característica que me ha desencajado la mandíbula es lo normalizado que está el uso de dicho complemento. Hay quien se atreve a quitársela cuando se sienta en un banco, supongo que bajo la opinión de que así puede mantener la distancia de seguridad. Hay familias que juegan con su perro en el parque, que tampoco la llevan puesta (siempre y cuando no haya nadie cerca). Por supuesto, la mayor parte de las personas que practican deporte no la llevan (ahí la distancia de seguridad no importa). Pero oye… es perfectamente comprensible exponerse al riesgo de contagio por coronavirus, cuando eso supone evitar la muerte por asfixia al realizar ejercicio embozado en pleno verano. Lo que decía antes del sentido común ese… Y mientras caminaba por la calle, pensaba: si veo a la policía, me pongo a hacer footing.

Pues sí… Hace un par de meses, la pauta era cruzar de acera, no mirarse a los ojos y esa tensión propia de la convivencia con el más despiadadx de lxs asesinxs. Hiperhigienización de manos, risas nerviosas y la constante sensación de que una tos puede llevarte al otro barrio.

Ahora ya no. Ahora es igual que siempre, pero con mascarillas. Es como quien usa gafas o sombrero para el sol. No hay demasiada diferencia. El uso de mascarilla es algo así como guardarte en «casa» cuando juegas al pilla-pilla. Una sensación de salvadx que posee a todas tus células en el momento en el que parapetas tus mucosas. Y… yo creo que ya se ha explicado bastante que la mascarilla, en caso de servir para algo, sería para evitar que tus propias exhalaciones lleguen al mundo (o parte, más bien). Eso implica que todo lo que tu organismo desecha en su perfecto funcionamiento, se queda adherido a tu cara (excepto lo que tenga un tamaño tan pequeño como para atravesar el papel o la tela, como puede ser el virus corona, por ejemplo).

Aún así, quien porta mascarilla porta esa seguridad propia de quien se sabe inmune frente a la pandemia o, cuando menos, obediente a las leyes que siempre, siempre, siempre se redactan para protegernos. Otro inciso… para quien no conozca a la que escribe, he de decir que el sarcasmo es una pequeña liberación de la mala leche acumulada. Cuántas veces me habrá dicho mi madre, con los dientes apretados, «si te muerdes la lengua, te envenenas»?

Otra característica muy común que me despierta las ganas de entrometerme en las vidas ajenas, es la de conducir en tu propio coche sin pasajerxs con la dichosa mascarilla puesta. Más molesta y nociva si cabe en estos días de sol. He de hacer una encuesta al respecto… pero quizá pulule la creencia de que los vehículos son susceptibles de contraer coronavirus, y por eso es necesario el uso de mascarillas entre lxs solitarixs y «solidarixs» conductorxs.

En estos días calurosos, también es bastante frecuente observar individuos con mascarilla, gafas de sol y gorro/gorra. Y ahí ya podemos empezar un infinito juego de asociaciones… Quién hay detrás de toda esta ocultación? Lxs alienígenas infiltradxs ya no tienen que ejercer sus poderes para mostrar un rostro humano. Quizá tengan 8 ojos y 4 bocas, o trompa en vez de nariz. Quién sabe? Incluso puedes estar cruzándote con el Rey o el Presidente sin saberlo! Si alguien atraca un banco, lo tiene fácil para pasar desapercibidx entre esa masa civil enmascarada. Lxs más perseguidxs terroristas se sentirán ahora aliviadxs de poder andar por donde quieran, sin temor a ser reconocidos. Ventajas del imperativo de la incognición.

Y las fotos? No sé cuál es la emoción predominante cuando las observo… Una intensa mezcolanza en la que reír y llorar son opciones igualmente válidas. La mascarilla es el rostro. No hay otro. Me recuerda un poco a los gobiernos dictatoriales en los que se homogeiniza a la población incluso a través de la vestimenta. Aunque… en el momento en que la población hace suyo ese mandato, me empiezo a sentir un poco inquieta.

Y he aquí un tema importante… La identidad. Hace unas semanas, bromeaba con una amiga comparando el uso de la mascarilla con el uso del velo entre las mujeres árabes. También el velo fue obligatorio para todas ellas, con los mecanismos punitivos necesarios para que la norma fuera respetada. Hoy por hoy, si una mujer musulmana decide no llevar velo… digamos que «puede» (sometiéndose, en según qué casos, a ciertas renuncias de mayor o menor relevancia). Imagínate que la mascarilla acabe siendo eso… ahora obligatoria, con multas y una fuerte desaprobación social frente a la desobediencia. Y dentro de un tiempo, quizá habrá quien decida dejar de usarla y habrá quien decida seguir usándola. A nadie le va a escandalizar ni sorprender esta segunda opción. De hecho… Dónde está el límite? También me lo planteaba un amigo hace unas semanas: «quién le quita ahora mismo la mascarilla a toda esta gente?» A lo que le bromeé: quizá difundan la noticia de que inventaron un virucida selectivo que liberaron a la atmósfera planetaria y ya es absolutamente seguro salir a la calle sin riesgo alguno de contagio.

Pero ahora toca mascarilla… obligatoria. Ya hemos visto a todas las estatuas de personajes ilustres actualizadas. Incluso a Mafalda! Qué diría ella de todo esto? No me importaría compartir un ratito de banco con ella, para dejarme nutrir por su despierto discurso. Cuando determinados iconos o símbolos se adhieren a iniciativas de este tipo, puedes esperar el éxito de las mismas. Y fíjate que me están entrando unas ganas de escribir un cómic que recoja las «aventuras» de Supermascarilla… Puede que incluso se lo hayan inventado ya. Si yo fuera dibujante de cómic, lo haría. Pero se me da como el culo.

Y ya si quieres repasamos las conductas y sentires lxs defensorxs de la mascarilla, mi madre entre ellxs… que ya anunció, además, que será la primera en la cola para ponerse la vacuna. Y es que esta mujer lo vive con absoluta ansiedad… Ya ella es un poco TOC, como para que le lancen esta bomba en las noticias a la hora de comer (y a todas horas, parece ser, durante los últimos meses). Y ya bastante tengo yo con lo mío, como para meterme en ese embolao. Y mira que lo respeto, eh? Pero no como para dejarme llevar por esa poderosa corriente hiperhigienizada. Y tampoco quería entrar ahí en juicios… Cada cual es libre de su autocuidado, y los problemas de piel derivados del uso de mascarillas y geles chungos son advertencias que cada unx atenderá como mejor le parezca (en el caso de muchxs, con el uso de más productos chungxs).

Quería referirme más bien aquí a la actitud ante lxs que no la usan. Esa mala hostia… Como mínimo, como mínimo… desearte una multa, o directamente llamar a la policía, igual que ya sucedió cuando algunas personas daban paseos solitarios (y peligrosísimos para la salud pública) en pleno confinamiento. En casos un poco más graves de tensión sostenida en el tiempo… el deseo de prisión, tortura policial, o enfermedad (coronavirus por ser moda, pero incluso puede servirles cualquier otra… creo yo). Cómo somos… Y es que esta situación nos está dejando el plumero al descubierto… Tengo tantas contradicciones dentro, que soy bastante rápida captando las ajenas…

Pues tuve que hacer tiempo en mi visita a esa ciudad costera, así que fui a una terraza a tomar algo. Imagínate que yo fuese un sujeto más afín a las recomendaciones sanitarias. Lo que sucedería en ese caso, sería que llevaría la mascarilla puesta, pudiéndomela quitar única y exclusivamente para sorber mi café. El resto del tiempo, mi boca debería permanecer cubierta para salvaguardar la salud pública. Pero… en la mesa de al lado había otra mujer con su consumición, al término de la cual, decidió fumarse un cigarro. La ley, que siempre busca protegernos, ampara a esta mujer para que pueda fumarse su cigarrillo a mi lado, porque ese acto no supone ningún ataque a la salud pública. Evidentemente, mientras ella fuma, es libre del uso de la mascarilla. Pero yo no. Yo no fumo. Así que la salud pública está protegida de tal modo que ella fuma a mi lado sin mascarilla, y yo me trago su humo con mascarilla. Me compensará empezar a fumar?

Como decía, esta escena no transcurrió así. Yo sólo usé la mascarilla pata acceder al aseo, y el resto del tiempo respiré sin ella. El tabaquismo es un hábito que me resulta muy molesto, pero está tan extendido que aprendí a vivir con él… excepto en mi casa. Pero es para planteárselo… Es decir, si yo hubiera llevado mascarilla podría haber pensado en el privilegio de la fumadora, y vería crecer la rabia dentro de mí (por muy convencidx que alguien esté de su uso, creo que a nadie le gusta usarla…) Y… sabes? Parece otra disputa forzada, porque es muy fácil enfrentarnos entre nosotrxs: fumadorxs Vs no fumadorxs, con mascarilla Vs sin mascarilla, izquierdas Vs derechas, religiosxs Vs atexs, Real Madrid Vs Barcelona, hombres Vs Mujeres, defensorxs LGTBIQ Vs detractorxs LGTBIQ, veganxs Vs no veganxs… Siempre habrá causas de enfrentamiento… y la mayor parte de ellas son pura ficción.

Y el tema da para mucho más, en realidad. Pero por hoy ya me aburrí, así que ahí lo dejo, con la boca al descubierto, que aunque la norma sea taparla, afortunadamente no hace falta ninguna. Ninguna de mis cabras me ha pedido una PCR, y siguen rumiando con cada día, ajenas a esta locura.

Mientras queden páginas en blanco…

Siéntate. Agarra una página en blanco… y llénala. Qué más da con qué? Acaso crees que marcará la diferencia?

No soy de lxs que «hacen por hacer»… La vida me abruma. A menudo veo el sinsentido en todo lo que me rodea. Veo mentiras, fachadas, una profunda astenia… Dicen que sólo podemos ver lo que llevamos dentro. La verdad es que yo veo de todo un poco por estas entrañas mías, pero lo que no me gusta… se queda por ahí en algún lugar, friccionando, taladrando, susurrando mortíferos comentarios entre las manillas del reloj. Pues menuda puta mierda… Sé que así no funciona la vaina.

Me gusta caminar, cargar pesos… sabiendo que es eso lo que debo hacer. No me suelo permitir caminar por caminar, ni cargar por cargar. Cuento con un trasfondo perezoso que me lo impide. Esto quiere decir que los gimnasios son para mí el mayor absurdo que parió madre… Y hay días en que no hay tareas tan dinámicas, tan vigorosas… y se me almacena toda esa furia contenida entre las sienes, las muelas y la garganta.

Y mira… te das cuenta del carácter japonés? Tan comedidxs y autocontroladxs, tan educadxs y distantes… Parecen no mostrar nunca sus emociones, aunque las tengan, evidentemente, como todx hijx de su madre. Y ya no tanto… con la globalización y la homogeneización cultural este carácter es menos notorio hoy por hoy, pero sigue estando ahí. Y sin embargo… tú has visto la cultura que producen? Manga, anime? Lo has visto? Es un descontrol de violencia, sadismo y vicio sexual. A menudo combinados. Y es que creo que esas corrientes tan jodidas nos atraviesan a todxs, y cada unx las ataja y canaliza como puede y quiere.

A mí mis corrientes a veces me arrastran. Me llevan a los infiernos donde todo quema y me dejo quedar allí un tiempo… sufriéndome, victimizándome y olvidándome de los recursos que a lo largo de los años fui desbloqueando para mí. Pero suelo ser más consciente de que estoy atrapada ahí, que yo solita me he echado el cerrojo y de que yo solita me dejo quemar las plantas de los pies en mi deambular por las ascuas de mi propio infierno. Lo sé… pero a veces parece que lo prefiero. Lo prefiero frente a la inercia de un rumbo que parece que me eligió, en lugar de elegirlo yo a él. Lo prefiero frente a la sumisión al sota, caballo y rey que supone vivir la vida. Porque las mayorías están convencidas de que hay un modo de vivir, pero a mí ese modo me da ganas de vomitar. (Aunque consciente soy de que a veces toca indigestarse con el menú del día de un restaurante nacido de las cloacas de una ciudad infesta).

No te creas que es tan instructivo el inframundo… Supongo que tú también habrás estado alguna vez, así que no te cuento ninguna novedad. Aunque sí es cierto que de allí sales con la certeza de que la causa de que nos jodamos tanto lxs unxs a lxs otrxs, nace precisamente de todas esas heridas abiertas que lucimos como recordatorio de cada una de las batallas internas, de las mil formas de tortura que nos aquejan, de las cuerdas, grilletes y bridas que se hunden en nuestra carne cuando decidimos hacernos esclavxs de a saber qué verdugo, circunstancia o tormento.

Y entre infiernos, japonesxs y gimnasios, se me han ido multiplicando las líneas. Cuando creo que, en realidad, sólo me apetece hablar sobre eso… sobre las líneas en sí mismas. Y te hablaba de «hacer por hacer», del sinsentido y de la intención. Temas que no quieren quedarse fuera de este monólogo de sábado nublado.

Por qué escribo? Podría estar rellenando los huecos del tiro de la cocina con piedras y barro, meticulosamente y con cuidado, procedimiento que exaspera a Busgosu, que prefiere que lo haga más «a barullo», para avanzar más y más rápido. No sé… a veces no me importa la velocidad. Quiere que haga la mezcla más tosca, más gruesa… pero yo no quiero. Quiero que mis dedos se sientan a gusto con lo que tocan. Me rebate que use guantes, pero tampoco quiero. Si me he de morir mañana, prefiero al menos haber sentido la vida a través de mi piel. Y es una tarea aburrida, cuyo inicio me cuesta mucho motivar… pero si la he de hacer, que sea a mi manera, por favor.

Y a mi manera también estas líneas, que necesitaron respirar en las pequeñas trifulcas domésticas, para volver a respirar hondo en el sentido mismo de las palabras garabateadas en las cuadrículas de un cuaderno cualquiera. Éste en concreto es el de Estaferia, asociación moribunda de la que soy secretaria (por ahora, y no por mucho tiempo…) Cada poco aparece «algo súperimportante» en mi vida que merece la inauguración de un cuaderno en el que registrar ideas, anotaciones, esquemas, resúmenes, fechas, reflexiones… Ese «algo súperimportante» me absorbe durante un tiempo, en el que le dedico más energías de las realmente necesarias. Me absorbe la obsesión y me fundo en un proceso que solamente yo entiendo. Pero siempre sucede algo interno, externo o mezclado, que me recuerda que otra vez me he perdido. Que por ahí no era. Otro callejón sin salida. Otra obra para la que se acabó el cemento, nada más comenzados los cimientos. Y la herida del abandono se vuelve a abrir, supurando reminiscencias de bucles ya transitados, de lecciones que creía aprendidas, de capítulos en teoría terminados.

No pasa nada. Vivamos con ello. Siempre quedan páginas en blanco disponibles mientras quede hueco para el aire en los pulmones. Así que da igual la motivación inicial del estreno de cualquier cuaderno. Al final todos sirven para lo mismo: vaciado mental, desahogo… la escucha que no encuentro entre oídos conocidos y desconocidos.

Y no siempre escribo. La mayor parte de las veces la narración es mental. Demasiado frecuente, demasiado anegante. Una voz narra en mi mente lo que hacen mis manos, el sonido de mis pies al explorar el suelo, la sensación de mi piel frente a la brisa y el clima, el ambiente recreado en mis pabellones auditivos… y mis emociones, dónde se encuentran y qué me cuentan. La voz viaja en el tiempo para conectarlas con recuerdos que brotan, se entretiene en batallitas que relata con todo lujo de detalles. Otras veces las conecta con futuros imposibles, fantásticos o terroríficos, depende del tono de la película del momento. Y otras con otras vidas, propias o ajenas, en las que acontecen cosas diferentes, pero que se sienten presentes… y lloro, y río, y me erotizo, y le pego un puñetazo a la tierra porque ya está bien, porque «alguien tiene que parar todo esto».

A veces es mi historia, pero otras veces no. Igualmente la vivo en primera persona, con el vello erizado y lágrimas en los ojos… y siento que todo el dolor del mundo se adentra en mí para habitarme, para purgarse a sí mismo a través de mi insignificancia. Y no hay botón de «off» para todo esto. Simplemente, te jodes… y mañana igual.

Y el cuaderno lo entiende… permite que me exprese, que me abra, que le desordene las palabras a través de las páginas. Y me escucha receptivo. No me dice que sí, ni que no. Sólo me concede un espacio en el que hacer algo con todo esto, aunque yo no entienda demasiado bien de qué se trata.

Y dentro de todas las posibilidades del «hacer por hacer», quizá sea esta la que más me gusta. No es para nada, no ayuda a nadie, no persigue ningún objetivo… pero en cierto modo me acompaña como un amigx. Quizá sea para mí, me ayude a mí y me sitúe en el centro de todos los objetivos… Viva el egocentrismo. Bueno… a algo tendré derecho a agarrarme… Las mujeres de mi edad beben y yo no, se maquillan y yo no, se ponen «guapas» y yo no, se miran al espejo y yo no, se hacen selfies y yo no, se van de viaje y yo no, se van de fiesta y yo no, utilizan redes sociales y yo no, forman familias y yo no, labran su carrera profesional y yo no, y en definitiva, viven vidas que yo no vivo… porque no despiertan un ápice de mi interés. Sería más fácil si así fuera, porque quizá así me sentiría un poco más parte de esta especie… pero no es así, qué le vamos a hacer? O sea que… ya que no hay molde que me contenga, elijo verterme en el tiempo y fundirme en mi historia que, por atípica, no tengo ni puta idea de cómo escribirla. Tampoco busco referencias, para qué? No vine a esta vida para emular la de otrxs, sinó para vivir la mía propia, sea como sea, echándole un poco más de valor y honestidad a los días, a pesar de la incomprensión, de la soledad… y del miedo que echa el freno un día sí y otro también.

Y resulta frustrante, casi increíble, que cuaderno tras cuaderno, página tras página, mis cantinelas más reiteradas versen siempre sobre lo mismo: «oh, la escritura! Dulce martirio! Porque escribir no sirve para nada, porque no me trasciende, porque a nadie llega, porque nada cuenta, porque aumenta el ruido que de por sí invade nuestros días, porque mira cuántos árboles se talan para contener tus chorradas…» De verdad, me aburro a mí misma. Todo será por meter la culpa por algún lado, con calzador si es necesario, que no falte a la cita no vaya a ser que se nos olvide a qué sabe. Putos patrones a fuego gravados…

Es una de mis luchas internas más absurdas, a estas alturas de la vida. Y me estoy excediendo, me está quedando esto muy largo, pero sabes qué?… Me importa una mierda! Porque no hay vida a la que deba atender más que a la mía propia, porque no hay nada que me apetezca más en este momento, porque no voy a ser mejor persona invirtiendo mis energías en otros asuntos… porque siento, en verdad, que es lo que tengo que hacer, aunque no tenga objetivos, aunque no sirva para nada, aunque no mejore el mundo y aunque no ayude a nadie. Simplemente… me lo debo.

Últimamente, siento muy fuerte la sensación de que me abandono a mí misma. No es que sea nuevo, es algo que viene de muy atrás. Pero… ahora mismo, en este mismo instante, con mis últimos proyectos frustrados, mis nuevas relaciones debilitándose y, en definitiva, mis expectativas nuevamente hechas trizas (como no podía ser de otra manera… expectativas y realidad son dos líneas paralelas destinadas a jamás de los jamases encontrarse)… no me queda otra que trazar un círculo alrededor de mí con lava volcánica, y escupir al cielo las señales de humo que notifiquen que pretendo hacerme más caso.

Te puedo contar muchas historias, pero elijo una que, para mí, es clave. Hace casi 20 años me sumí en mi primera crisis potente. La más potente que tuve, diría yo. No entendía nada, y a medida que los años me exigían tomar más decisiones con respecto a mi vida y mi futuro, más cenagosos se iban volviendo mis días. Atenta a la barbarie desplegada por todas partes, pretendí que cada una de mis células estuviese exenta de participar de ella. Mis primeros pasos fueron más sutiles… en la ESO elaboré largas listas de las multinacionales más agresivas del mundo, asocié a cada una de ellas todas las marcas que comercializaban, y decidí hacer mi boicot personal. Animé a todo el mundo a hacer lo mismo, con escaso éxito. Inicié muchas cruzadas personales, recogí firmas por mil causas, envié cartas a donde consideré que hizo falta y abanderé todos los lemas que consideré justos y legítimos. Mi profesor de historia me llamaba «la sindicalista». Precoz… demasiado precoz. Nadie más compartía mi visión por aquel entonces. Al menos no con la misma intensidad y compromiso. Demasiado pequeñita para un mundo tan feroz y hostil.

Y esa presión de mierda… «Qué quieres estudiar?, qué carrera eliges?, qué quieres ser de mayor? Con tus notas, puedes elegir lo que tú quieras». Basta! Basta, basta, basta! No quiero! No se me ocurre! No hay manera! Por qué? Pero yo… qué coño hago aquí? Pero cómo se os ocurre perpetuar esta especie? Pero qué cojones se os pasó por la cabeza para no abortarme? Pero qué ceguera se apoderó de vosotrxs para no usar condón? No lo entiendo!

El peso de la existencia era demasiado grande como para entenderlo, y no encontraba la manera de formar parte del mundo… De este mundo, del de entonces y del de hoy. Harta de escuchar sermones prefabricados, instrucciones acotadas a un mismo tipo de vida, consejitos de mierda quitándome importancia… Porque era demasiado joven, porque ya lo entendería «de mayor», porque blablahostias.

Y entonces lo supe… Supe que no podía ser, que mi camino no era aquel. No sabía por dónde, no había demasiadas referencias fuera de lo socialmente estipulado como «normal». La única opción que le podría dar sentido a mi vida estaba en el margen… Ni producir, ni consumir… No puedo soportar la idea de perpetuar con mis acciones esta dinámica cruel, absurda y alienante. Mi madre no podía entenderme. No puede, hoy por hoy. «Robar?», me preguntaba alarmada. No quisiera… No me gusta… Pero no lo descarto. Robín Hood lo hacía como acto de justicia. Qué sabía yo?…

No… Regalar todo mi tiempo a favor del enriquecimiento de unos pocos? Para que sea mayor su poder, y menor el del resto? A cambio de qué? De unos pocos euros con los que pagar un techo, un plato y unas vacaciones al año?

Conversaciones absurdas con mi madre… Cada una de mis palabras se le clavaban en lo más profundo de sus entrañas. Yo lo sentía con la misma intensidad que lo sentía ella. Me esforcé por explicarle, busqué argumentos más objetivos en los que apoyarme, rescaté ejemplos que le permitieran ver, mejoré mi oratoria y perdí mi paciencia con cada «ay, Lauriña!» Una misma lengua, pero diferentes idiomas. Imposible entenderse. O yo estoy demasiado despierta, o demasiado dormida. Pero todos decían que lo que no estaba bien, estaba en mí.

Observa… Hay muchas casas vacías, cuyxs propietarixs ignoran y descuidan. La tierra te da de comer y de beber. Joder… si es que hay de todo! Sólo hay que dedicarle tiempo a autogestionarse lo básico, el resto de las necesidades son ficticias. Así que al no someterte a un trabajo al servicio del capital, eres libre, y con tu tiempo puedes hacer lo que quieras.

«Y tú qué quieres hacer con tu tiempo?»

No sé… escribir, por ejemplo.

Y la decepción se apoderó de ella, frustrada, impotente, dolorida y apaleada. La mayor hostia que le pudieron haber dado. Una hija brillante y capaz de todo, depositaria de las esperanzas de la familia para romper con su estigma de obrera y campesina, con el potencial de alcanzar estatus, prestigio y poder adquisitivo, la única que podría portar un birrete y de enmarcar un diploma que podría lucir con orgullo en la pared de su despacho… Una hija capaz de obtener premios, de firmar importantes proyectos, de elevar el pedigrí familiar…

Bueno… No sé muy bien qué se le pasa a esa mujer por la cabeza, pero algo así, a juzgar por sus comentarios y reacciones. Aún a día de hoy, se le escapa alguna que otra perla al respecto, aunque ha perfeccionado el enmascaramiento de su decepción bajo la coletilla de «sólo quiero que seas feliz». Los «ay, Lauriña!» siguen abundando, y sigue siendo difícil para mí encajarlos mientras siento culpa por herir a mi propia madre. Pero así ha de ser… Ella tiene un trabajo pendiente al respecto… y yo también.

Total, que hoy… hay una parte de mí a la que le flaquean las piernas. Hay una parte de mí a la que le faltan referencias. Hay una parte de mí que se siente estropeada, errada, confusa, perdida. Con el dolor atascado en el pecho, la mente enfarragosa y las manos atadas a la duda constante. Pero… todavía tengo una oportunidad que la vida me ha querido dar. No sé, quizá hay una fuerza misteriosa que se ha querido hacer mi cómplice y puso a mi disposición una casa. Sí. No la compré, ni pago un alquiler. Simplemente me permitieron vivir en ella, porque su dueño no puede atenderla. En lo más hondo de mí, sabía que eso podía manifestarse, porque con toda sinceridad creo que así deberían funcionar las cosas… y aquí estoy dando fe de ello.

No tiene luz, ni agua, ni baño, ni cristales en las ventanas… No me importa, ya irá llegando todo eso a su debido tiempo. Priscila me da una taza de leche para desayunar, y puedo comer un revuelto cuando encuentro por el prado los huevos que las pitas van poniendo. De vez en cuando como higos, aunque este año la mayoría serán para los pájaros porque la falta de podas de la higuera hace que sus frutos me queden a desmano. Si las ardillas me lo permiten podré cosechar bastantes avellanas a principios de otoño. Me amigué con un cachito de tierra bien orientado, y ya puedo disfrutar de mi cena favorita en verano: calabacín a la plancha. Tengo silencio bastante y, a veces, muy poca prisa. Nadie reclama mi tiempo… Lo único que me aleja de la libertad son unas cuantas cadenas que yo misma me pongo encima. Pero, a grandes rasgos, el cuento que me toca vivir se aproxima bastante al cuento que me conté hace casi 20 años. Con sus matices, obvio, que la vida te va enseñando a calibrar proyecciones, a medir fuerzas, a conocer límites y, a veces, a empujarlos un poquito, desbloqueando opciones que antes parecían vedadas. Encontrando mi equilibrio personal… prioridad absoluta.

Y en medio de la búsqueda, de la definición innecesaria, no sé decirte cuál es mi tiempo libre… Supongo que… todo? Entonces… parece ser que me estoy dando cuenta de que realmente soy libre para ocuparme en lo que me apetezca… Y tengo tantas páginas pendientes, tantas conversaciones colgando, tantas historias atascadas en el vientre, tanto barullo verbal… Me place atenderlo de vez en cuando, encauzarlo, darle salida y expresión. Total… no tengo nada que perder, más que la pulsión insistente de la necesidad no atendida. Y no te prometo nada, que las promesas no tienen nada que ver con todo esto. Sé que estarás ahí para cuando yo lo necesite, y te confieso que siento culpa por extenderme tanto en tus cuadrículas, cuaderno de Estaferia.

Hace un ratito que llegó Busgosu… casi no le oigo, pero sé que anda por ahí porque lo anunció en un mensaje, al que le contesté que me dejara mi espacio contigo. Pero, aunque lo respete, sé que esta deseando arrebatármelo para cualquier chuminada. Él no tiene un amigo celuloso como lo tengo yo, así que soy el receptáculo de sus ideas, opiniones, reflexiones, chistes, recuerdos y demás expresiones verbales, me interesen o no. Así que me despido por hoy. Un millón de gracias por acogerme entre pastas blandas ENRI color verde, a través del azul oscuro de un BIC sin tapa.

El verbo en erupción

«Y si…?» Puedes continuar esta pregunta como quieras, que el tratar de responderla te va a llevar irremediablemente a un momento que no es precisamente este.

Puedes ordenar tu vida en listas, agendas, cuadrantes… Puedes usar incluso dibujos y colores. Puedes, si quieres, invertir este momento en dibujar los próximos. Puedes, claro que puedes, cómo no vas a poder?

Pero… de repente irrumpe un bichito invisible en tu vida… No lo ves, no lo hueles, no lo oyes, ni lo palpas… Nada de nada. Es casi como hablar del Ratoncito Pérez, pero con otro tipo de regalos. Y llega. No lo invocaste para el martes, ni tampoco para el sábado, pero llega. Su pasado poco importa ya. Su futuro nos es completamente desconocido. Pero su presente es aquello en lo que se convierte tu vida. Intuyo que no tiene nada que ver con tu vida de hace 4 meses.

Qué frágiles somos, que un bicho invisible a los ojos nos ha puesto la vida patas arriba. Mejor? Peor? Bah… diferente. Dejemos que el tiempo juzgue, que relojes y sentencias bien pudieran formar parte de la misma entrada del diccionario.

Y ha sido el tiempo el que ha hilado incontables experiencias desde el 14 de marzo hasta hoy. Creo que todxs podríamos escribir un libro al respecto. Y crecen las ganas de expresarse, de abrir la válvula del verbo y permitir que desatasque el atasco que generó dentro.

Sin orden ni intención, pero demasiado ruidosas como para someterse a su encierro, deambulando entre la bilis y los dientes. Han de precipitarse hacia el exterior para suavizar el ceño, para relajar los hombros, para frenar los pies que corren sin correr.

Ya no importa que me entiendas, ni importa que te sirva… Aquí sólo somos el verbo y yo, en una danza catártica que, con suerte, culmine en el más apacible de los silencios. Ya no quiero guiarte, ni invertir un vatio de mi potencia en calcular la intersección que nos encuentra… Ya no. Aunque puedas leerme, no pretendo cautivarte… Ya no quiero tejer una red en la que atraparte, porque libre soy yo mientras libre eres tú. Salirme de esa premisa es lo que menos me apetece ahora mismo… y no están los tiempos como para desobedecerse a unx mismx.

Y me estallan, eh? Me escupen fuego y lava, erupcionan en mis oídos y mi garganta. Pero qué tipo de castración me lleva a contenerlas, a permitir que me quemen las venas y me arañen la lengua? No. No, no, no. Ningún volcán permanece demasiado tiempo sin contarle al mundo la complejidad ardiente de sus entrañas.

Y mi mente pulsa por ordenarlas, por ponerlas en filita india para volver a la idea inicial, conectar constantemente con un hilo conductor que ancle mi pensamiento a una vereda delimitada a los confines de una única semilla. Y no. La vida es sumamente ordenada en su aparente desorden. No hay una pieza descolocada, sinó la atención mal enfocada.

Dónde está el principio? Dónde está el final? Acaso este ha empezado alguna vez? Lo que sabemos sin duda es que no ha acabado. Los márgenes del tiempo… Parece que hablan de versos y estrofas, pero es un mismo estribillo que se repite en distinta longitud de onda. La voz y el oído no siempre entonan la misma nota, pero se vuelcan en la misma canción.

Y me interrumpen otras historias, otros reclamos, otras pasiones, otros estratos. Conviven en la misma conversación, entreteniendo mi atención. Y ya sólo importa la cadencia, el ritmo y la latencia. Las palabras con o sin fondo, sólo para que en ellas pueda yo respirar hondo… Hay flores, hay nubes, hay fragancias y hay palabras… para que cada maestrx encuentre dónde desplegar sus enseñanzas…

Así barría, así, así

Jolín! Me entran ganas de gritar muy alto en este momento. Es inmenso el eco que vuelve a mí con cada palabra que sale de mis dedos sobre el teclado. Tan grande ha sido mi ausencia por estos lares… Y una siempre escribe, siempre narra, siempre le da vueltas a las palabras contando los cuentos que le apetece contar. Me di el tiempo que necesité, quizás un poco más del necesario… Quizás.

Y es frecuente el momento en el que mi cuerpo hace cualquier operación cotidiana, mientras mi mente cacarea no sé qué a no sé quién. Tengo aburrida a la amiga imaginaria que escucha paciente lo que no llega a salir fuera de mí. Hasta que llega un punto… en que una servidora ha de redactar un «expone y solicita», y cuando se quiere dar cuenta envió tropecientos párrafos hablando de amaneceres, de juegos de niñxs y de no recuerdo cuántas cosas más que no venían a cuento. Tan irrefrenable es el impulso de poner una palabra tras otra y lanzarlas al vacío para que las lea quien las encuentre. Pensándolo bien, esta anécdota es lo suficientemente simpática como para dedicarle un post particular a ella solita. Lo haré… otro día!

Hoy sólo quiero pasarme por aquí para contar y relatar que soy barrendera. No como un hecho trascendente en sí mismo, como un acontecimiento del que mi alma se hallaba sedienta. No precisamente. Soy barrendera porque de vez en cuando vendo mi tiempo, y en esta ocasión el trato fue ese: yo voy por las mañanas a perseguir el intento futil de que las calles estén limpias, y periódicamente mi cuenta bancaria se refresca con cifras que no me llueven por estar sentada en mi sofá escribiendo, ni tampoco debajo de un roble escribiendo, ni tampoco en la orilla de un río escribiendo, ni tampoco entre bancal de brócolis y bancal de pimientos escribiendo. Escribir me reconecta, me sana, me apacigua, me acaricia, me mece en el más tierno de los brazos que me sostienen… Pero no hace eso de añadir numeritos a la cuenta de mi banco.

Pero he ahí la escoba! Herramienta cotidiana, peligrosa arma si se da la ocasión, símbolo zen de dichosa contemplación, vehículo de brujas! Tenía yo completamente subestimado a este antiguo artilugio… Y lo cierto es que me está cautivando eso de diversificar los callos de mis manos, eso de no tener paredes que me enjaulen, eso de amanecer cada mañana junto a los gallos más madrugadores, eso de sentir el silencio en mis oídos y en mi piel… Y muchas otras cosas, puf! No tendría fin esto de buscarle las ventajas a esta circunstancia laboral temporal, destinada a los núcleos familiares de más bajos recursos. Porque en mi ayuntamiento no te hacen una prueba de habilidad con la escoba, ni te reclaman ningún curso relacionado con el puesto. El requisito a cumplir es ser muy pobre (económicamente hablando), y ese lo cumplo!

Así que ya llevo un par de meses con la escoba en la mano, pendientes todavía cuatro antes de volver a mis vacaciones rurales. Y hay días que pienso… «todo el mundo debería trabajar al menos 6 meses barriendo!» Porque sí, porque viene bien, porque creces, porque «descansas» mientras trabajas, porque te conoces, porque es una oportunidad perfecta para transformar lo cotidiano en el espacio en el que te encuentras.

Y mira tú qué año más raro, por A y por B, incluso por Z. Un salto abismal con respecto al 2018. No digo mejor, pero con apuestas diferentes. No hay camino correcto, ni equivocado. Hay un camino, y por él caminas tú, observando qué sucede dentro y qué sucede fuera, si es que quieres «observar». Y las experiencias te traen siempre a ti mismx, cuando estás dispuestx a darte cuenta. Así que este año me permití tomar determinadas decisiones. Decisiones que ya llevaban mucho tiempo fraguándose por aquí dentro. Nada vino por sorpresa, en realidad. Así que vuelvo a ver mis máscaras, mis heridas, mis compulsiones, mis necesidades encubiertas… Experiencias necesarias para seguir viendo. Cuántas cosillas hay que ver! Y las veo… para cerrar los ojos y atreverme a ver de otra manera, más profunda, más auténtica, más necesaria. VER.

Y sólamente quiero calentar los dedillos, activar las cuerdas vocales, recordar que la garganta alberga el poder de expandirse/me/te/nos. Y concederle el espacio para desperezarse, para que circule el aire y que no me suene extraño el sonido que ha de emitir tras un silencio muy relativo. Y a pesar de que ya va un tiempo que el impulso se me acumula en el culillo, quizás haya sido la escoba la que me haya susurrado que, independientemente de la forma, me viene bien esto de charlotear un poco con alguien que no sea yo (o mi amiga imaginaria). Así que por aquí me asomo, con cierta precaución, sin demasiado bombo y platillo. Disimuladamente, como quien no quiere la cosa. Puede que solamente por ver actualizada la fecha de la última publicación, y picarme a mí misma para entrenar la constancia, a la vez que involucro a otrxs para que me echan un cable (eso del compromiso, ya sabes!).

Así, con la torpeza propia de una loba que se aventura a cazar sola por primera vez (qué encantadoras son las primeras veces…). Con esa ilusión, esa necesidad de ponerse a prueba, ese equilibrio inestable entre impulso y prudencia, ese olor a fresco de lo inexplorado. Ñam! Y no vengo sola! Tengo una escoba fosforita que me alienta, que me sirve de apoyo, que me ancla firmemente al presente… o me catapulta al lejano país donde se desarrollan mis utopías. Ay, escobita, escobita… Tantas canciones se te han dedicado, y yo sin conocer el motivo hasta ahora. Así que… me aventuro a decir que nos leeremos y, si me aceptas una sugerencia de convivencia… ¡utiliza las papeleras! 😉