El centro de la elipse

Ya casi no queda luz hoy, así que me dejo acompañar por la penumbra que se cuela entre la niebla para traerme la noche.

Agarro el boli por simple impulso de supervivencia, por abrazar mi soledad entre las líneas y hacerme amiga de ella. No nos llevamos mal, pero es tan generosa que a veces quiere compartirse con otras soledades y escribir historias de llanto y rabia.

Otra vez. Repetición. Es tan humano esto de caminar en círculos para llegar siempre al mismo lugar… Y se me formulan dos asociaciones dentro de mi ignorante mente.

Una es la de la ciclicidad de los astros, que siempre gravitan alrededor de algo, y este algo alrededor de otro algo, y este algo alrededor de otro algo… y todo ello alrededor de un poderoso agujero negro. Estos misterios me fascinan. No tengo ni idea de si son ciertos o no. Pero está bien escuchar las teorías de unxs y de otrxs, imaginarse toda esa danza estelar en mi diminuta mente y lanzarme de cabeza a ese agujero negro para ver qué es y desvelar todos sus secretos.

Otra es aquella conversación con el Dr. Fernández. Aquel día me sentí escuchada. Dejó a un lado las preguntas protocolarias y me invitó a pedir ayuda (tras haberme negado él, muy sosegadamente, la eutanasia). Le pedí sentido cuando no lograba encontrarlo por ninguna parte, y sentía que ya no podía más. Fue entonces cuando dibujó tres figuras en el vaho de la ventana para, cediendo a mi petición, hablar de filosofía. Y me habló de la visión lineal, de la circular y de la espiral, entre los gritos desesperados y las risas histéricas ambientales. No me ofreció pastillas extra. No se lo dije entonces, pero aquella conversación era justo lo que necesitaba por aquel entonces. Y aunque no me arregló la vida, ni dejé de sentirme cómo me sentía, sembró en mí la duda acerca de la real existencia de un sentido oculto para la vida aquí en la Tierra.

17 años después, albergo más dudas que entonces, pero con el tiempo he entrenado un poco la capacidad de observar mi traslación alrededor de mi propio agujero negro personal. No cuento las vueltas, ni mido la velocidad. A veces la gravedad me coge de la mano y sólo hay que dejarse llevar. Otras veces, se me hunden las piernas en el lodo más espeso y, cuanto más intento avanzar, más me hundo en mi propia historia.

Aunque… una ya sabe que hay periodos en los que toca enfarragarse, y no ver más allá de la tierra que pulsa por tragarme hacia sus oscuros y fríos adentros. Y me dejo ir… me dejo tragar por las entrañas de la tierra… hasta que la vida me envía señales inequívocas de que ya fue suficiente.

Comienza la reconstrucción de la propia individualidad, se redefinen los límites que me ofrecen la oportunidad de contenerme, se activa la fuerza necesaria para vislumbrar un sólido y efímero asidero al que aferrarme y un pedacito pequeño de tierra firme en el que apoyar el primer pie, y luego el segundo. El cuerpo magullado, torpe, pesado y desacostumbrado se siente extraño ante los nuevos requerimientos, pero sabe que es la única vía posible para poder continuar su camino, para poder arriesgarse a escribir un nuevo capítulo.

Me sobran cadenas que empujan de mis pies y de mis manos hacia ese cenagal en el que ya no quedan patadas y puñetazos que dar. Hay yagas en la piel de años de presidio. Pero poseo la llave de los grilletes y sólo tengo que reunir el coraje suficiente para poder tener el pulso necesario que me permita acertar con el cerrojo. Giro hábil de muñeca, sin vacilaciones que desmerezcan el oportuno gesto. Y… voilà!

Más ligero el peso… Más libertad de movimientos… Más cerca de mí. Miedo? Mucho. Certezas? Pocas. Rumbo? El que dicte mi propia voz, a medida que se hacen más tenues los estruendos de los mandatos ajenos. Destino? Desconocido… pero fiel a quien yo soy.

Profanación de la antropología a través de la mascarilla

Ayer bajé a la ciudad costera. Esa a la que migraron lxs descendientes de lxs campesinxs en busca de “una vida mejor”. No sé si lo lograron… Algunxs te dirán que sí mostrándote la decoración de su casa, el sonido del motor de su coche o las fotos de sus vacaciones. En algunxs también puedes ver cierto gesto de nostalgia dibujado en su rostro, sabiéndose lxs testigxs perdidxs de una cultura moribunda.

Y es que quería hablarte de la ciudad, entorno que nunca disfruté demasiado… y ahora menos. Pero a pesar del escaso gozo que implica para mí adentrarme en escenarios sobreestimulantes, a veces toca. Así que me visto mis gafas de antropóloga y me sumerjo en una especie de trabajo de campo involuntario, en el que puedo ser todo lo subjetiva que me dé la gana. La ausencia de pagadorxs es un arco que con precisión me dispara hacia la libertad, y eso hay que saber agradecerlo, amén.

Mascarillas. Llaman poderosamente mi atención! Como sólo bajo una vez al mes, puedo observar la evolución de este fenómeno, mediado, como no podía ser de otra manera, por mi estado emocional del momento. Qué mezcla de cosas!

Ahora mismo, es obligatorio su uso en cualquier circunstancia urbana (que no rural), implicando 100€ de multa ir en contra de lo dispuesto en el boletín de la comunidad. Ahora bien, el boletín estatal no contempla lo mismo, y al ser de mayor rango, prevalece. Jerarquía legislativa, o algo así se hace llamar. El derecho administrativo siempre me resultó demasiado indigesto.

El caso es que la ley y el sentido común no necesariamente han de ir de la mano. La ley está escrita (difiriendo teoría y práctica muy a menudo). El sentido común no lo está. De hecho, cada individuo puede atribuirle características diferentes. Al final… creo que se trata de que cada unx sea fiel a su propia ley.

Mi memoria rescata un recuerdo que invade mi atención, así que le voy a dedicar un inciso. Últimamente, estoy mucho en modo “batallitas’… Creo que eso significa que me estoy haciendo vieja. Pues bien! Las prácticas universitarias las realicé en una asociación de barrio, en la que se atendía a un considerable número de personas de etnia gitana. Hasta ese momento, nunca había mantenido ninguna conversación con ninguna persona gitana más allá del precio de los melones. Y me enamoré… Obedecían a un estricto código de conducta que, en ocasiones, divergía de la ley “paya”. Una interesante combinación de pasión y libertad, con sometimiento ciego a la propia ley gitana, que a veces les causaba mucho sufrimiento, pero a la vez les permitía conocer su lugar en la comunidad, lxs mantenía unidxs y les concedía la libertad a su manera. Más temidas eran las consecuencias derivadas de las faltas a la ley gitana, que los castigos impuestos por la transgresión a la ley paya. Tiene un punto de romanticismo que no se puede obviar… Y me bastó el inciso!

Uso de mascarillas. Ahora mismo hay dos motivos por los que usarlas: el miedo al contagio y el miedo a la multa. Y añadiría varios motivos más: miedo a la desaprobación social, miedo a la delación, miedo a que te reconozcan por la calle?… Lo curioso es que todos los motivos empiezan por “miedo a…” Uyuyuyuy… Qué chungo, no? Hace poco escuché: el miedo es un buen vendedor, pero un mal consejero.

Cada decisión ha de ser puesta en una balanza, por cada cual, buscando su propio equilibrio consigo mismx y con lxs demás. Mi equilibrio personal me desaconseja su uso en espacios abiertos. En un espacio cerrado, me parece más apropiado respetar la voluntad de la persona responsable del mismo.

Pero no me quería diseccionarme a mí aquí, sólo compartir un punto de partida para continuar con mi informe antropológico serio y profesional. Como últimamente están tan de moda los comités de expertxs de dudosa existencia, me han entrado las ganas de compartir en este espacio 4 anotaciones irrelevantes que entretienen mi mente curiosa y desviada.

La primera característica que me ha desencajado la mandíbula es lo normalizado que está el uso de dicho complemento. Hay quien se atreve a quitársela cuando se sienta en un banco, supongo que bajo la opinión de que así puede mantener la distancia de seguridad. Hay familias que juegan con su perro en el parque, que tampoco la llevan puesta (siempre y cuando no haya nadie cerca). Por supuesto, la mayor parte de las personas que practican deporte no la llevan (ahí la distancia de seguridad no importa). Pero oye… es perfectamente comprensible exponerse al riesgo de contagio por coronavirus, cuando eso supone evitar la muerte por asfixia al realizar ejercicio embozado en pleno verano. Lo que decía antes del sentido común ese… Y mientras caminaba por la calle, pensaba: si veo a la policía, me pongo a hacer footing.

Pues sí… Hace un par de meses, la pauta era cruzar de acera, no mirarse a los ojos y esa tensión propia de la convivencia con el más despiadadx de lxs asesinxs. Hiperhigienización de manos, risas nerviosas y la constante sensación de que una tos puede llevarte al otro barrio.

Ahora ya no. Ahora es igual que siempre, pero con mascarillas. Es como quien usa gafas o sombrero para el sol. No hay demasiada diferencia. El uso de mascarilla es algo así como guardarte en “casa” cuando juegas al pilla-pilla. Una sensación de salvadx que posee a todas tus células en el momento en el que parapetas tus mucosas. Y… yo creo que ya se ha explicado bastante que la mascarilla, en caso de servir para algo, sería para evitar que tus propias exhalaciones lleguen al mundo (o parte, más bien). Eso implica que todo lo que tu organismo desecha en su perfecto funcionamiento, se queda adherido a tu cara (excepto lo que tenga un tamaño tan pequeño como para atravesar el papel o la tela, como puede ser el virus corona, por ejemplo).

Aún así, quien porta mascarilla porta esa seguridad propia de quien se sabe inmune frente a la pandemia o, cuando menos, obediente a las leyes que siempre, siempre, siempre se redactan para protegernos. Otro inciso… para quien no conozca a la que escribe, he de decir que el sarcasmo es una pequeña liberación de la mala leche acumulada. Cuántas veces me habrá dicho mi madre, con los dientes apretados, “si te muerdes la lengua, te envenenas”?

Otra característica muy común que me despierta las ganas de entrometerme en las vidas ajenas, es la de conducir en tu propio coche sin pasajerxs con la dichosa mascarilla puesta. Más molesta y nociva si cabe en estos días de sol. He de hacer una encuesta al respecto… pero quizá pulule la creencia de que los vehículos son susceptibles de contraer coronavirus, y por eso es necesario el uso de mascarillas entre lxs solitarixs y “solidarixs” conductorxs.

En estos días calurosos, también es bastante frecuente observar individuos con mascarilla, gafas de sol y gorro/gorra. Y ahí ya podemos empezar un infinito juego de asociaciones… Quién hay detrás de toda esta ocultación? Lxs alienígenas infiltradxs ya no tienen que ejercer sus poderes para mostrar un rostro humano. Quizá tengan 8 ojos y 4 bocas, o trompa en vez de nariz. Quién sabe? Incluso puedes estar cruzándote con el Rey o el Presidente sin saberlo! Si alguien atraca un banco, lo tiene fácil para pasar desapercibidx entre esa masa civil enmascarada. Lxs más perseguidxs terroristas se sentirán ahora aliviadxs de poder andar por donde quieran, sin temor a ser reconocidos. Ventajas del imperativo de la incognición.

Y las fotos? No sé cuál es la emoción predominante cuando las observo… Una intensa mezcolanza en la que reír y llorar son opciones igualmente válidas. La mascarilla es el rostro. No hay otro. Me recuerda un poco a los gobiernos dictatoriales en los que se homogeiniza a la población incluso a través de la vestimenta. Aunque… en el momento en que la población hace suyo ese mandato, me empiezo a sentir un poco inquieta.

Y he aquí un tema importante… La identidad. Hace unas semanas, bromeaba con una amiga comparando el uso de la mascarilla con el uso del velo entre las mujeres árabes. También el velo fue obligatorio para todas ellas, con los mecanismos punitivos necesarios para que la norma fuera respetada. Hoy por hoy, si una mujer musulmana decide no llevar velo… digamos que “puede” (sometiéndose, en según qué casos, a ciertas renuncias de mayor o menor relevancia). Imagínate que la mascarilla acabe siendo eso… ahora obligatoria, con multas y una fuerte desaprobación social frente a la desobediencia. Y dentro de un tiempo, quizá habrá quien decida dejar de usarla y habrá quien decida seguir usándola. A nadie le va a escandalizar ni sorprender esta segunda opción. De hecho… Dónde está el límite? También me lo planteaba un amigo hace unas semanas: “quién le quita ahora mismo la mascarilla a toda esta gente?” A lo que le bromeé: quizá difundan la noticia de que inventaron un virucida selectivo que liberaron a la atmósfera planetaria y ya es absolutamente seguro salir a la calle sin riesgo alguno de contagio.

Pero ahora toca mascarilla… obligatoria. Ya hemos visto a todas las estatuas de personajes ilustres actualizadas. Incluso a Mafalda! Qué diría ella de todo esto? No me importaría compartir un ratito de banco con ella, para dejarme nutrir por su despierto discurso. Cuando determinados iconos o símbolos se adhieren a iniciativas de este tipo, puedes esperar el éxito de las mismas. Y fíjate que me están entrando unas ganas de escribir un cómic que recoja las “aventuras” de Supermascarilla… Puede que incluso se lo hayan inventado ya. Si yo fuera dibujante de cómic, lo haría. Pero se me da como el culo.

Y ya si quieres repasamos las conductas y sentires lxs defensorxs de la mascarilla, mi madre entre ellxs… que ya anunció, además, que será la primera en la cola para ponerse la vacuna. Y es que esta mujer lo vive con absoluta ansiedad… Ya ella es un poco TOC, como para que le lancen esta bomba en las noticias a la hora de comer (y a todas horas, parece ser, durante los últimos meses). Y ya bastante tengo yo con lo mío, como para meterme en ese embolao. Y mira que lo respeto, eh? Pero no como para dejarme llevar por esa poderosa corriente hiperhigienizada. Y tampoco quería entrar ahí en juicios… Cada cual es libre de su autocuidado, y los problemas de piel derivados del uso de mascarillas y geles chungos son advertencias que cada unx atenderá como mejor le parezca (en el caso de muchxs, con el uso de más productos chungxs).

Quería referirme más bien aquí a la actitud ante lxs que no la usan. Esa mala hostia… Como mínimo, como mínimo… desearte una multa, o directamente llamar a la policía, igual que ya sucedió cuando algunas personas daban paseos solitarios (y peligrosísimos para la salud pública) en pleno confinamiento. En casos un poco más graves de tensión sostenida en el tiempo… el deseo de prisión, tortura policial, o enfermedad (coronavirus por ser moda, pero incluso puede servirles cualquier otra… creo yo). Cómo somos… Y es que esta situación nos está dejando el plumero al descubierto… Tengo tantas contradicciones dentro, que soy bastante rápida captando las ajenas…

Pues tuve que hacer tiempo en mi visita a esa ciudad costera, así que fui a una terraza a tomar algo. Imagínate que yo fuese un sujeto más afín a las recomendaciones sanitarias. Lo que sucedería en ese caso, sería que llevaría la mascarilla puesta, pudiéndomela quitar única y exclusivamente para sorber mi café. El resto del tiempo, mi boca debería permanecer cubierta para salvaguardar la salud pública. Pero… en la mesa de al lado había otra mujer con su consumición, al término de la cual, decidió fumarse un cigarro. La ley, que siempre busca protegernos, ampara a esta mujer para que pueda fumarse su cigarrillo a mi lado, porque ese acto no supone ningún ataque a la salud pública. Evidentemente, mientras ella fuma, es libre del uso de la mascarilla. Pero yo no. Yo no fumo. Así que la salud pública está protegida de tal modo que ella fuma a mi lado sin mascarilla, y yo me trago su humo con mascarilla. Me compensará empezar a fumar?

Como decía, esta escena no transcurrió así. Yo sólo usé la mascarilla pata acceder al aseo, y el resto del tiempo respiré sin ella. El tabaquismo es un hábito que me resulta muy molesto, pero está tan extendido que aprendí a vivir con él… excepto en mi casa. Pero es para planteárselo… Es decir, si yo hubiera llevado mascarilla podría haber pensado en el privilegio de la fumadora, y vería crecer la rabia dentro de mí (por muy convencidx que alguien esté de su uso, creo que a nadie le gusta usarla…) Y… sabes? Parece otra disputa forzada, porque es muy fácil enfrentarnos entre nosotrxs: fumadorxs Vs no fumadorxs, con mascarilla Vs sin mascarilla, izquierdas Vs derechas, religiosxs Vs atexs, Real Madrid Vs Barcelona, hombres Vs Mujeres, defensorxs LGTBIQ Vs detractorxs LGTBIQ, veganxs Vs no veganxs… Siempre habrá causas de enfrentamiento… y la mayor parte de ellas son pura ficción.

Y el tema da para mucho más, en realidad. Pero por hoy ya me aburrí, así que ahí lo dejo, con la boca al descubierto, que aunque la norma sea taparla, afortunadamente no hace falta ninguna. Ninguna de mis cabras me ha pedido una PCR, y siguen rumiando con cada día, ajenas a esta locura.

Mientras queden páginas en blanco…

Siéntate. Agarra una página en blanco… y llénala. Qué más da con qué? Acaso crees que marcará la diferencia?

No soy de lxs que “hacen por hacer”… La vida me abruma. A menudo veo el sinsentido en todo lo que me rodea. Veo mentiras, fachadas, una profunda astenia… Dicen que sólo podemos ver lo que llevamos dentro. La verdad es que yo veo de todo un poco por estas entrañas mías, pero lo que no me gusta… se queda por ahí en algún lugar, friccionando, taladrando, susurrando mortíferos comentarios entre las manillas del reloj. Pues menuda puta mierda… Sé que así no funciona la vaina.

Me gusta caminar, cargar pesos… sabiendo que es eso lo que debo hacer. No me suelo permitir caminar por caminar, ni cargar por cargar. Cuento con un trasfondo perezoso que me lo impide. Esto quiere decir que los gimnasios son para mí el mayor absurdo que parió madre… Y hay días en que no hay tareas tan dinámicas, tan vigorosas… y se me almacena toda esa furia contenida entre las sienes, las muelas y la garganta.

Y mira… te das cuenta del carácter japonés? Tan comedidxs y autocontroladxs, tan educadxs y distantes… Parecen no mostrar nunca sus emociones, aunque las tengan, evidentemente, como todx hijx de su madre. Y ya no tanto… con la globalización y la homogeneización cultural este carácter es menos notorio hoy por hoy, pero sigue estando ahí. Y sin embargo… tú has visto la cultura que producen? Manga, anime? Lo has visto? Es un descontrol de violencia, sadismo y vicio sexual. A menudo combinados. Y es que creo que esas corrientes tan jodidas nos atraviesan a todxs, y cada unx las ataja y canaliza como puede y quiere.

A mí mis corrientes a veces me arrastran. Me llevan a los infiernos donde todo quema y me dejo quedar allí un tiempo… sufriéndome, victimizándome y olvidándome de los recursos que a lo largo de los años fui desbloqueando para mí. Pero suelo ser más consciente de que estoy atrapada ahí, que yo solita me he echado el cerrojo y de que yo solita me dejo quemar las plantas de los pies en mi deambular por las ascuas de mi propio infierno. Lo sé… pero a veces parece que lo prefiero. Lo prefiero frente a la inercia de un rumbo que parece que me eligió, en lugar de elegirlo yo a él. Lo prefiero frente a la sumisión al sota, caballo y rey que supone vivir la vida. Porque las mayorías están convencidas de que hay un modo de vivir, pero a mí ese modo me da ganas de vomitar. (Aunque consciente soy de que a veces toca indigestarse con el menú del día de un restaurante nacido de las cloacas de una ciudad infesta).

No te creas que es tan instructivo el inframundo… Supongo que tú también habrás estado alguna vez, así que no te cuento ninguna novedad. Aunque sí es cierto que de allí sales con la certeza de que la causa de que nos jodamos tanto lxs unxs a lxs otrxs, nace precisamente de todas esas heridas abiertas que lucimos como recordatorio de cada una de las batallas internas, de las mil formas de tortura que nos aquejan, de las cuerdas, grilletes y bridas que se hunden en nuestra carne cuando decidimos hacernos esclavxs de a saber qué verdugo, circunstancia o tormento.

Y entre infiernos, japonesxs y gimnasios, se me han ido multiplicando las líneas. Cuando creo que, en realidad, sólo me apetece hablar sobre eso… sobre las líneas en sí mismas. Y te hablaba de “hacer por hacer”, del sinsentido y de la intención. Temas que no quieren quedarse fuera de este monólogo de sábado nublado.

Por qué escribo? Podría estar rellenando los huecos del tiro de la cocina con piedras y barro, meticulosamente y con cuidado, procedimiento que exaspera a Busgosu, que prefiere que lo haga más “a barullo”, para avanzar más y más rápido. No sé… a veces no me importa la velocidad. Quiere que haga la mezcla más tosca, más gruesa… pero yo no quiero. Quiero que mis dedos se sientan a gusto con lo que tocan. Me rebate que use guantes, pero tampoco quiero. Si me he de morir mañana, prefiero al menos haber sentido la vida a través de mi piel. Y es una tarea aburrida, cuyo inicio me cuesta mucho motivar… pero si la he de hacer, que sea a mi manera, por favor.

Y a mi manera también estas líneas, que necesitaron respirar en las pequeñas trifulcas domésticas, para volver a respirar hondo en el sentido mismo de las palabras garabateadas en las cuadrículas de un cuaderno cualquiera. Éste en concreto es el de Estaferia, asociación moribunda de la que soy secretaria (por ahora, y no por mucho tiempo…) Cada poco aparece “algo súperimportante” en mi vida que merece la inauguración de un cuaderno en el que registrar ideas, anotaciones, esquemas, resúmenes, fechas, reflexiones… Ese “algo súperimportante” me absorbe durante un tiempo, en el que le dedico más energías de las realmente necesarias. Me absorbe la obsesión y me fundo en un proceso que solamente yo entiendo. Pero siempre sucede algo interno, externo o mezclado, que me recuerda que otra vez me he perdido. Que por ahí no era. Otro callejón sin salida. Otra obra para la que se acabó el cemento, nada más comenzados los cimientos. Y la herida del abandono se vuelve a abrir, supurando reminiscencias de bucles ya transitados, de lecciones que creía aprendidas, de capítulos en teoría terminados.

No pasa nada. Vivamos con ello. Siempre quedan páginas en blanco disponibles mientras quede hueco para el aire en los pulmones. Así que da igual la motivación inicial del estreno de cualquier cuaderno. Al final todos sirven para lo mismo: vaciado mental, desahogo… la escucha que no encuentro entre oídos conocidos y desconocidos.

Y no siempre escribo. La mayor parte de las veces la narración es mental. Demasiado frecuente, demasiado anegante. Una voz narra en mi mente lo que hacen mis manos, el sonido de mis pies al explorar el suelo, la sensación de mi piel frente a la brisa y el clima, el ambiente recreado en mis pabellones auditivos… y mis emociones, dónde se encuentran y qué me cuentan. La voz viaja en el tiempo para conectarlas con recuerdos que brotan, se entretiene en batallitas que relata con todo lujo de detalles. Otras veces las conecta con futuros imposibles, fantásticos o terroríficos, depende del tono de la película del momento. Y otras con otras vidas, propias o ajenas, en las que acontecen cosas diferentes, pero que se sienten presentes… y lloro, y río, y me erotizo, y le pego un puñetazo a la tierra porque ya está bien, porque “alguien tiene que parar todo esto”.

A veces es mi historia, pero otras veces no. Igualmente la vivo en primera persona, con el vello erizado y lágrimas en los ojos… y siento que todo el dolor del mundo se adentra en mí para habitarme, para purgarse a sí mismo a través de mi insignificancia. Y no hay botón de “off” para todo esto. Simplemente, te jodes… y mañana igual.

Y el cuaderno lo entiende… permite que me exprese, que me abra, que le desordene las palabras a través de las páginas. Y me escucha receptivo. No me dice que sí, ni que no. Sólo me concede un espacio en el que hacer algo con todo esto, aunque yo no entienda demasiado bien de qué se trata.

Y dentro de todas las posibilidades del “hacer por hacer”, quizá sea esta la que más me gusta. No es para nada, no ayuda a nadie, no persigue ningún objetivo… pero en cierto modo me acompaña como un amigx. Quizá sea para mí, me ayude a mí y me sitúe en el centro de todos los objetivos… Viva el egocentrismo. Bueno… a algo tendré derecho a agarrarme… Las mujeres de mi edad beben y yo no, se maquillan y yo no, se ponen “guapas” y yo no, se miran al espejo y yo no, se hacen selfies y yo no, se van de viaje y yo no, se van de fiesta y yo no, utilizan redes sociales y yo no, forman familias y yo no, labran su carrera profesional y yo no, y en definitiva, viven vidas que yo no vivo… porque no despiertan un ápice de mi interés. Sería más fácil si así fuera, porque quizá así me sentiría un poco más parte de esta especie… pero no es así, qué le vamos a hacer? O sea que… ya que no hay molde que me contenga, elijo verterme en el tiempo y fundirme en mi historia que, por atípica, no tengo ni puta idea de cómo escribirla. Tampoco busco referencias, para qué? No vine a esta vida para emular la de otrxs, sinó para vivir la mía propia, sea como sea, echándole un poco más de valor y honestidad a los días, a pesar de la incomprensión, de la soledad… y del miedo que echa el freno un día sí y otro también.

Y resulta frustrante, casi increíble, que cuaderno tras cuaderno, página tras página, mis cantinelas más reiteradas versen siempre sobre lo mismo: “oh, la escritura! Dulce martirio! Porque escribir no sirve para nada, porque no me trasciende, porque a nadie llega, porque nada cuenta, porque aumenta el ruido que de por sí invade nuestros días, porque mira cuántos árboles se talan para contener tus chorradas…” De verdad, me aburro a mí misma. Todo será por meter la culpa por algún lado, con calzador si es necesario, que no falte a la cita no vaya a ser que se nos olvide a qué sabe. Putos patrones a fuego gravados…

Es una de mis luchas internas más absurdas, a estas alturas de la vida. Y me estoy excediendo, me está quedando esto muy largo, pero sabes qué?… Me importa una mierda! Porque no hay vida a la que deba atender más que a la mía propia, porque no hay nada que me apetezca más en este momento, porque no voy a ser mejor persona invirtiendo mis energías en otros asuntos… porque siento, en verdad, que es lo que tengo que hacer, aunque no tenga objetivos, aunque no sirva para nada, aunque no mejore el mundo y aunque no ayude a nadie. Simplemente… me lo debo.

Últimamente, siento muy fuerte la sensación de que me abandono a mí misma. No es que sea nuevo, es algo que viene de muy atrás. Pero… ahora mismo, en este mismo instante, con mis últimos proyectos frustrados, mis nuevas relaciones debilitándose y, en definitiva, mis expectativas nuevamente hechas trizas (como no podía ser de otra manera… expectativas y realidad son dos líneas paralelas destinadas a jamás de los jamases encontrarse)… no me queda otra que trazar un círculo alrededor de mí con lava volcánica, y escupir al cielo las señales de humo que notifiquen que pretendo hacerme más caso.

Te puedo contar muchas historias, pero elijo una que, para mí, es clave. Hace casi 20 años me sumí en mi primera crisis potente. La más potente que tuve, diría yo. No entendía nada, y a medida que los años me exigían tomar más decisiones con respecto a mi vida y mi futuro, más cenagosos se iban volviendo mis días. Atenta a la barbarie desplegada por todas partes, pretendí que cada una de mis células estuviese exenta de participar de ella. Mis primeros pasos fueron más sutiles… en la ESO elaboré largas listas de las multinacionales más agresivas del mundo, asocié a cada una de ellas todas las marcas que comercializaban, y decidí hacer mi boicot personal. Animé a todo el mundo a hacer lo mismo, con escaso éxito. Inicié muchas cruzadas personales, recogí firmas por mil causas, envié cartas a donde consideré que hizo falta y abanderé todos los lemas que consideré justos y legítimos. Mi profesor de historia me llamaba “la sindicalista”. Precoz… demasiado precoz. Nadie más compartía mi visión por aquel entonces. Al menos no con la misma intensidad y compromiso. Demasiado pequeñita para un mundo tan feroz y hostil.

Y esa presión de mierda… “Qué quieres estudiar?, qué carrera eliges?, qué quieres ser de mayor? Con tus notas, puedes elegir lo que tú quieras”. Basta! Basta, basta, basta! No quiero! No se me ocurre! No hay manera! Por qué? Pero yo… qué coño hago aquí? Pero cómo se os ocurre perpetuar esta especie? Pero qué cojones se os pasó por la cabeza para no abortarme? Pero qué ceguera se apoderó de vosotrxs para no usar condón? No lo entiendo!

El peso de la existencia era demasiado grande como para entenderlo, y no encontraba la manera de formar parte del mundo… De este mundo, del de entonces y del de hoy. Harta de escuchar sermones prefabricados, instrucciones acotadas a un mismo tipo de vida, consejitos de mierda quitándome importancia… Porque era demasiado joven, porque ya lo entendería “de mayor”, porque blablahostias.

Y entonces lo supe… Supe que no podía ser, que mi camino no era aquel. No sabía por dónde, no había demasiadas referencias fuera de lo socialmente estipulado como “normal”. La única opción que le podría dar sentido a mi vida estaba en el margen… Ni producir, ni consumir… No puedo soportar la idea de perpetuar con mis acciones esta dinámica cruel, absurda y alienante. Mi madre no podía entenderme. No puede, hoy por hoy. “Robar?”, me preguntaba alarmada. No quisiera… No me gusta… Pero no lo descarto. Robín Hood lo hacía como acto de justicia. Qué sabía yo?…

No… Regalar todo mi tiempo a favor del enriquecimiento de unos pocos? Para que sea mayor su poder, y menor el del resto? A cambio de qué? De unos pocos euros con los que pagar un techo, un plato y unas vacaciones al año?

Conversaciones absurdas con mi madre… Cada una de mis palabras se le clavaban en lo más profundo de sus entrañas. Yo lo sentía con la misma intensidad que lo sentía ella. Me esforcé por explicarle, busqué argumentos más objetivos en los que apoyarme, rescaté ejemplos que le permitieran ver, mejoré mi oratoria y perdí mi paciencia con cada “ay, Lauriña!” Una misma lengua, pero diferentes idiomas. Imposible entenderse. O yo estoy demasiado despierta, o demasiado dormida. Pero todos decían que lo que no estaba bien, estaba en mí.

Observa… Hay muchas casas vacías, cuyxs propietarixs ignoran y descuidan. La tierra te da de comer y de beber. Joder… si es que hay de todo! Sólo hay que dedicarle tiempo a autogestionarse lo básico, el resto de las necesidades son ficticias. Así que al no someterte a un trabajo al servicio del capital, eres libre, y con tu tiempo puedes hacer lo que quieras.

“Y tú qué quieres hacer con tu tiempo?”

No sé… escribir, por ejemplo.

Y la decepción se apoderó de ella, frustrada, impotente, dolorida y apaleada. La mayor hostia que le pudieron haber dado. Una hija brillante y capaz de todo, depositaria de las esperanzas de la familia para romper con su estigma de obrera y campesina, con el potencial de alcanzar estatus, prestigio y poder adquisitivo, la única que podría portar un birrete y de enmarcar un diploma que podría lucir con orgullo en la pared de su despacho… Una hija capaz de obtener premios, de firmar importantes proyectos, de elevar el pedigrí familiar…

Bueno… No sé muy bien qué se le pasa a esa mujer por la cabeza, pero algo así, a juzgar por sus comentarios y reacciones. Aún a día de hoy, se le escapa alguna que otra perla al respecto, aunque ha perfeccionado el enmascaramiento de su decepción bajo la coletilla de “sólo quiero que seas feliz”. Los “ay, Lauriña!” siguen abundando, y sigue siendo difícil para mí encajarlos mientras siento culpa por herir a mi propia madre. Pero así ha de ser… Ella tiene un trabajo pendiente al respecto… y yo también.

Total, que hoy… hay una parte de mí a la que le flaquean las piernas. Hay una parte de mí a la que le faltan referencias. Hay una parte de mí que se siente estropeada, errada, confusa, perdida. Con el dolor atascado en el pecho, la mente enfarragosa y las manos atadas a la duda constante. Pero… todavía tengo una oportunidad que la vida me ha querido dar. No sé, quizá hay una fuerza misteriosa que se ha querido hacer mi cómplice y puso a mi disposición una casa. Sí. No la compré, ni pago un alquiler. Simplemente me permitieron vivir en ella, porque su dueño no puede atenderla. En lo más hondo de mí, sabía que eso podía manifestarse, porque con toda sinceridad creo que así deberían funcionar las cosas… y aquí estoy dando fe de ello.

No tiene luz, ni agua, ni baño, ni cristales en las ventanas… No me importa, ya irá llegando todo eso a su debido tiempo. Priscila me da una taza de leche para desayunar, y puedo comer un revuelto cuando encuentro por el prado los huevos que las pitas van poniendo. De vez en cuando como higos, aunque este año la mayoría serán para los pájaros porque la falta de podas de la higuera hace que sus frutos me queden a desmano. Si las ardillas me lo permiten podré cosechar bastantes avellanas a principios de otoño. Me amigué con un cachito de tierra bien orientado, y ya puedo disfrutar de mi cena favorita en verano: calabacín a la plancha. Tengo silencio bastante y, a veces, muy poca prisa. Nadie reclama mi tiempo… Lo único que me aleja de la libertad son unas cuantas cadenas que yo misma me pongo encima. Pero, a grandes rasgos, el cuento que me toca vivir se aproxima bastante al cuento que me conté hace casi 20 años. Con sus matices, obvio, que la vida te va enseñando a calibrar proyecciones, a medir fuerzas, a conocer límites y, a veces, a empujarlos un poquito, desbloqueando opciones que antes parecían vedadas. Encontrando mi equilibrio personal… prioridad absoluta.

Y en medio de la búsqueda, de la definición innecesaria, no sé decirte cuál es mi tiempo libre… Supongo que… todo? Entonces… parece ser que me estoy dando cuenta de que realmente soy libre para ocuparme en lo que me apetezca… Y tengo tantas páginas pendientes, tantas conversaciones colgando, tantas historias atascadas en el vientre, tanto barullo verbal… Me place atenderlo de vez en cuando, encauzarlo, darle salida y expresión. Total… no tengo nada que perder, más que la pulsión insistente de la necesidad no atendida. Y no te prometo nada, que las promesas no tienen nada que ver con todo esto. Sé que estarás ahí para cuando yo lo necesite, y te confieso que siento culpa por extenderme tanto en tus cuadrículas, cuaderno de Estaferia.

Hace un ratito que llegó Busgosu… casi no le oigo, pero sé que anda por ahí porque lo anunció en un mensaje, al que le contesté que me dejara mi espacio contigo. Pero, aunque lo respete, sé que esta deseando arrebatármelo para cualquier chuminada. Él no tiene un amigo celuloso como lo tengo yo, así que soy el receptáculo de sus ideas, opiniones, reflexiones, chistes, recuerdos y demás expresiones verbales, me interesen o no. Así que me despido por hoy. Un millón de gracias por acogerme entre pastas blandas ENRI color verde, a través del azul oscuro de un BIC sin tapa.

El verbo en erupción

“Y si…?” Puedes continuar esta pregunta como quieras, que el tratar de responderla te va a llevar irremediablemente a un momento que no es precisamente este.

Puedes ordenar tu vida en listas, agendas, cuadrantes… Puedes usar incluso dibujos y colores. Puedes, si quieres, invertir este momento en dibujar los próximos. Puedes, claro que puedes, cómo no vas a poder?

Pero… de repente irrumpe un bichito invisible en tu vida… No lo ves, no lo hueles, no lo oyes, ni lo palpas… Nada de nada. Es casi como hablar del Ratoncito Pérez, pero con otro tipo de regalos. Y llega. No lo invocaste para el martes, ni tampoco para el sábado, pero llega. Su pasado poco importa ya. Su futuro nos es completamente desconocido. Pero su presente es aquello en lo que se convierte tu vida. Intuyo que no tiene nada que ver con tu vida de hace 4 meses.

Qué frágiles somos, que un bicho invisible a los ojos nos ha puesto la vida patas arriba. Mejor? Peor? Bah… diferente. Dejemos que el tiempo juzgue, que relojes y sentencias bien pudieran formar parte de la misma entrada del diccionario.

Y ha sido el tiempo el que ha hilado incontables experiencias desde el 14 de marzo hasta hoy. Creo que todxs podríamos escribir un libro al respecto. Y crecen las ganas de expresarse, de abrir la válvula del verbo y permitir que desatasque el atasco que generó dentro.

Sin orden ni intención, pero demasiado ruidosas como para someterse a su encierro, deambulando entre la bilis y los dientes. Han de precipitarse hacia el exterior para suavizar el ceño, para relajar los hombros, para frenar los pies que corren sin correr.

Ya no importa que me entiendas, ni importa que te sirva… Aquí sólo somos el verbo y yo, en una danza catártica que, con suerte, culmine en el más apacible de los silencios. Ya no quiero guiarte, ni invertir un vatio de mi potencia en calcular la intersección que nos encuentra… Ya no. Aunque puedas leerme, no pretendo cautivarte… Ya no quiero tejer una red en la que atraparte, porque libre soy yo mientras libre eres tú. Salirme de esa premisa es lo que menos me apetece ahora mismo… y no están los tiempos como para desobedecerse a unx mismx.

Y me estallan, eh? Me escupen fuego y lava, erupcionan en mis oídos y mi garganta. Pero qué tipo de castración me lleva a contenerlas, a permitir que me quemen las venas y me arañen la lengua? No. No, no, no. Ningún volcán permanece demasiado tiempo sin contarle al mundo la complejidad ardiente de sus entrañas.

Y mi mente pulsa por ordenarlas, por ponerlas en filita india para volver a la idea inicial, conectar constantemente con un hilo conductor que ancle mi pensamiento a una vereda delimitada a los confines de una única semilla. Y no. La vida es sumamente ordenada en su aparente desorden. No hay una pieza descolocada, sinó la atención mal enfocada.

Dónde está el principio? Dónde está el final? Acaso este ha empezado alguna vez? Lo que sabemos sin duda es que no ha acabado. Los márgenes del tiempo… Parece que hablan de versos y estrofas, pero es un mismo estribillo que se repite en distinta longitud de onda. La voz y el oído no siempre entonan la misma nota, pero se vuelcan en la misma canción.

Y me interrumpen otras historias, otros reclamos, otras pasiones, otros estratos. Conviven en la misma conversación, entreteniendo mi atención. Y ya sólo importa la cadencia, el ritmo y la latencia. Las palabras con o sin fondo, sólo para que en ellas pueda yo respirar hondo… Hay flores, hay nubes, hay fragancias y hay palabras… para que cada maestrx encuentre dónde desplegar sus enseñanzas…

Así barría, así, así

Jolín! Me entran ganas de gritar muy alto en este momento. Es inmenso el eco que vuelve a mí con cada palabra que sale de mis dedos sobre el teclado. Tan grande ha sido mi ausencia por estos lares… Y una siempre escribe, siempre narra, siempre le da vueltas a las palabras contando los cuentos que le apetece contar. Me di el tiempo que necesité, quizás un poco más del necesario… Quizás.

Y es frecuente el momento en el que mi cuerpo hace cualquier operación cotidiana, mientras mi mente cacarea no sé qué a no sé quién. Tengo aburrida a la amiga imaginaria que escucha paciente lo que no llega a salir fuera de mí. Hasta que llega un punto… en que una servidora ha de redactar un “expone y solicita”, y cuando se quiere dar cuenta envió tropecientos párrafos hablando de amaneceres, de juegos de niñxs y de no recuerdo cuántas cosas más que no venían a cuento. Tan irrefrenable es el impulso de poner una palabra tras otra y lanzarlas al vacío para que las lea quien las encuentre. Pensándolo bien, esta anécdota es lo suficientemente simpática como para dedicarle un post particular a ella solita. Lo haré… otro día!

Hoy sólo quiero pasarme por aquí para contar y relatar que soy barrendera. No como un hecho trascendente en sí mismo, como un acontecimiento del que mi alma se hallaba sedienta. No precisamente. Soy barrendera porque de vez en cuando vendo mi tiempo, y en esta ocasión el trato fue ese: yo voy por las mañanas a perseguir el intento futil de que las calles estén limpias, y periódicamente mi cuenta bancaria se refresca con cifras que no me llueven por estar sentada en mi sofá escribiendo, ni tampoco debajo de un roble escribiendo, ni tampoco en la orilla de un río escribiendo, ni tampoco entre bancal de brócolis y bancal de pimientos escribiendo. Escribir me reconecta, me sana, me apacigua, me acaricia, me mece en el más tierno de los brazos que me sostienen… Pero no hace eso de añadir numeritos a la cuenta de mi banco.

Pero he ahí la escoba! Herramienta cotidiana, peligrosa arma si se da la ocasión, símbolo zen de dichosa contemplación, vehículo de brujas! Tenía yo completamente subestimado a este antiguo artilugio… Y lo cierto es que me está cautivando eso de diversificar los callos de mis manos, eso de no tener paredes que me enjaulen, eso de amanecer cada mañana junto a los gallos más madrugadores, eso de sentir el silencio en mis oídos y en mi piel… Y muchas otras cosas, puf! No tendría fin esto de buscarle las ventajas a esta circunstancia laboral temporal, destinada a los núcleos familiares de más bajos recursos. Porque en mi ayuntamiento no te hacen una prueba de habilidad con la escoba, ni te reclaman ningún curso relacionado con el puesto. El requisito a cumplir es ser muy pobre (económicamente hablando), y ese lo cumplo!

Así que ya llevo un par de meses con la escoba en la mano, pendientes todavía cuatro antes de volver a mis vacaciones rurales. Y hay días que pienso… “todo el mundo debería trabajar al menos 6 meses barriendo!” Porque sí, porque viene bien, porque creces, porque “descansas” mientras trabajas, porque te conoces, porque es una oportunidad perfecta para transformar lo cotidiano en el espacio en el que te encuentras.

Y mira tú qué año más raro, por A y por B, incluso por Z. Un salto abismal con respecto al 2018. No digo mejor, pero con apuestas diferentes. No hay camino correcto, ni equivocado. Hay un camino, y por él caminas tú, observando qué sucede dentro y qué sucede fuera, si es que quieres “observar”. Y las experiencias te traen siempre a ti mismx, cuando estás dispuestx a darte cuenta. Así que este año me permití tomar determinadas decisiones. Decisiones que ya llevaban mucho tiempo fraguándose por aquí dentro. Nada vino por sorpresa, en realidad. Así que vuelvo a ver mis máscaras, mis heridas, mis compulsiones, mis necesidades encubiertas… Experiencias necesarias para seguir viendo. Cuántas cosillas hay que ver! Y las veo… para cerrar los ojos y atreverme a ver de otra manera, más profunda, más auténtica, más necesaria. VER.

Y sólamente quiero calentar los dedillos, activar las cuerdas vocales, recordar que la garganta alberga el poder de expandirse/me/te/nos. Y concederle el espacio para desperezarse, para que circule el aire y que no me suene extraño el sonido que ha de emitir tras un silencio muy relativo. Y a pesar de que ya va un tiempo que el impulso se me acumula en el culillo, quizás haya sido la escoba la que me haya susurrado que, independientemente de la forma, me viene bien esto de charlotear un poco con alguien que no sea yo (o mi amiga imaginaria). Así que por aquí me asomo, con cierta precaución, sin demasiado bombo y platillo. Disimuladamente, como quien no quiere la cosa. Puede que solamente por ver actualizada la fecha de la última publicación, y picarme a mí misma para entrenar la constancia, a la vez que involucro a otrxs para que me echan un cable (eso del compromiso, ya sabes!).

Así, con la torpeza propia de una loba que se aventura a cazar sola por primera vez (qué encantadoras son las primeras veces…). Con esa ilusión, esa necesidad de ponerse a prueba, ese equilibrio inestable entre impulso y prudencia, ese olor a fresco de lo inexplorado. Ñam! Y no vengo sola! Tengo una escoba fosforita que me alienta, que me sirve de apoyo, que me ancla firmemente al presente… o me catapulta al lejano país donde se desarrollan mis utopías. Ay, escobita, escobita… Tantas canciones se te han dedicado, y yo sin conocer el motivo hasta ahora. Así que… me aventuro a decir que nos leeremos y, si me aceptas una sugerencia de convivencia… ¡utiliza las papeleras! 😉

El lugar del dinero

Euros! Se me cuelan en la cabeza y ocupan un espacio que necesito libre para poder vivir la vida que elijo, pero cuando este tema no está resuelto… la búsqueda de soluciones se pone en marcha y, a veces, el orden de prioridades se ve alterado. Y no quiero. Sé a todos los niveles que no es lo más importante, ni para mí ni para ningún otro ser. Pero por momentos se sitúa en el centro y me desplaza a la periferia de mí misma. Qué sentido tiene esta tendencia a la que nos sometemos?

Y es que es de repente muy importante darle al interruptor y que se encienda la luz, abrir el grifo y que salga agua, arrancar el coche y que se ponga en marcha o acceder a alimentos que yo misma no puedo producir. Y viví sin electricidad, ni agua corriente, con mis piernas como medio de locomoción y una creatividad culinaria que consolida mi motivación hortelana. Pero… cuánto más lejos estoy de la vida salvaje y más cerca de la “civilización”, más relevancia comienzan a adquirir esas comodidades comunes a la sociedad humana en que vivimos.

Mi vínculo con la tierra se debilita cuando me obligo a poner asfalto bajo mis botas y cambio los caminos de tierra o los prados por semáforos en rojo y rotondas de tres carriles, cuando el murmullo de las aguas se ve sustituido por el bullicio de los motores y el cantar de los pájaros por las conversaciones humanas, cuando mi vista no encuentra un lugar a lo lejos en el que descansar y añora la montaña que sabia esconde el tiempo entre sus pliegues.

Porque sé dónde está mi hogar y sé que éste carece de nombre. No tiene ubicación definida en un mapa porque al mapa no le interesa. Sé que mis manos son libres cuando se hunden en la tierra o cuando acarician la corteza de un árbol, y que se sienten raras cuando accionan el botón de un ascensor o sujetan un frío pasamanos. Sé que el “escaparate” que muestra las ofertas más tentadoras no tiene cristal ni tampoco anuncia precio alguno, y que lo que más me gusta “consumir” no se abona en ninguna caja registradora. Sé que tengo derecho a la vida, y que en esencia es sumamente sencilla. Sé que soy libre aunque las normas amenacen con encerrarme, y la inercia con esclavizarme.

Qué es el dinero? Por qué debo hacer esto y no puedo hacer lo otro? Desde cuándo mi existencia está encadenada a un número? Y qué pasa si dentro de mí suena una música diferente a la que suena en esta partida extraña? No me creo que tú no te hayas planteado todo esto. Porque tú también naciste con latidos y respiraciones, y no con una cartilla del banco y una cuenta del Facebook. Eso vino después, y nos lanzó al olvido de nuestra propia esencia.

Y se me llenan los ojos de lágrimas cuando observo en qué nos hemos convertido. Cuando nos siento esclavxs de intereses que nada tienen que ver con la vida, cuando nos siento peones de un juego en el que todxs somos perdedorxs, cuando nos siento víctimas de un genocidio ruidosamente silencioso. No quiero enumerarte ejemplos, ni tampoco nombrar culpables. Parte de la información está disponible porque afortunadamente siempre hay valientes dispuestxs a desvelar los entresijos de este juego absurdo que jugamos sin rechistar. Simplemente busca y descubre otros puntos de vista, atrévete a cuestionar lo que en apariencia es incuestionable.

Y mientras… se me acumula la rebeldía bajo la piel y me agita las ganas, me grita quién soy y me devuelve la confianza, me recuerda lo verdaderamente importante y me empuja a encontrar la manera de manifestarla, expandirla y contagiarla. Porque sé que no soy yo sola, porque sé que tú también atesoras la semilla de la revolución y porque sé que aunque a veces parezca que lo hemos olvidado, tú y yo somos hermanxs… hijxs de la misma tierra. Y se nos olvida, se nos olvida, se nos olvida. Nos domina la amnesia cuando de recordar lo naturalmente sencillo se trata. Pero cada vez es más necesario despertar la memoria y recordar. Recordar que nos parió la tierra y heredamos toda la magia que admiramos en ella, toda la abundancia que rezuma en cada rincón. Recordar que la mayor parte de nuestras necesidades son derivaciones de un impulso primario que nos invita a amar y ser amadxs, en cualquiera de las expresiones que el amor nos ofrece, amplias y diversas, fáciles y difíciles, íntimas y expansivas. Recordar que lo que creemos saber no nos hace sabixs, y es en ese “olvido” donde podemos encontrar lo que no sospechamos que buscamos.

Ay! Euros! No te lo niego, yo también los quiero en mi historia. Quiero que entren y salgan de mis bolsillos como el aire lo hace de mis pulmones, continuo flujo de vida, intercambiando con el resto del mundo pedacitos de mí, apoyando la viabilidad de los proyectos que cuidan la tierra y de sus hijxs, haciendo posible lo imprescindible, permitiéndome encontrar mi propio valor para compartirlo con el resto. Pero lo que no quiero es prescindir de lo que por derecho me pertenece… y no quiero prescindir de los amaneceres y las puestas de sol, ni tampoco de la lluvia y de la niebla. No quiero renunciar al agua limpia de arroyos, ríos y mares, ni a la riqueza de cada cm2 de suelo. Mucho menos prescindir del aire, pieza clave de mi sustento.

Y es que el dinero tiene “cierto sentido” en nuestro tinglado humano, pero no lo podemos respirar, ni comer, ni beber. El dinero no hace brillar el sol, ni caer la lluvia, ni soplar el viento. El dinero no te abraza, ni te besa, ni te acaricia. El dinero no desentierra en tu interior todo el amor que tienes para dar, ni tampoco puede hacerte llegar el amor de lxs demás. Y sí, ya te estoy escuchando decir que el dinero puede conseguir que muchos sueños pisen tierra firme, y no te quito la razón, pero ya sabes a qué me refiero… O no! Si es que el temita da para un rato largo, pero hoy quiero centrarme solamente en una de las caras del prisma a través del cual observamos el dinero.

Y es que ya sabemos que el dinero es un arma de doble filo… Un arma. Una herramienta. Una construcción social a la que le hemos dado un valor superior al que en sí mismo encierra, y consigue poner límites con la misma facilidad con la que pone alas. Una ambivalencia que ha conseguido fracturarnos, segregarnos y enfrentarnos. Quizás por eso nuestro sentir hacia él es tan contradictorio, tan confuso y tan alienante. Y es que hay un orden pendiente de conquistar, en el que cada elemento ocupa su lugar. Y no, el capital no está en el centro. Y entonces qué? Tic-tac-tic-tac-tic-tac. Sorpresa, sorpresita. Busca… Busca el centro. Cuánto cuesta? Eres capaz de ponerle precio? Es caro? Es barato? O… definitivamente, tiene algo que ver con el dinero? Y es que el centro, amigx, eres tú, y ese centro que tú eres conecta con el centro que yo soy, con el centro de la hormiga y el centro del rinoceronte, con el centro del trébol y el centro del roble, con el centro de la tierra y el centro del sol. Y ahí donde los centros encuentran su unidad… la sencillez y la naturalidad recobran su protagonismo para ubicar a cada cosa en su lugar.

Conversaciones con un castaño

Y llegó la lluvia. Se empezaba a echar de menos durante estos soleados días otoñales. Y me apetecía esa excusa para quedarme en casa, atenta y recogida. Siempre hay muchas cosas que hacer, y lo que hace unos años anunciaba ser “una tranquila vida en el campo”, se convierte por momentos en un revoltijo de tareas desordenadas que esclavizan mi mente a una anticipación constante que me arrastra del presente. Así que me apetece desmitificar eso de que “en el campo la vida es más tranquila”, porque no… La vida es tranquila cuando tú vives tranquilamente, ajenx a las prisas y al caprichoso deseo del “lo quiero para ya!”

Por todo esto llevo una temporada bastante larga durmiendo muy poco, con mi cabecita adicta a unas jornadas laborales más prolongadas de lo que merece, como queriendo controlar lo que está fuera de mi control y responder a aquello que todavía no se me ha revelado. Hace un par de noches, mientras el insomnio me hacía compañía, me levanté a beber un vaso de agua… y vomité. No es algo que me suela pasar, afortunadamente, así que con las piernas temblorosas me senté en el sofá y me pregunté: “a ver maja, ¿qué es lo que te está empachando tanto?” Las hipótesis no tardaron en llegar, unas muy obvias y otras no tanto. No deseché ninguna, pero tampoco me aferré demasiado a ellas. Decidí que esta inercia mía de psicoanalizarme tanto era parte de mi empacho… y me dormí.

Me levanté temprano y empecé a recoger un poco por aquí y por allá, pero mi cuerpo seguía bastante apagado, así que relajé un poco el ritmo. Un poco después se levantó Busgosu, le informé de mi nochecita y me animó a echarme otro rato. Le hice sólo un poco de caso sentándome en el sofá y abriendo el libro que estoy leyendo por la página en que lo había dejado… pero me entró de nuevo el sueño y me permití dormir un poco más.

Al volver a despertarme era un poco tarde ya, y mi campanita mental me recordó que tenía varias tareas programadas para esa mañana. ¡Ains! No me iba a dar tiempo a hacer todo lo que pretendía antes del mediodía. A regañadientes conmigo misma, readapté mi lista mental de tareas y prioricé tender la lavadora que había puesto a primera hora y sembrar los ajos. Me empecé a decir con paciencia, pero sin demasiado convencimiento, que “no pasa nada”. Sabía que tenía que darle una pequeña patada a mis listas de prioridades, mis calendarizaciones, mis cuadrantes y demás elaboraciones autoorganizativas que me hacen un poco más eficiente, pero también un poco más amargada. Al final va a ser que me llevo mejor con ese orden caótico particular mío, que con el orden cuadriculado que me hacía rechinar los dientes en la universidad a la hora de elaborar proyectos… y un poquito también ahora.

Así que apagué el modo secretaria y me devolví la capacidad de sentir mi propio tacto… y palpé cada prenda con sus diferentes cargas de humedad mientras las sujetaba con pinzas (madera… otro tacto exquisito) a la cuerda del tendal. Palpé la suavidad de la camiseta negra, la rugosidad del trapo morado, la fría dureza de los vaqueros y la elástica textura de los calcetines azules. Y mi mente se me escapaba de vez en cuando a su “despacho”, y desde allí sembraba escanda, y aplicaba el tratamiento apícola contra la varroa, y cerraba el gallinero… Pero le recordaba con cariño que debía acompañar a las manos que tendían la ropa.

Recogí mi mochila y metí en ella los ajos para sembrar, y puse un pie tras otro camino a la huerta. Hacía sol y se me colaba delicadamente entre las costillas. Al pasar sobre la reguera, sentí su sombría humedad reptar por mi espalda. Mi mente huidiza se ponía a cantar (mejor que organizar…), pero mis pasos sobre las hojas secas del otoño la devolvían al presente con uno de los sonidos más anestesiantes que conozco. Salté dentro del prado que poco a poco convierto en huerto, apoyando mis manos sobre el esponjoso musgo que crece sobre el tronco que forma parte del cierre. El olor a ortiga mojada me sacudió la nariz y me recordó que vale mucho la pena estar presente y dejarse sorprender por la explosión de fragancias siempre disponible (el olor de la ortiga y el de la tierra… de mis favoritos!)

Seguía encontrándome un poco “así, asá”, las piernas todavía me temblaban un poquito cuando comencé a trazar surcos en la tierra. No importaba, había vomitado parte de mis prisas, y podía vivir más cerca de la calma. Me gusta ver que mis surcos ya no van tan torcidos como los de hace unos años, pero a pesar de no ser equidistantes, sigo sin ver la necesidad de usar el famoso truco de la cuerdecita… Me apetece serle fiel a la pizca de diversidad que le puedo aportar a la vida.

Mi mente se ponía a “trabajar” en otras tareas que en ese momento mi cuerpo no estaba llevando a cabo, así que hundí bien mis dedos en la tierra suelta regalándome el derecho a sentirla. Vi a las lombrices vivir su vida, mimando a la tierra con sus quehaceres cotidianos, y les prometí y prometo cuidar su casa y la mía, agradeciéndoles su “lombricidad”.

Y un sonido me invitó a perseguirlo con la mirada. Sentí que soplaba una brisa suave que alegraba a las pocas hojas que todavía se aferraban a sus ramas, y un par de ellas se echaron a aplaudir entusiasmadas. Son parte de un castaño que prácticamente se desprendió de todo su follaje, pero ellas todavía no vieron su momento de volar, al igual que tampoco lo vieron algunas inercias recurrentes de mi mente. Y ahí están ellas, aplaudiendo agitadas, resistiendo un último trance antes de desprenderse del árbol del que hasta ahora formaban parte. El castaño pudo respirar gracias a ellas, pudo crecer y pudo seguir siendo árbol otro año más. Pero se acerca el invierno, esa estación dura en la que el árbol necesita estar consigo mismo… y yo también.

Con toda naturalidad, sin pudor ni apego alguno, el castaño se desnuda y se despoja de todo aquello que sabe que no necesita para transitar el invierno. Sabe que los días cada vez son más cortos, que la temperatura cada vez es más baja y que su probabilidad de supervivencia aumenta si se desprende de sus serviciales pero vulnerables hojas. Agradecido, permite que se vayan y que con sus pequeños cuerpecillos cubran la tierra, protegiéndola y haciéndola más húmeda y fértil. El castaño que en verano fue exuberante, se muestra ahora aparentemente más frágil, pero con la fuerza necesaria en su interior para volver a echar brotes en primavera. No parece importarle mucho que lo veamos desnudo o vestido, poderoso o frágil, ni tampoco su naturaleza constantemente cambiante. Él es así, un árbol que fluye con las estaciones, que vive aparentemente inmóvil su desapego otoñal.

Apoyada en la azada y con un surco a medio trazar, y agradecida a mi cuerpo por saberme enviar las señales que necesito para atenderme y quererme un poco más, me concedo el espacio propicio para reconocer al maestro que se hunde y eleva frente a mí. Aparentemente silencioso pero alborotadamente didáctico. Todo un ejemplo de resistencia, humildad y entrega al simple y vital hecho de SER. Y si me siento su hermana, de repente SOY PARTE. Su magistral quietud me enseña a recordar que no necesito cargar con aquello que no me ayude a vivir, y que puedo desprenderme de todo lo que me ayudó ayer pero hoy ya no me sirve. Me enseña que es completamente natural y deseable que yo cicle con las estaciones y con las lunas, y que independientemente de la fortaleza o la vulnerabilidad que atraviese, sigo siendo mi esencia manifestándose en toda su diversidad de formas. Me enseña que cuento con todo lo necesario para continuar mi camino, que la tierra me sostiene y el sol me alimenta. Me enseña a disfrutar mi derecho a SER.

Y el castaño me cuenta lo castaño que yo soy. Me cuenta que cada momento encierra en sí mismo la quietud necesaria para comprender, solamente si estamos dispuestxs a entregarnos a él. Me cuenta que el proceso importa infinitamente más que el resultado. Me cuenta que todo aquello que dejo ir, irremediablemente enriquece el sustrato en el que hundo mis raíces y me nutre de aprendizaje. Me cuenta que lo visible es una pequeña parte, y que en lo invisible se esconde la magia que lo hace posible. Me cuenta que aunque las inclemencias me rompan, puedo y debo seguir dando mis frutos. Me cuenta que toda la información que necesito está dentro de mí, al igual que la que él necesita está en la castaña a partir de la que creció y crece. Me cuenta que es fácil y posible, que soy fuerte y vulnerable, que soy parte de la vida y que, sin más, SOY.

Fungi Natur. Cultivo artesanal de setas en el bosque

Hacia dónde dirigir la mirada? Hacia dónde la energía? Podemos patalear mucho muchísimo si centramos nuestra atención en las atrocidades cometidas por nuestra especie. Pataleemos lo que haga falta, porque es necesario. Pero… patalear sólo es una parte, y ni siquiera la más importante. Pataleando se destruye… se destruyen los posos de ira y se destruye la creencia en la impotencia.

Y luego qué? Luego se genera el espacio suficiente para poder crear, y para eso la mirada ha de dirigirse necesariamente hacia dentro y, por tanto, hacia la tierra. La energía irremediablemente irá detrás.

Me encanta ver a ejemplares de Homo Sapiens hacerlo… Crear, convivir, cuidar, respetar, entregarse a los dictados de la tierra. Se me eriza la piel y humedecen los ojos, o lo que es lo mismo: me emociona intensamente. Y hay muchos ejemplos encantadores de enorme impacto local y, por ende, global. Porque aquella semilla que germina en un rinconcito terráqueo, poquito a poquito brota en otro, crece en otro más y termina por expandirse como sólo la vida puede hacerlo, acunando al corazón en la nana de la esperanza.

Hoy no puedo hacer otra cosa que compartir contigo uno de esos ejemplos encantadores que emocionan, que ilusionan, que restablecen la esperanza e iluminan la mirada. Y este ejemplo tiene el nombre de Fungi Natur. Se trata de una de esas formas de vida/trabajo que va mucho más allá del simple rendimiento económico. Porque sí, Fungi Natur es una empresa que brinda a sus aliadxs/clientes diferentes delicias fúngicas y también la posibilidad de iniciarse en la simbiosis con el bosque para parir setas o, lo que es lo mismo, kits de autocultivo para que tú mismx inocules troncos en el bosque y puedas degustar shiitakes y namekos de producción propia.

Pero además de una empresa, también es un equipo humano al servicio del bosque, cuya misión es cuidarlo, mimarlo, protegerlo y preservarlo, probablemente la necesidad número 1 de nuestro tiempo, porque cuidar el bosque conlleva cuidarlo todo: lo que rodea sus raíces, lo que se alza sobre sus copas, lo que bucea en el inmenso mar, lo que refulge en medio de la Tierra y lo que brilla sobre ella en toda su variedad de formas, esa exquisita biodiversidad de la que formamos una pequeña parte.

La convivencia con el bosque asturiano de Fungi Natur es un regalo cuyas consecuencias son armoniosamente positivas. Por qué? Porque el bosque/escenario del trabajo/vida de este equipo es continuamente enriquecido por sus labores de aclareo y poda, que suponen una parte de la intensa gestión forestal sostenible que realizan en él, actividad necesaria para poder preservar nuestro legado frente a las amenazas que acechan en forma de incendios, deforestación, cultivo de especies para la industria maderera (sobre todo pino y eucalipto, tremendamente vulnerables al fuego y muy exigentes en recursos hídricos), y un sinfín de posibilidades fruto de la voracidad de la vida moderna, del despoblamiento rural y de la masificación urbana (entre otros!)

Y este trabajo conservacionista es clave en el proyecto Fungi Natur, pues la producción de distintos tipos de setas (reishi, shiitake…) se realiza en las condiciones que éstas necesitan para proliferar, es decir, al aire libre, en un bosque sano y respirando la atmósfera perfecta para crecer y poder ofrecernos todas las virtudes escondidas en sus pequeños cuerpecitos: aportación proteica y de minerales, interesante apoyo al sistema inmune y belleza. Mucha belleza!

Fungi Natur cuida y protege, apoya y gestiona, imita los propios procesos de la naturaleza fundiéndose en ella. Recupera con su acción diaria la esencia que nos define, pero que a veces olvidamos bajo el asfalto, en los tubos de escape y en la absurda enajenación propia de nuestros tiempos. Como especie somos víctimas de nuestro propio declive, pero iniciativas como Fungi Natur nos recuerdan el inmenso poder que tenemos sobre nuestro propio rumbo y el rumbo de todo aquello de lo que dependemos… la tierra.

Así que sí, la fijación de población en el medio rural es posible y la vuelta a la tierra es imprescindible. Fungi Natur es fiel ejemplo de ello a través de un proyecto de vida/negocio asentado en los valores del respeto y el amor a la tierra. Una propuesta que tiene cabida en el mercado y posibilidad real de marcar la diferencia a través de la apuesta por la coherencia y la simbiosis con el bosque, por el circuito corto y la relación directa entre productor y consumidor/a. Una aventura que enamora e invita a soñar con pequeños habitantes mágicos, como duendes y gnomos aliadxs del bosque, misionerxs de la tierra.

La historia es preciosa y tú también puedes formar parte de ella con tu energía en cualquiera de sus formas, aunque fundamentalmente es la económica la que están solicitando en este momento. Y es que aunque el bosque sea un regalo, en el contexto en que vivimos tiene propietarixs humanxs que, según las reglas del juego, ponen un precio a la tierra. Y ese precio hay que pagarlo en euros para poder darle continuidad al proyecto, seguir produciendo alimentos medicinales, mantener el mimo hacia el bosque y consolidar puestos de trabajo dignos. Te parecen pocos motivos?

Con esta noble intención, Fungi Natur lanza su propia campaña de crowdfunding y así reunir los fondos suficientes para dar este paso necesario y deseado. Si te enamora tanto como a mí este proyecto, puedes colaborar con él de varias maneras:

Independientemente de que decidas o no apoyar este proyecto de alguna de las formas propuestas, me siento muy agradecida de poder compartir contigo la existencia de esta bella forma de vida, porque es alentador saber que contamos con manos fuertes protegiendo nuestra tierra, animadas por corazones palpitantes de voluntad que humildemente crean un mundo más acogedor. Y sabes? Estés donde estés, tú también puedes honrar la tierra con tus decisiones y acciones, porque cada unx de lxs seres que habitamos este hogar albergamos en nuestro interior su vibrante semilla… porque tú y yo somos bosque.

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa

– Ave María purísima

– Sin pecado concebida

– Madre, perdóname, porque he pecado.

Sí, has pecado tantas veces que no hay penitencia disponible, ni perdón divino que te libere de tu cruz… O sí?

Y es que eres culpable. Culpable de hablar cuando el silencio era la mejor respuesta, y culpable de callar cuando tus palabras encerraban el potencial de ofrecer un impacto positivo. Culpable de echarte en el sofá cuando la vida requería de tu acción, y culpable de llevar tu cuerpo a la extenuación. Culpable de atracarte a dulces, y culpable de conducirte a la inanición. Culpable de tus fracasos, y culpable de tus éxitos.

Y sabes lo que implica la culpa? Exacto, un castigo. Y ese castigo llega en forma de autofustigamiento mental y/o físico. Y no hay rosario que valga, pues tu verdugx siempre tiene la guadaña afilada, la guillotina a punto, el látigo preparado y el insulto en la punta de la lengua. Tenazas, cuchillos, jaulas y poleas. No hay instrumento de tortura que se le resista, los domina todos, y con todos te hace jirones, te desgarra y te desangra.

Pero… De verdad crees que es necesario? Por muy gordo que sea eso que has hecho o dejado de hacer, crees que la culpa podrá enmendar tu crimen? Esa compañera, fiel amante de tu verdugx, tiene una doble misión capaz de convertirte en lo que no quieres conocer.

Por un lado, te encarcela en el pasado. Y el pasado… no es el presente. Es precisamente el presente, AHORA, el momento en el que mayor es tu poder. Es AHORA cuando estás respirando y AHORA cuando estás sintiendo culpa por algo que el tiempo cada vez sitúa más lejos. Y es verdad, el tiempo ofrece perspectiva, y con perspectiva puedes entender a tu yo del pasado, que es necesariamente distintx a tu yo del presente. Ubicar la mente en el pasado (momento sobre el que no tienes poder), implica irremediablemente desalojar el presente (momento sobre el que sí tienes poder). Y el presente empieza donde estás y como estás, independientemente de lo que haya pasado o dejado de pasar.

Por otro lado, y muy vinculada a la primera misión de la culpa, te encuentras con su segundo dardo envenenado: identificarte con tu yo del pasado. Ese yo que hizo o dejó de hacer algo que te pesa tanto que se te olvida caminar, que te hunde en el barro de tus remordimientos. Ese yo que murió junto a sus cagadas… si tienes el valor de permitírselo. Y es que ya no eres esa persona que se equivocó, sino otra nueva cuya sabiduría aumenta cagada tras cagada, y acierto tras acierto (de nuevo, si tú se lo permites). Y necesitas equivocarte para tolerar mejor las equivocaciones ajenas, para desterrar el juicio de tu mente y de tu lengua, para entender que tus debilidades se manifiestan igual que las del resto, para sentir esa compasión amorosa propia de las altas esferas del/la Homo Sapiens (y hablo de compasión de la güena, la que acompaña y acaricia, no de la chunga, la que escupe desde arriba).

Y es que en esta cultura nuestra en la que nos postramos frente a la figura de un hombre esquelético y moribundo (Jesús, si me estás leyendo, sabrás entenderme… Tus enseñanzas son supercañeras! Pero no la lectura que con los siglos hemos ido haciendo de ellas), y en la que salimos a las calles con flagelos y cilicios, la culpa tiene una tribuna de honor en el espectáculo de nuestras vidas. No es tan fácil patearle el culo y echarla del show. Pero… pero puedes sentarte frente a ella, mirarla a los ojos y desentrañar sus verdades y mentiras. Puedes arrimarla al bando de lxs aliadxs, y olvidarte poco a poco de ese bando formado por “enemigxs”.

Y es que la culpa ofrece muchas bondades que no puedes ignorar. Te indica claramente cuáles han sido los pasos que menor coherencia han supuesto con quien eres realmente. Te susurra la urgencia de reorganizar tus prioridades y de ser fiel a lo que en el fondo siempre sabes que es lo mejor. Te anima a confiar en ti, porque sabe que tú puedes. Te recuerda que tus errores son parte del proceso, y que mientras tu corazón siga bombeando sangre, tú tienes que seguir viviendo y entregando tus dones.

Gracias culpa! Ahora que esta antigua compañera te ha brindado las lecciones que tenía guardadas para ti, es importante rescatar toda tu atención para depositarla en una de las certezas más intrínsecas (y aterradoras! Aaaahhhh!) que tienes: eres libre. Crees que no, pero sí. Y esa libertad que rezuma cada poro de tu piel es tan poderosa que rompe cada una de las cadenas que tú creías que debías sostener, entre ellas, la tan citada culpa. Si ya has escuchado todo lo que tenía que contarte, para qué seguir arrastrándola? La culpa tiene su parte maja, pero también es muy muy muy cansina. Así que… gracias culpa, pero hasta que no tengas nada novedoso que contar, este viaje es más liviano sin ti.

“Jo… Y ahora qué? Con lo mal que lo he hecho!” Vale, lo que tú quieras, pero no necesitas castigarte más. Dónde estás AHORA? Con quién? Cuál es el presente que te rodea? Quién eres tú en este momento? Dedícate las respiraciones que hagan falta para darte cuenta de lo que este AHORA te ofrece. Celebra esos pequeños detalles ajenos a aquello por lo que te mortificas. Están ahí para ti, para que aprendas a quererte y a tratarte con mimo. La Tierra sigue girando, incansable, y tú giras sobre ella, vivx.

Tómate tu tiempo, tampoco necesitas cargar con la prisa. Tienes por delante un indeterminado número de segundos, minutos, horas, días, meses y años. Dales el valor que se merecen. Y observa con calma qué sucede dentro, qué sucede fuera. Hay situaciones que ya conoces, ya has pasado por ellas (quizás incluso muuuuuuchas veces).

Si sientes que no vales nada… puedes volver a meterte en la cama de la primera persona que te guiñe un ojo. Si sientes el desasosiego arañarte las arterias… puedes volver a fumarte un chino. Si sientes rechazo hacia el reflejo que el espejo te devuelve… puedes volver a vomitar la cena. Puedes volver a repetir el mismo bucle toda la puta vida, pero… Te está aportando algo? Te está llevando hacia la vida que quieres? Es ese el trato que merece el/la niñx que sigues siendo, aunque toque disfrazarse de adultx? Si la respuesta es SÍ, creo que no es el momento para estas conversaciones. Pero sí la respuesta es NO…

Puedes decidir! Puedes invocar al perdón e invitarlo a un viaje al pasado, allí donde parte de tu yo del presente todavía tiene echada el ancla. Déjales encontrarse, que se den la mano y que se entiendan en aquel momento que ya pasó, pero que todavía tiene cierto poder sobre tus poderosas alas (esas que te hacen libre, incluso de tus inercias más peleonas). Decide perdonarte. Decide volver a decidir. Decide arriesgarte a quererte y a probar una nueva respuesta. Decide explorar nuevos caminos… decide incluso abrir caminos vírgenes campo a través. Decide apostando por lo mejor, pero preparadx para lo peor. Decide descubrirte en cada decisión. Decide amar lo que ERES.

Crónica de una nevada anunciada

Hasta dónde? Cuál es la apuesta máxima? La vida siempre plantea situaciones en las que hay que arriesgar. Unas veces el juego se presenta potente e implica inversiones muy altas. Otras es suficiente con una inversión mínima en la que la “pérdida” sea asumible. Y jugamos todo el rato. Unas veces midiendo, y otras veces sin medir.

Estos últimos días fueron muy intensos en lo que a jugar se refiere. Me he visto atrapada en la duda, y resolví apostando por la incertidumbre… Esa compañera siempre presente en los caminares de cualquiera. Ese asumir que no tengo ni pajolera idea de lo que va a pasar, pero con la certeza de que en algún momento lo sabré y me veré obligada a tomar más decisiones… Quién sabe si acertadas o erradas. Decisiones, al fin y al cabo, movimiento.

Aposté. Aposté soñar con una vida libre. Sigo apostando, pero con unas cartas distintas a las que tenía hace unos días. Aposté subir montaña arriba y explorar mi naturaleza más silvestre, y gané demasiado como para querer renunciar a ello al primer traspiés. Pero las dificultades siempre se presentan y todxs y cada unx de nosotrxs intuímos cuáles pueden llegar a ser los riesgos de nuestras propias decisiones. En mi caso, mi mayor temor desde hace meses era la nieve. Sabía que en invierno llegaría, pero los partes meteorológicos comenzaron a anunciarla para ya, otoño, la estación que en el calendario viene representada por una hojita marrón. Una hojita que se desprende de su árbol para que éste pueda resistir el invierno con mayor éxito. Pero a la hojita no le dio tiempo a caer… Y el copito de nieve, ese símbolo que representa el invierno en el calendario, llegó dos meses antes de que su estación predilecta diera comienzo.

Que viene, que viene! Bromeé con lxs vecinxs del pueblo diciéndoles que prepararan la pala. Honestamente, no pensaba que en el pueblo fuera a hacer falta la pala, aunque sabía que yo sí la necesitaría en la montaña. Bajar o no bajar? He ahí la cuestión. Busgosu se cerró rotundamente a esa opción. Donde yo veía riesgos, él veía soluciones, así que decidí compartir esa decisión: una “cata de invierno”, me decía a mí misma. Así sabría de primera mano si era o no viable prolongar mi estancia en la montaña, o si por el contrario era mejor pasar los meses fríos en el pueblo. En realidad… ya tenía la respuesta: es demasiado desgaste pelearse con la nieve teniendo una alternativa en la que la lucha con la dama blanca es más ligera.

Aún así, arriesgué. Cuando le pedimos aprendizaje a la vida, ésta nos lo brinda en su siempre abundante generosidad. El viernes anunciaban lluvias, pero no llovió hasta la noche. Me animé. “Ves como exageran?” Aún así, dormí muy poco porque estaba nerviosilla. Busgosu quedó en el pueblo. Había evento y sus madre y padre participarían también, así que decidimos que lo mejor era que lxs acompañara, que disfrutara de ellxs y que aprovechara al máximo cada momento a su lado. Su padre está enfermo, su madre desbordada y él confundido con ese “extraño” que llegó con fuerza a la vida familiar con clara intención de quedarse y alterar el orden de las cosas.

Sábado por la mañana. Estoy aburrida de dar vueltas en cama, y me da la impresión de que debería haber más luz de la que hay. Enciendo el farolillo y enfoco a las claraboyas… Ahí la tienes! Pensaba que llegaría por la tarde, pero a las 8AM ya tenía 5cm de nieve. Bueno! Por la noche es más fácil que cuaje. Mi mente buscaba continuamente excusas que me evadiesen de lo evidente. Pero 5cm no es nada! Después de la comida, subiría Busgosu y venceríamos juntxs la incertidumbre con una tacita de cacao calentito.

Así que me decidí a iniciar mi particular protocolo de día de nieve. Abrí la puerta a las cabras, les llené el comedero de rama de haya y fresno, limpié su claraboya para que les entrara luz, limpié también la única de las de casa a la que tenía acceso desde una escalera, recogí alguna cosilla antes de que la nevada me la escondiera del todo, quité la nieve del pseudoinvernadero que improvisó Busgosu para proteger los semilleros de brócoli y repollo, coseché todas las calabazas (creo… cuando se derrita la nieve ya sabré si supe acordarme de dónde estaban todas), retiré la nieve de la placa solar y busqué la manera de proteger las miniplacas a las que enchufé los farolillos y la batería externa. Di las otras tres vueltas que me pareció y decidí prender el fuego fuera para desayunar. No me quería perder el espectáculo.

La nieve ofrece una doble cara de mucho contraste. Es bella, relajante, elegante y silenciosa. Es mágica, pura, embriagadora y magistral. Pero también es difícil, fría y moja mogollón. Lo sepulta todo bajo su peso y modifica el paisaje haciéndote perder las referencias que hasta ese momento te permitieron orientarte. Y yo la veía caer, preciosa, y mi cuerpo se relajaba con su suave movimiento. Sabía que cada uno de esos delicados copos suponía una pizca más de esfuerzo para cualquier tarea que me propusiera, pero era tan sedante contemplarla, tan hipnótica…

Repetí varias veces a lo largo de las horas mi particular protocolo de día de nieve, preparé la comida (está vez dentro) y serré leña como casi todos los días. La jornada transcurrió un poco diferente a las demás, pero con la aplastante normalidad de un día cualquiera, a pesar del sobreesfuerzo que suponía cada paso, a pesar de tener que quitarme y ponerme ropa a cada rato (esto me da una pereza… nunca entenderé cómo hay personas que se van de compras para relajarse).

Me dieron las 7, y las 8, y las 9… Yo seguía sola. Mi ánimo comenzó a cambiar. A pesar de la crudeza de la situación, la expectativa de verme acompañada me hacía verlo todo más fácil. Otro día me hubiera dado exactamente igual quedarme sola, de hecho me gusta. Pero justo ese día, con una capa de nieve cada vez más gruesa, cuando era yo la que había propuesto bajar, y él el que había propuesto quedarnos… Pues como que me puse de muy mala hostia. Le di una oportunidad a la preocupación antes de permitirle a mi hígado ponerse a escupir bilis como un géiser. Afortunadamente, conseguí llamar por teléfono a la madre de Busgosu (él lo tiene estropeado). Y la información que recibí no me gustó nada: a pesar de que sus padre y madre ya habían abandonado el evento por temor a la nieve que comenzaba a cuajar en el pueblo, Busgosu se quedó allí celebrando con el resto de vecinxs.

Entonces sí. Me abrí a la decepción, a la rabia, al dolor. Me sentí abandonada, menospreciada, olvidada… Me sentí caer en el victimismo. Y no. Mi vida tiene mucho más valor del que me estaban demostrando, así que comencé a desarrollar un plan B que me permitiese empezar de 0 en otro lugar, sola, con mis mismas ilusiones y mis mismas inquietudes. Y lloré. Últimamente lloro lo que nunca me permití llorar, y eso me gusta. Todo lo que sale fuera, deja de engordar esas bolas dolorosas que colapsan abdomen, garganta y/o pecho. Y así como hay cabida para la risa, también la hay para el llanto o la ira… Porque estoy viva, y la vida emociona.

Dejé que lxs perrxs entrarán dentro de casa, que se cobijaran del frío al lado del fuego. Él no hubiera querido, pero… Acaso estaba allí para contradecirme? Noe y yo nos fuimos para cama y pegamos nuestras espaldas para darnos calorcito. Jeti roncaba desde la planta de abajo, transmitiendo una calma que agradecí enormemente.

Pensé que podía haber bajado al pueblo por la mañana, o por la tarde! Pensé que podía haber hecho las cosas diferentes, pero no contaba con su ausencia, que me dolió más que una capa de 2m de nieve. Estaba perdida y no sabía muy bien qué hacer. Esperaba que él subiera pronto al día siguiente por la mañana, pero habiendo fallado una vez… Quién me decía a mí que no fuera a fallar otra? Me costó mucho dormir. Respiré profundo por la nariz y agradecí que mi catarro me dejara un poco de tregua. Esta inesperada hostia resultaba difícil de gestionar y no entendía nada.

Cerré los ojos y me centré en los sonidos de la noche… Y escuché que fuera de mí sucedía lo mismo que sucedía dentro: todo se desmoronaba. La nieve había caído con arte durante todo el día y había formado una capa nada desdeñable. Los árboles, vestidos todavía con su hoja otoñal, eran más vulnerables al peso de su asesina blanca… Y se caían, y se rompían, y se morían. Una vez más, el bosque y yo configurábamos la analogía perfecta.

Pero bueno! A pesar del miedo, decidí que mi historia no merecía tanto dramatismo. Por la mañana, no sabía muy bien qué hacer, pero necesitaba gritarle a ese hombre que no tenía teléfono, necesitaba creerme con valor aunque me hubieran hecho sentir como una mierdecilla. Necesitaba claridad en un momento de mucha confusión. Esa mañana, mi compañera nívea ya me llegaba a la altura de la cintura en algunos sitios, y seguía nevando… y seguiría nevando al día siguiente. La previsión era de 23cm de nieve a los 1100m, un grosor de muy fácil gestión, pero lo que tenía delante era mucho más. Me sorprendió mucho porque suelen anunciar más de lo que suele suceder, y esta vez fue al revés (nota mental: los partes meteorológicos no son mucho de fiar). Además, los sonidos de la noche eran ahora visibles a mis ojos: árboles rotos, ramas de todos los grosores por todos lados… camino bloqueado.

Qué hago? Qué hago? Qué hago? No me quiero quedar, pero no sé si es buena idea bajar. Me quedo? Tengo leña, comida para mí y para lxs animales, pero no sé para cuánto tiempo… Y esto va a seguir creciendo un día más, para luego ir derritiéndose poco a poco, dependiendo del sol y las lluvias. Vamos, que aquí hay tema para largo.

Llamo a la madre de Busgosu, a ver si tenemos noticias. No, no las tiene. Lo que sí tiene son los nervios destrozados. Ella pensaba en mí, y yo en las cabras. Esas cabras que ya no eran mi rebaño, ya no eran mi historia… Pero unas cabras a las que no podía dejar de querer de un día para otro.

– Mando a alguien a buscarte? A Fulano? A Mengano? – me preguntaba llorando (ay, las mamis… Qué papelones os hacemos pasar…)

No! No me apetecía ni lo más mínimo protagonizar una historia de damisela en apuros.

– Aunque parezca una florecilla delicada, soy más fuerte de lo que crees.

Y tomé la decisión de bajar con toda la familia. Di ocho vueltas de pura tensión, recogí cosas sin darme mucha cuenta de dónde las colocaba y… “Busgosa, si bajas, baja. Deja de dar vueltas.” Gorro, guantes, cuerdas alrededor de los tobillos… Cogí la mochila y prioricé lo que me pareció más importante: mis cuadernos, el móvil y Noe, mi gatita guerrera. Cogí mi vara y empecé a silbar para poner en movimiento a toda la tropa. Las cabras no tenían muchas ganas de salir fuera con la que estaba cayendo. Grité, grité mucho. Recordé que hacía un par de días le había confesado a Busgosu: sabes lo que más miedo me da? Tener que bajar con una nevada del copón con todas las cabras tiritando de frío.

Y me tocó. Me tocó enfrentarme a lo que más miedo me daba, con un añadido con el que no contaba: sola. Las cabras son animales rústicos, pero este rebaño de murciano-granadinas es más frágil y delicado. Salomé estuvo enferma hacía poco y no estaba segura de que estuviera lo suficientemente fuerte como para sobrevivir a esta travesía. Las podía dejar arriba, pero no sabía si subir y bajar a diario sería lo suficientemente llevadero en esas condiciones, como para que la opción valiese la pena. “Bajamos, chicas.”

Y emprendimos la marcha. Pensé en el mar congelado que se extendía alrededor de mí y recordé que el agua simboliza las emociones… Emociones congeladas por todas partes, y si no te mueves, te atrapan y te congelan entre ellas. Movimiento!

Me hundía a cada paso y se me pasó por la cabeza todo lo que tendría que caminar en esas circunstancias antes de llegar al pueblo. Un camino, por largo que sea, comienza con un paso. Y cada paso que daba, era un paso más cerca de mi destino, más lejos de una historia que escribía FIN en los renglones de la nieve.

La primera vez que mi cuerpo se quedó hundido, sentí impotencia, frustración e incluso miedo. Pero mi plan era bajar, y lamentándome no lo iba a conseguir, así que me retorcí y contorsioné todo lo que hizo falta hasta que fui capaz de salir del agujero. En el resto de los agujeros en los que mi cuerpo se hundió, la sensación de agobio ya no tenía el mismo poder sobre mí. De peores agujeros hemos salido ya…

Avancé unos 150m de pendientes nevadas, cuando lxs perrxs salieron disparadxs a no sé dónde, dejando de ayudarme a abrir camino con sus saltos. Me tocaba a mí romper, pero las cabras se entretenían comiendo ramas allí donde las encontraban, así que tenía que desandar mis pasos para animarlas a seguir el viaje de descenso. Repetí la operación varias veces, hasta que paré para pensar si era o no la mejor opción bajarlas conmigo. Decidí dar vuelta y dejarlas en la cuadra, lo que implicaría subir a diario para alimentarlas y ordeñarlas. Yo no lo iba a hacer…ya no eran mis cabras. Comencé el regreso a la cuadra cuando de repente oí silbar. Eran los silbidos de Busgosu.

– Cabrooooooooon! – grité.

Y volví a cambiar de rumbo, tan indecisa como sólo yo podía estarlo, con mi menstruación a cuestas.

– Dónde estaaaaaaaaaaaaas?

– Subiendo, y tuuuuuuuuuuu?

– Bajandooooooooo!

Momento conversación de besugos. Qué ganas tenía de verle y gritarle, de insultarle, de decirle verdades, de reprocharle y de mandarlo a la puta mierda. Y por fin lo vi, con paso lento, ropa empapada, manos temblorosas y rostro de pánico. Liberé un poco de mi tensión acumulada con gritos y aspavientos. Pero aterricé en el momento en el que estábamos: seguía nevando, las cabras tiritando de frío, el camino estaba muy obstaculizado por árboles caídos y mi sentido de la orientación se sentía confuso al no encontrar las mismas referencias en mi ruta de siempre. El paisaje era completamente desconocido. No podía quedarme allí quieta y Busgosu estaba en pleno colapso emocional.

– Yo bajo

Y mis pies comenzaron a desandar el camino de Busgosu. Él vino conmigo, las cabras también, lxs perrxs aparecieron corriendo y Noe maulló dentro de mi mochila. El mundo adquiría un poco más de orden de repente. Busgosu no estaba en su mejor momento, el ascenso había sido muy exigente a nivel físico, mental y emocional. Pero yo sentía un fuego interno que me sorprendía que la nieve no se derritiera a mi paso.

Reanudamos la marcha teniendo que reptar, saltar, gatear… Una pista americana “versión snow”. Cada paso era la motivación suficiente para dar el siguiente. Pero cuando al cabo de un rato vi hacia atrás, sólo me seguían 5 cabras y ningún humano. Lxs perrxs iban y venían jugando, pero me faltaban dos miembros de la expedición: Salomé y Busgosu. Llamé, esperé y comencé a desandarme para comprobar que todo iba bien. Pero no todo iba bien. En seguida me encontré con Busgosu arrastrando a Salomé. Sus patas habían dejado de obedecer y no la dejaban avanzar. Decidimos dejarla en la cuadra de Rober, un poco más abajo. Allí podría descansar, guarecerse y reponerse… Si es que ese era su destino. Me entraron ganas de llorar al verla despedirse de su vida… Y la culpa me tiró de las orejas, colgándose de ellas para hacerme más pesadxs los días y las noches.

Una de las cuerdas que sujetaban mis pantalones a los tobillos estaba deshilachada y en torno a ella se iba generando continuamente una bola de nieve, cada vez más grande. Me hacía gracia, aunque me pesara y me molestara. Me recordaba a esa bola que llevaban lxs rexs… Y me sentí identificada como la prisionera de mi propia necedad. A Lana también le pasaba lo mismo que a mí pero en su cola, que movía con la misma ligereza de siempre. De vez en cuando, deshacía mis pelotas y las suyas, para volver a cargar con ellas a los dos segundos. Cuando me quise dar cuenta, me faltaban una cabra y un humano: Desi y Busgosu. Esperé en un cruce su llegada, imaginándome lo que estaba sucediendo. Y aparecieron. Desi no parecía tan débil como Salomé, pero también le costaba mucho andar. Decidimos dejarla en la cuadra de Ramón, un poco más abajo.

Y nos cruzamos con el primer ser humano del día que, con hacha en mano, se disponía a atender a las vacas de su padre. Poco después nos cruzamos con un quad, en el que viajaban otros dos ganaderos. No iban a llegar muy lejos con el quad pista arriba… El camino ahora estaba más transitado, y era más fácil. Proseguí con lxs animales mientras Busgosu se desviaba para llevar a Desi a la cuadra. Ahora que nos acercábamos a los primeros asentamientos humanos, me acordé de que Jeti era “peligroso” y le silbé para que se acercara y poder llevarlo así con la correa.

Mientras sacaba a patadas la nieve de la primera cancilla que tenía que abrir para llegar al prado en el que nuestrxs animales se iban a quedar, llegó Busgosu. Continuamos hasta el prado, donde Margarita y Nerona se paseaban tranquilas. Todxs volvieron a su antigua casa después de 4 horas de descenso.

Y lxs busgosxs nos fuimos para la nuestra. Atravesamos el pueblo nevado. Algunxs de lxs visitantes del fin de semana no podrían volver a sus casas de la ciudad. Lxs ganaderxs tendrían en adelante duras jornadas de trabajo y lxs niñxs se iban a poder librar de ir al cole. En el pueblo también cayeron árboles por doquier. Quedaba mucho trabajo por delante.

– Hombre! Montañeros! Bajasteis por la nieve? – preguntó Pedro.

– No, es que echa un programa muy guapo en la tele y nos apetecía verlo – contesté.

– Pues estamos sin luz – fulminó él.

Nada más llegar a casa nos sacamos rápido la ropa helada y nos fuimos juntxs a la ducha calentita. Mientras nos caía el agua por encima, pensé que juntxs las putadas no son tan gordas, que nuestras fuerzas se multiplican cuando las compartimos… y que la adversidad es una maestra capaz de rescatar de nuestra ignorancia las fortalezas que creíamos no poseer. Y a veces pasa aquello que creíamos que era lo peor que podía pasar… Y jode mucho, pero tus pulmones siguen demandando aire, y tú se lo tienes que dar. Y es verdad que hay días de mierda… Pero con el tiempo te das cuenta de que romperte en mil pedazos es una dolorosa pero efectiva manera de recoger todas tus piezas del suelo y colocarlas donde deberían estar… Allí donde te quieres más.