Soy una brizna

Hace un día precioso, de esos en que el sol tiñe todo lo que ves de una luz casi mágica que te transporta a un sueño. Sientes su calor sobre tu piel, una suave brisa que te acaricia el pelo y la alegría de algún pájaro que juguetea entre las ramas de los árboles. Caminas descalzx sobre una inmensa pradera verde que cosquillea las plantas y los dedos de tus pies. Te apetece sentarte para dejar de enviar energía a tus pasos, y simplemente ser otra brizna más de hierba anclada al suelo, bañada por ese cálido sol y agitada por esa brisa cariñosa.

Bueno… justo aquí no. Resulta que el suelo bajo tus pies tiene alguna clara, o alguna piedrecita, o algo que lo hace un asiento menos cómodo que el que ves un poco más allá. Sí, allí adelante se ve mucho más verde el suelo. En verdad parece un mullido colchón que espera a que reposes sobre él. Te acercas paso tras paso, cadenciosamente, sintiendo como ese deseo de ser brizna crece dentro de ti. Pero no… aquello que parecía un mullido colchón verde en el que dejarte reposar tiene las mismas claras, piedrecitas y “algos” que impiden ser tu asiento perfecto, tu sustrato… Continúas caminando.

Vale, allí sí que sí. Allí se ve… perfecto no, perfectísimo. Tan sólo unos pasos más adelante se encuentra la pradera más verde que nunca hayas visto, sin duda la más mullida, cómoda y acogedora que podrías imaginar. Te acercas con expectación… ¡ese es el lugar en el que te convertirás en brizna! Pero… ¿qué? Aquello que habías visto tan perfectísimo en la distancia, se convierte en igualmente “imperfecto” que todo lo demás una vez lo alcanzas. ¡Vaya! ¡Otra vez igual!

Te detienes, alzas la mirada. Ves los pasos que te quedan por dar. Todo parece más verde y propicio a dejarte crecer que el suelo que estás pisando ahora mismo. Ves los pasos que ya has dado. Curiosamente, y a pesar de que ya has transitado por ese camino, incluso esos tramos te parecen más resplandecientes y atractivos. No puede ser… “¿Por qué cualquier lugar parece mejor que aquel en el que estoy?” “¿Será que el suelo no quiere que yo sea brizna?” “¿Por qué, ¡oh diosxs!, me alejáis continuamente de mis anhelos?” Drama.

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Y es que a veces pasa. Sabes que eres brizna, pero crees que son las condiciones externas las que te van a permitir que se materialice tu certeza. Hay mucho desorden ahí fuera, y por eso no puedes ser brizna. Nunca llegan a darse las circunstancias más apropiadas para que puedas manifestar lo que eres. Bla… bla… bla… bla… Si eres brizna, lo eres sin más. Puedes peregrinar en busca del mejor sustrato, del lugar donde más briznas haya para sentirte más acogidx, de los rayos de sol más delicados para tu alimento o de la brisa más suave para que te meza. ¡Hazlo! ¡Claro! El peregrinaje, la búsqueda, son experiencias necesarias, no te prives de ellas. Pero no dejes de ser brizna, por favor.

Extiende tus raíces, siente la tierra entre ellas. Nútrete de sus entrañas. Alza tu cuerpo hacia el cielo, siente el sol en él. Fotosintetiza. Deja que la vida te deje ser. Sé la vida. Sí, desde luego que hay mucho que descubrir, muchas fuentes de júbilo y muchas experiencias que te permitirán conocer/te. Las busques o no, vendrán. Así es el camino. Pueden venir de fuera y hacer que dentro aflore algo nuevo. Puede venir de dentro y permitir que se manifieste fuera. Fuera y dentro dejan de ser diferentes. Somos completamente permeables.

Hace un par de años, ¡parece una eternidad!, la gente se reía de mí en medio de uno de mis brotes: “¡Soy una planta!, ¡soy una planta!” No me esforcé en explicárselo a nadie, ¿para qué? Para mí era/es claro. Quizás resulta extravagante o psicótico, puede, ¿qué más da? El caso es que nunca me sentí tan bien conmigo misma como el momento en el que descubrí mi “naturaleza botánica”. De pronto, la vida era una sencillo regalo, sin envoltorio ni florituras. Simplemente, una oportunidad. Y yo estaba haciendo cosas muy raras con esa oportunidad. 😦 La menospreciaba, detestaba, odiaba…

Si yo era parte de toda la magia y belleza que estaba presenciando, ¿qué era exactamente lo que me hacía diferente? ¿Acaso yo no era magia y belleza también? ¡Pues parece ser que no! Me había identificado con todo aquello que me desvitalizaba, con todo aquello que no me gustaba, con todo aquello que no aceptaba. No podía formar parte de todo lo que me mantenía con vida, no podía separarme de aquello que me mataba. Camino tortuoso, sí. ¡Y mucho!

Sin embargo, TODO sucede al mismo tiempo. Tanto lo que SÍ, como lo que NO. Cuanto más alto le grito NO a algo, más fuerte se hace ese algo. Cuanto más fuerza le doy al SÍ, menos espacio le dejo al NO. Ojito… el NO es muy poderoso. Pero el SÍ, también. 🙂 Así que, es cierto, en mi camino hay circunstancias que me gustan más y otras que me gustan menos. Sol y sombra se intercalan para ofrecer distintos climas que me agradan y desagradan por momentos. Es verdad que la tierra no siempre “parece” la más idónea para echar raíces, pero sin probar no se sabe si lo es o no… a menudo las idealizaciones de “lo que debería ser” impiden que “lo que es” simplemente sea…

Mientras TODO sigue su curso, yo soy brizna. Tan delicada y fuerte como la naturaleza que me dio vida. Nutriéndome de la tierra que gratamente me acoge en cada momento. Haciendo la fotosíntesis en cada silencio. Siendo en cada destello. Soy brizna. Independientemente de lo que suceda, soy. Apago los ojos, enciendo el corazón, veo mejor 🙂

 

La vida es cambio

Tres días en Madrid. Después de nueve años viviendo allí, una visita de tres días no podía ser tan difícil de llevar… ¡y sorprendentemente no lo fue! Cada vez me resulta más evidente que da igual cómo sea lo que te rodea, lo que realmente trasciende es quien tú eres entre las circunstancias que atraviesas.

He de reconocer sin ningún pudor que estaba bastante nerviosa antes de mi viaje. Muchos reencuentros con personas muy importantes en mi vida. La perspectiva de habitar una ciudad muy poblada estando ya acostumbrada al ritmo de un pueblo muy pequeño. La aparición de cambios siendo yo la misma pero a la vez siendo ya otra. Sí, imaginarme nuevamente en Madrid, unificando mi pasado y mi presente para construir mi futuro en cada paso, fue casi como confundir suelo y techo para ubicarme en un espacio extraño y ambiguo digno de ser descubierto.

Pero pasado el “descoloque pre-realidad”, es la simple realidad la que te arrastra hacia ella, te aleja del miedo y te susurra “bueno, ESTO ES, así que simplemente PERMÍTETE SER”. Y ya está. Puede resultarte más fácil o más difícil, o no resultarte, depende de lo que toque gestionar en cada momento y cómo tú vivas tu gestión. Pero da igual lo que haya sido en el pasado, lo que tú te hayas figurado que iba a ser el presente o lo que desearías que fuera. Habitar el ahora desdramatiza, libera del apego a las expectativas y te devuelve irremediablemente a ese SER que ERES y que el ego procura eclipsar.

Cuando de vuelta a Asturias retomé mis clases de yoga, mi profesora me preguntó si el viaje había sido productivo. La respuesta que salió de entre mis labios sin mediar pensamiento alguno fue: “revelador”. Y es que esos tres días (y los previos también), me aportaron mucha información, sobre todo vinculada a la resistencia al cambio y al apego a autoetiquetas…

Un ejemplo muy claro de este maremágnum lo encontré en el debate en torno al veganismo. Con 20 años decidí hacerme vegana, y con 25 decidí abandonar dicha etiqueta por muchos motivos. En su momento me encantaba la supremacía de la razón en lo que respecta a la defensa de lxs animales, la coherencia en cada decisión de mi día a día e incluso (y sobre todo durante la primera fase) convencer a lxs demás de que mi elección era la mejor (incluso la única!) Años después me di cuenta de que mi rigidez mental me impedía observar ciertas situaciones con la flexibilidad necesaria y de que mi apego a la etiqueta “vegana” era la razón más fuerte para seguir siéndolo. Seguía y sigo condenando el maltrato animal, pero comencé a pensar que eso no impedía que mi madre me hiciera su deliciosa tortilla de patatas con los huevos de las gallinas que campan a sus anchas por su jardín. Tardé mucho en volver a probar esa tortilla porque implicaba dejar de ser vegana, y serlo me hacía impoluta, pura, irrebatible. Tener razón era tan importante entonces…

Pues pasados los años, volviendo a Madrid, me encuentro con que parte de mis amigxs son ahora veganxs cuando antes no lo eran. Y no sólo mis amigxs… sino un boom repentino que invade la capital de negocios especializados, merchandising específico y debates extensos sobre la explotación de las mariquitas introducidas en los huertos ecológicos para combatir el pulgón. ¡Uf! No voy a entrar en bien, mal, mejor o peor. ¡Pero sí quiero confesar! Confieso la culpa que sentí al tener que exponerme frente a personas veganas sin yo ser vegana. Confieso la culpa que sentí al comprobar que sentía culpa por no ser vegana… y pensar que quizás mi actitud pudo haber causado culpa en otrxs mientras sí lo era. Confieso que llegué a sentir inferioridad moral y macabrismo en mi estilo de vida. Y todo esto… qué pesado, ¿no? Quita, quita, quita, quita… ¡Fus!

Sabía que mi nerviosismo estaba siendo alimentado por todo este embrollo de adquisición y liberación de etiquetas, por culpas indigestas y alienación transitoria. Pues… no hay mejor “lexatín” que la aceptación. Cuántas cositas me estaban pasando por dentro, cuánta ira nacida de la resistencia a mis sombras y cuánta gratitud a este viaje por mostrarme lo valioso que es ser yo misma sin más rayaduras. Curiosamente lo hablaba con Adri mientras me tatuaba, y me explicó que le sucedió algo parecido con respecto a sus rastas. Sabía que debía quitárselas porque ya había llegado el momento e incluso porque le hacían daño… pero su apego a una estética le impedían fluir en el cambio y ejecutar la decisión que en su fuero interno ya había tomado.

Mis últimas horas en Madrid me las pasé caminando, perdiéndome en sus calles como era habitual mientras vivía allí. Tranquila entre el bullicio, contenta por haber decidido dejar de formar parte de él y agradecida por cada uno de los pasos que la capital me había obligado a dar. Para culminar la celebración de mi despedida, decidí brindar por un resquicio de nostalgia con uno de esos cafés fresquitos que se agitan, (que son horribles: tiene cafeína, la peor de las leches y seguramente muchos “E”…  pero están bastante ricos). Vamos… por todo lo alto, tirando la casa por la ventana y siendo mala, jajaja. Con toda consciencia, riéndome de mí misma y observando que el mundo sigue girando cuando abandono mis rigideces y me entregó a ese frenesí consumista valorado en 1,50€.

Jueves por la noche. Llego a casa cansada del viaje, con las emociones dando vueltas por todas partes, con mucha emoción por haberme reencontrado con tanta gente grande y comprobar que sus vidas siguen sus cursos (todos ellos prósperos a su única manera). Ceno algo y me apetece echarme pero tengo un compromiso… Iniciar sesión en wordpress y charlotear a través de Busgosa. Ese férreo compromiso a través del cual he de escribir una entrada en el blog cada semana. Ese firme compromiso que me empuja a compartir cada viernes mi nueva entrada con algunxs de mis contactxs que, a su vez, me comprometen todavía más con mi compromiso. Comprometido… ¿no? Sí, lo es. Así que me siento ante el ordenador con un matcha a mí lado (eso de los cafés fresquitos de batir ha sido un desliz… 😉 ) Mi mente divaga, mis párpados pesan… y la conexión no me permite acceder a internet.

¿Qué? Pero TENGO QUE escribir! Mañana es viernes y TENGO QUE hacerle llegar a lxs demás la verborrea de turno! TENGO QUE ser fiel a mi pauta autoimpuesta! Si no escribo… si no escribo… si no escribo… Si no escribo hoy, pasa lo mismo que si hoy me tomo un café de esos fresquitos de batir. Sé que mi carril me lleva de vuelta al encuentro con las palabras y al té matcha (por ejemplo), y sé que una excepción no me lleva a la perdición, ni al cuestionamiento de mis hábitos de consumo, ni al abandono de mis propósitos. Sé que la rigidez me esclaviza, y la flexibilidad curiosamente fortalece mis decisiones. Y me fui para cama, necesidad primaria de ese momento… Y es que sé que cada momento es único y demanda de mí lo mejor que pueda darle, y no siempre me apetece exigirme tanto… no hasta el punto de entorpecer la sana convivencia conmigo misma. Laxitud, autoindulgencia y… puesta en práctica de las lecciones que mi visita a la capital trajo consigo. Todo es cambio, impermanencia…

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El éxito en el mientras

La semana pasada tuve la oportunidad de sufrir en mis carnes la técnica Phillips 66… pero me sumí en el silencio dejando que otras personas se lanzasen como voluntarias ante dicho reto. ¡Y tan reto! 6 personas, durante 6 minutos, frente a un grupo de espectadorxs que nos deleitábamos en la seguridad de no tener que hacer frente a esa exposición a la que lxs valientes voluntarixs se sometieron.

Así que así fue. A cada una de las 6 personas voluntarias se les regaló un minuto para expresar su sentir y pensar ante un tema… ¡el éxito! He de reconocer que me piqué. A pesar de no querer participar de ese “experimento” (al menos no en ese momento), algo se accionó dentro de mí y me tiré todo el viaje en coche de vuelta a casa hablándole a un público imaginario sobre el éxito. Pudo haber sido cualquier tema, pero el que tocó me motivó lo suficiente como para despertar en mí una verborrea en solitario que me permitió mantenerme alerta en mi conducción y no sucumbir al sueño.

Y es que en la clase (que por cierto versaba sobre metodología pedagógica) se nos presentó la fórmula “(conocimiento + habilidad) x actitud” como base sobre la que desarrollar la exposición en torno al tema del éxito. Algunxs de mis compañerxs se apoyaron en ella para sostener ese minutazo de discurso. Otrxs no. Mientras, yo prestaba más atención a esos 6 minutos que a las restantes 4 horas y 54 minutos…

Me agradó ver que casi todo lo expuesto en torno al éxito se escapaba de la imagen de portada de revista vinculada a la ostentación o la fama. Más bien giraba alrededor de la consecución de objetivos personales libremente elegidos, por lo que cada cual construye la significación del éxito y se asienta en él a su manera. Dos personas pueden ser exitosas viviendo situaciones radicalmente opuestas. Todo depende de la percepción.

Y ya en el coche, yo no paraba de hablar sobre esa persecución al éxito. Me marco un objetivo, voy tras él, lo alcanzo, tengo éxito. Me marco un objetivo, voy tras él, no lo alcanzo, fracaso. ¿Es en realidad así? Uno de mis compañerxs argumentó que el éxito se construye a base de una desmedida reiteración de fracasos. ¿Quién sabe? Creo que me gusta demasiado estrangular el significado de las palabras, relativizar el motivo de su existencia y hacerlas volátiles como lo que son. El caso es que nada está tan encorsetado como pudiera parecer a simple vista… y eso me encanta.

Partiendo de la base de que el éxito se obtiene a través de la consecución de los objetivos libremente elegidos, ¿cómo se manifiesta una vez alcanzado? Tantantanchaaaaaaaan!!! Volvamos al supuesto “me marco un objetivo, voy tras él, lo alcanzo y…” ¿Y?… ¿Qué sucede? Párate un momento. En el mejor de los casos, nos concedemos una efímera exhalación en la que liberamos la tensión acumulada durante un proceso en el que mediaron esfuerzo, ilusión, miedos… Pero a menudo, lo que sucede es que el éxito nos resulta tan insípido que volvemos a definir el término en torno a una hipotética situación futura que todavía no estamos viviendo.

Así, vamos de “éxito” en “éxito” sin saber a qué sabe cada uno de ellos. Pensamos que el éxito está en otra parte, que nos tenemos que esforzar por alcanzarlo, que cuando suceda esto o aquello será cuando la dicha vendrá a visitarnos e incluso que será en los ojos de lxs demás donde podremos reconocer nuestra gloria. Vamos a dejarnos de cosas raras, ¿no? Sentirte exitosx o fracasadx depende más de tu percepción que de tus circunstancias. El éxito o el fracaso no se encuentran en otro lugar, en otro momento. Habitan cada instante en el que les des significación.

Expectativa. Irremediablemente se presenta con fuerza esta palabra intentando aclarar todo este embrollo en relación al éxito, al fracaso y a esa sensación de vacío que a veces nos inunda cuando las cosas no suceden tal y como nos las habíamos imaginado. La expectativa es uno de los enemigos más atroces del ahora. Es un extraño nexo de unión entre una acción determinada y un hipotético resultado, entre una interpretación limitada de una situación y un desenlace que no siempre guarda relación con ella. Es el puente que nuestros miedos construyen para que nuestros pies se sientan seguros caminando hacia lo indefectiblemente desconocido.

El futuro… Ese momento tan amplio, tan confuso, tan alentador y aterrador como lo quieras creer. El futuro es el hogar de todo lo que todavía no te ha pasado, tanto de lo que anhelas como de lo que temes. El futuro es todo lo que todavía no ha sucedido. ¿O sí? Dejémoslo en que… el lugar es aquí, el momento es ahora. ¿A qué te sabe este ahora? Cierra los ojos y permítete descubrirlo…

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Este espacio de asteriscos es el momento en el que cierras los ojos y saboreas el ahora

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Repito… no sientas prisa, no tienes otra cosa que hacer… cierra los ojos, observa qué sucede, céntrate en tu respiración

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Si todavía no me has hecho caso, cierra los ojos y dedícate este espacio de tiempo entre asteriscos para ti. Sólo existe este momento. No compartas este momento con otra cosa que no sea tu quietud.

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Bueno ya! 🙂 Espero que me hayas hecho un poco de caso y hayas simplemente desconectado de todo y observado este momento. Porque… ¿Sabes qué? El pasado ya no existe, cada vez está más lejos. El futuro se desdibuja con cada tic-tac-tic-tac del reloj, cada página del calendario, no conocerás un futuro diferente al presente que estás viviendo. El ahora es la semilla de eso que llamamos “futuro”, también de lo que llamamos “pasado”. La paz que anhelas reside aquí, desde la paz creas paz.

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Y ¡paz! Qué curioso que irrumpa esta palabra llegadxs a este punto. Quizás porque para mí éxito y paz son lo mismo, y tanto uno como otra residen en el mientras. Mientras respiro, mientras camino, mientras cocino, mientras paloteo, mientras ordeño, mientras escribo, mientras me ducho, mientras observo, mientras canto… mientras vivo. Y en el mientras sucede todo lo que tiene que suceder, tal y como tiene que suceder. Respira el éxito de estar vivx y de albergar en tu interior la semilla de la paz, la libertad, el amor. Permítete un ahora deliciosamente tuyo. Deja que el tiempo se funda en este mientras en el que la vida aflora.

El camino en la montaña

¿Te gusta la montaña? A mí me encanta. Por eso me regalo alguna excursión que otra en la que poner en movimiento el cuerpo, oxigenar hasta los dedos de los pies y alimentar los sentidos con tan suculento menú. La sola idea me invita a imaginar todos los caminos no marcados, todos los colores por descubrir, todos los sonidos vacilando al silencio… paz y libertad conviviendo en un instante delicioso.

Preparo la mochila ilusionada como la niña que parece ser que sigo siendo. Algo de comer, algo de beber, algo de ropa… poco más. Cuantas más cosas meta en la mochila, más pesada se me hará. Pero la experiencia me ha enseñado a anticiparme a ciertas situaciones que suelen darse (hambre, sed, mojaduras… Maslow habló algo sobre esto en una pirámide…) Aunque también es verdad que cuantas menos cosas meta, más ligera será… y lo más importante de todo, eso que conviene llevar siempre con unx, no pesa absolutamente nada 😉

El coche me acerca al destino elegido. Cada kilómetro que me alejo de “casa”, es un kilómetro más cerca del hogar. Me despido agradecida de mi querido Terrible, nombre con el que bautizamos al Suzuki el día que lo conocimos y, sin querer (creo… ejem, ejem…), nos metimos sin cadenas en una carretera nevada y helada. ¡Qué bien se portó!

Y los pies comienzan a agitarse en el suelo. ¡Tanto que explorar! ¡Tanto que recorrer! Los ojos gritan gracias entre las pestañas, los oídos se entregan a un concierto magistral y los dedos se encuentran con un nuevo clima que experimentar. Y es que la montaña es una constante fuente de enseñanzas y aprendizajes…

Veo la cima allí a lo lejos y pienso “¡qué vistas tiene que haber desde ahí arriba! Un rincón en el que todo se desvanece para dejar que TODO aparezca.” La realidad me arrastra desde la ensoñación y vuelvo a ese otro lugar, abajo de todo, con un laaaaargo camino que recorrer hasta esa “meta”. Y… me doy cuenta de lo que me estoy perdiendo imaginando lo que todavía no estoy viviendo. Sonrío, el ahora esconde regalos insospechados.

Como cabe esperar en un ascenso… el desnivel a salvar implica un esfuerzo. El cuerpo se activa, comienza a demandar más oxígeno… El Terrible se aleja, o soy yo la que se aleja del Terrible. La cima se acerca, o soy yo la que se acerca a la cima. Parece que la decisión está tomada y el camino se va creando bajo la constancia de unos pies sabios que arrebatan el poder a la mente. El simple hecho de dar un paso, invita a dar el siguiente.

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“Buf, maaaaaadre mía, ¿hasta allí voy a subir? ¿Hasta allí?” Mi destino allí arriba, a lo lejos. Yo aquí abajo. Se supone que en algún momento llegaré, pero se me agotan las piernas cuando cuento cada uno de los pasos que voy a dar, cuando preveo todos los tramos que desandaré por inaccesibles, cuando soy tan pequeñx en una montaña tan grande. Cierro los ojos, respiro, inclino la cabeza hacia abajo. Abro los ojos y veo un suelo muy cerca de mí que me sostiene y me empuja hacia arriba, unos pies enormes en un mundo acorde a su tamaño. Veo el destino de mi próximo paso y disfruto al ver mi pie sobre él. Izquierdo, derecho, izquierdo, derecho, izquierdo, derecho. No hay destino lejano cuando los destinos intermedios son tan asequibles como un simple paso.

Un nuevo tramo… ahora toca descender. Eso de bajar para luego subir, he de reconocer que siempre me dio mucha pereza, jajaja. Mi imaginación comienza a fabricar tirolinas, puentes e incluso alas para salvar esos tramos que pienso “con todo lo que he subido… ¿y ahora voy a bajar? Luego tendré que subir desde un punto más lejano que aquel en el que me encontraba antes de empezar a bajar…” No puedo evitar reírme al reconocer esos brotes de capricho frente a la belleza que se me está regalando. Estoy caminando por las arrugas de la tierra, formando parte de su genuina sabiduría. La montaña es la montaña, una adaptación perfecta al paso del tiempo. Si ella me invita a bajar, abajo he de ir. Por más que mi mente me engañe diciendo que estoy más lejos, nunca había estado tan cerca hasta este mismo paso.

Sombra… El sol sigue en el cielo, no es el turno de la luna, pero las montañas merecido por antigüedad se tienen el derecho de acapararlo, y en algún que otro tramo esconden sus rayos. Hace frío… la piel de gallina, el sudor contrae la espalda, el aire quema en nariz y garganta. Incluso el silencio suena diferente. Los ojos ceden protagonismo a la piel. Camino rápido para entrar en calor. La sombra a veces duele… olvido la belleza que la luz del sol brinda a todo lo que toca. Pero no puedo evitarla, incluso aunque camine muy rápido a través de ella. Forma parte de todo. No habría una cara iluminada en la montaña si no hubiera una sombría. No habría una cara sombría en la montaña si no hubiera una iluminada.

Parece que poco a poco soy parte de la montaña. Ya no soy esa cosa pequeña que pretendía conquistarla con pasos torpes. Casi sin darme cuenta me he convertido en el hogar que ella alberga para mí. Ya no soy otra cosa diferente a la montaña. Soy la montaña. Y me permito el placer de disfrutarme/la, de ver en cualquier dirección, con el zoom que más me apetezca, de sentirme viento, tierra, sonido y luz. En cada paso he acallado mi mente, he aplastado una expectativa, he dejado ir un límite, me he entregado al único ahora. No hay principio, ni hay final…

Cima. Meta. Lo más alto de la montaña. Ese lugar que veía lejos, pequeño. Aquel puntito que sólo parecían acariciar los pájaros. Ahí estoy.  Sí, vistas preciosas, silencio embriagador. Lo que antes era lejos, ahora es cerca. Lo que antes era cerca, ahora es lejos. La distancia comienza a ser tan relativa como lo fue siempre, aunque no me quisiera dar cuenta de ello. Y vuelvo a descubrir, después de haberlo sospechado durante toda la aventura, que el destino es el camino, y en él se esconde el CAMINO.

Decir sí, decir no… decidir

Hoy me he armado de valor para dar el tercer NO a una oferta laboral en lo que va de año… Y es que parece que unx está locx cuando deja escapar oportunidades para generar ingresos en un mundo en el que “la pela… ¡es la pela!”. Y puede que lo esté un poco, ¿quién sabe? Pero me apetece estar loca siendo eso que soy, y no cuerda siendo quien no soy.

No es sencillo. Tomamos decisiones constantemente. Algunas de forma automática. Otras después de un proceso más o menos consciente de rumia. Unas están claras nada más verlas. Otras se presentan confusas, generan dudas e incertidumbres. Algunas no tienen demasiada relevancia. Otras suponen acercarse más a un modo estandarizado de vida… o a la vida que sientes nacer desde tu interior. Sea como sea, las decisiones son inevitables, y como inevitables que son, conviene prestarles un poquito de atención.

Ahora mismo me siento un poco funambulista al tomar este tipo de decisiones… Rechazar oportunidades de generar ingresos… ¡Qué loco!, ¿no? Parece que una deja de pisar el suelo que conoce para caminar por a saber qué cuerda tendida entre a saber qué puntos. El caso es que no se pisa igual… Las decisiones estandarizadas, es decir, aquellas que “cualquier persona con sentido común” tomaría, anuncian una certidumbre confortable, segura e incluso próspera. “Es lo que hay que hacer”, “no hay otro remedio”, “es ley de vida”… y otras coletillas que estoy buscando en mi memoria y, a pesar de lo frecuentes que son en conversaciones cotidianas, ¡no logro rescatar! 🙂 🙂 🙂 Y tampoco quiero invertir más tiempo en lograrlo… Por otro lado, las decisiones atípicas (ya sean rechazar un empleo, no comer alimentos cocinados o llevar barba y falda), aquellas que escandalizan a quien se ha convertido en el personaje que cree ser , generan cierto vértigo, pero te hacen paladear un chupitín de libertad.

Es fácil olvidarse… Un día te pones a soñar, identificas el motor que te mantiene en marcha y decides repostar con el combustible que sabes que mejor le sienta. ¡Y lo haces! Pero… de repente llega un día en que sientes que tu motor hace cosas raras, te mantiene en movimiento pero no suena como sabes que puede sonar, ¡emite gases contaminantes!, da tirones que te marean y agotan y, para colmo, el GPS se contagia de esta anomalía y te pierdes por las calles de un laberinto extrañamente conocido. Cuando esto pasa es porque el combustible que le has estado echando no es el que le correspondía a tu motor. Quizás otrx lo haya decidido por ti sin consultarte, o te has dejado llevar por el precio más “barato”, o por el combustible con mejor marketing… pero no has estado atentx y ahora toca succionar todo ese combustible erróneo que circula dentro de ti y dejar espacio a una nueva recarga de aquello que sí te hace moverte con la gracia que sólo tú tienes.

Así he dejado yo que las convenciones me supuraran el depósito, que esos sueños que se venden en packs me hicieran creer que la palabra “sueño” dejaba de existir, que los límites fueran más fuertes que las oportunidades que brinda el reto de caminar hacia lo inexplorado. Pero hay un duende dentro que confecciona unas pancartas luminosas y a la voz de “basta ya!” se hace oír por encima de todo lo demás. Gracias duende… ¿Nunca te ha pasado que, a pesar de “tener que estar contentx” por algo que te está pasando, te sientes apagadx, débil, minúsculx? Eso suele significar que la propuesta que se te está haciendo no da respuesta a quién eres ni a lo que necesitas experimentar, aprender, vivir. Quizás sea más de lo mismo y vaticine conducirte a esa espiral en la que ya has navegado para saber que tienes alas en vez de patas (o branquias en vez de pulmones, si es que somos muchxs y diversxs). El duende te está diciendo cosas, así que hazle un poquito de caso.

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Hay veces en que ese duende se esconde un poquillo y su voz se torna más inaudible. Suele pasar cuando nos alejamos de él. Puedes suplicarle que vuelva, pero no podrás darte cuenta de su presencia hasta que no generes ese espacio en el que a él le gusta hacer sus cabriolas. ¡Así que volvemos a decidir! Decidimos hacer algo que sabemos que nos gusta, decidimos parar si lo necesitamos, decidimos dejar ir aquello que no resuena con nosotrxs y decidimos recordar poco a poco quiénes somos, o al menos quiénes no somos. Si algo vibra con quien eres, es un SÍ. Si algo desafina con quien eres, es un NO. A veces no está tan claro y hay muchos condicionantes que obstaculizan la toma de decisiones, pero… no nos dejemos engañar… es bien sencillo… Si algo vibra con quien eres, es un SÍ. Si algo desafina con quien eres, es un NO.

Y así es como yo me encuentro diciendo NO a aquello que me impide ser una mujer rural, diciendo NO a aquello que me impide ser una mujer con inquietudes y ganas de explorar, diciendo NO a aquello que me impide llevar barro en las botas y babas de perrx en la ropa, diciendo NO a aquello que me impide ser una mujer libre.

Y es así como yo me encuentro diciendo SÍ a aquello que me acerca a la tierra, diciendo SÍ a aquello que me facilita entregar lo mejor de mí, diciendo SÍ a aquello que me vincula a mi propósito, diciendo SÍ a aquello que me reconcilia con la niña, mujer y anciana que soy.

No compres los sueños de nadie, ni siquiera esos que parece que hay que tener por el hecho de circular por este mundo. No alimentes el miedo con decisiones que te alejen del misterio que eres. Descubre los tuyos propios y deja que se fundan con el ahora. Al fin y al cabo…

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Mujer…

8M, Día de la Mujer. La fecha se aproxima en el calendario y, como cada año, algo se me despierta dentro. Ya no participo en ninguna manifestación, se me quitaron las ganas de reivindicar lo nuestro… me apetece vivirlo. Es otro día más, cierto, con sus 24 horas, su día y su noche, su periodo de vigilia y su periodo de sueño. Pero… me entran más ganas de bailar, de cantar, de ser tan fuerte como las olas del mar, tan delicada como una gota de rocío en la mañana, de explorarme en todos mis registros y de agradecerme vivir…

Hoy es una oportunidad para descubrir lo femenino en el aullido del viento, en la piel de los árboles, en las piedras que el río suaviza a lo largo del tiempo. Mi naturaleza reside en cada rincón en el que  mi mirada se deposite, y es que dicen por ahí que en las mujeres predomina la conectividad entre ambos hemisferios cerebrales… Este dato siempre me ha hecho pensar, en mi mundo de ignorancia científica, que estamos equipadas con una brújula mágica que nos hace relacionar puntos aparentemente inconexos, dotar de significado detalles que pudieran pasar desapercibidos y leer eso que algunxs llaman señales. ¿No es Shakira la que canta algo así como que “las mujeres somos las de la intuición”?

Yo no sé si es la fecha o el revuelo preprimaveral, pero la aproximación al 8 de marzo… ¡me empodera! Y no, no me entran ganas de decirnos mejores que los hombres, ni tampoco que seamos iguales (tampoco menos, por supuestísimo). Una vez aterrizadxs en este planeta, nos hemos ganado el derecho a habitar nuestra propia existencia, independientemente de cualquier condición que pretenda definirnos, clasificarnos o separarnos. Lo doy por hecho, y creo que las trabas en el ejercicio de nuestra libertad no son exclusivas de las mujeres.

Pero como estos días hablamos de mujeres… ¡me vengo arriba! Me atrevo a soñar, a creer, a ser… me atrevo a atreverme. Lo que otros días puede ser considerado como riesgo o peligro, aquello que en otras ocasiones genera miedo y desconfianza, de repente se convierte en un resorte hacia delante, en un incentivo al propio crecimiento, en un motivo de risa y disfrute. El poder que adormecido nos espera en algún rincón de nuestro interior, despierta para mostrarnos la belleza que podemos crear a nuestro alrededor cuando le permitimos expresarse… la misma belleza de la que nace.

Y es que en los últimos meses, he tenido la fortuna de cruzarme con muchas mujeres, y todas ellas han pellizcado mi corazón, le han hecho pegar un brinco y amar un poco más. ¡Gracias a todas ellas! A las que acaban de llegar, a las que ya no están a mi lado, a las que permanecen con el paso del tiempo y a las que todavía no tengo el placer de conocer. Gracias, mujer, por ser valiente. Gracias, mujer, por crear realidades lindas de las que me haces formar parte. Gracias, mujer, por ser dulce, amarga, ácida, picante y salada. Gracias, mujer, por ser madre, hermana, hija, abuela y cuñada. Gracias, mujer, por ser salvaje, loca, bella, libre… tú.

Se nos han dicho muchas cosas a las mujeres. Unas nos gustan más, otras nos gustan menos. Pero lo que nadie nos puede decir a cada una de nosotras (ya sean emitidas por voces de hombres o de otras mujeres) es nuestra ruta de viaje. Cada una de nosotras es…

  • Linda como la luz del sol, perfecta en su brillar.
  • Irremplazable y única en su especie.
  • Buscadora de su verdad, incansable exploradora.
  • Reina de su propia vida, monarca de sus decisiones.
  • Empoderada! Como solo ella puede ser.

No suelo yo hacer muchas distinciones entre hombres y mujeres, la verdad. Entiendo, como mujer que soy, los retos a los que nos enfrentamos en este mundo (cada cultura con sus particularidades, incluida cada cultura familiar, local, empresarial…) Pero también puedo ver los retos que se les presenta a los hombres… Lo veo, pero… me voy a conceder el lujazo de poner hoy mi mirada en esa mitad de la población mundial en la que me incluyo. Y es que no es lo mismo… No quiero entrar en reivindicaciones ahora, aunque si dejo de teclear me asaltan las ideas de la mutilación genital femenina, la trata y otros muchos ejemplos que justifican gritos, puños en alto y pancartas. Respira… 1, 2, 3… ¡De vuelta!

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No, no, no, no… Tanto NO me aleja de lo que SÍ, que al fin y al cabo es lo que encierra la fuerza que genera el cambio. Sí somos fuertes, sí somos creativas, sí luchamos por nuestros sueños, sí tenemos acceso a todo nuestro potencial, sí podemos elegir, sí guardamos en nuestros corazones las semillas que germinan un mundo mejor, sí multiplicamos cuando en nuestra diversidad nos unimos, sí desbordamos gracia y alegría de vivir. Sí.

Recuerda, haz presente, que eres la única que vive la vida que se ha puesto en tus manos. Libera a la Doncella para que limpie tu mirada con su inocencia y te empuje con su fuerza. Implora a la Madre para que te proteja con su coraje y guíe con su luz. Despierta a la Anciana para que te muestre tu sabiduría innata y te envuelva en su sosegada presencia. Reconcíliate con la Diosa que eres. Permítete tu vida, mujer, a tu manera particular. Ni sumisa ni devota, te quiero libre, linda y loca!

 

Caminar entre árboles… Ser árbol

Síndrome premenstrual. Esos días en que la sensibilidad se hace fuerte y presenciar cualquier detalle nimio supone romper en llanto… Una sonrisa, una caricia discreta, una chimenea echando humo, una tímida flor morada que se asoma entre el omnipresente verde, la perra enroscándose para echarse una siesta, una persona ayudando a otra a cargar con algo pesado… El día a día se colma de pequeñas cosas de una intensidad desmedida. Tanto estímulo colapsa los sentidos, estruja el corazón y le susurra “ey, eres parte de esta belleza, no lo olvides”.

Síndrome premenstrual. Esos días en que todo parece confuso, en que todo cuesta un poco más, en que todo se descoloca de una forma un poco rara. Dudas, incertidumbres, dilemas, pasos patosos, ausencia de necesidad de socializar, ganas de chocolate e hidratos de carbono varios, arrebatos de un cómico dramatismo que a estas alturas ya sé situar en mi calendario ovárico. Es que… mis ciclos es lo que tienen…

Salir… “beber, el rollo de siempre…”,se me ha colado Extremoduro. Ignoremos esta intromisión musical (si guardara 1€ por cada una de estas, ya tendría para comprar un cajón para las abejas… ¡o un remolque para el Suzuki!). Como iba diciendo… Salir… Calzarse las botas, hincharse los pulmones de aire nuevo, llenar los bolsillos de nueces y dirigir los pasos hacia algún lugar en el que sentirse más lobx (o ardilla) y menos humanx culturizadx.

Caminar tiene ese efecto terapéutico, ¿no? Si la mente va rápida y desenfocada, apuras el paso. Los pies contra el suelo emiten una especie de mensaje que recorre piernas, espalda, pecho y garganta para llegar hasta la cabeza, donde explota en un eco que retumba por encima del desorden. Pronto sientes el corazón latir con más brío, las mejillas cálidas a pesar del frío. El aire demuele obstáculos a su paso y llega hasta el último rincón de tu ser. Y todo a tu alrededor… despierta poco a poco. Tus pasos se espacian más para poder formar parte de ese momento. Recuerdas la belleza que te rodea de repente y decides dejar que se cuele por cada poro de tu piel. Te concedes el permiso de merecerla y disfrutarla. Es tuya. Eres tú en ella. Es.

Algo que me encanta contemplar cuando camino son los árboles. Parecen estar ahí desde siempre y, sin embargo, son tan finitos como tú y como yo. Un día nacen y un día mueren. Entre medias, viven. Y… ¡son tan sabios! ¿Te has fijado alguna vez, que cuando sopla el viento sus hojas aplauden? Eso sucede sobre todo si están secas. Fíjate, todavía les quedan fuerzas para aplaudir. Ejemplares…

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Mi compañero se los sabe todos. Va nombrando cuál es cuál y explica sus utilidades: el castañar (castaño) aguanta mucho, perfecto para la estructura de una casa sólida y duradera. El abedul es muy ligero, pero resiste menos, así que lo podría usar para ese invernadero móvil que quieres que te haga para el huerto (mis obsesiones con la rotación de cultivos y la necesidad de proteger los tomates del clima de la montaña asturiana). El rebuchu (roble) tiene unos dibujos muy bonitos, así que podría hacer un reloj, o una lámpara. Y así con todos. Una vez concluída su lección de botánica aplicada a la construcción, culmina con un “¡cuánta leña, eh?!” Siempre pienso que debió de pasar mucho frío en otra vida, es lo único que explicaría su obsesión con la leña.

Caminar me deja, por supuesto y afortunadamente, espacios para el silencio. Y en esos espacios me limito a admirar la vida de esos árboles, a aprender de su majestuosa sencillez. Un árbol es y está ahí. No le pidió permiso a nadie, ni tampoco fue a un registro a que le asignaran un número y un carnet obligatorio. Le da igual que tú lo admires o lo rechaces. No le importa que bendigas su sombra, o que la maldigas… va a seguir dándotela. No espera a que le digas lo que tiene que hacer, así que hunde sus raíces en la tierra en busca de respuestas y alza sus ramas hacia el cielo implorando al sol. Sea lo que sea lo que estos le cuentan, cada vez se hace más fuerte. No necesita que le agradezcas el oxígeno que te regala, pero te lo da igualmente. Esparce sus frutos por la tierra sin interés alguno, independientemente de que los recojas o no. Ofrece cobijo a pájaros y ardillas, líquenes y setas. Su esencia es perfecta. Un árbol, es un árbol. Su naturaleza, es ser árbol.

Y es que… además, se permiten responder a la necesidad de ser, y saben ser muy bien. No hay uno igual a otro. Los hay que crecen rectos hacia arriba, sin una curva, muy serios ellos entre los demás. Los hay que muestran sus vigorosas cicatrices de guerra sin ocultarle nada a nadie. Los hay que prefieren rodearse de otros árboles y los hay que prefieren vivir en solitario. Los hay que esconden su corteza tras el musgo y le ceden el protagonismo. Los hay que, desafiando las normas, crecen paralelos al suelo (¿ponemos un columpio?). Los hay que se fusionan con el de al lado formando una especie de árbol siamés. Los hay rugosos y lisos, altos y bajos, gordos y flacos…

Todos ellos, juntos y en equipo, configuran el bosque en el que te pierdes, oxigenas y encuentras. Son el hogar de águilas y cuervos, gnomos y duendes. No se lo han propuesto, pero lo han conseguido. Y es que, juntos o por separado, los árboles cumplen su función, saben lo que tienen que hacer y lo hacen. Ejemplifican la obra maestra que todxs podemos llegar a ser si nos lo permitimos. Así como el árbol es perfecto en su genuina singularidad, también tú y yo en la expresión de nuestra naturaleza más esencial. Así como el cerezo no puede pretender ser un acebo, tú no puedes pretender ser fulanx o menganx. El cerezo ofrece cerezas porque sabe que es un cerezo. Y tú puedes ofrecer lo que eres porque sabes quién eres. Y antes de empezar a desvariar sobre macedonias y cócteles de frutas (y, lo que es peor, canciones de campamento asociadas…), te animo (me incluyo) a sentirte árbol sin serlo, a hundir tus raíces en la tierra y erguir tu cuerpo hacia el cielo, a crecer de la forma que mejor responda a tu naturaleza y a regalar la deliciosa fruta que sólo de ti puede nacer.

Transforma el ruido de tu mente en un regalo para el alma

Me encanta el silencio… Su apacible presencia me desapega de lo que me parecía relevante hace un instante. Embalsama mi cuerpo, expande mi mente y casi me da alas. Suave caricia que me devuelve a la quietud fetal, perfecta nana que me sumerge en el infinito. Es tan delicioso… como efímero.

El silencio consigue fusionarse con el chisporroteo del fuego, el canto de los pájaros, el viento, los cencerros de vacas, ovejas y cabras, la lluvia, el revolcón de un par de gatxs traviesxs, el crujido de la tierra bajo los pies de lxs caminantes… Juntxs crean una sinfonía silenciosa, una sinergia de la que soy participe a través del sonido de mi respiración. La sinfonía silenciosa es de una delicadeza extrema y capaz de enternecer al corazón intrépido que se asoma al ahora.

Y sin recibir la invitación de nadie, sin escrúpulos ante momentos de tal belleza… Irrumpe esa loca con maracas y gaitas que vive en la azotea. Le encanta hacerse oír y desbancar al silencio con sus estridencias y cabriolas. Indómita, rebelde y necia, terca como una mula (y mira que son tercas las mulas…). Así es ella cuando se lo propone, cuando le permito desde mi inconsciencia tomar la batuta de la orquesta. Y es que la mente… ¡se las trae! Danza, salta, parlotea y poco le importa que haya limpiado u ordenado por ahí arriba. A ella le encanta verlo todo, es curiosa, exploradora, todo lo quiere saber. Una vez empieza… ¡no para quietecita! Va de un lado a otro olisqueando, opinando, lanzando juicios y quejas. Es inconformista a la vez que cobarde, siempre prefiere huir a otro espacio-tiempo diferente al aquí-ahora y me niega el “simplemente”. ¡Ay, mente! ¡Qué pretenciosa me eres! Aunque esa sea tu naturaleza… no es tu meta.

No hay mayor cotorra… Quien inventó el TDAH se limitó a definir su propia mente, me temo. Pero… esta linda cotorrita, con tantas ganas de marearnos, de llevarnos por mil derroteros cada cual más extraño y de hacernos creer lo que no es… es una gran sierva, si conseguimos entrenarla como tal. No le gusta el látigo,  ni las órdenes,  así que tampoco hace falta que se los muestres. No se trata de eso. Pero… ¿y si entablamos una relación de amistad? Aceptemos su espíritu inquieto, su ávida necesidad de investigar más allá del ahora, su caminar de puntillas en varias direcciones dejando a su paso discretos y confusos rastros. Aceptemos que le falta brújula… ¡y ofrezcámosela!

Personalmente, no me gusta la TV, pero creo que representa un símil de lo que quiero explicar. Tantas cadenas, tan diferentes, tantos registros. Coges el mando y presionas los botones prestando una ligera atención a lo que muestra la pantalla. No te interesa, cambias. Esto tampoco, cambias. Ni esto, cambias. Haces zapping cómodamente reposadx en el mejor de los sillones y… ¡detente! Parece que hay algo que te impide cambiar de cadena. Estupendo, no cambies. Explóralo, date el permiso de conocer sus detalles, investiga sus recovecos, siente cómo resuena en ti.

¿Y si hacemos lo mismo con la mente? Deja pasar cada uno de sus pensamientos, no te enredes en ellos, no los alimentes con tu atención. Dependen tanto de la fuerza que les des, que tu indiferencia les hará abandonarte uno tras otro. Pero… ¡bueno! ¿Qué es esto? Asoma algo un poco diferente, con un tinte interesante. ¡Atrápalo! Cógelo entre tus dedos y siente su tacto, huélelo, obsérvalo, escúchalo, saboréalo. ¿Te hace cosquillas? ¿Te planta una sonrisa en la cara? Dedícale un poco más de tiempo. Papel y boli (o aparatito digital, si te va más el rollo tecnológico). No permitas que se escape esa idea sin imprimirte su huella. Hazle preguntas y anota sus respuestas. Dialoga con la loca de la azotea sobre esa preciosa creación que acaba de compartir contigo. No dejes que la entierre entre otras creaciones que no te han hecho cosquillas, que no te han plantado una sonrisa.

Es curioso… Cuando la mente nos lo pone difícil, le hacemos caso. Pero cuando nos lo pone fácil… recordamos que tenemos que poner la lavadora, que la factura de la luz es sumamente cara, que la comida nos ha quedado sosa hoy… No voy a poner ejemplos dramáticos en esta lista porque, aunque en ocasiones los haya, no los necesitamos para que la mente huya. Cualquier excusa es buena para desatenderla en sus arrebatos de genialidad. Y es que… realmente, es brillante. ¡Sobre todo si le concedemos el espacio para serlo!

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La mente es el ovario que incansable produce óvulos con un gran potencial de vida. Pero, si no los fecundamos con la semilla de nuestro amor, desgarran las paredes de nuestro útero y los menstruamos. Si, por el contrario, facilitamos la concepción de esa idea… ¡daremos a luz a algo único! No te prives ni a ti ni a lxs demás de tu poder creador. Agarra esa idea que ahora mismo te hace cosquillas, que te planta una sonrisa. Nútrela con tu atención, dialoga con ella, bautízala y búscale un escenario para que baile y un corazón para que acaricie… el tuyo. Permítela nacer y vívela en cada poro. Enamórate de cada instante que compartas con ella y agradece todo lo que trae para ti. Quizás, en algún rincón, haya alguien que se vea inspiradx por tu intrépida concepción, tu paciente gestación y tu deslumbrante parto. ¡Y seguramente le entren ganas de concederse ser madre! Jejeje 🙂 Atrévete a alumbrar las ideas que te hacen cosquillas, que te plantan una sonrisa. Es la mejor muestra de gratitud que le puedes devolver a la mente por haberte permitido transformar su ruido en un regalo para el alma.

 

 

 

Invierno Yin, Invierno Introspectivo

Los días son más cortos, las noches más largas. Hace frío, llueve, nieva… Salir de casa implica doble par de calcetines, de pantalones, dos chaquetas por debajo del abrigo, quizás algo para abrigar el cuello y gorro en caso de agua o nieve. Siento los dedos de los pies y de las manos heladitos en la mañana. También retomo el ritual de quitarme las botas y ponerme las zapatillas antes de entrar en casa y así evitar continuas huellas de barro. El barro… ese intruso que discretamente despega desde el suelo para aterrizar en mi ropa (cualquier parte ubicada entre los pies y la cabeza le parece apropiada), y acelera el uso de la lavadora, el mejor invento de la humanidad según mi madre. Ya no se oye el “crash, crash” de las hojas secas bajo mis pies al caminar; en su lugar retumba el “chof, chof” los días de lluvia, o el “prup, prup” los días de hielo o nieve. Sí, esto es el invierno. Winter is here!

¡Y gracias, invierno! Es cierto que quizás bufe con más frecuencia por lo incómodo de la climatología, pero reconozco lo bienvenido que es. La tierra tenía sed, y por ahora el invierno la está complaciendo. Las nubes cumplen su función vaciándose sobre nosotrxs, alimentando ríos y regatos, pintando ese verde que crea silencios de admiración, aplacando fuegos que pedían descanso, limpiando el aire que compartimos… y pariendo charquitos para jugar.

El huerto descansa parcialmente estos meses. La cocina se despierta y pide leña y más leña que respetuosamente le suministramos. Las gallinas, en contra de lo esperado con este tiempo, se arrancan a poner huevos como si les fuera la vida en ello, así que se incrementa el tiempo destinado a la repostería en casa. Y… aunque parezca que pasan menos cosas, la verdad es que incluso pasan más! El invierno invita a introspectar.

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El invierno, la estación más yin del año. Por más que te empeñes en mantener la actividad habitual, no puedes negarte a este ritmo diferente que te impone. El sol marca los tiempos. Te acompaña durante menos horas que en otras estaciones para recordarte que necesitas descansar, reponerte, cuidarte, alimentarte mejor y volver a descubrirte en el recogimiento del hogar, de la madriguera, o del útero, ese lugar al que regresas para hablar contigo, para sentir quién eres, para silenciar el ruido que te distrae y aleja de tu propósito. La mirada se vuelca necesariamente hacia dentro, hacia ese rincón oculto en el que vas acumulando lo que en su momento fuiste desatendiendo, heridas purulentas, llantos no derramados, ira no cantada y miedos no temblados. Ese lugar en el que, si buscas, también encuentras polvo y telarañas cubriendo sueños “olvidados”, motivaciones puras y mucho amor pendiente de liberar.

El cuerpo no pide tanta fiesta, ni tanta expansión. Introspectar, emprender ese viaje hacia dentro, replegarte hacia lo desconocido que brota en tu interior y recalcular la hoja de ruta. Sí, ya, puede ser duro, puede dar muuuucha pereza, pero es necesario de vez en cuando. A veces me sorprendo descubriendo todas las lágrimas que se agolpan dentro y que no dejé salir, que tapé con una sonrisa y ¡a otra cosa, mariposa! Muchas lágrimas que nacen de una fuente cuyo origen poco a poco voy descubriendo, y que poco a poco me voy dando el permiso de sanar. Poco a poco. A fueguito lento. La dureza de toparse con las propias sombras genera un impulso de huída casi irrefrenable. La tentación de correr un es-tupido velo frente a ellas es tan fuerte… que asumimos el riesgo de postergar un aprendizaje que clama por ser descubierto. Pero… no me apetece repetir, y repetir, y repetir, y repetir. En vez de eso, me apetece encarar el miedo, aceptar que está ahí y permitir que conviva conmigo mientras me adentro más y más en la cueva invernal.

Y es que… ¿sabías que en la Medicina Tradicional China, el invierno está asociado con la emoción del miedo? Curioso, ¿no? Justo cuando disponemos de menos luz, cuando la noche se cierne sobre nosotrxs proyectando todas sus sombras. Muchachxs… ¡esto hay que verlo! Tenemos tan sumamente identificado el concepto de “luz” con positivo, y el concepto de “oscuridad” con negativo, que el encuentro con esa faceta menos linda de unx mismx lo dejamos de lado. ¿Y qué sucede si no existe ni lo bueno ni lo malo? Si ambas conviven… es porque se necesitan la una a la otra, y no hay contraste posible si desconocemos las dos protagonistas de esta historia. ¿Por qué generar conflicto alrededor de estas dos fuerzas antagónicas? Permitamos que convivan, escuchemos lo que tienen que enseñarnos, abramos las puertas al respeto, la tolerancia y la paciencia. ¡Qué fácil es predicar, ¿no?! Jejeje. Ejemplificar es otro cantar, y en ello estamos, encontrando en cada momento la oportunidad para reconocer qué sucede dentro, mientras observo qué sucede fuera. Vivir dentro, vivir fuera y poder gritar “¡abajo los muros de las prisiones!” (esto se me ha colado “anárquicamente”, pero ¡me niego a reprimir el cántico! :D)

Y… ¿sabías que en Medicina Tradicional China el sabor asociado al invierno es el salado? No sé cómo saben tus lágrimas, pero las mías saben a mar. Así que toca liberar el exceso de sal. Nos cuesta… De bebés nuestra madre nos susurra “no llores, ea, ea, ea, ea”. Crecemos con el mensaje de “llorar es de débiles”. Por no hablar del evidente disgusto que se lee en la cara de quien nos quiere cuando nos ven llorar… Así que… aprendemos a tragarlo, a guardarlo bajo la alfombra, a ocultarlo incluso de unx mismx. Pero… ¿sabes qué? No nos hace ningún bien, y tampoco hace falta. Libera el llanto de su estigma, abre las compuertas de tu pecho y permite que suceda. Es difícil, ya, ¿qué me vas a contar? Mucho llanto he ido almacenando a causa de mi dificultad para expresar la tristeza, pero lo que he aprendido, también lo puede desaprender y dejar espacio a una nueva manera de afrontar la vida, más amable, consecuente e integradora. Ahí estamos, como diría un buen amigo, el 1 antes que el 2.

Los días tienen menos luz, sí. El frío entumece los huesos, sí. Necesitamos más ropa (y más lavadoras!), sí. Pero… al igual que la naturaleza se repliega y descansa en su rebrotar y regalar cosechas, también tú y yo lo hacemos. Aprovecha esta invitación para mimarte y regenerarte. Observa qué sucede dentro de ti mientras respiras. Aunque sea por un momento, deja de lado los juicios, simplemente hazlo. Dale la mano al miedo y permite que te acompañe mientras conocéis la relación que os vincula. Cuidadín con los excesos de sal. Libera aquello que en su momento no has dejado salir y prepara un espacio acogedor para lo que tenga que venir. Recuerda que, a la vuelta de la esquina, se asoma la primavera.

Trascendiendo la dualidad

Ayer, después de dar todas las vueltas que consideraba tenía que dar por la casa, tomé asiento en este mismo taburete en el que ahora mismo reposo, encendí el mismo ordenador que ahora tecleo, hice uso de la misma determinación de venir aquí a contarte algo y… ¿sabes qué pasó? Que no sabía cómo contarte lo que te quería contar.

Improvisé un par de inicios a partir de los cuales no podía seguir fluyendo, me distraje con asuntos que normalmente no despiertan mi atención, decidí quitarme infructuosamente un pincho que tenía clavado en el dedo corazón, volví a leer lo escrito y me pregunté: “¿quién está escribiendo?” De ninguna manera era Busgosa la que escribía. ¿Entonces quién? Para… Respira… Siente… Ya. La perspectiva de que el mensaje fuera leído por otra persona distinta a mí generó una ruptura con la fuente de la que todxs bebemos. Lo único que conseguí fue expresarme como una especie de anuncio de pomada para almorranas, y te puedo asegurar que no era eso de lo que quería hablar!

¿Quién soy? ¿Quién escribe? ¿Quién lee? ¿Quién siente? En el momento en que me vivo diferente a la persona a la que me dirijo, se desvanece el mensaje. No puede haber conexión real, ni comunicación efectiva, si yo soy otra cosa que tú no eres, si tú eres algo que yo no soy. Así que… sólo queda una opción: sintonizar el mensaje que nos une, observar de frente aquello que es.

Y es que tú y yo no somos tan diferentes. Llegamos, nos vamos y, entre medias, aprendemos a vivir. En el momento en el que pongo el acento en la diferencia, me alejo de ti. Pero si mi consciencia habita en lo que compartimos… vía libre, las barreras se desvanecen. Así que no hay nada mejor para hablar contigo… ¡que hablar conmigo! Tanto “contigo”, “conmigo”, “tú”, “yo” acaba por marear un poco, ¿no? Dejémoslo estar. Todo es lo mismo.

¿Tú te acuerdas? ¿Te acuerdas de cuando eras niñx? ¿Qué ha pasado en ti desde entonces, aparte de unos cuantos años? Muchas vivencias que condicionan, muchas heridas que marcan, muchas caídas que lesionan… mucho que aprender… ¡más todavía que desaprender! Porque cuando miras hacia atrás para comprender la persona que hoy eres, puedes sentir el lastre de todo aquello que te ha hecho pupa… pero también puedes sentir la fiereza que te ha traído hasta el día de hoy, y sonreír. Puedes quedarte en el error, en el rencor, en la llaga. Y puedes vivir en el sol, en la luna, en la bravura de los ríos, en la magnanimidad de las montañas, en la fragancia de los campos recién llovidos, en el sonido del viento, en el olorcico a sal de mar, en tu intrínseca bondad y pureza. Puedes apaciguar la mente, liberar el cuerpo y recuperar la inocencia de los sentidos para que te traigan a este momento presente en el que descubrir de nuevo el mundo y disfrutar de él. Puedes caminar descalzx por la tierra, bailar la música que tu corazón compone, comer con las manos y sonreirle al espejo. Puedes ser libre, hacer y dejar de hacer, sentir quién eres en cada momento y entregárselo al mundo. Acabas de llegar a la vida y tienes la información más importante incorporada en tus entrañas. No necesitas manual de instrucciones, te sobran los cánones, las reglas no existen… ¿Relojes? ¿Calendarios? “¿El que oh?”, responderían preguntando en mi Asturias adoptiva. Permítete este ahora y respíralo, gózalo, es tuyo. Tiene sabor, olor, brilla, suena, vibra. Descúbrelo… Fúndete en él.

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No hay nada que hacer. No hay nada que hacer. No hay nada que hacer.

Expulsa lo que ya te sobra. Vacíate de penas, de llanto ahogado, de ira contenida, de culpa, de resentimiento, de miedo. Absorbe lo que necesites. Llénate de luz, de belleza, de inocencia, de fantasía, de sueños, de palabras bonitas. Tu madriguera es el mundo, tu padre el sol, tu madre la luna. Vívelo. ¿Qué puede pasar? Recuerda quién eres más allá de quién crees haber aprendido que eres.

Sí, un momento de subidón y de exaltación de la vida lo tiene cualquiera 🙂 ¡Y que perdure! Pero de pronto, en mitad del encuentro con ese recuerdo de quien unx es, nos topamos con otro ser que nos invita a formar parte de otro mundo. Un mundo en el que aparecen prisas, guiones de vida precocinados, “tienes que”, comparaciones, expectativas, fracasos, intereses, posesiones, carencias… ¡Aaaaahhh! (emoticono sudoroso que se lleva las manos a la cabeza). Bien. Respira. Relax…

Testéalo, si quieres experimentar. Encorsétate en un rol predefinido, muévete por un espacio limitado, aprende y respeta las normas del juego (o sáltatelas ateniéndote a las consecuencias). O quizás sientes que ya has tenido bastante, y que por lo tanto puedes entrar y salir del tablero a conveniencia, sin identificarte con una mera ficha cuya vida se limita a los confines de las normas.

Recuerda, haz memoria… Y vive más allá de esas casillas que de pronto se extienden en todas direcciones. Recuerda, haz memoria… Y sé consciente de que quien te invita a regresar al tablero de juego también necesita recordar que es más que una ficha, que los dados no determinan necesariamente sus movimientos y que se puede jugar a más cosas, la repetición puede llegar a aburrir si no es libremente elegida. Recuerda, haz memoria… que lo que compartimos es más grande que lo que nos hace diferentes. Que todxs aprendemos y desaprendemos. Que todxs tenemos heridas, que todxs perdemos la perspectiva, que todxs olvidamos que hemos venido a jugar. Así que recuerda, haz memoria… ¡¿Jugamos?! 🙂