Caminar entre árboles… Ser árbol

Síndrome premenstrual. Esos días en que la sensibilidad se hace fuerte y presenciar cualquier detalle nimio supone romper en llanto… Una sonrisa, una caricia discreta, una chimenea echando humo, una tímida flor morada que se asoma entre el omnipresente verde, la perra enroscándose para echarse una siesta, una persona ayudando a otra a cargar con algo pesado… El día a día se colma de pequeñas cosas de una intensidad desmedida. Tanto estímulo colapsa los sentidos, estruja el corazón y le susurra “ey, eres parte de esta belleza, no lo olvides”.

Síndrome premenstrual. Esos días en que todo parece confuso, en que todo cuesta un poco más, en que todo se descoloca de una forma un poco rara. Dudas, incertidumbres, dilemas, pasos patosos, ausencia de necesidad de socializar, ganas de chocolate e hidratos de carbono varios, arrebatos de un cómico dramatismo que a estas alturas ya sé situar en mi calendario ovárico. Es que… mis ciclos es lo que tienen…

Salir… “beber, el rollo de siempre…”,se me ha colado Extremoduro. Ignoremos esta intromisión musical (si guardara 1€ por cada una de estas, ya tendría para comprar un cajón para las abejas… ¡o un remolque para el Suzuki!). Como iba diciendo… Salir… Calzarse las botas, hincharse los pulmones de aire nuevo, llenar los bolsillos de nueces y dirigir los pasos hacia algún lugar en el que sentirse más lobx (o ardilla) y menos humanx culturizadx.

Caminar tiene ese efecto terapéutico, ¿no? Si la mente va rápida y desenfocada, apuras el paso. Los pies contra el suelo emiten una especie de mensaje que recorre piernas, espalda, pecho y garganta para llegar hasta la cabeza, donde explota en un eco que retumba por encima del desorden. Pronto sientes el corazón latir con más brío, las mejillas cálidas a pesar del frío. El aire demuele obstáculos a su paso y llega hasta el último rincón de tu ser. Y todo a tu alrededor… despierta poco a poco. Tus pasos se espacian más para poder formar parte de ese momento. Recuerdas la belleza que te rodea de repente y decides dejar que se cuele por cada poro de tu piel. Te concedes el permiso de merecerla y disfrutarla. Es tuya. Eres tú en ella. Es.

Algo que me encanta contemplar cuando camino son los árboles. Parecen estar ahí desde siempre y, sin embargo, son tan finitos como tú y como yo. Un día nacen y un día mueren. Entre medias, viven. Y… ¡son tan sabios! ¿Te has fijado alguna vez, que cuando sopla el viento sus hojas aplauden? Eso sucede sobre todo si están secas. Fíjate, todavía les quedan fuerzas para aplaudir. Ejemplares…

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Mi compañero se los sabe todos. Va nombrando cuál es cuál y explica sus utilidades: el castañar (castaño) aguanta mucho, perfecto para la estructura de una casa sólida y duradera. El abedul es muy ligero, pero resiste menos, así que lo podría usar para ese invernadero móvil que quieres que te haga para el huerto (mis obsesiones con la rotación de cultivos y la necesidad de proteger los tomates del clima de la montaña asturiana). El rebuchu (roble) tiene unos dibujos muy bonitos, así que podría hacer un reloj, o una lámpara. Y así con todos. Una vez concluída su lección de botánica aplicada a la construcción, culmina con un “¡cuánta leña, eh?!” Siempre pienso que debió de pasar mucho frío en otra vida, es lo único que explicaría su obsesión con la leña.

Caminar me deja, por supuesto y afortunadamente, espacios para el silencio. Y en esos espacios me limito a admirar la vida de esos árboles, a aprender de su majestuosa sencillez. Un árbol es y está ahí. No le pidió permiso a nadie, ni tampoco fue a un registro a que le asignaran un número y un carnet obligatorio. Le da igual que tú lo admires o lo rechaces. No le importa que bendigas su sombra, o que la maldigas… va a seguir dándotela. No espera a que le digas lo que tiene que hacer, así que hunde sus raíces en la tierra en busca de respuestas y alza sus ramas hacia el cielo implorando al sol. Sea lo que sea lo que estos le cuentan, cada vez se hace más fuerte. No necesita que le agradezcas el oxígeno que te regala, pero te lo da igualmente. Esparce sus frutos por la tierra sin interés alguno, independientemente de que los recojas o no. Ofrece cobijo a pájaros y ardillas, líquenes y setas. Su esencia es perfecta. Un árbol, es un árbol. Su naturaleza, es ser árbol.

Y es que… además, se permiten responder a la necesidad de ser, y saben ser muy bien. No hay uno igual a otro. Los hay que crecen rectos hacia arriba, sin una curva, muy serios ellos entre los demás. Los hay que muestran sus vigorosas cicatrices de guerra sin ocultarle nada a nadie. Los hay que prefieren rodearse de otros árboles y los hay que prefieren vivir en solitario. Los hay que esconden su corteza tras el musgo y le ceden el protagonismo. Los hay que, desafiando las normas, crecen paralelos al suelo (¿ponemos un columpio?). Los hay que se fusionan con el de al lado formando una especie de árbol siamés. Los hay rugosos y lisos, altos y bajos, gordos y flacos…

Todos ellos, juntos y en equipo, configuran el bosque en el que te pierdes, oxigenas y encuentras. Son el hogar de águilas y cuervos, gnomos y duendes. No se lo han propuesto, pero lo han conseguido. Y es que, juntos o por separado, los árboles cumplen su función, saben lo que tienen que hacer y lo hacen. Ejemplifican la obra maestra que todxs podemos llegar a ser si nos lo permitimos. Así como el árbol es perfecto en su genuina singularidad, también tú y yo en la expresión de nuestra naturaleza más esencial. Así como el cerezo no puede pretender ser un acebo, tú no puedes pretender ser fulanx o menganx. El cerezo ofrece cerezas porque sabe que es un cerezo. Y tú puedes ofrecer lo que eres porque sabes quién eres. Y antes de empezar a desvariar sobre macedonias y cócteles de frutas (y, lo que es peor, canciones de campamento asociadas…), te animo (me incluyo) a sentirte árbol sin serlo, a hundir tus raíces en la tierra y erguir tu cuerpo hacia el cielo, a crecer de la forma que mejor responda a tu naturaleza y a regalar la deliciosa fruta que sólo de ti puede nacer.

Transforma el ruido de tu mente en un regalo para el alma

Me encanta el silencio… Su apacible presencia me desapega de lo que me parecía relevante hace un instante. Embalsama mi cuerpo, expande mi mente y casi me da alas. Suave caricia que me devuelve a la quietud fetal, perfecta nana que me sumerge en el infinito. Es tan delicioso… como efímero.

El silencio consigue fusionarse con el chisporroteo del fuego, el canto de los pájaros, el viento, los cencerros de vacas, ovejas y cabras, la lluvia, el revolcón de un par de gatxs traviesxs, el crujido de la tierra bajo los pies de lxs caminantes… Juntxs crean una sinfonía silenciosa, una sinergia de la que soy participe a través del sonido de mi respiración. La sinfonía silenciosa es de una delicadeza extrema y capaz de enternecer al corazón intrépido que se asoma al ahora.

Y sin recibir la invitación de nadie, sin escrúpulos ante momentos de tal belleza… Irrumpe esa loca con maracas y gaitas que vive en la azotea. Le encanta hacerse oír y desbancar al silencio con sus estridencias y cabriolas. Indómita, rebelde y necia, terca como una mula (y mira que son tercas las mulas…). Así es ella cuando se lo propone, cuando le permito desde mi inconsciencia tomar la batuta de la orquesta. Y es que la mente… ¡se las trae! Danza, salta, parlotea y poco le importa que haya limpiado u ordenado por ahí arriba. A ella le encanta verlo todo, es curiosa, exploradora, todo lo quiere saber. Una vez empieza… ¡no para quietecita! Va de un lado a otro olisqueando, opinando, lanzando juicios y quejas. Es inconformista a la vez que cobarde, siempre prefiere huir a otro espacio-tiempo diferente al aquí-ahora y me niega el “simplemente”. ¡Ay, mente! ¡Qué pretenciosa me eres! Aunque esa sea tu naturaleza… no es tu meta.

No hay mayor cotorra… Quien inventó el TDAH se limitó a definir su propia mente, me temo. Pero… esta linda cotorrita, con tantas ganas de marearnos, de llevarnos por mil derroteros cada cual más extraño y de hacernos creer lo que no es… es una gran sierva, si conseguimos entrenarla como tal. No le gusta el látigo,  ni las órdenes,  así que tampoco hace falta que se los muestres. No se trata de eso. Pero… ¿y si entablamos una relación de amistad? Aceptemos su espíritu inquieto, su ávida necesidad de investigar más allá del ahora, su caminar de puntillas en varias direcciones dejando a su paso discretos y confusos rastros. Aceptemos que le falta brújula… ¡y ofrezcámosela!

Personalmente, no me gusta la TV, pero creo que representa un símil de lo que quiero explicar. Tantas cadenas, tan diferentes, tantos registros. Coges el mando y presionas los botones prestando una ligera atención a lo que muestra la pantalla. No te interesa, cambias. Esto tampoco, cambias. Ni esto, cambias. Haces zapping cómodamente reposadx en el mejor de los sillones y… ¡detente! Parece que hay algo que te impide cambiar de cadena. Estupendo, no cambies. Explóralo, date el permiso de conocer sus detalles, investiga sus recovecos, siente cómo resuena en ti.

¿Y si hacemos lo mismo con la mente? Deja pasar cada uno de sus pensamientos, no te enredes en ellos, no los alimentes con tu atención. Dependen tanto de la fuerza que les des, que tu indiferencia les hará abandonarte uno tras otro. Pero… ¡bueno! ¿Qué es esto? Asoma algo un poco diferente, con un tinte interesante. ¡Atrápalo! Cógelo entre tus dedos y siente su tacto, huélelo, obsérvalo, escúchalo, saboréalo. ¿Te hace cosquillas? ¿Te planta una sonrisa en la cara? Dedícale un poco más de tiempo. Papel y boli (o aparatito digital, si te va más el rollo tecnológico). No permitas que se escape esa idea sin imprimirte su huella. Hazle preguntas y anota sus respuestas. Dialoga con la loca de la azotea sobre esa preciosa creación que acaba de compartir contigo. No dejes que la entierre entre otras creaciones que no te han hecho cosquillas, que no te han plantado una sonrisa.

Es curioso… Cuando la mente nos lo pone difícil, le hacemos caso. Pero cuando nos lo pone fácil… recordamos que tenemos que poner la lavadora, que la factura de la luz es sumamente cara, que la comida nos ha quedado sosa hoy… No voy a poner ejemplos dramáticos en esta lista porque, aunque en ocasiones los haya, no los necesitamos para que la mente huya. Cualquier excusa es buena para desatenderla en sus arrebatos de genialidad. Y es que… realmente, es brillante. ¡Sobre todo si le concedemos el espacio para serlo!

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La mente es el ovario que incansable produce óvulos con un gran potencial de vida. Pero, si no los fecundamos con la semilla de nuestro amor, desgarran las paredes de nuestro útero y los menstruamos. Si, por el contrario, facilitamos la concepción de esa idea… ¡daremos a luz a algo único! No te prives ni a ti ni a lxs demás de tu poder creador. Agarra esa idea que ahora mismo te hace cosquillas, que te planta una sonrisa. Nútrela con tu atención, dialoga con ella, bautízala y búscale un escenario para que baile y un corazón para que acaricie… el tuyo. Permítela nacer y vívela en cada poro. Enamórate de cada instante que compartas con ella y agradece todo lo que trae para ti. Quizás, en algún rincón, haya alguien que se vea inspiradx por tu intrépida concepción, tu paciente gestación y tu deslumbrante parto. ¡Y seguramente le entren ganas de concederse ser madre! Jejeje 🙂 Atrévete a alumbrar las ideas que te hacen cosquillas, que te plantan una sonrisa. Es la mejor muestra de gratitud que le puedes devolver a la mente por haberte permitido transformar su ruido en un regalo para el alma.

 

 

 

Invierno Yin, Invierno Introspectivo

Los días son más cortos, las noches más largas. Hace frío, llueve, nieva… Salir de casa implica doble par de calcetines, de pantalones, dos chaquetas por debajo del abrigo, quizás algo para abrigar el cuello y gorro en caso de agua o nieve. Siento los dedos de los pies y de las manos heladitos en la mañana. También retomo el ritual de quitarme las botas y ponerme las zapatillas antes de entrar en casa y así evitar continuas huellas de barro. El barro… ese intruso que discretamente despega desde el suelo para aterrizar en mi ropa (cualquier parte ubicada entre los pies y la cabeza le parece apropiada), y acelera el uso de la lavadora, el mejor invento de la humanidad según mi madre. Ya no se oye el “crash, crash” de las hojas secas bajo mis pies al caminar; en su lugar retumba el “chof, chof” los días de lluvia, o el “prup, prup” los días de hielo o nieve. Sí, esto es el invierno. Winter is here!

¡Y gracias, invierno! Es cierto que quizás bufe con más frecuencia por lo incómodo de la climatología, pero reconozco lo bienvenido que es. La tierra tenía sed, y por ahora el invierno la está complaciendo. Las nubes cumplen su función vaciándose sobre nosotrxs, alimentando ríos y regatos, pintando ese verde que crea silencios de admiración, aplacando fuegos que pedían descanso, limpiando el aire que compartimos… y pariendo charquitos para jugar.

El huerto descansa parcialmente estos meses. La cocina se despierta y pide leña y más leña que respetuosamente le suministramos. Las gallinas, en contra de lo esperado con este tiempo, se arrancan a poner huevos como si les fuera la vida en ello, así que se incrementa el tiempo destinado a la repostería en casa. Y… aunque parezca que pasan menos cosas, la verdad es que incluso pasan más! El invierno invita a introspectar.

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El invierno, la estación más yin del año. Por más que te empeñes en mantener la actividad habitual, no puedes negarte a este ritmo diferente que te impone. El sol marca los tiempos. Te acompaña durante menos horas que en otras estaciones para recordarte que necesitas descansar, reponerte, cuidarte, alimentarte mejor y volver a descubrirte en el recogimiento del hogar, de la madriguera, o del útero, ese lugar al que regresas para hablar contigo, para sentir quién eres, para silenciar el ruido que te distrae y aleja de tu propósito. La mirada se vuelca necesariamente hacia dentro, hacia ese rincón oculto en el que vas acumulando lo que en su momento fuiste desatendiendo, heridas purulentas, llantos no derramados, ira no cantada y miedos no temblados. Ese lugar en el que, si buscas, también encuentras polvo y telarañas cubriendo sueños “olvidados”, motivaciones puras y mucho amor pendiente de liberar.

El cuerpo no pide tanta fiesta, ni tanta expansión. Introspectar, emprender ese viaje hacia dentro, replegarte hacia lo desconocido que brota en tu interior y recalcular la hoja de ruta. Sí, ya, puede ser duro, puede dar muuuucha pereza, pero es necesario de vez en cuando. A veces me sorprendo descubriendo todas las lágrimas que se agolpan dentro y que no dejé salir, que tapé con una sonrisa y ¡a otra cosa, mariposa! Muchas lágrimas que nacen de una fuente cuyo origen poco a poco voy descubriendo, y que poco a poco me voy dando el permiso de sanar. Poco a poco. A fueguito lento. La dureza de toparse con las propias sombras genera un impulso de huída casi irrefrenable. La tentación de correr un es-tupido velo frente a ellas es tan fuerte… que asumimos el riesgo de postergar un aprendizaje que clama por ser descubierto. Pero… no me apetece repetir, y repetir, y repetir, y repetir. En vez de eso, me apetece encarar el miedo, aceptar que está ahí y permitir que conviva conmigo mientras me adentro más y más en la cueva invernal.

Y es que… ¿sabías que en la Medicina Tradicional China, el invierno está asociado con la emoción del miedo? Curioso, ¿no? Justo cuando disponemos de menos luz, cuando la noche se cierne sobre nosotrxs proyectando todas sus sombras. Muchachxs… ¡esto hay que verlo! Tenemos tan sumamente identificado el concepto de “luz” con positivo, y el concepto de “oscuridad” con negativo, que el encuentro con esa faceta menos linda de unx mismx lo dejamos de lado. ¿Y qué sucede si no existe ni lo bueno ni lo malo? Si ambas conviven… es porque se necesitan la una a la otra, y no hay contraste posible si desconocemos las dos protagonistas de esta historia. ¿Por qué generar conflicto alrededor de estas dos fuerzas antagónicas? Permitamos que convivan, escuchemos lo que tienen que enseñarnos, abramos las puertas al respeto, la tolerancia y la paciencia. ¡Qué fácil es predicar, ¿no?! Jejeje. Ejemplificar es otro cantar, y en ello estamos, encontrando en cada momento la oportunidad para reconocer qué sucede dentro, mientras observo qué sucede fuera. Vivir dentro, vivir fuera y poder gritar “¡abajo los muros de las prisiones!” (esto se me ha colado “anárquicamente”, pero ¡me niego a reprimir el cántico! :D)

Y… ¿sabías que en Medicina Tradicional China el sabor asociado al invierno es el salado? No sé cómo saben tus lágrimas, pero las mías saben a mar. Así que toca liberar el exceso de sal. Nos cuesta… De bebés nuestra madre nos susurra “no llores, ea, ea, ea, ea”. Crecemos con el mensaje de “llorar es de débiles”. Por no hablar del evidente disgusto que se lee en la cara de quien nos quiere cuando nos ven llorar… Así que… aprendemos a tragarlo, a guardarlo bajo la alfombra, a ocultarlo incluso de unx mismx. Pero… ¿sabes qué? No nos hace ningún bien, y tampoco hace falta. Libera el llanto de su estigma, abre las compuertas de tu pecho y permite que suceda. Es difícil, ya, ¿qué me vas a contar? Mucho llanto he ido almacenando a causa de mi dificultad para expresar la tristeza, pero lo que he aprendido, también lo puede desaprender y dejar espacio a una nueva manera de afrontar la vida, más amable, consecuente e integradora. Ahí estamos, como diría un buen amigo, el 1 antes que el 2.

Los días tienen menos luz, sí. El frío entumece los huesos, sí. Necesitamos más ropa (y más lavadoras!), sí. Pero… al igual que la naturaleza se repliega y descansa en su rebrotar y regalar cosechas, también tú y yo lo hacemos. Aprovecha esta invitación para mimarte y regenerarte. Observa qué sucede dentro de ti mientras respiras. Aunque sea por un momento, deja de lado los juicios, simplemente hazlo. Dale la mano al miedo y permite que te acompañe mientras conocéis la relación que os vincula. Cuidadín con los excesos de sal. Libera aquello que en su momento no has dejado salir y prepara un espacio acogedor para lo que tenga que venir. Recuerda que, a la vuelta de la esquina, se asoma la primavera.

Trascendiendo la dualidad

Ayer, después de dar todas las vueltas que consideraba tenía que dar por la casa, tomé asiento en este mismo taburete en el que ahora mismo reposo, encendí el mismo ordenador que ahora tecleo, hice uso de la misma determinación de venir aquí a contarte algo y… ¿sabes qué pasó? Que no sabía cómo contarte lo que te quería contar.

Improvisé un par de inicios a partir de los cuales no podía seguir fluyendo, me distraje con asuntos que normalmente no despiertan mi atención, decidí quitarme infructuosamente un pincho que tenía clavado en el dedo corazón, volví a leer lo escrito y me pregunté: “¿quién está escribiendo?” De ninguna manera era Busgosa la que escribía. ¿Entonces quién? Para… Respira… Siente… Ya. La perspectiva de que el mensaje fuera leído por otra persona distinta a mí generó una ruptura con la fuente de la que todxs bebemos. Lo único que conseguí fue expresarme como una especie de anuncio de pomada para almorranas, y te puedo asegurar que no era eso de lo que quería hablar!

¿Quién soy? ¿Quién escribe? ¿Quién lee? ¿Quién siente? En el momento en que me vivo diferente a la persona a la que me dirijo, se desvanece el mensaje. No puede haber conexión real, ni comunicación efectiva, si yo soy otra cosa que tú no eres, si tú eres algo que yo no soy. Así que… sólo queda una opción: sintonizar el mensaje que nos une, observar de frente aquello que es.

Y es que tú y yo no somos tan diferentes. Llegamos, nos vamos y, entre medias, aprendemos a vivir. En el momento en el que pongo el acento en la diferencia, me alejo de ti. Pero si mi consciencia habita en lo que compartimos… vía libre, las barreras se desvanecen. Así que no hay nada mejor para hablar contigo… ¡que hablar conmigo! Tanto “contigo”, “conmigo”, “tú”, “yo” acaba por marear un poco, ¿no? Dejémoslo estar. Todo es lo mismo.

¿Tú te acuerdas? ¿Te acuerdas de cuando eras niñx? ¿Qué ha pasado en ti desde entonces, aparte de unos cuantos años? Muchas vivencias que condicionan, muchas heridas que marcan, muchas caídas que lesionan… mucho que aprender… ¡más todavía que desaprender! Porque cuando miras hacia atrás para comprender la persona que hoy eres, puedes sentir el lastre de todo aquello que te ha hecho pupa… pero también puedes sentir la fiereza que te ha traído hasta el día de hoy, y sonreír. Puedes quedarte en el error, en el rencor, en la llaga. Y puedes vivir en el sol, en la luna, en la bravura de los ríos, en la magnanimidad de las montañas, en la fragancia de los campos recién llovidos, en el sonido del viento, en el olorcico a sal de mar, en tu intrínseca bondad y pureza. Puedes apaciguar la mente, liberar el cuerpo y recuperar la inocencia de los sentidos para que te traigan a este momento presente en el que descubrir de nuevo el mundo y disfrutar de él. Puedes caminar descalzx por la tierra, bailar la música que tu corazón compone, comer con las manos y sonreirle al espejo. Puedes ser libre, hacer y dejar de hacer, sentir quién eres en cada momento y entregárselo al mundo. Acabas de llegar a la vida y tienes la información más importante incorporada en tus entrañas. No necesitas manual de instrucciones, te sobran los cánones, las reglas no existen… ¿Relojes? ¿Calendarios? “¿El que oh?”, responderían preguntando en mi Asturias adoptiva. Permítete este ahora y respíralo, gózalo, es tuyo. Tiene sabor, olor, brilla, suena, vibra. Descúbrelo… Fúndete en él.

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No hay nada que hacer. No hay nada que hacer. No hay nada que hacer.

Expulsa lo que ya te sobra. Vacíate de penas, de llanto ahogado, de ira contenida, de culpa, de resentimiento, de miedo. Absorbe lo que necesites. Llénate de luz, de belleza, de inocencia, de fantasía, de sueños, de palabras bonitas. Tu madriguera es el mundo, tu padre el sol, tu madre la luna. Vívelo. ¿Qué puede pasar? Recuerda quién eres más allá de quién crees haber aprendido que eres.

Sí, un momento de subidón y de exaltación de la vida lo tiene cualquiera 🙂 ¡Y que perdure! Pero de pronto, en mitad del encuentro con ese recuerdo de quien unx es, nos topamos con otro ser que nos invita a formar parte de otro mundo. Un mundo en el que aparecen prisas, guiones de vida precocinados, “tienes que”, comparaciones, expectativas, fracasos, intereses, posesiones, carencias… ¡Aaaaahhh! (emoticono sudoroso que se lleva las manos a la cabeza). Bien. Respira. Relax…

Testéalo, si quieres experimentar. Encorsétate en un rol predefinido, muévete por un espacio limitado, aprende y respeta las normas del juego (o sáltatelas ateniéndote a las consecuencias). O quizás sientes que ya has tenido bastante, y que por lo tanto puedes entrar y salir del tablero a conveniencia, sin identificarte con una mera ficha cuya vida se limita a los confines de las normas.

Recuerda, haz memoria… Y vive más allá de esas casillas que de pronto se extienden en todas direcciones. Recuerda, haz memoria… Y sé consciente de que quien te invita a regresar al tablero de juego también necesita recordar que es más que una ficha, que los dados no determinan necesariamente sus movimientos y que se puede jugar a más cosas, la repetición puede llegar a aburrir si no es libremente elegida. Recuerda, haz memoria… que lo que compartimos es más grande que lo que nos hace diferentes. Que todxs aprendemos y desaprendemos. Que todxs tenemos heridas, que todxs perdemos la perspectiva, que todxs olvidamos que hemos venido a jugar. Así que recuerda, haz memoria… ¡¿Jugamos?! 🙂