El éxito en el mientras

La semana pasada tuve la oportunidad de sufrir en mis carnes la técnica Phillips 66… pero me sumí en el silencio dejando que otras personas se lanzasen como voluntarias ante dicho reto. ¡Y tan reto! 6 personas, durante 6 minutos, frente a un grupo de espectadorxs que nos deleitábamos en la seguridad de no tener que hacer frente a esa exposición a la que lxs valientes voluntarixs se sometieron.

Así que así fue. A cada una de las 6 personas voluntarias se les regaló un minuto para expresar su sentir y pensar ante un tema… ¡el éxito! He de reconocer que me piqué. A pesar de no querer participar de ese “experimento” (al menos no en ese momento), algo se accionó dentro de mí y me tiré todo el viaje en coche de vuelta a casa hablándole a un público imaginario sobre el éxito. Pudo haber sido cualquier tema, pero el que tocó me motivó lo suficiente como para despertar en mí una verborrea en solitario que me permitió mantenerme alerta en mi conducción y no sucumbir al sueño.

Y es que en la clase (que por cierto versaba sobre metodología pedagógica) se nos presentó la fórmula “(conocimiento + habilidad) x actitud” como base sobre la que desarrollar la exposición en torno al tema del éxito. Algunxs de mis compañerxs se apoyaron en ella para sostener ese minutazo de discurso. Otrxs no. Mientras, yo prestaba más atención a esos 6 minutos que a las restantes 4 horas y 54 minutos…

Me agradó ver que casi todo lo expuesto en torno al éxito se escapaba de la imagen de portada de revista vinculada a la ostentación o la fama. Más bien giraba alrededor de la consecución de objetivos personales libremente elegidos, por lo que cada cual construye la significación del éxito y se asienta en él a su manera. Dos personas pueden ser exitosas viviendo situaciones radicalmente opuestas. Todo depende de la percepción.

Y ya en el coche, yo no paraba de hablar sobre esa persecución al éxito. Me marco un objetivo, voy tras él, lo alcanzo, tengo éxito. Me marco un objetivo, voy tras él, no lo alcanzo, fracaso. ¿Es en realidad así? Uno de mis compañerxs argumentó que el éxito se construye a base de una desmedida reiteración de fracasos. ¿Quién sabe? Creo que me gusta demasiado estrangular el significado de las palabras, relativizar el motivo de su existencia y hacerlas volátiles como lo que son. El caso es que nada está tan encorsetado como pudiera parecer a simple vista… y eso me encanta.

Partiendo de la base de que el éxito se obtiene a través de la consecución de los objetivos libremente elegidos, ¿cómo se manifiesta una vez alcanzado? Tantantanchaaaaaaaan!!! Volvamos al supuesto “me marco un objetivo, voy tras él, lo alcanzo y…” ¿Y?… ¿Qué sucede? Párate un momento. En el mejor de los casos, nos concedemos una efímera exhalación en la que liberamos la tensión acumulada durante un proceso en el que mediaron esfuerzo, ilusión, miedos… Pero a menudo, lo que sucede es que el éxito nos resulta tan insípido que volvemos a definir el término en torno a una hipotética situación futura que todavía no estamos viviendo.

Así, vamos de “éxito” en “éxito” sin saber a qué sabe cada uno de ellos. Pensamos que el éxito está en otra parte, que nos tenemos que esforzar por alcanzarlo, que cuando suceda esto o aquello será cuando la dicha vendrá a visitarnos e incluso que será en los ojos de lxs demás donde podremos reconocer nuestra gloria. Vamos a dejarnos de cosas raras, ¿no? Sentirte exitosx o fracasadx depende más de tu percepción que de tus circunstancias. El éxito o el fracaso no se encuentran en otro lugar, en otro momento. Habitan cada instante en el que les des significación.

Expectativa. Irremediablemente se presenta con fuerza esta palabra intentando aclarar todo este embrollo en relación al éxito, al fracaso y a esa sensación de vacío que a veces nos inunda cuando las cosas no suceden tal y como nos las habíamos imaginado. La expectativa es uno de los enemigos más atroces del ahora. Es un extraño nexo de unión entre una acción determinada y un hipotético resultado, entre una interpretación limitada de una situación y un desenlace que no siempre guarda relación con ella. Es el puente que nuestros miedos construyen para que nuestros pies se sientan seguros caminando hacia lo indefectiblemente desconocido.

El futuro… Ese momento tan amplio, tan confuso, tan alentador y aterrador como lo quieras creer. El futuro es el hogar de todo lo que todavía no te ha pasado, tanto de lo que anhelas como de lo que temes. El futuro es todo lo que todavía no ha sucedido. ¿O sí? Dejémoslo en que… el lugar es aquí, el momento es ahora. ¿A qué te sabe este ahora? Cierra los ojos y permítete descubrirlo…

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Este espacio de asteriscos es el momento en el que cierras los ojos y saboreas el ahora

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Repito… no sientas prisa, no tienes otra cosa que hacer… cierra los ojos, observa qué sucede, céntrate en tu respiración

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Si todavía no me has hecho caso, cierra los ojos y dedícate este espacio de tiempo entre asteriscos para ti. Sólo existe este momento. No compartas este momento con otra cosa que no sea tu quietud.

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Bueno ya! 🙂 Espero que me hayas hecho un poco de caso y hayas simplemente desconectado de todo y observado este momento. Porque… ¿Sabes qué? El pasado ya no existe, cada vez está más lejos. El futuro se desdibuja con cada tic-tac-tic-tac del reloj, cada página del calendario, no conocerás un futuro diferente al presente que estás viviendo. El ahora es la semilla de eso que llamamos “futuro”, también de lo que llamamos “pasado”. La paz que anhelas reside aquí, desde la paz creas paz.

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Y ¡paz! Qué curioso que irrumpa esta palabra llegadxs a este punto. Quizás porque para mí éxito y paz son lo mismo, y tanto uno como otra residen en el mientras. Mientras respiro, mientras camino, mientras cocino, mientras paloteo, mientras ordeño, mientras escribo, mientras me ducho, mientras observo, mientras canto… mientras vivo. Y en el mientras sucede todo lo que tiene que suceder, tal y como tiene que suceder. Respira el éxito de estar vivx y de albergar en tu interior la semilla de la paz, la libertad, el amor. Permítete un ahora deliciosamente tuyo. Deja que el tiempo se funda en este mientras en el que la vida aflora.

El camino en la montaña

¿Te gusta la montaña? A mí me encanta. Por eso me regalo alguna excursión que otra en la que poner en movimiento el cuerpo, oxigenar hasta los dedos de los pies y alimentar los sentidos con tan suculento menú. La sola idea me invita a imaginar todos los caminos no marcados, todos los colores por descubrir, todos los sonidos vacilando al silencio… paz y libertad conviviendo en un instante delicioso.

Preparo la mochila ilusionada como la niña que parece ser que sigo siendo. Algo de comer, algo de beber, algo de ropa… poco más. Cuantas más cosas meta en la mochila, más pesada se me hará. Pero la experiencia me ha enseñado a anticiparme a ciertas situaciones que suelen darse (hambre, sed, mojaduras… Maslow habló algo sobre esto en una pirámide…) Aunque también es verdad que cuantas menos cosas meta, más ligera será… y lo más importante de todo, eso que conviene llevar siempre con unx, no pesa absolutamente nada 😉

El coche me acerca al destino elegido. Cada kilómetro que me alejo de “casa”, es un kilómetro más cerca del hogar. Me despido agradecida de mi querido Terrible, nombre con el que bautizamos al Suzuki el día que lo conocimos y, sin querer (creo… ejem, ejem…), nos metimos sin cadenas en una carretera nevada y helada. ¡Qué bien se portó!

Y los pies comienzan a agitarse en el suelo. ¡Tanto que explorar! ¡Tanto que recorrer! Los ojos gritan gracias entre las pestañas, los oídos se entregan a un concierto magistral y los dedos se encuentran con un nuevo clima que experimentar. Y es que la montaña es una constante fuente de enseñanzas y aprendizajes…

Veo la cima allí a lo lejos y pienso “¡qué vistas tiene que haber desde ahí arriba! Un rincón en el que todo se desvanece para dejar que TODO aparezca.” La realidad me arrastra desde la ensoñación y vuelvo a ese otro lugar, abajo de todo, con un laaaaargo camino que recorrer hasta esa “meta”. Y… me doy cuenta de lo que me estoy perdiendo imaginando lo que todavía no estoy viviendo. Sonrío, el ahora esconde regalos insospechados.

Como cabe esperar en un ascenso… el desnivel a salvar implica un esfuerzo. El cuerpo se activa, comienza a demandar más oxígeno… El Terrible se aleja, o soy yo la que se aleja del Terrible. La cima se acerca, o soy yo la que se acerca a la cima. Parece que la decisión está tomada y el camino se va creando bajo la constancia de unos pies sabios que arrebatan el poder a la mente. El simple hecho de dar un paso, invita a dar el siguiente.

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“Buf, maaaaaadre mía, ¿hasta allí voy a subir? ¿Hasta allí?” Mi destino allí arriba, a lo lejos. Yo aquí abajo. Se supone que en algún momento llegaré, pero se me agotan las piernas cuando cuento cada uno de los pasos que voy a dar, cuando preveo todos los tramos que desandaré por inaccesibles, cuando soy tan pequeñx en una montaña tan grande. Cierro los ojos, respiro, inclino la cabeza hacia abajo. Abro los ojos y veo un suelo muy cerca de mí que me sostiene y me empuja hacia arriba, unos pies enormes en un mundo acorde a su tamaño. Veo el destino de mi próximo paso y disfruto al ver mi pie sobre él. Izquierdo, derecho, izquierdo, derecho, izquierdo, derecho. No hay destino lejano cuando los destinos intermedios son tan asequibles como un simple paso.

Un nuevo tramo… ahora toca descender. Eso de bajar para luego subir, he de reconocer que siempre me dio mucha pereza, jajaja. Mi imaginación comienza a fabricar tirolinas, puentes e incluso alas para salvar esos tramos que pienso “con todo lo que he subido… ¿y ahora voy a bajar? Luego tendré que subir desde un punto más lejano que aquel en el que me encontraba antes de empezar a bajar…” No puedo evitar reírme al reconocer esos brotes de capricho frente a la belleza que se me está regalando. Estoy caminando por las arrugas de la tierra, formando parte de su genuina sabiduría. La montaña es la montaña, una adaptación perfecta al paso del tiempo. Si ella me invita a bajar, abajo he de ir. Por más que mi mente me engañe diciendo que estoy más lejos, nunca había estado tan cerca hasta este mismo paso.

Sombra… El sol sigue en el cielo, no es el turno de la luna, pero las montañas merecido por antigüedad se tienen el derecho de acapararlo, y en algún que otro tramo esconden sus rayos. Hace frío… la piel de gallina, el sudor contrae la espalda, el aire quema en nariz y garganta. Incluso el silencio suena diferente. Los ojos ceden protagonismo a la piel. Camino rápido para entrar en calor. La sombra a veces duele… olvido la belleza que la luz del sol brinda a todo lo que toca. Pero no puedo evitarla, incluso aunque camine muy rápido a través de ella. Forma parte de todo. No habría una cara iluminada en la montaña si no hubiera una sombría. No habría una cara sombría en la montaña si no hubiera una iluminada.

Parece que poco a poco soy parte de la montaña. Ya no soy esa cosa pequeña que pretendía conquistarla con pasos torpes. Casi sin darme cuenta me he convertido en el hogar que ella alberga para mí. Ya no soy otra cosa diferente a la montaña. Soy la montaña. Y me permito el placer de disfrutarme/la, de ver en cualquier dirección, con el zoom que más me apetezca, de sentirme viento, tierra, sonido y luz. En cada paso he acallado mi mente, he aplastado una expectativa, he dejado ir un límite, me he entregado al único ahora. No hay principio, ni hay final…

Cima. Meta. Lo más alto de la montaña. Ese lugar que veía lejos, pequeño. Aquel puntito que sólo parecían acariciar los pájaros. Ahí estoy.  Sí, vistas preciosas, silencio embriagador. Lo que antes era lejos, ahora es cerca. Lo que antes era cerca, ahora es lejos. La distancia comienza a ser tan relativa como lo fue siempre, aunque no me quisiera dar cuenta de ello. Y vuelvo a descubrir, después de haberlo sospechado durante toda la aventura, que el destino es el camino, y en él se esconde el CAMINO.

Decir sí, decir no… decidir

Hoy me he armado de valor para dar el tercer NO a una oferta laboral en lo que va de año… Y es que parece que unx está locx cuando deja escapar oportunidades para generar ingresos en un mundo en el que “la pela… ¡es la pela!”. Y puede que lo esté un poco, ¿quién sabe? Pero me apetece estar loca siendo eso que soy, y no cuerda siendo quien no soy.

No es sencillo. Tomamos decisiones constantemente. Algunas de forma automática. Otras después de un proceso más o menos consciente de rumia. Unas están claras nada más verlas. Otras se presentan confusas, generan dudas e incertidumbres. Algunas no tienen demasiada relevancia. Otras suponen acercarse más a un modo estandarizado de vida… o a la vida que sientes nacer desde tu interior. Sea como sea, las decisiones son inevitables, y como inevitables que son, conviene prestarles un poquito de atención.

Ahora mismo me siento un poco funambulista al tomar este tipo de decisiones… Rechazar oportunidades de generar ingresos… ¡Qué loco!, ¿no? Parece que una deja de pisar el suelo que conoce para caminar por a saber qué cuerda tendida entre a saber qué puntos. El caso es que no se pisa igual… Las decisiones estandarizadas, es decir, aquellas que “cualquier persona con sentido común” tomaría, anuncian una certidumbre confortable, segura e incluso próspera. “Es lo que hay que hacer”, “no hay otro remedio”, “es ley de vida”… y otras coletillas que estoy buscando en mi memoria y, a pesar de lo frecuentes que son en conversaciones cotidianas, ¡no logro rescatar! 🙂 🙂 🙂 Y tampoco quiero invertir más tiempo en lograrlo… Por otro lado, las decisiones atípicas (ya sean rechazar un empleo, no comer alimentos cocinados o llevar barba y falda), aquellas que escandalizan a quien se ha convertido en el personaje que cree ser , generan cierto vértigo, pero te hacen paladear un chupitín de libertad.

Es fácil olvidarse… Un día te pones a soñar, identificas el motor que te mantiene en marcha y decides repostar con el combustible que sabes que mejor le sienta. ¡Y lo haces! Pero… de repente llega un día en que sientes que tu motor hace cosas raras, te mantiene en movimiento pero no suena como sabes que puede sonar, ¡emite gases contaminantes!, da tirones que te marean y agotan y, para colmo, el GPS se contagia de esta anomalía y te pierdes por las calles de un laberinto extrañamente conocido. Cuando esto pasa es porque el combustible que le has estado echando no es el que le correspondía a tu motor. Quizás otrx lo haya decidido por ti sin consultarte, o te has dejado llevar por el precio más “barato”, o por el combustible con mejor marketing… pero no has estado atentx y ahora toca succionar todo ese combustible erróneo que circula dentro de ti y dejar espacio a una nueva recarga de aquello que sí te hace moverte con la gracia que sólo tú tienes.

Así he dejado yo que las convenciones me supuraran el depósito, que esos sueños que se venden en packs me hicieran creer que la palabra “sueño” dejaba de existir, que los límites fueran más fuertes que las oportunidades que brinda el reto de caminar hacia lo inexplorado. Pero hay un duende dentro que confecciona unas pancartas luminosas y a la voz de “basta ya!” se hace oír por encima de todo lo demás. Gracias duende… ¿Nunca te ha pasado que, a pesar de “tener que estar contentx” por algo que te está pasando, te sientes apagadx, débil, minúsculx? Eso suele significar que la propuesta que se te está haciendo no da respuesta a quién eres ni a lo que necesitas experimentar, aprender, vivir. Quizás sea más de lo mismo y vaticine conducirte a esa espiral en la que ya has navegado para saber que tienes alas en vez de patas (o branquias en vez de pulmones, si es que somos muchxs y diversxs). El duende te está diciendo cosas, así que hazle un poquito de caso.

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Hay veces en que ese duende se esconde un poquillo y su voz se torna más inaudible. Suele pasar cuando nos alejamos de él. Puedes suplicarle que vuelva, pero no podrás darte cuenta de su presencia hasta que no generes ese espacio en el que a él le gusta hacer sus cabriolas. ¡Así que volvemos a decidir! Decidimos hacer algo que sabemos que nos gusta, decidimos parar si lo necesitamos, decidimos dejar ir aquello que no resuena con nosotrxs y decidimos recordar poco a poco quiénes somos, o al menos quiénes no somos. Si algo vibra con quien eres, es un SÍ. Si algo desafina con quien eres, es un NO. A veces no está tan claro y hay muchos condicionantes que obstaculizan la toma de decisiones, pero… no nos dejemos engañar… es bien sencillo… Si algo vibra con quien eres, es un SÍ. Si algo desafina con quien eres, es un NO.

Y así es como yo me encuentro diciendo NO a aquello que me impide ser una mujer rural, diciendo NO a aquello que me impide ser una mujer con inquietudes y ganas de explorar, diciendo NO a aquello que me impide llevar barro en las botas y babas de perrx en la ropa, diciendo NO a aquello que me impide ser una mujer libre.

Y es así como yo me encuentro diciendo SÍ a aquello que me acerca a la tierra, diciendo SÍ a aquello que me facilita entregar lo mejor de mí, diciendo SÍ a aquello que me vincula a mi propósito, diciendo SÍ a aquello que me reconcilia con la niña, mujer y anciana que soy.

No compres los sueños de nadie, ni siquiera esos que parece que hay que tener por el hecho de circular por este mundo. No alimentes el miedo con decisiones que te alejen del misterio que eres. Descubre los tuyos propios y deja que se fundan con el ahora. Al fin y al cabo…

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Mujer…

8M, Día de la Mujer. La fecha se aproxima en el calendario y, como cada año, algo se me despierta dentro. Ya no participo en ninguna manifestación, se me quitaron las ganas de reivindicar lo nuestro… me apetece vivirlo. Es otro día más, cierto, con sus 24 horas, su día y su noche, su periodo de vigilia y su periodo de sueño. Pero… me entran más ganas de bailar, de cantar, de ser tan fuerte como las olas del mar, tan delicada como una gota de rocío en la mañana, de explorarme en todos mis registros y de agradecerme vivir…

Hoy es una oportunidad para descubrir lo femenino en el aullido del viento, en la piel de los árboles, en las piedras que el río suaviza a lo largo del tiempo. Mi naturaleza reside en cada rincón en el que  mi mirada se deposite, y es que dicen por ahí que en las mujeres predomina la conectividad entre ambos hemisferios cerebrales… Este dato siempre me ha hecho pensar, en mi mundo de ignorancia científica, que estamos equipadas con una brújula mágica que nos hace relacionar puntos aparentemente inconexos, dotar de significado detalles que pudieran pasar desapercibidos y leer eso que algunxs llaman señales. ¿No es Shakira la que canta algo así como que “las mujeres somos las de la intuición”?

Yo no sé si es la fecha o el revuelo preprimaveral, pero la aproximación al 8 de marzo… ¡me empodera! Y no, no me entran ganas de decirnos mejores que los hombres, ni tampoco que seamos iguales (tampoco menos, por supuestísimo). Una vez aterrizadxs en este planeta, nos hemos ganado el derecho a habitar nuestra propia existencia, independientemente de cualquier condición que pretenda definirnos, clasificarnos o separarnos. Lo doy por hecho, y creo que las trabas en el ejercicio de nuestra libertad no son exclusivas de las mujeres.

Pero como estos días hablamos de mujeres… ¡me vengo arriba! Me atrevo a soñar, a creer, a ser… me atrevo a atreverme. Lo que otros días puede ser considerado como riesgo o peligro, aquello que en otras ocasiones genera miedo y desconfianza, de repente se convierte en un resorte hacia delante, en un incentivo al propio crecimiento, en un motivo de risa y disfrute. El poder que adormecido nos espera en algún rincón de nuestro interior, despierta para mostrarnos la belleza que podemos crear a nuestro alrededor cuando le permitimos expresarse… la misma belleza de la que nace.

Y es que en los últimos meses, he tenido la fortuna de cruzarme con muchas mujeres, y todas ellas han pellizcado mi corazón, le han hecho pegar un brinco y amar un poco más. ¡Gracias a todas ellas! A las que acaban de llegar, a las que ya no están a mi lado, a las que permanecen con el paso del tiempo y a las que todavía no tengo el placer de conocer. Gracias, mujer, por ser valiente. Gracias, mujer, por crear realidades lindas de las que me haces formar parte. Gracias, mujer, por ser dulce, amarga, ácida, picante y salada. Gracias, mujer, por ser madre, hermana, hija, abuela y cuñada. Gracias, mujer, por ser salvaje, loca, bella, libre… tú.

Se nos han dicho muchas cosas a las mujeres. Unas nos gustan más, otras nos gustan menos. Pero lo que nadie nos puede decir a cada una de nosotras (ya sean emitidas por voces de hombres o de otras mujeres) es nuestra ruta de viaje. Cada una de nosotras es…

  • Linda como la luz del sol, perfecta en su brillar.
  • Irremplazable y única en su especie.
  • Buscadora de su verdad, incansable exploradora.
  • Reina de su propia vida, monarca de sus decisiones.
  • Empoderada! Como solo ella puede ser.

No suelo yo hacer muchas distinciones entre hombres y mujeres, la verdad. Entiendo, como mujer que soy, los retos a los que nos enfrentamos en este mundo (cada cultura con sus particularidades, incluida cada cultura familiar, local, empresarial…) Pero también puedo ver los retos que se les presenta a los hombres… Lo veo, pero… me voy a conceder el lujazo de poner hoy mi mirada en esa mitad de la población mundial en la que me incluyo. Y es que no es lo mismo… No quiero entrar en reivindicaciones ahora, aunque si dejo de teclear me asaltan las ideas de la mutilación genital femenina, la trata y otros muchos ejemplos que justifican gritos, puños en alto y pancartas. Respira… 1, 2, 3… ¡De vuelta!

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No, no, no, no… Tanto NO me aleja de lo que SÍ, que al fin y al cabo es lo que encierra la fuerza que genera el cambio. Sí somos fuertes, sí somos creativas, sí luchamos por nuestros sueños, sí tenemos acceso a todo nuestro potencial, sí podemos elegir, sí guardamos en nuestros corazones las semillas que germinan un mundo mejor, sí multiplicamos cuando en nuestra diversidad nos unimos, sí desbordamos gracia y alegría de vivir. Sí.

Recuerda, haz presente, que eres la única que vive la vida que se ha puesto en tus manos. Libera a la Doncella para que limpie tu mirada con su inocencia y te empuje con su fuerza. Implora a la Madre para que te proteja con su coraje y guíe con su luz. Despierta a la Anciana para que te muestre tu sabiduría innata y te envuelva en su sosegada presencia. Reconcíliate con la Diosa que eres. Permítete tu vida, mujer, a tu manera particular. Ni sumisa ni devota, te quiero libre, linda y loca!