El camino en la montaña

¿Te gusta la montaña? A mí me encanta. Por eso me regalo alguna excursión que otra en la que poner en movimiento el cuerpo, oxigenar hasta los dedos de los pies y alimentar los sentidos con tan suculento menú. La sola idea me invita a imaginar todos los caminos no marcados, todos los colores por descubrir, todos los sonidos vacilando al silencio… paz y libertad conviviendo en un instante delicioso.

Preparo la mochila ilusionada como la niña que parece ser que sigo siendo. Algo de comer, algo de beber, algo de ropa… poco más. Cuantas más cosas meta en la mochila, más pesada se me hará. Pero la experiencia me ha enseñado a anticiparme a ciertas situaciones que suelen darse (hambre, sed, mojaduras… Maslow habló algo sobre esto en una pirámide…) Aunque también es verdad que cuantas menos cosas meta, más ligera será… y lo más importante de todo, eso que conviene llevar siempre con unx, no pesa absolutamente nada 😉

El coche me acerca al destino elegido. Cada kilómetro que me alejo de “casa”, es un kilómetro más cerca del hogar. Me despido agradecida de mi querido Terrible, nombre con el que bautizamos al Suzuki el día que lo conocimos y, sin querer (creo… ejem, ejem…), nos metimos sin cadenas en una carretera nevada y helada. ¡Qué bien se portó!

Y los pies comienzan a agitarse en el suelo. ¡Tanto que explorar! ¡Tanto que recorrer! Los ojos gritan gracias entre las pestañas, los oídos se entregan a un concierto magistral y los dedos se encuentran con un nuevo clima que experimentar. Y es que la montaña es una constante fuente de enseñanzas y aprendizajes…

Veo la cima allí a lo lejos y pienso “¡qué vistas tiene que haber desde ahí arriba! Un rincón en el que todo se desvanece para dejar que TODO aparezca.” La realidad me arrastra desde la ensoñación y vuelvo a ese otro lugar, abajo de todo, con un laaaaargo camino que recorrer hasta esa “meta”. Y… me doy cuenta de lo que me estoy perdiendo imaginando lo que todavía no estoy viviendo. Sonrío, el ahora esconde regalos insospechados.

Como cabe esperar en un ascenso… el desnivel a salvar implica un esfuerzo. El cuerpo se activa, comienza a demandar más oxígeno… El Terrible se aleja, o soy yo la que se aleja del Terrible. La cima se acerca, o soy yo la que se acerca a la cima. Parece que la decisión está tomada y el camino se va creando bajo la constancia de unos pies sabios que arrebatan el poder a la mente. El simple hecho de dar un paso, invita a dar el siguiente.

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“Buf, maaaaaadre mía, ¿hasta allí voy a subir? ¿Hasta allí?” Mi destino allí arriba, a lo lejos. Yo aquí abajo. Se supone que en algún momento llegaré, pero se me agotan las piernas cuando cuento cada uno de los pasos que voy a dar, cuando preveo todos los tramos que desandaré por inaccesibles, cuando soy tan pequeñx en una montaña tan grande. Cierro los ojos, respiro, inclino la cabeza hacia abajo. Abro los ojos y veo un suelo muy cerca de mí que me sostiene y me empuja hacia arriba, unos pies enormes en un mundo acorde a su tamaño. Veo el destino de mi próximo paso y disfruto al ver mi pie sobre él. Izquierdo, derecho, izquierdo, derecho, izquierdo, derecho. No hay destino lejano cuando los destinos intermedios son tan asequibles como un simple paso.

Un nuevo tramo… ahora toca descender. Eso de bajar para luego subir, he de reconocer que siempre me dio mucha pereza, jajaja. Mi imaginación comienza a fabricar tirolinas, puentes e incluso alas para salvar esos tramos que pienso “con todo lo que he subido… ¿y ahora voy a bajar? Luego tendré que subir desde un punto más lejano que aquel en el que me encontraba antes de empezar a bajar…” No puedo evitar reírme al reconocer esos brotes de capricho frente a la belleza que se me está regalando. Estoy caminando por las arrugas de la tierra, formando parte de su genuina sabiduría. La montaña es la montaña, una adaptación perfecta al paso del tiempo. Si ella me invita a bajar, abajo he de ir. Por más que mi mente me engañe diciendo que estoy más lejos, nunca había estado tan cerca hasta este mismo paso.

Sombra… El sol sigue en el cielo, no es el turno de la luna, pero las montañas merecido por antigüedad se tienen el derecho de acapararlo, y en algún que otro tramo esconden sus rayos. Hace frío… la piel de gallina, el sudor contrae la espalda, el aire quema en nariz y garganta. Incluso el silencio suena diferente. Los ojos ceden protagonismo a la piel. Camino rápido para entrar en calor. La sombra a veces duele… olvido la belleza que la luz del sol brinda a todo lo que toca. Pero no puedo evitarla, incluso aunque camine muy rápido a través de ella. Forma parte de todo. No habría una cara iluminada en la montaña si no hubiera una sombría. No habría una cara sombría en la montaña si no hubiera una iluminada.

Parece que poco a poco soy parte de la montaña. Ya no soy esa cosa pequeña que pretendía conquistarla con pasos torpes. Casi sin darme cuenta me he convertido en el hogar que ella alberga para mí. Ya no soy otra cosa diferente a la montaña. Soy la montaña. Y me permito el placer de disfrutarme/la, de ver en cualquier dirección, con el zoom que más me apetezca, de sentirme viento, tierra, sonido y luz. En cada paso he acallado mi mente, he aplastado una expectativa, he dejado ir un límite, me he entregado al único ahora. No hay principio, ni hay final…

Cima. Meta. Lo más alto de la montaña. Ese lugar que veía lejos, pequeño. Aquel puntito que sólo parecían acariciar los pájaros. Ahí estoy.  Sí, vistas preciosas, silencio embriagador. Lo que antes era lejos, ahora es cerca. Lo que antes era cerca, ahora es lejos. La distancia comienza a ser tan relativa como lo fue siempre, aunque no me quisiera dar cuenta de ello. Y vuelvo a descubrir, después de haberlo sospechado durante toda la aventura, que el destino es el camino, y en él se esconde el CAMINO.

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