Soy una brizna

Hace un día precioso, de esos en que el sol tiñe todo lo que ves de una luz casi mágica que te transporta a un sueño. Sientes su calor sobre tu piel, una suave brisa que te acaricia el pelo y la alegría de algún pájaro que juguetea entre las ramas de los árboles. Caminas descalzx sobre una inmensa pradera verde que cosquillea las plantas y los dedos de tus pies. Te apetece sentarte para dejar de enviar energía a tus pasos, y simplemente ser otra brizna más de hierba anclada al suelo, bañada por ese cálido sol y agitada por esa brisa cariñosa.

Bueno… justo aquí no. Resulta que el suelo bajo tus pies tiene alguna clara, o alguna piedrecita, o algo que lo hace un asiento menos cómodo que el que ves un poco más allá. Sí, allí adelante se ve mucho más verde el suelo. En verdad parece un mullido colchón que espera a que reposes sobre él. Te acercas paso tras paso, cadenciosamente, sintiendo como ese deseo de ser brizna crece dentro de ti. Pero no… aquello que parecía un mullido colchón verde en el que dejarte reposar tiene las mismas claras, piedrecitas y “algos” que impiden ser tu asiento perfecto, tu sustrato… Continúas caminando.

Vale, allí sí que sí. Allí se ve… perfecto no, perfectísimo. Tan sólo unos pasos más adelante se encuentra la pradera más verde que nunca hayas visto, sin duda la más mullida, cómoda y acogedora que podrías imaginar. Te acercas con expectación… ¡ese es el lugar en el que te convertirás en brizna! Pero… ¿qué? Aquello que habías visto tan perfectísimo en la distancia, se convierte en igualmente “imperfecto” que todo lo demás una vez lo alcanzas. ¡Vaya! ¡Otra vez igual!

Te detienes, alzas la mirada. Ves los pasos que te quedan por dar. Todo parece más verde y propicio a dejarte crecer que el suelo que estás pisando ahora mismo. Ves los pasos que ya has dado. Curiosamente, y a pesar de que ya has transitado por ese camino, incluso esos tramos te parecen más resplandecientes y atractivos. No puede ser… “¿Por qué cualquier lugar parece mejor que aquel en el que estoy?” “¿Será que el suelo no quiere que yo sea brizna?” “¿Por qué, ¡oh diosxs!, me alejáis continuamente de mis anhelos?” Drama.

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Y es que a veces pasa. Sabes que eres brizna, pero crees que son las condiciones externas las que te van a permitir que se materialice tu certeza. Hay mucho desorden ahí fuera, y por eso no puedes ser brizna. Nunca llegan a darse las circunstancias más apropiadas para que puedas manifestar lo que eres. Bla… bla… bla… bla… Si eres brizna, lo eres sin más. Puedes peregrinar en busca del mejor sustrato, del lugar donde más briznas haya para sentirte más acogidx, de los rayos de sol más delicados para tu alimento o de la brisa más suave para que te meza. ¡Hazlo! ¡Claro! El peregrinaje, la búsqueda, son experiencias necesarias, no te prives de ellas. Pero no dejes de ser brizna, por favor.

Extiende tus raíces, siente la tierra entre ellas. Nútrete de sus entrañas. Alza tu cuerpo hacia el cielo, siente el sol en él. Fotosintetiza. Deja que la vida te deje ser. Sé la vida. Sí, desde luego que hay mucho que descubrir, muchas fuentes de júbilo y muchas experiencias que te permitirán conocer/te. Las busques o no, vendrán. Así es el camino. Pueden venir de fuera y hacer que dentro aflore algo nuevo. Puede venir de dentro y permitir que se manifieste fuera. Fuera y dentro dejan de ser diferentes. Somos completamente permeables.

Hace un par de años, ¡parece una eternidad!, la gente se reía de mí en medio de uno de mis brotes: “¡Soy una planta!, ¡soy una planta!” No me esforcé en explicárselo a nadie, ¿para qué? Para mí era/es claro. Quizás resulta extravagante o psicótico, puede, ¿qué más da? El caso es que nunca me sentí tan bien conmigo misma como el momento en el que descubrí mi “naturaleza botánica”. De pronto, la vida era una sencillo regalo, sin envoltorio ni florituras. Simplemente, una oportunidad. Y yo estaba haciendo cosas muy raras con esa oportunidad. 😦 La menospreciaba, detestaba, odiaba…

Si yo era parte de toda la magia y belleza que estaba presenciando, ¿qué era exactamente lo que me hacía diferente? ¿Acaso yo no era magia y belleza también? ¡Pues parece ser que no! Me había identificado con todo aquello que me desvitalizaba, con todo aquello que no me gustaba, con todo aquello que no aceptaba. No podía formar parte de todo lo que me mantenía con vida, no podía separarme de aquello que me mataba. Camino tortuoso, sí. ¡Y mucho!

Sin embargo, TODO sucede al mismo tiempo. Tanto lo que SÍ, como lo que NO. Cuanto más alto le grito NO a algo, más fuerte se hace ese algo. Cuanto más fuerza le doy al SÍ, menos espacio le dejo al NO. Ojito… el NO es muy poderoso. Pero el SÍ, también. 🙂 Así que, es cierto, en mi camino hay circunstancias que me gustan más y otras que me gustan menos. Sol y sombra se intercalan para ofrecer distintos climas que me agradan y desagradan por momentos. Es verdad que la tierra no siempre “parece” la más idónea para echar raíces, pero sin probar no se sabe si lo es o no… a menudo las idealizaciones de “lo que debería ser” impiden que “lo que es” simplemente sea…

Mientras TODO sigue su curso, yo soy brizna. Tan delicada y fuerte como la naturaleza que me dio vida. Nutriéndome de la tierra que gratamente me acoge en cada momento. Haciendo la fotosíntesis en cada silencio. Siendo en cada destello. Soy brizna. Independientemente de lo que suceda, soy. Apago los ojos, enciendo el corazón, veo mejor 🙂

 

La vida es cambio

Tres días en Madrid. Después de nueve años viviendo allí, una visita de tres días no podía ser tan difícil de llevar… ¡y sorprendentemente no lo fue! Cada vez me resulta más evidente que da igual cómo sea lo que te rodea, lo que realmente trasciende es quien tú eres entre las circunstancias que atraviesas.

He de reconocer sin ningún pudor que estaba bastante nerviosa antes de mi viaje. Muchos reencuentros con personas muy importantes en mi vida. La perspectiva de habitar una ciudad muy poblada estando ya acostumbrada al ritmo de un pueblo muy pequeño. La aparición de cambios siendo yo la misma pero a la vez siendo ya otra. Sí, imaginarme nuevamente en Madrid, unificando mi pasado y mi presente para construir mi futuro en cada paso, fue casi como confundir suelo y techo para ubicarme en un espacio extraño y ambiguo digno de ser descubierto.

Pero pasado el “descoloque pre-realidad”, es la simple realidad la que te arrastra hacia ella, te aleja del miedo y te susurra “bueno, ESTO ES, así que simplemente PERMÍTETE SER”. Y ya está. Puede resultarte más fácil o más difícil, o no resultarte, depende de lo que toque gestionar en cada momento y cómo tú vivas tu gestión. Pero da igual lo que haya sido en el pasado, lo que tú te hayas figurado que iba a ser el presente o lo que desearías que fuera. Habitar el ahora desdramatiza, libera del apego a las expectativas y te devuelve irremediablemente a ese SER que ERES y que el ego procura eclipsar.

Cuando de vuelta a Asturias retomé mis clases de yoga, mi profesora me preguntó si el viaje había sido productivo. La respuesta que salió de entre mis labios sin mediar pensamiento alguno fue: “revelador”. Y es que esos tres días (y los previos también), me aportaron mucha información, sobre todo vinculada a la resistencia al cambio y al apego a autoetiquetas…

Un ejemplo muy claro de este maremágnum lo encontré en el debate en torno al veganismo. Con 20 años decidí hacerme vegana, y con 25 decidí abandonar dicha etiqueta por muchos motivos. En su momento me encantaba la supremacía de la razón en lo que respecta a la defensa de lxs animales, la coherencia en cada decisión de mi día a día e incluso (y sobre todo durante la primera fase) convencer a lxs demás de que mi elección era la mejor (incluso la única!) Años después me di cuenta de que mi rigidez mental me impedía observar ciertas situaciones con la flexibilidad necesaria y de que mi apego a la etiqueta “vegana” era la razón más fuerte para seguir siéndolo. Seguía y sigo condenando el maltrato animal, pero comencé a pensar que eso no impedía que mi madre me hiciera su deliciosa tortilla de patatas con los huevos de las gallinas que campan a sus anchas por su jardín. Tardé mucho en volver a probar esa tortilla porque implicaba dejar de ser vegana, y serlo me hacía impoluta, pura, irrebatible. Tener razón era tan importante entonces…

Pues pasados los años, volviendo a Madrid, me encuentro con que parte de mis amigxs son ahora veganxs cuando antes no lo eran. Y no sólo mis amigxs… sino un boom repentino que invade la capital de negocios especializados, merchandising específico y debates extensos sobre la explotación de las mariquitas introducidas en los huertos ecológicos para combatir el pulgón. ¡Uf! No voy a entrar en bien, mal, mejor o peor. ¡Pero sí quiero confesar! Confieso la culpa que sentí al tener que exponerme frente a personas veganas sin yo ser vegana. Confieso la culpa que sentí al comprobar que sentía culpa por no ser vegana… y pensar que quizás mi actitud pudo haber causado culpa en otrxs mientras sí lo era. Confieso que llegué a sentir inferioridad moral y macabrismo en mi estilo de vida. Y todo esto… qué pesado, ¿no? Quita, quita, quita, quita… ¡Fus!

Sabía que mi nerviosismo estaba siendo alimentado por todo este embrollo de adquisición y liberación de etiquetas, por culpas indigestas y alienación transitoria. Pues… no hay mejor “lexatín” que la aceptación. Cuántas cositas me estaban pasando por dentro, cuánta ira nacida de la resistencia a mis sombras y cuánta gratitud a este viaje por mostrarme lo valioso que es ser yo misma sin más rayaduras. Curiosamente lo hablaba con Adri mientras me tatuaba, y me explicó que le sucedió algo parecido con respecto a sus rastas. Sabía que debía quitárselas porque ya había llegado el momento e incluso porque le hacían daño… pero su apego a una estética le impedían fluir en el cambio y ejecutar la decisión que en su fuero interno ya había tomado.

Mis últimas horas en Madrid me las pasé caminando, perdiéndome en sus calles como era habitual mientras vivía allí. Tranquila entre el bullicio, contenta por haber decidido dejar de formar parte de él y agradecida por cada uno de los pasos que la capital me había obligado a dar. Para culminar la celebración de mi despedida, decidí brindar por un resquicio de nostalgia con uno de esos cafés fresquitos que se agitan, (que son horribles: tiene cafeína, la peor de las leches y seguramente muchos “E”…  pero están bastante ricos). Vamos… por todo lo alto, tirando la casa por la ventana y siendo mala, jajaja. Con toda consciencia, riéndome de mí misma y observando que el mundo sigue girando cuando abandono mis rigideces y me entregó a ese frenesí consumista valorado en 1,50€.

Jueves por la noche. Llego a casa cansada del viaje, con las emociones dando vueltas por todas partes, con mucha emoción por haberme reencontrado con tanta gente grande y comprobar que sus vidas siguen sus cursos (todos ellos prósperos a su única manera). Ceno algo y me apetece echarme pero tengo un compromiso… Iniciar sesión en wordpress y charlotear a través de Busgosa. Ese férreo compromiso a través del cual he de escribir una entrada en el blog cada semana. Ese firme compromiso que me empuja a compartir cada viernes mi nueva entrada con algunxs de mis contactxs que, a su vez, me comprometen todavía más con mi compromiso. Comprometido… ¿no? Sí, lo es. Así que me siento ante el ordenador con un matcha a mí lado (eso de los cafés fresquitos de batir ha sido un desliz… 😉 ) Mi mente divaga, mis párpados pesan… y la conexión no me permite acceder a internet.

¿Qué? Pero TENGO QUE escribir! Mañana es viernes y TENGO QUE hacerle llegar a lxs demás la verborrea de turno! TENGO QUE ser fiel a mi pauta autoimpuesta! Si no escribo… si no escribo… si no escribo… Si no escribo hoy, pasa lo mismo que si hoy me tomo un café de esos fresquitos de batir. Sé que mi carril me lleva de vuelta al encuentro con las palabras y al té matcha (por ejemplo), y sé que una excepción no me lleva a la perdición, ni al cuestionamiento de mis hábitos de consumo, ni al abandono de mis propósitos. Sé que la rigidez me esclaviza, y la flexibilidad curiosamente fortalece mis decisiones. Y me fui para cama, necesidad primaria de ese momento… Y es que sé que cada momento es único y demanda de mí lo mejor que pueda darle, y no siempre me apetece exigirme tanto… no hasta el punto de entorpecer la sana convivencia conmigo misma. Laxitud, autoindulgencia y… puesta en práctica de las lecciones que mi visita a la capital trajo consigo. Todo es cambio, impermanencia…

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