La vida es cambio

Tres días en Madrid. Después de nueve años viviendo allí, una visita de tres días no podía ser tan difícil de llevar… ¡y sorprendentemente no lo fue! Cada vez me resulta más evidente que da igual cómo sea lo que te rodea, lo que realmente trasciende es quien tú eres entre las circunstancias que atraviesas.

He de reconocer sin ningún pudor que estaba bastante nerviosa antes de mi viaje. Muchos reencuentros con personas muy importantes en mi vida. La perspectiva de habitar una ciudad muy poblada estando ya acostumbrada al ritmo de un pueblo muy pequeño. La aparición de cambios siendo yo la misma pero a la vez siendo ya otra. Sí, imaginarme nuevamente en Madrid, unificando mi pasado y mi presente para construir mi futuro en cada paso, fue casi como confundir suelo y techo para ubicarme en un espacio extraño y ambiguo digno de ser descubierto.

Pero pasado el “descoloque pre-realidad”, es la simple realidad la que te arrastra hacia ella, te aleja del miedo y te susurra “bueno, ESTO ES, así que simplemente PERMÍTETE SER”. Y ya está. Puede resultarte más fácil o más difícil, o no resultarte, depende de lo que toque gestionar en cada momento y cómo tú vivas tu gestión. Pero da igual lo que haya sido en el pasado, lo que tú te hayas figurado que iba a ser el presente o lo que desearías que fuera. Habitar el ahora desdramatiza, libera del apego a las expectativas y te devuelve irremediablemente a ese SER que ERES y que el ego procura eclipsar.

Cuando de vuelta a Asturias retomé mis clases de yoga, mi profesora me preguntó si el viaje había sido productivo. La respuesta que salió de entre mis labios sin mediar pensamiento alguno fue: “revelador”. Y es que esos tres días (y los previos también), me aportaron mucha información, sobre todo vinculada a la resistencia al cambio y al apego a autoetiquetas…

Un ejemplo muy claro de este maremágnum lo encontré en el debate en torno al veganismo. Con 20 años decidí hacerme vegana, y con 25 decidí abandonar dicha etiqueta por muchos motivos. En su momento me encantaba la supremacía de la razón en lo que respecta a la defensa de lxs animales, la coherencia en cada decisión de mi día a día e incluso (y sobre todo durante la primera fase) convencer a lxs demás de que mi elección era la mejor (incluso la única!) Años después me di cuenta de que mi rigidez mental me impedía observar ciertas situaciones con la flexibilidad necesaria y de que mi apego a la etiqueta “vegana” era la razón más fuerte para seguir siéndolo. Seguía y sigo condenando el maltrato animal, pero comencé a pensar que eso no impedía que mi madre me hiciera su deliciosa tortilla de patatas con los huevos de las gallinas que campan a sus anchas por su jardín. Tardé mucho en volver a probar esa tortilla porque implicaba dejar de ser vegana, y serlo me hacía impoluta, pura, irrebatible. Tener razón era tan importante entonces…

Pues pasados los años, volviendo a Madrid, me encuentro con que parte de mis amigxs son ahora veganxs cuando antes no lo eran. Y no sólo mis amigxs… sino un boom repentino que invade la capital de negocios especializados, merchandising específico y debates extensos sobre la explotación de las mariquitas introducidas en los huertos ecológicos para combatir el pulgón. ¡Uf! No voy a entrar en bien, mal, mejor o peor. ¡Pero sí quiero confesar! Confieso la culpa que sentí al tener que exponerme frente a personas veganas sin yo ser vegana. Confieso la culpa que sentí al comprobar que sentía culpa por no ser vegana… y pensar que quizás mi actitud pudo haber causado culpa en otrxs mientras sí lo era. Confieso que llegué a sentir inferioridad moral y macabrismo en mi estilo de vida. Y todo esto… qué pesado, ¿no? Quita, quita, quita, quita… ¡Fus!

Sabía que mi nerviosismo estaba siendo alimentado por todo este embrollo de adquisición y liberación de etiquetas, por culpas indigestas y alienación transitoria. Pues… no hay mejor “lexatín” que la aceptación. Cuántas cositas me estaban pasando por dentro, cuánta ira nacida de la resistencia a mis sombras y cuánta gratitud a este viaje por mostrarme lo valioso que es ser yo misma sin más rayaduras. Curiosamente lo hablaba con Adri mientras me tatuaba, y me explicó que le sucedió algo parecido con respecto a sus rastas. Sabía que debía quitárselas porque ya había llegado el momento e incluso porque le hacían daño… pero su apego a una estética le impedían fluir en el cambio y ejecutar la decisión que en su fuero interno ya había tomado.

Mis últimas horas en Madrid me las pasé caminando, perdiéndome en sus calles como era habitual mientras vivía allí. Tranquila entre el bullicio, contenta por haber decidido dejar de formar parte de él y agradecida por cada uno de los pasos que la capital me había obligado a dar. Para culminar la celebración de mi despedida, decidí brindar por un resquicio de nostalgia con uno de esos cafés fresquitos que se agitan, (que son horribles: tiene cafeína, la peor de las leches y seguramente muchos “E”…  pero están bastante ricos). Vamos… por todo lo alto, tirando la casa por la ventana y siendo mala, jajaja. Con toda consciencia, riéndome de mí misma y observando que el mundo sigue girando cuando abandono mis rigideces y me entregó a ese frenesí consumista valorado en 1,50€.

Jueves por la noche. Llego a casa cansada del viaje, con las emociones dando vueltas por todas partes, con mucha emoción por haberme reencontrado con tanta gente grande y comprobar que sus vidas siguen sus cursos (todos ellos prósperos a su única manera). Ceno algo y me apetece echarme pero tengo un compromiso… Iniciar sesión en wordpress y charlotear a través de Busgosa. Ese férreo compromiso a través del cual he de escribir una entrada en el blog cada semana. Ese firme compromiso que me empuja a compartir cada viernes mi nueva entrada con algunxs de mis contactxs que, a su vez, me comprometen todavía más con mi compromiso. Comprometido… ¿no? Sí, lo es. Así que me siento ante el ordenador con un matcha a mí lado (eso de los cafés fresquitos de batir ha sido un desliz… 😉 ) Mi mente divaga, mis párpados pesan… y la conexión no me permite acceder a internet.

¿Qué? Pero TENGO QUE escribir! Mañana es viernes y TENGO QUE hacerle llegar a lxs demás la verborrea de turno! TENGO QUE ser fiel a mi pauta autoimpuesta! Si no escribo… si no escribo… si no escribo… Si no escribo hoy, pasa lo mismo que si hoy me tomo un café de esos fresquitos de batir. Sé que mi carril me lleva de vuelta al encuentro con las palabras y al té matcha (por ejemplo), y sé que una excepción no me lleva a la perdición, ni al cuestionamiento de mis hábitos de consumo, ni al abandono de mis propósitos. Sé que la rigidez me esclaviza, y la flexibilidad curiosamente fortalece mis decisiones. Y me fui para cama, necesidad primaria de ese momento… Y es que sé que cada momento es único y demanda de mí lo mejor que pueda darle, y no siempre me apetece exigirme tanto… no hasta el punto de entorpecer la sana convivencia conmigo misma. Laxitud, autoindulgencia y… puesta en práctica de las lecciones que mi visita a la capital trajo consigo. Todo es cambio, impermanencia…

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