Swami Mario Bross

Cosas nuevas… Tan seductoras, tan retadoras… y con tanta capacidad para levantar remolinos de confusión, miedo y debates intelectuales internos. Nos gusta sentirnos segurxs en lo conocido, en lo que PARECE menos arriesgado por ser más reiterado. Y olvidamos que el cambio es constante, que la “reiteración” está preñada de novedades esperando a ser descubiertas.

Estamos respirando. Siempre el mismo vaivén, a pesar de que las circunstancias parezcan similares a las de ayer o notoriamente diferentes. Dentro, fuera, dentro, fuera. Y cambia “lo de fuera”, cambia “lo de dentro”. Cada inhalación te trae una atmósfera única e irrepetible, especialmente reservada para ti. Con cada exhalación transformas la atmósfera que te envuelve, siendo parte de la magia del cambio.

Respirando llegó un fin de semana. Una propuesta. Una decisión. ¡Un regalo! Festival de yoga: tres días de yoga, fuego y tambor… ¡Claro! Allá me fui… El maps susurrándome el camino, el suzuki con los frenos un poco regulín, una tienda de campaña en el maletero que no tenía idea de cómo montar (más bien desmontar…) y provisiones propias de una yogui (emmm… simplemente fui lo suficientemente fuerte como para no meter en la mochila ni una de las galletas que, recién horneadas, reposaban en la cocina de casa. ¡Eso es sattva 100%! jejeje).

Un prao grande para acoger el encuentro, una carpa por si la lluvia quería practicar pranayama, un bosque en el que soñar y un río en el que recuperar el silencio. Un montón de personas, un montón de sonrisas. Me permití dejar de ser busgosa, para ser un poco xana. Respirar entre árboles, apoyar los pasos en cantos grandes y pequeños, acunar la atención en el sonido del río.

Volver a verme poseída por esa antropóloga frustrada que curiosa observa a otras personas que, como yo, decidieron habitar su fin de semana siendo parte del festival. Y qué lindo… Escuchar prejuicios en mi mente, y escuchar el recuerdo de cómo yo misma caí/caigo/caeré en lo que juzgo. Suavizar la mirada y dejarle espacio a la comprensión, que pronto relaja mi ceño y me permite ver sin barreras, sin separación.

Y me pierdo en mi juego… Quizás porque fui jugadora de rol, quizás porque la vida me obligó a buscar respuestas, quizás porque nunca dejé de ser una niña (como todxs! Por mucho que nos creamos nuestro disfraz de adultx). Y aunque todxs juguemos el mismo juego, a veces me gusta imaginar sus posibles tableros, su variedad de fichas y normas, confiar en las cartas o en los dados.

A veces imagino que justo comienza una partida en la que no hay un propósito claro, pero obviamente no se trata de ganar. Muy raras veces el juego de la vida se trata de “ganar”, por muy competitivxs que podamos ser. Y te encuentras ahí, en la casilla de salida, con todo por conocer. No sabes lo que hay que hacer, pero sabes que no dan puntos por ello. Hay otrxs jugadorxs que están en la misma situación que tú. Unas veces tienes un rol asignado, otras no. En estos casos, es importante recordar que no eres tu rol… éste sólo es una herramienta que te sitúa en el juego, que te presenta ante el resto de jugadorxs. A veces tu rol te sienta bien, y te ayuda. Otras veces te puede resultar pesado y querrás escapar de él. Sólo recuerda… no es tu rol lo que más relevancia tiene en el juego… no eres tu rol.

Ya has jugado otros juegos. Tu memoria te recordará las normas de algunos que se te dieron bien, en los que conseguiste puntos (sí, ya sé que dije que no había puntos, pero a veces creemos que sí. Cada unx tiene una idea más o menos hecha acerca de cuáles son los puntos y de cómo se obtienen). Y si… ¿y si nos relajamos? Relajamos la memoria, relajamos las expectativas, relajamos el sentir frente a la incertidumbre y relajamos los “debería”. No hay normas… eres libre, nadie espera nada de ti, ¡ni siquiera tú! El juego cambia…

¿Alguna vez jugaste al Mario Bross? Tenías que superar pantalla tras pantalla, saltando sobre champiñones malhechores, evitando precipios mortales y acumulando mucho oro en un arca infinita. De pronto… te encontrabas una tubería que parecía normal, como otra cualquiera, pero… ¡Bonus! Hasta la música cambiaba. No había champiñones ni precipios, sólo recompensas. Se desvanecía el temor y podías limitarte a engordar tu saca 🙂 Eso sí, sabías que, aún siendo parte de la partida, transcurría un poco al margen de la dinámica de la trama principal. Así que no, la vida no es una pantalla de bonus, no podría serlo. Pero a veces podemos colarnos por una de esas tuberías sorpresa en la que la música cambia y la tensión se relaja.

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Este finde de festival fue atravesar esa tubería cual fontanera Bross y sentir la ausencia de champiñones malignos y precipicios mortales. La llanura del oro, podría decirse. Y sí, sin expectativas, sin cargas. Me regalé estar conmigo misma, aún compartiendo con lxs demás. Me regalé cerrar los ojos en mi práctica (como suelo hacer) y sentir mi cuerpo. Me regalé el perdón a través de la asana, mimándome en cada momento, buscando esa integridad, respetando mis límites. Me regalé conocerme un poquito más y permitirme cambiar. Me regalé la enseñanza de la esterilla, la misma que la de la vida.

Un juego. Con cada inhalación agitas los dados, con cada exhalación los lanzas y todo cambia. Permítete jugarlo, descubrir sus normas para ignorarlas cuando así deba ser. Conoce todas tus fichas y ponlas a bailar sobre el tablero, te dirán mucho sobre ti. Ten presente que lxs demás también están jugando, y que todxs tenemos piezas, dados y cartas diferentes, siempre en una proporción óptima para jugar. Sólo juega… Namaste.

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