Swami Mario Bross

Cosas nuevas… Tan seductoras, tan retadoras… y con tanta capacidad para levantar remolinos de confusión, miedo y debates intelectuales internos. Nos gusta sentirnos segurxs en lo conocido, en lo que PARECE menos arriesgado por ser más reiterado. Y olvidamos que el cambio es constante, que la “reiteración” está preñada de novedades esperando a ser descubiertas.

Estamos respirando. Siempre el mismo vaivén, a pesar de que las circunstancias parezcan similares a las de ayer o notoriamente diferentes. Dentro, fuera, dentro, fuera. Y cambia “lo de fuera”, cambia “lo de dentro”. Cada inhalación te trae una atmósfera única e irrepetible, especialmente reservada para ti. Con cada exhalación transformas la atmósfera que te envuelve, siendo parte de la magia del cambio.

Respirando llegó un fin de semana. Una propuesta. Una decisión. ¡Un regalo! Festival de yoga: tres días de yoga, fuego y tambor… ¡Claro! Allá me fui… El maps susurrándome el camino, el suzuki con los frenos un poco regulín, una tienda de campaña en el maletero que no tenía idea de cómo montar (más bien desmontar…) y provisiones propias de una yogui (emmm… simplemente fui lo suficientemente fuerte como para no meter en la mochila ni una de las galletas que, recién horneadas, reposaban en la cocina de casa. ¡Eso es sattva 100%! jejeje).

Un prao grande para acoger el encuentro, una carpa por si la lluvia quería practicar pranayama, un bosque en el que soñar y un río en el que recuperar el silencio. Un montón de personas, un montón de sonrisas. Me permití dejar de ser busgosa, para ser un poco xana. Respirar entre árboles, apoyar los pasos en cantos grandes y pequeños, acunar la atención en el sonido del río.

Volver a verme poseída por esa antropóloga frustrada que curiosa observa a otras personas que, como yo, decidieron habitar su fin de semana siendo parte del festival. Y qué lindo… Escuchar prejuicios en mi mente, y escuchar el recuerdo de cómo yo misma caí/caigo/caeré en lo que juzgo. Suavizar la mirada y dejarle espacio a la comprensión, que pronto relaja mi ceño y me permite ver sin barreras, sin separación.

Y me pierdo en mi juego… Quizás porque fui jugadora de rol, quizás porque la vida me obligó a buscar respuestas, quizás porque nunca dejé de ser una niña (como todxs! Por mucho que nos creamos nuestro disfraz de adultx). Y aunque todxs juguemos el mismo juego, a veces me gusta imaginar sus posibles tableros, su variedad de fichas y normas, confiar en las cartas o en los dados.

A veces imagino que justo comienza una partida en la que no hay un propósito claro, pero obviamente no se trata de ganar. Muy raras veces el juego de la vida se trata de “ganar”, por muy competitivxs que podamos ser. Y te encuentras ahí, en la casilla de salida, con todo por conocer. No sabes lo que hay que hacer, pero sabes que no dan puntos por ello. Hay otrxs jugadorxs que están en la misma situación que tú. Unas veces tienes un rol asignado, otras no. En estos casos, es importante recordar que no eres tu rol… éste sólo es una herramienta que te sitúa en el juego, que te presenta ante el resto de jugadorxs. A veces tu rol te sienta bien, y te ayuda. Otras veces te puede resultar pesado y querrás escapar de él. Sólo recuerda… no es tu rol lo que más relevancia tiene en el juego… no eres tu rol.

Ya has jugado otros juegos. Tu memoria te recordará las normas de algunos que se te dieron bien, en los que conseguiste puntos (sí, ya sé que dije que no había puntos, pero a veces creemos que sí. Cada unx tiene una idea más o menos hecha acerca de cuáles son los puntos y de cómo se obtienen). Y si… ¿y si nos relajamos? Relajamos la memoria, relajamos las expectativas, relajamos el sentir frente a la incertidumbre y relajamos los “debería”. No hay normas… eres libre, nadie espera nada de ti, ¡ni siquiera tú! El juego cambia…

¿Alguna vez jugaste al Mario Bross? Tenías que superar pantalla tras pantalla, saltando sobre champiñones malhechores, evitando precipios mortales y acumulando mucho oro en un arca infinita. De pronto… te encontrabas una tubería que parecía normal, como otra cualquiera, pero… ¡Bonus! Hasta la música cambiaba. No había champiñones ni precipios, sólo recompensas. Se desvanecía el temor y podías limitarte a engordar tu saca 🙂 Eso sí, sabías que, aún siendo parte de la partida, transcurría un poco al margen de la dinámica de la trama principal. Así que no, la vida no es una pantalla de bonus, no podría serlo. Pero a veces podemos colarnos por una de esas tuberías sorpresa en la que la música cambia y la tensión se relaja.

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Este finde de festival fue atravesar esa tubería cual fontanera Bross y sentir la ausencia de champiñones malignos y precipicios mortales. La llanura del oro, podría decirse. Y sí, sin expectativas, sin cargas. Me regalé estar conmigo misma, aún compartiendo con lxs demás. Me regalé cerrar los ojos en mi práctica (como suelo hacer) y sentir mi cuerpo. Me regalé el perdón a través de la asana, mimándome en cada momento, buscando esa integridad, respetando mis límites. Me regalé conocerme un poquito más y permitirme cambiar. Me regalé la enseñanza de la esterilla, la misma que la de la vida.

Un juego. Con cada inhalación agitas los dados, con cada exhalación los lanzas y todo cambia. Permítete jugarlo, descubrir sus normas para ignorarlas cuando así deba ser. Conoce todas tus fichas y ponlas a bailar sobre el tablero, te dirán mucho sobre ti. Ten presente que lxs demás también están jugando, y que todxs tenemos piezas, dados y cartas diferentes, siempre en una proporción óptima para jugar. Sólo juega… Namaste.

Sólo estaba escribiendo

Ufffff… Tanto tiempo conteniendo la respiración, tanto tiempo alicatando las palabras, tanto tiempo alejada de ese ínfimo punto de conexión entre el todo y sus partes… Y necesito este espacio, antes de que se desordenen las palabras, de que el sentido se pierda entre la velocidad de la mente indómita… O quizás mientras se pierde el sentido y las palabras se desordenan.

La vorágine en la que mi mente pretende atraparme me agota, me marea, me aburre y me explota! Parar… Liberar el cuerpo de todo eso que lo aprisiona y acartona. Dejar que la ilusión del tiempo transcurra y paladear la eternidad de un instante ajeno a los constructos sociales. Regresar a esa paz que vibra más profunda que la de los objetivos alcanzados, el éxito personal o las deudas pagadas.

Y Busgosa reaparece más poderosa cuanto más embriagadora es la sensación de paz. Es inevitable… puede esconderse o silenciarse al mundo, pero siempre encuentra momentos para deslizarse entre tormentos varios y aplastar con su franqueza esa cháchara insustancial que mantiene ocupada mi mente. Puedo apartarla a un lado, decidir que otros asuntos son más importantes, pero ella vuelve… vuelven las palabras encadenadas con sus sentencias inamovibles.

A veces me da rabia, otras me hace gracia, depende del viento o de mi ciclo menstrual (quizás de la influencia de las meigas, que siguen mis pasos aunque ya no pise la misma tierra que ellas custodian). Y es que la vida está llena de caminos… unos son grandes, amplios, llanos y muy visibles y accesibles; otros son más estrechos, con baches, charcos y pendientes; otros son casi imperceptibles entre la maleza, sin saber qué se esconde entre las zarzas: deliciosas moras o serpientes venenosas; otros… otros esperan que los descubramos, que los transitemos, que les demos forma, que los habitemos y los conquistemos con nuestro coraje.

¡Pues bien! ¿Quién no se siente tentadx por descubrir tierras vírgenes, por reconciliarse con el/la explorador/a que lleva dentro, por emular a Fray Luis? Lo dijo y lo repito:

Qué descansada vida

la del que huye del mundanal ruido,

y sigue la escondida

senda, por donde han ido

los pocos sabios que en el mundo han sido

Y da tanto miedo… por más que lo surque y lo disfrute, que me limpie y me cure… el ruido vence algunas de las batallas al silencio y me devuelve a esos caminos anchos y pavimentados, donde abundan las señales de colores, las luces de neón y las sirenas desafinadas. Parece seguro, muchxs otrxs caminan por él y siguen vivxs. Dicen que es por ahí, que no hay otra opción. Según comentan, la motivación de nuestras decisiones ha de ser nuestra vejez, ese momento que algunxs están viviendo ya, pero que todavía no ha llegado para muchxs otrxs… o las vacaciones, ese espacio de libertad prefabricada y metida en paquetes estandarizados que te venden a cambio de un año de talento, esfuerzo y dilemas.

Se me rebelan las venas y las arterias, se me enloquece el pulso, se me constriñe el lóbulo frontal. Somos tan niñxs y ancianxs como podemos ser en este momento, al igual que lo fuimos antes y lo seremos después. ¿Acaso este momento no merece ser considerado? ¿Debemos por tanto reducirlo a las normas de este juego absurdo? Quiero trabajar, quiero descansar, quiero disfrutar… e incluso todo puede darse a la vez. Me sobran los calendarios, me pesan los relojes. El sol y la luna hablan tan claro…

Pero a veces acepto el desvío. Abandonar el monte a través para volver al amplio camino conocido y previamente pateado. Tan misterioso uno como otro, tan repletos de enseñanzas, tan válidos como viables. Este tipo de cambios siempre trastocan. Los pies han de moldearse a las distintas superficies, no es lo mismo el asfalto abrasador que la hierba mullida. Pero las piernas exigen caminar, y siempre descubren algo nuevo independientemente del camino elegido… Esta certeza me reconforta y aumenta la distancia que me separa de la enajenación.

Aunque quiero confesar sin temblor de voz, que me siento una traidora cuando mis decisiones me alejan de la loba y de la cabra, de la saltamontes y la escarabaja. Me gustan las palabras humanas, pero siento que hay otros idiomas en los que me comunico con más soltura. El silencio siempre fabrica las mejores poesías.

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Pero vuelvo… vuelvo a este espacio atemporal en que luz y oscuridad se hacen relativas, necesarias y revolucionariamente presentes. Y después, traduzco… Y es a veces cuando me doy cuenta de que, aunque no me dedique el tiempo, aunque me ignore y me relegue a un segundo plano, siempre estoy haciendo lo que siempre quise hacer… 🙂

¡Anécdotas miles! Me quedo con una cualquiera… El otro día estaba llenando carretillos con palas de tierra. Uno tras otro hasta terminar con la tierra suelta al pie del camino, tras el trabajo del pico. Tenía todavía más tierra suelta un poco más arriba, así que subí hasta donde se amontonaba para empujarla hacia abajo con la pala. La arrastré, la empujé, la deslicé montaña abajo, en dirección a los pies del carretillo. Pala tras pala, mientras mi cabeza galopaba en un sitio diferente al que mis pies pisaban. No sé cuánto tiempo estuve así, pero cuando levanté la cabeza me encontré con mi compañero mirándome sonriendo con los brazos en jarra:

– Pareces yo -, lo cual es preocupante, porque este hombre cuando trabaja parece un autómata poseído por una fuerza sobrenatural… casi inhumano.

– ¿En qué piensas? -, me preguntó curioso y divertido. A lo que yo le contesté:

– Sólo estaba escribiendo.

Soy una brizna

Hace un día precioso, de esos en que el sol tiñe todo lo que ves de una luz casi mágica que te transporta a un sueño. Sientes su calor sobre tu piel, una suave brisa que te acaricia el pelo y la alegría de algún pájaro que juguetea entre las ramas de los árboles. Caminas descalzx sobre una inmensa pradera verde que cosquillea las plantas y los dedos de tus pies. Te apetece sentarte para dejar de enviar energía a tus pasos, y simplemente ser otra brizna más de hierba anclada al suelo, bañada por ese cálido sol y agitada por esa brisa cariñosa.

Bueno… justo aquí no. Resulta que el suelo bajo tus pies tiene alguna clara, o alguna piedrecita, o algo que lo hace un asiento menos cómodo que el que ves un poco más allá. Sí, allí adelante se ve mucho más verde el suelo. En verdad parece un mullido colchón que espera a que reposes sobre él. Te acercas paso tras paso, cadenciosamente, sintiendo como ese deseo de ser brizna crece dentro de ti. Pero no… aquello que parecía un mullido colchón verde en el que dejarte reposar tiene las mismas claras, piedrecitas y “algos” que impiden ser tu asiento perfecto, tu sustrato… Continúas caminando.

Vale, allí sí que sí. Allí se ve… perfecto no, perfectísimo. Tan sólo unos pasos más adelante se encuentra la pradera más verde que nunca hayas visto, sin duda la más mullida, cómoda y acogedora que podrías imaginar. Te acercas con expectación… ¡ese es el lugar en el que te convertirás en brizna! Pero… ¿qué? Aquello que habías visto tan perfectísimo en la distancia, se convierte en igualmente “imperfecto” que todo lo demás una vez lo alcanzas. ¡Vaya! ¡Otra vez igual!

Te detienes, alzas la mirada. Ves los pasos que te quedan por dar. Todo parece más verde y propicio a dejarte crecer que el suelo que estás pisando ahora mismo. Ves los pasos que ya has dado. Curiosamente, y a pesar de que ya has transitado por ese camino, incluso esos tramos te parecen más resplandecientes y atractivos. No puede ser… “¿Por qué cualquier lugar parece mejor que aquel en el que estoy?” “¿Será que el suelo no quiere que yo sea brizna?” “¿Por qué, ¡oh diosxs!, me alejáis continuamente de mis anhelos?” Drama.

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Y es que a veces pasa. Sabes que eres brizna, pero crees que son las condiciones externas las que te van a permitir que se materialice tu certeza. Hay mucho desorden ahí fuera, y por eso no puedes ser brizna. Nunca llegan a darse las circunstancias más apropiadas para que puedas manifestar lo que eres. Bla… bla… bla… bla… Si eres brizna, lo eres sin más. Puedes peregrinar en busca del mejor sustrato, del lugar donde más briznas haya para sentirte más acogidx, de los rayos de sol más delicados para tu alimento o de la brisa más suave para que te meza. ¡Hazlo! ¡Claro! El peregrinaje, la búsqueda, son experiencias necesarias, no te prives de ellas. Pero no dejes de ser brizna, por favor.

Extiende tus raíces, siente la tierra entre ellas. Nútrete de sus entrañas. Alza tu cuerpo hacia el cielo, siente el sol en él. Fotosintetiza. Deja que la vida te deje ser. Sé la vida. Sí, desde luego que hay mucho que descubrir, muchas fuentes de júbilo y muchas experiencias que te permitirán conocer/te. Las busques o no, vendrán. Así es el camino. Pueden venir de fuera y hacer que dentro aflore algo nuevo. Puede venir de dentro y permitir que se manifieste fuera. Fuera y dentro dejan de ser diferentes. Somos completamente permeables.

Hace un par de años, ¡parece una eternidad!, la gente se reía de mí en medio de uno de mis brotes: “¡Soy una planta!, ¡soy una planta!” No me esforcé en explicárselo a nadie, ¿para qué? Para mí era/es claro. Quizás resulta extravagante o psicótico, puede, ¿qué más da? El caso es que nunca me sentí tan bien conmigo misma como el momento en el que descubrí mi “naturaleza botánica”. De pronto, la vida era una sencillo regalo, sin envoltorio ni florituras. Simplemente, una oportunidad. Y yo estaba haciendo cosas muy raras con esa oportunidad. 😦 La menospreciaba, detestaba, odiaba…

Si yo era parte de toda la magia y belleza que estaba presenciando, ¿qué era exactamente lo que me hacía diferente? ¿Acaso yo no era magia y belleza también? ¡Pues parece ser que no! Me había identificado con todo aquello que me desvitalizaba, con todo aquello que no me gustaba, con todo aquello que no aceptaba. No podía formar parte de todo lo que me mantenía con vida, no podía separarme de aquello que me mataba. Camino tortuoso, sí. ¡Y mucho!

Sin embargo, TODO sucede al mismo tiempo. Tanto lo que SÍ, como lo que NO. Cuanto más alto le grito NO a algo, más fuerte se hace ese algo. Cuanto más fuerza le doy al SÍ, menos espacio le dejo al NO. Ojito… el NO es muy poderoso. Pero el SÍ, también. 🙂 Así que, es cierto, en mi camino hay circunstancias que me gustan más y otras que me gustan menos. Sol y sombra se intercalan para ofrecer distintos climas que me agradan y desagradan por momentos. Es verdad que la tierra no siempre “parece” la más idónea para echar raíces, pero sin probar no se sabe si lo es o no… a menudo las idealizaciones de “lo que debería ser” impiden que “lo que es” simplemente sea…

Mientras TODO sigue su curso, yo soy brizna. Tan delicada y fuerte como la naturaleza que me dio vida. Nutriéndome de la tierra que gratamente me acoge en cada momento. Haciendo la fotosíntesis en cada silencio. Siendo en cada destello. Soy brizna. Independientemente de lo que suceda, soy. Apago los ojos, enciendo el corazón, veo mejor 🙂

 

La vida es cambio

Tres días en Madrid. Después de nueve años viviendo allí, una visita de tres días no podía ser tan difícil de llevar… ¡y sorprendentemente no lo fue! Cada vez me resulta más evidente que da igual cómo sea lo que te rodea, lo que realmente trasciende es quien tú eres entre las circunstancias que atraviesas.

He de reconocer sin ningún pudor que estaba bastante nerviosa antes de mi viaje. Muchos reencuentros con personas muy importantes en mi vida. La perspectiva de habitar una ciudad muy poblada estando ya acostumbrada al ritmo de un pueblo muy pequeño. La aparición de cambios siendo yo la misma pero a la vez siendo ya otra. Sí, imaginarme nuevamente en Madrid, unificando mi pasado y mi presente para construir mi futuro en cada paso, fue casi como confundir suelo y techo para ubicarme en un espacio extraño y ambiguo digno de ser descubierto.

Pero pasado el “descoloque pre-realidad”, es la simple realidad la que te arrastra hacia ella, te aleja del miedo y te susurra “bueno, ESTO ES, así que simplemente PERMÍTETE SER”. Y ya está. Puede resultarte más fácil o más difícil, o no resultarte, depende de lo que toque gestionar en cada momento y cómo tú vivas tu gestión. Pero da igual lo que haya sido en el pasado, lo que tú te hayas figurado que iba a ser el presente o lo que desearías que fuera. Habitar el ahora desdramatiza, libera del apego a las expectativas y te devuelve irremediablemente a ese SER que ERES y que el ego procura eclipsar.

Cuando de vuelta a Asturias retomé mis clases de yoga, mi profesora me preguntó si el viaje había sido productivo. La respuesta que salió de entre mis labios sin mediar pensamiento alguno fue: “revelador”. Y es que esos tres días (y los previos también), me aportaron mucha información, sobre todo vinculada a la resistencia al cambio y al apego a autoetiquetas…

Un ejemplo muy claro de este maremágnum lo encontré en el debate en torno al veganismo. Con 20 años decidí hacerme vegana, y con 25 decidí abandonar dicha etiqueta por muchos motivos. En su momento me encantaba la supremacía de la razón en lo que respecta a la defensa de lxs animales, la coherencia en cada decisión de mi día a día e incluso (y sobre todo durante la primera fase) convencer a lxs demás de que mi elección era la mejor (incluso la única!) Años después me di cuenta de que mi rigidez mental me impedía observar ciertas situaciones con la flexibilidad necesaria y de que mi apego a la etiqueta “vegana” era la razón más fuerte para seguir siéndolo. Seguía y sigo condenando el maltrato animal, pero comencé a pensar que eso no impedía que mi madre me hiciera su deliciosa tortilla de patatas con los huevos de las gallinas que campan a sus anchas por su jardín. Tardé mucho en volver a probar esa tortilla porque implicaba dejar de ser vegana, y serlo me hacía impoluta, pura, irrebatible. Tener razón era tan importante entonces…

Pues pasados los años, volviendo a Madrid, me encuentro con que parte de mis amigxs son ahora veganxs cuando antes no lo eran. Y no sólo mis amigxs… sino un boom repentino que invade la capital de negocios especializados, merchandising específico y debates extensos sobre la explotación de las mariquitas introducidas en los huertos ecológicos para combatir el pulgón. ¡Uf! No voy a entrar en bien, mal, mejor o peor. ¡Pero sí quiero confesar! Confieso la culpa que sentí al tener que exponerme frente a personas veganas sin yo ser vegana. Confieso la culpa que sentí al comprobar que sentía culpa por no ser vegana… y pensar que quizás mi actitud pudo haber causado culpa en otrxs mientras sí lo era. Confieso que llegué a sentir inferioridad moral y macabrismo en mi estilo de vida. Y todo esto… qué pesado, ¿no? Quita, quita, quita, quita… ¡Fus!

Sabía que mi nerviosismo estaba siendo alimentado por todo este embrollo de adquisición y liberación de etiquetas, por culpas indigestas y alienación transitoria. Pues… no hay mejor “lexatín” que la aceptación. Cuántas cositas me estaban pasando por dentro, cuánta ira nacida de la resistencia a mis sombras y cuánta gratitud a este viaje por mostrarme lo valioso que es ser yo misma sin más rayaduras. Curiosamente lo hablaba con Adri mientras me tatuaba, y me explicó que le sucedió algo parecido con respecto a sus rastas. Sabía que debía quitárselas porque ya había llegado el momento e incluso porque le hacían daño… pero su apego a una estética le impedían fluir en el cambio y ejecutar la decisión que en su fuero interno ya había tomado.

Mis últimas horas en Madrid me las pasé caminando, perdiéndome en sus calles como era habitual mientras vivía allí. Tranquila entre el bullicio, contenta por haber decidido dejar de formar parte de él y agradecida por cada uno de los pasos que la capital me había obligado a dar. Para culminar la celebración de mi despedida, decidí brindar por un resquicio de nostalgia con uno de esos cafés fresquitos que se agitan, (que son horribles: tiene cafeína, la peor de las leches y seguramente muchos “E”…  pero están bastante ricos). Vamos… por todo lo alto, tirando la casa por la ventana y siendo mala, jajaja. Con toda consciencia, riéndome de mí misma y observando que el mundo sigue girando cuando abandono mis rigideces y me entregó a ese frenesí consumista valorado en 1,50€.

Jueves por la noche. Llego a casa cansada del viaje, con las emociones dando vueltas por todas partes, con mucha emoción por haberme reencontrado con tanta gente grande y comprobar que sus vidas siguen sus cursos (todos ellos prósperos a su única manera). Ceno algo y me apetece echarme pero tengo un compromiso… Iniciar sesión en wordpress y charlotear a través de Busgosa. Ese férreo compromiso a través del cual he de escribir una entrada en el blog cada semana. Ese firme compromiso que me empuja a compartir cada viernes mi nueva entrada con algunxs de mis contactxs que, a su vez, me comprometen todavía más con mi compromiso. Comprometido… ¿no? Sí, lo es. Así que me siento ante el ordenador con un matcha a mí lado (eso de los cafés fresquitos de batir ha sido un desliz… 😉 ) Mi mente divaga, mis párpados pesan… y la conexión no me permite acceder a internet.

¿Qué? Pero TENGO QUE escribir! Mañana es viernes y TENGO QUE hacerle llegar a lxs demás la verborrea de turno! TENGO QUE ser fiel a mi pauta autoimpuesta! Si no escribo… si no escribo… si no escribo… Si no escribo hoy, pasa lo mismo que si hoy me tomo un café de esos fresquitos de batir. Sé que mi carril me lleva de vuelta al encuentro con las palabras y al té matcha (por ejemplo), y sé que una excepción no me lleva a la perdición, ni al cuestionamiento de mis hábitos de consumo, ni al abandono de mis propósitos. Sé que la rigidez me esclaviza, y la flexibilidad curiosamente fortalece mis decisiones. Y me fui para cama, necesidad primaria de ese momento… Y es que sé que cada momento es único y demanda de mí lo mejor que pueda darle, y no siempre me apetece exigirme tanto… no hasta el punto de entorpecer la sana convivencia conmigo misma. Laxitud, autoindulgencia y… puesta en práctica de las lecciones que mi visita a la capital trajo consigo. Todo es cambio, impermanencia…

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El éxito en el mientras

La semana pasada tuve la oportunidad de sufrir en mis carnes la técnica Phillips 66… pero me sumí en el silencio dejando que otras personas se lanzasen como voluntarias ante dicho reto. ¡Y tan reto! 6 personas, durante 6 minutos, frente a un grupo de espectadorxs que nos deleitábamos en la seguridad de no tener que hacer frente a esa exposición a la que lxs valientes voluntarixs se sometieron.

Así que así fue. A cada una de las 6 personas voluntarias se les regaló un minuto para expresar su sentir y pensar ante un tema… ¡el éxito! He de reconocer que me piqué. A pesar de no querer participar de ese “experimento” (al menos no en ese momento), algo se accionó dentro de mí y me tiré todo el viaje en coche de vuelta a casa hablándole a un público imaginario sobre el éxito. Pudo haber sido cualquier tema, pero el que tocó me motivó lo suficiente como para despertar en mí una verborrea en solitario que me permitió mantenerme alerta en mi conducción y no sucumbir al sueño.

Y es que en la clase (que por cierto versaba sobre metodología pedagógica) se nos presentó la fórmula “(conocimiento + habilidad) x actitud” como base sobre la que desarrollar la exposición en torno al tema del éxito. Algunxs de mis compañerxs se apoyaron en ella para sostener ese minutazo de discurso. Otrxs no. Mientras, yo prestaba más atención a esos 6 minutos que a las restantes 4 horas y 54 minutos…

Me agradó ver que casi todo lo expuesto en torno al éxito se escapaba de la imagen de portada de revista vinculada a la ostentación o la fama. Más bien giraba alrededor de la consecución de objetivos personales libremente elegidos, por lo que cada cual construye la significación del éxito y se asienta en él a su manera. Dos personas pueden ser exitosas viviendo situaciones radicalmente opuestas. Todo depende de la percepción.

Y ya en el coche, yo no paraba de hablar sobre esa persecución al éxito. Me marco un objetivo, voy tras él, lo alcanzo, tengo éxito. Me marco un objetivo, voy tras él, no lo alcanzo, fracaso. ¿Es en realidad así? Uno de mis compañerxs argumentó que el éxito se construye a base de una desmedida reiteración de fracasos. ¿Quién sabe? Creo que me gusta demasiado estrangular el significado de las palabras, relativizar el motivo de su existencia y hacerlas volátiles como lo que son. El caso es que nada está tan encorsetado como pudiera parecer a simple vista… y eso me encanta.

Partiendo de la base de que el éxito se obtiene a través de la consecución de los objetivos libremente elegidos, ¿cómo se manifiesta una vez alcanzado? Tantantanchaaaaaaaan!!! Volvamos al supuesto “me marco un objetivo, voy tras él, lo alcanzo y…” ¿Y?… ¿Qué sucede? Párate un momento. En el mejor de los casos, nos concedemos una efímera exhalación en la que liberamos la tensión acumulada durante un proceso en el que mediaron esfuerzo, ilusión, miedos… Pero a menudo, lo que sucede es que el éxito nos resulta tan insípido que volvemos a definir el término en torno a una hipotética situación futura que todavía no estamos viviendo.

Así, vamos de “éxito” en “éxito” sin saber a qué sabe cada uno de ellos. Pensamos que el éxito está en otra parte, que nos tenemos que esforzar por alcanzarlo, que cuando suceda esto o aquello será cuando la dicha vendrá a visitarnos e incluso que será en los ojos de lxs demás donde podremos reconocer nuestra gloria. Vamos a dejarnos de cosas raras, ¿no? Sentirte exitosx o fracasadx depende más de tu percepción que de tus circunstancias. El éxito o el fracaso no se encuentran en otro lugar, en otro momento. Habitan cada instante en el que les des significación.

Expectativa. Irremediablemente se presenta con fuerza esta palabra intentando aclarar todo este embrollo en relación al éxito, al fracaso y a esa sensación de vacío que a veces nos inunda cuando las cosas no suceden tal y como nos las habíamos imaginado. La expectativa es uno de los enemigos más atroces del ahora. Es un extraño nexo de unión entre una acción determinada y un hipotético resultado, entre una interpretación limitada de una situación y un desenlace que no siempre guarda relación con ella. Es el puente que nuestros miedos construyen para que nuestros pies se sientan seguros caminando hacia lo indefectiblemente desconocido.

El futuro… Ese momento tan amplio, tan confuso, tan alentador y aterrador como lo quieras creer. El futuro es el hogar de todo lo que todavía no te ha pasado, tanto de lo que anhelas como de lo que temes. El futuro es todo lo que todavía no ha sucedido. ¿O sí? Dejémoslo en que… el lugar es aquí, el momento es ahora. ¿A qué te sabe este ahora? Cierra los ojos y permítete descubrirlo…

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Este espacio de asteriscos es el momento en el que cierras los ojos y saboreas el ahora

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Repito… no sientas prisa, no tienes otra cosa que hacer… cierra los ojos, observa qué sucede, céntrate en tu respiración

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Si todavía no me has hecho caso, cierra los ojos y dedícate este espacio de tiempo entre asteriscos para ti. Sólo existe este momento. No compartas este momento con otra cosa que no sea tu quietud.

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Bueno ya! 🙂 Espero que me hayas hecho un poco de caso y hayas simplemente desconectado de todo y observado este momento. Porque… ¿Sabes qué? El pasado ya no existe, cada vez está más lejos. El futuro se desdibuja con cada tic-tac-tic-tac del reloj, cada página del calendario, no conocerás un futuro diferente al presente que estás viviendo. El ahora es la semilla de eso que llamamos “futuro”, también de lo que llamamos “pasado”. La paz que anhelas reside aquí, desde la paz creas paz.

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Y ¡paz! Qué curioso que irrumpa esta palabra llegadxs a este punto. Quizás porque para mí éxito y paz son lo mismo, y tanto uno como otra residen en el mientras. Mientras respiro, mientras camino, mientras cocino, mientras paloteo, mientras ordeño, mientras escribo, mientras me ducho, mientras observo, mientras canto… mientras vivo. Y en el mientras sucede todo lo que tiene que suceder, tal y como tiene que suceder. Respira el éxito de estar vivx y de albergar en tu interior la semilla de la paz, la libertad, el amor. Permítete un ahora deliciosamente tuyo. Deja que el tiempo se funda en este mientras en el que la vida aflora.

El camino en la montaña

¿Te gusta la montaña? A mí me encanta. Por eso me regalo alguna excursión que otra en la que poner en movimiento el cuerpo, oxigenar hasta los dedos de los pies y alimentar los sentidos con tan suculento menú. La sola idea me invita a imaginar todos los caminos no marcados, todos los colores por descubrir, todos los sonidos vacilando al silencio… paz y libertad conviviendo en un instante delicioso.

Preparo la mochila ilusionada como la niña que parece ser que sigo siendo. Algo de comer, algo de beber, algo de ropa… poco más. Cuantas más cosas meta en la mochila, más pesada se me hará. Pero la experiencia me ha enseñado a anticiparme a ciertas situaciones que suelen darse (hambre, sed, mojaduras… Maslow habló algo sobre esto en una pirámide…) Aunque también es verdad que cuantas menos cosas meta, más ligera será… y lo más importante de todo, eso que conviene llevar siempre con unx, no pesa absolutamente nada 😉

El coche me acerca al destino elegido. Cada kilómetro que me alejo de “casa”, es un kilómetro más cerca del hogar. Me despido agradecida de mi querido Terrible, nombre con el que bautizamos al Suzuki el día que lo conocimos y, sin querer (creo… ejem, ejem…), nos metimos sin cadenas en una carretera nevada y helada. ¡Qué bien se portó!

Y los pies comienzan a agitarse en el suelo. ¡Tanto que explorar! ¡Tanto que recorrer! Los ojos gritan gracias entre las pestañas, los oídos se entregan a un concierto magistral y los dedos se encuentran con un nuevo clima que experimentar. Y es que la montaña es una constante fuente de enseñanzas y aprendizajes…

Veo la cima allí a lo lejos y pienso “¡qué vistas tiene que haber desde ahí arriba! Un rincón en el que todo se desvanece para dejar que TODO aparezca.” La realidad me arrastra desde la ensoñación y vuelvo a ese otro lugar, abajo de todo, con un laaaaargo camino que recorrer hasta esa “meta”. Y… me doy cuenta de lo que me estoy perdiendo imaginando lo que todavía no estoy viviendo. Sonrío, el ahora esconde regalos insospechados.

Como cabe esperar en un ascenso… el desnivel a salvar implica un esfuerzo. El cuerpo se activa, comienza a demandar más oxígeno… El Terrible se aleja, o soy yo la que se aleja del Terrible. La cima se acerca, o soy yo la que se acerca a la cima. Parece que la decisión está tomada y el camino se va creando bajo la constancia de unos pies sabios que arrebatan el poder a la mente. El simple hecho de dar un paso, invita a dar el siguiente.

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“Buf, maaaaaadre mía, ¿hasta allí voy a subir? ¿Hasta allí?” Mi destino allí arriba, a lo lejos. Yo aquí abajo. Se supone que en algún momento llegaré, pero se me agotan las piernas cuando cuento cada uno de los pasos que voy a dar, cuando preveo todos los tramos que desandaré por inaccesibles, cuando soy tan pequeñx en una montaña tan grande. Cierro los ojos, respiro, inclino la cabeza hacia abajo. Abro los ojos y veo un suelo muy cerca de mí que me sostiene y me empuja hacia arriba, unos pies enormes en un mundo acorde a su tamaño. Veo el destino de mi próximo paso y disfruto al ver mi pie sobre él. Izquierdo, derecho, izquierdo, derecho, izquierdo, derecho. No hay destino lejano cuando los destinos intermedios son tan asequibles como un simple paso.

Un nuevo tramo… ahora toca descender. Eso de bajar para luego subir, he de reconocer que siempre me dio mucha pereza, jajaja. Mi imaginación comienza a fabricar tirolinas, puentes e incluso alas para salvar esos tramos que pienso “con todo lo que he subido… ¿y ahora voy a bajar? Luego tendré que subir desde un punto más lejano que aquel en el que me encontraba antes de empezar a bajar…” No puedo evitar reírme al reconocer esos brotes de capricho frente a la belleza que se me está regalando. Estoy caminando por las arrugas de la tierra, formando parte de su genuina sabiduría. La montaña es la montaña, una adaptación perfecta al paso del tiempo. Si ella me invita a bajar, abajo he de ir. Por más que mi mente me engañe diciendo que estoy más lejos, nunca había estado tan cerca hasta este mismo paso.

Sombra… El sol sigue en el cielo, no es el turno de la luna, pero las montañas merecido por antigüedad se tienen el derecho de acapararlo, y en algún que otro tramo esconden sus rayos. Hace frío… la piel de gallina, el sudor contrae la espalda, el aire quema en nariz y garganta. Incluso el silencio suena diferente. Los ojos ceden protagonismo a la piel. Camino rápido para entrar en calor. La sombra a veces duele… olvido la belleza que la luz del sol brinda a todo lo que toca. Pero no puedo evitarla, incluso aunque camine muy rápido a través de ella. Forma parte de todo. No habría una cara iluminada en la montaña si no hubiera una sombría. No habría una cara sombría en la montaña si no hubiera una iluminada.

Parece que poco a poco soy parte de la montaña. Ya no soy esa cosa pequeña que pretendía conquistarla con pasos torpes. Casi sin darme cuenta me he convertido en el hogar que ella alberga para mí. Ya no soy otra cosa diferente a la montaña. Soy la montaña. Y me permito el placer de disfrutarme/la, de ver en cualquier dirección, con el zoom que más me apetezca, de sentirme viento, tierra, sonido y luz. En cada paso he acallado mi mente, he aplastado una expectativa, he dejado ir un límite, me he entregado al único ahora. No hay principio, ni hay final…

Cima. Meta. Lo más alto de la montaña. Ese lugar que veía lejos, pequeño. Aquel puntito que sólo parecían acariciar los pájaros. Ahí estoy.  Sí, vistas preciosas, silencio embriagador. Lo que antes era lejos, ahora es cerca. Lo que antes era cerca, ahora es lejos. La distancia comienza a ser tan relativa como lo fue siempre, aunque no me quisiera dar cuenta de ello. Y vuelvo a descubrir, después de haberlo sospechado durante toda la aventura, que el destino es el camino, y en él se esconde el CAMINO.

Decir sí, decir no… decidir

Hoy me he armado de valor para dar el tercer NO a una oferta laboral en lo que va de año… Y es que parece que unx está locx cuando deja escapar oportunidades para generar ingresos en un mundo en el que “la pela… ¡es la pela!”. Y puede que lo esté un poco, ¿quién sabe? Pero me apetece estar loca siendo eso que soy, y no cuerda siendo quien no soy.

No es sencillo. Tomamos decisiones constantemente. Algunas de forma automática. Otras después de un proceso más o menos consciente de rumia. Unas están claras nada más verlas. Otras se presentan confusas, generan dudas e incertidumbres. Algunas no tienen demasiada relevancia. Otras suponen acercarse más a un modo estandarizado de vida… o a la vida que sientes nacer desde tu interior. Sea como sea, las decisiones son inevitables, y como inevitables que son, conviene prestarles un poquito de atención.

Ahora mismo me siento un poco funambulista al tomar este tipo de decisiones… Rechazar oportunidades de generar ingresos… ¡Qué loco!, ¿no? Parece que una deja de pisar el suelo que conoce para caminar por a saber qué cuerda tendida entre a saber qué puntos. El caso es que no se pisa igual… Las decisiones estandarizadas, es decir, aquellas que “cualquier persona con sentido común” tomaría, anuncian una certidumbre confortable, segura e incluso próspera. “Es lo que hay que hacer”, “no hay otro remedio”, “es ley de vida”… y otras coletillas que estoy buscando en mi memoria y, a pesar de lo frecuentes que son en conversaciones cotidianas, ¡no logro rescatar! 🙂 🙂 🙂 Y tampoco quiero invertir más tiempo en lograrlo… Por otro lado, las decisiones atípicas (ya sean rechazar un empleo, no comer alimentos cocinados o llevar barba y falda), aquellas que escandalizan a quien se ha convertido en el personaje que cree ser , generan cierto vértigo, pero te hacen paladear un chupitín de libertad.

Es fácil olvidarse… Un día te pones a soñar, identificas el motor que te mantiene en marcha y decides repostar con el combustible que sabes que mejor le sienta. ¡Y lo haces! Pero… de repente llega un día en que sientes que tu motor hace cosas raras, te mantiene en movimiento pero no suena como sabes que puede sonar, ¡emite gases contaminantes!, da tirones que te marean y agotan y, para colmo, el GPS se contagia de esta anomalía y te pierdes por las calles de un laberinto extrañamente conocido. Cuando esto pasa es porque el combustible que le has estado echando no es el que le correspondía a tu motor. Quizás otrx lo haya decidido por ti sin consultarte, o te has dejado llevar por el precio más “barato”, o por el combustible con mejor marketing… pero no has estado atentx y ahora toca succionar todo ese combustible erróneo que circula dentro de ti y dejar espacio a una nueva recarga de aquello que sí te hace moverte con la gracia que sólo tú tienes.

Así he dejado yo que las convenciones me supuraran el depósito, que esos sueños que se venden en packs me hicieran creer que la palabra “sueño” dejaba de existir, que los límites fueran más fuertes que las oportunidades que brinda el reto de caminar hacia lo inexplorado. Pero hay un duende dentro que confecciona unas pancartas luminosas y a la voz de “basta ya!” se hace oír por encima de todo lo demás. Gracias duende… ¿Nunca te ha pasado que, a pesar de “tener que estar contentx” por algo que te está pasando, te sientes apagadx, débil, minúsculx? Eso suele significar que la propuesta que se te está haciendo no da respuesta a quién eres ni a lo que necesitas experimentar, aprender, vivir. Quizás sea más de lo mismo y vaticine conducirte a esa espiral en la que ya has navegado para saber que tienes alas en vez de patas (o branquias en vez de pulmones, si es que somos muchxs y diversxs). El duende te está diciendo cosas, así que hazle un poquito de caso.

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Hay veces en que ese duende se esconde un poquillo y su voz se torna más inaudible. Suele pasar cuando nos alejamos de él. Puedes suplicarle que vuelva, pero no podrás darte cuenta de su presencia hasta que no generes ese espacio en el que a él le gusta hacer sus cabriolas. ¡Así que volvemos a decidir! Decidimos hacer algo que sabemos que nos gusta, decidimos parar si lo necesitamos, decidimos dejar ir aquello que no resuena con nosotrxs y decidimos recordar poco a poco quiénes somos, o al menos quiénes no somos. Si algo vibra con quien eres, es un SÍ. Si algo desafina con quien eres, es un NO. A veces no está tan claro y hay muchos condicionantes que obstaculizan la toma de decisiones, pero… no nos dejemos engañar… es bien sencillo… Si algo vibra con quien eres, es un SÍ. Si algo desafina con quien eres, es un NO.

Y así es como yo me encuentro diciendo NO a aquello que me impide ser una mujer rural, diciendo NO a aquello que me impide ser una mujer con inquietudes y ganas de explorar, diciendo NO a aquello que me impide llevar barro en las botas y babas de perrx en la ropa, diciendo NO a aquello que me impide ser una mujer libre.

Y es así como yo me encuentro diciendo SÍ a aquello que me acerca a la tierra, diciendo SÍ a aquello que me facilita entregar lo mejor de mí, diciendo SÍ a aquello que me vincula a mi propósito, diciendo SÍ a aquello que me reconcilia con la niña, mujer y anciana que soy.

No compres los sueños de nadie, ni siquiera esos que parece que hay que tener por el hecho de circular por este mundo. No alimentes el miedo con decisiones que te alejen del misterio que eres. Descubre los tuyos propios y deja que se fundan con el ahora. Al fin y al cabo…

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Mujer…

8M, Día de la Mujer. La fecha se aproxima en el calendario y, como cada año, algo se me despierta dentro. Ya no participo en ninguna manifestación, se me quitaron las ganas de reivindicar lo nuestro… me apetece vivirlo. Es otro día más, cierto, con sus 24 horas, su día y su noche, su periodo de vigilia y su periodo de sueño. Pero… me entran más ganas de bailar, de cantar, de ser tan fuerte como las olas del mar, tan delicada como una gota de rocío en la mañana, de explorarme en todos mis registros y de agradecerme vivir…

Hoy es una oportunidad para descubrir lo femenino en el aullido del viento, en la piel de los árboles, en las piedras que el río suaviza a lo largo del tiempo. Mi naturaleza reside en cada rincón en el que  mi mirada se deposite, y es que dicen por ahí que en las mujeres predomina la conectividad entre ambos hemisferios cerebrales… Este dato siempre me ha hecho pensar, en mi mundo de ignorancia científica, que estamos equipadas con una brújula mágica que nos hace relacionar puntos aparentemente inconexos, dotar de significado detalles que pudieran pasar desapercibidos y leer eso que algunxs llaman señales. ¿No es Shakira la que canta algo así como que “las mujeres somos las de la intuición”?

Yo no sé si es la fecha o el revuelo preprimaveral, pero la aproximación al 8 de marzo… ¡me empodera! Y no, no me entran ganas de decirnos mejores que los hombres, ni tampoco que seamos iguales (tampoco menos, por supuestísimo). Una vez aterrizadxs en este planeta, nos hemos ganado el derecho a habitar nuestra propia existencia, independientemente de cualquier condición que pretenda definirnos, clasificarnos o separarnos. Lo doy por hecho, y creo que las trabas en el ejercicio de nuestra libertad no son exclusivas de las mujeres.

Pero como estos días hablamos de mujeres… ¡me vengo arriba! Me atrevo a soñar, a creer, a ser… me atrevo a atreverme. Lo que otros días puede ser considerado como riesgo o peligro, aquello que en otras ocasiones genera miedo y desconfianza, de repente se convierte en un resorte hacia delante, en un incentivo al propio crecimiento, en un motivo de risa y disfrute. El poder que adormecido nos espera en algún rincón de nuestro interior, despierta para mostrarnos la belleza que podemos crear a nuestro alrededor cuando le permitimos expresarse… la misma belleza de la que nace.

Y es que en los últimos meses, he tenido la fortuna de cruzarme con muchas mujeres, y todas ellas han pellizcado mi corazón, le han hecho pegar un brinco y amar un poco más. ¡Gracias a todas ellas! A las que acaban de llegar, a las que ya no están a mi lado, a las que permanecen con el paso del tiempo y a las que todavía no tengo el placer de conocer. Gracias, mujer, por ser valiente. Gracias, mujer, por crear realidades lindas de las que me haces formar parte. Gracias, mujer, por ser dulce, amarga, ácida, picante y salada. Gracias, mujer, por ser madre, hermana, hija, abuela y cuñada. Gracias, mujer, por ser salvaje, loca, bella, libre… tú.

Se nos han dicho muchas cosas a las mujeres. Unas nos gustan más, otras nos gustan menos. Pero lo que nadie nos puede decir a cada una de nosotras (ya sean emitidas por voces de hombres o de otras mujeres) es nuestra ruta de viaje. Cada una de nosotras es…

  • Linda como la luz del sol, perfecta en su brillar.
  • Irremplazable y única en su especie.
  • Buscadora de su verdad, incansable exploradora.
  • Reina de su propia vida, monarca de sus decisiones.
  • Empoderada! Como solo ella puede ser.

No suelo yo hacer muchas distinciones entre hombres y mujeres, la verdad. Entiendo, como mujer que soy, los retos a los que nos enfrentamos en este mundo (cada cultura con sus particularidades, incluida cada cultura familiar, local, empresarial…) Pero también puedo ver los retos que se les presenta a los hombres… Lo veo, pero… me voy a conceder el lujazo de poner hoy mi mirada en esa mitad de la población mundial en la que me incluyo. Y es que no es lo mismo… No quiero entrar en reivindicaciones ahora, aunque si dejo de teclear me asaltan las ideas de la mutilación genital femenina, la trata y otros muchos ejemplos que justifican gritos, puños en alto y pancartas. Respira… 1, 2, 3… ¡De vuelta!

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No, no, no, no… Tanto NO me aleja de lo que SÍ, que al fin y al cabo es lo que encierra la fuerza que genera el cambio. Sí somos fuertes, sí somos creativas, sí luchamos por nuestros sueños, sí tenemos acceso a todo nuestro potencial, sí podemos elegir, sí guardamos en nuestros corazones las semillas que germinan un mundo mejor, sí multiplicamos cuando en nuestra diversidad nos unimos, sí desbordamos gracia y alegría de vivir. Sí.

Recuerda, haz presente, que eres la única que vive la vida que se ha puesto en tus manos. Libera a la Doncella para que limpie tu mirada con su inocencia y te empuje con su fuerza. Implora a la Madre para que te proteja con su coraje y guíe con su luz. Despierta a la Anciana para que te muestre tu sabiduría innata y te envuelva en su sosegada presencia. Reconcíliate con la Diosa que eres. Permítete tu vida, mujer, a tu manera particular. Ni sumisa ni devota, te quiero libre, linda y loca!

 

Caminar entre árboles… Ser árbol

Síndrome premenstrual. Esos días en que la sensibilidad se hace fuerte y presenciar cualquier detalle nimio supone romper en llanto… Una sonrisa, una caricia discreta, una chimenea echando humo, una tímida flor morada que se asoma entre el omnipresente verde, la perra enroscándose para echarse una siesta, una persona ayudando a otra a cargar con algo pesado… El día a día se colma de pequeñas cosas de una intensidad desmedida. Tanto estímulo colapsa los sentidos, estruja el corazón y le susurra “ey, eres parte de esta belleza, no lo olvides”.

Síndrome premenstrual. Esos días en que todo parece confuso, en que todo cuesta un poco más, en que todo se descoloca de una forma un poco rara. Dudas, incertidumbres, dilemas, pasos patosos, ausencia de necesidad de socializar, ganas de chocolate e hidratos de carbono varios, arrebatos de un cómico dramatismo que a estas alturas ya sé situar en mi calendario ovárico. Es que… mis ciclos es lo que tienen…

Salir… “beber, el rollo de siempre…”,se me ha colado Extremoduro. Ignoremos esta intromisión musical (si guardara 1€ por cada una de estas, ya tendría para comprar un cajón para las abejas… ¡o un remolque para el Suzuki!). Como iba diciendo… Salir… Calzarse las botas, hincharse los pulmones de aire nuevo, llenar los bolsillos de nueces y dirigir los pasos hacia algún lugar en el que sentirse más lobx (o ardilla) y menos humanx culturizadx.

Caminar tiene ese efecto terapéutico, ¿no? Si la mente va rápida y desenfocada, apuras el paso. Los pies contra el suelo emiten una especie de mensaje que recorre piernas, espalda, pecho y garganta para llegar hasta la cabeza, donde explota en un eco que retumba por encima del desorden. Pronto sientes el corazón latir con más brío, las mejillas cálidas a pesar del frío. El aire demuele obstáculos a su paso y llega hasta el último rincón de tu ser. Y todo a tu alrededor… despierta poco a poco. Tus pasos se espacian más para poder formar parte de ese momento. Recuerdas la belleza que te rodea de repente y decides dejar que se cuele por cada poro de tu piel. Te concedes el permiso de merecerla y disfrutarla. Es tuya. Eres tú en ella. Es.

Algo que me encanta contemplar cuando camino son los árboles. Parecen estar ahí desde siempre y, sin embargo, son tan finitos como tú y como yo. Un día nacen y un día mueren. Entre medias, viven. Y… ¡son tan sabios! ¿Te has fijado alguna vez, que cuando sopla el viento sus hojas aplauden? Eso sucede sobre todo si están secas. Fíjate, todavía les quedan fuerzas para aplaudir. Ejemplares…

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Mi compañero se los sabe todos. Va nombrando cuál es cuál y explica sus utilidades: el castañar (castaño) aguanta mucho, perfecto para la estructura de una casa sólida y duradera. El abedul es muy ligero, pero resiste menos, así que lo podría usar para ese invernadero móvil que quieres que te haga para el huerto (mis obsesiones con la rotación de cultivos y la necesidad de proteger los tomates del clima de la montaña asturiana). El rebuchu (roble) tiene unos dibujos muy bonitos, así que podría hacer un reloj, o una lámpara. Y así con todos. Una vez concluída su lección de botánica aplicada a la construcción, culmina con un “¡cuánta leña, eh?!” Siempre pienso que debió de pasar mucho frío en otra vida, es lo único que explicaría su obsesión con la leña.

Caminar me deja, por supuesto y afortunadamente, espacios para el silencio. Y en esos espacios me limito a admirar la vida de esos árboles, a aprender de su majestuosa sencillez. Un árbol es y está ahí. No le pidió permiso a nadie, ni tampoco fue a un registro a que le asignaran un número y un carnet obligatorio. Le da igual que tú lo admires o lo rechaces. No le importa que bendigas su sombra, o que la maldigas… va a seguir dándotela. No espera a que le digas lo que tiene que hacer, así que hunde sus raíces en la tierra en busca de respuestas y alza sus ramas hacia el cielo implorando al sol. Sea lo que sea lo que estos le cuentan, cada vez se hace más fuerte. No necesita que le agradezcas el oxígeno que te regala, pero te lo da igualmente. Esparce sus frutos por la tierra sin interés alguno, independientemente de que los recojas o no. Ofrece cobijo a pájaros y ardillas, líquenes y setas. Su esencia es perfecta. Un árbol, es un árbol. Su naturaleza, es ser árbol.

Y es que… además, se permiten responder a la necesidad de ser, y saben ser muy bien. No hay uno igual a otro. Los hay que crecen rectos hacia arriba, sin una curva, muy serios ellos entre los demás. Los hay que muestran sus vigorosas cicatrices de guerra sin ocultarle nada a nadie. Los hay que prefieren rodearse de otros árboles y los hay que prefieren vivir en solitario. Los hay que esconden su corteza tras el musgo y le ceden el protagonismo. Los hay que, desafiando las normas, crecen paralelos al suelo (¿ponemos un columpio?). Los hay que se fusionan con el de al lado formando una especie de árbol siamés. Los hay rugosos y lisos, altos y bajos, gordos y flacos…

Todos ellos, juntos y en equipo, configuran el bosque en el que te pierdes, oxigenas y encuentras. Son el hogar de águilas y cuervos, gnomos y duendes. No se lo han propuesto, pero lo han conseguido. Y es que, juntos o por separado, los árboles cumplen su función, saben lo que tienen que hacer y lo hacen. Ejemplifican la obra maestra que todxs podemos llegar a ser si nos lo permitimos. Así como el árbol es perfecto en su genuina singularidad, también tú y yo en la expresión de nuestra naturaleza más esencial. Así como el cerezo no puede pretender ser un acebo, tú no puedes pretender ser fulanx o menganx. El cerezo ofrece cerezas porque sabe que es un cerezo. Y tú puedes ofrecer lo que eres porque sabes quién eres. Y antes de empezar a desvariar sobre macedonias y cócteles de frutas (y, lo que es peor, canciones de campamento asociadas…), te animo (me incluyo) a sentirte árbol sin serlo, a hundir tus raíces en la tierra y erguir tu cuerpo hacia el cielo, a crecer de la forma que mejor responda a tu naturaleza y a regalar la deliciosa fruta que sólo de ti puede nacer.

Transforma el ruido de tu mente en un regalo para el alma

Me encanta el silencio… Su apacible presencia me desapega de lo que me parecía relevante hace un instante. Embalsama mi cuerpo, expande mi mente y casi me da alas. Suave caricia que me devuelve a la quietud fetal, perfecta nana que me sumerge en el infinito. Es tan delicioso… como efímero.

El silencio consigue fusionarse con el chisporroteo del fuego, el canto de los pájaros, el viento, los cencerros de vacas, ovejas y cabras, la lluvia, el revolcón de un par de gatxs traviesxs, el crujido de la tierra bajo los pies de lxs caminantes… Juntxs crean una sinfonía silenciosa, una sinergia de la que soy participe a través del sonido de mi respiración. La sinfonía silenciosa es de una delicadeza extrema y capaz de enternecer al corazón intrépido que se asoma al ahora.

Y sin recibir la invitación de nadie, sin escrúpulos ante momentos de tal belleza… Irrumpe esa loca con maracas y gaitas que vive en la azotea. Le encanta hacerse oír y desbancar al silencio con sus estridencias y cabriolas. Indómita, rebelde y necia, terca como una mula (y mira que son tercas las mulas…). Así es ella cuando se lo propone, cuando le permito desde mi inconsciencia tomar la batuta de la orquesta. Y es que la mente… ¡se las trae! Danza, salta, parlotea y poco le importa que haya limpiado u ordenado por ahí arriba. A ella le encanta verlo todo, es curiosa, exploradora, todo lo quiere saber. Una vez empieza… ¡no para quietecita! Va de un lado a otro olisqueando, opinando, lanzando juicios y quejas. Es inconformista a la vez que cobarde, siempre prefiere huir a otro espacio-tiempo diferente al aquí-ahora y me niega el “simplemente”. ¡Ay, mente! ¡Qué pretenciosa me eres! Aunque esa sea tu naturaleza… no es tu meta.

No hay mayor cotorra… Quien inventó el TDAH se limitó a definir su propia mente, me temo. Pero… esta linda cotorrita, con tantas ganas de marearnos, de llevarnos por mil derroteros cada cual más extraño y de hacernos creer lo que no es… es una gran sierva, si conseguimos entrenarla como tal. No le gusta el látigo,  ni las órdenes,  así que tampoco hace falta que se los muestres. No se trata de eso. Pero… ¿y si entablamos una relación de amistad? Aceptemos su espíritu inquieto, su ávida necesidad de investigar más allá del ahora, su caminar de puntillas en varias direcciones dejando a su paso discretos y confusos rastros. Aceptemos que le falta brújula… ¡y ofrezcámosela!

Personalmente, no me gusta la TV, pero creo que representa un símil de lo que quiero explicar. Tantas cadenas, tan diferentes, tantos registros. Coges el mando y presionas los botones prestando una ligera atención a lo que muestra la pantalla. No te interesa, cambias. Esto tampoco, cambias. Ni esto, cambias. Haces zapping cómodamente reposadx en el mejor de los sillones y… ¡detente! Parece que hay algo que te impide cambiar de cadena. Estupendo, no cambies. Explóralo, date el permiso de conocer sus detalles, investiga sus recovecos, siente cómo resuena en ti.

¿Y si hacemos lo mismo con la mente? Deja pasar cada uno de sus pensamientos, no te enredes en ellos, no los alimentes con tu atención. Dependen tanto de la fuerza que les des, que tu indiferencia les hará abandonarte uno tras otro. Pero… ¡bueno! ¿Qué es esto? Asoma algo un poco diferente, con un tinte interesante. ¡Atrápalo! Cógelo entre tus dedos y siente su tacto, huélelo, obsérvalo, escúchalo, saboréalo. ¿Te hace cosquillas? ¿Te planta una sonrisa en la cara? Dedícale un poco más de tiempo. Papel y boli (o aparatito digital, si te va más el rollo tecnológico). No permitas que se escape esa idea sin imprimirte su huella. Hazle preguntas y anota sus respuestas. Dialoga con la loca de la azotea sobre esa preciosa creación que acaba de compartir contigo. No dejes que la entierre entre otras creaciones que no te han hecho cosquillas, que no te han plantado una sonrisa.

Es curioso… Cuando la mente nos lo pone difícil, le hacemos caso. Pero cuando nos lo pone fácil… recordamos que tenemos que poner la lavadora, que la factura de la luz es sumamente cara, que la comida nos ha quedado sosa hoy… No voy a poner ejemplos dramáticos en esta lista porque, aunque en ocasiones los haya, no los necesitamos para que la mente huya. Cualquier excusa es buena para desatenderla en sus arrebatos de genialidad. Y es que… realmente, es brillante. ¡Sobre todo si le concedemos el espacio para serlo!

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La mente es el ovario que incansable produce óvulos con un gran potencial de vida. Pero, si no los fecundamos con la semilla de nuestro amor, desgarran las paredes de nuestro útero y los menstruamos. Si, por el contrario, facilitamos la concepción de esa idea… ¡daremos a luz a algo único! No te prives ni a ti ni a lxs demás de tu poder creador. Agarra esa idea que ahora mismo te hace cosquillas, que te planta una sonrisa. Nútrela con tu atención, dialoga con ella, bautízala y búscale un escenario para que baile y un corazón para que acaricie… el tuyo. Permítela nacer y vívela en cada poro. Enamórate de cada instante que compartas con ella y agradece todo lo que trae para ti. Quizás, en algún rincón, haya alguien que se vea inspiradx por tu intrépida concepción, tu paciente gestación y tu deslumbrante parto. ¡Y seguramente le entren ganas de concederse ser madre! Jejeje 🙂 Atrévete a alumbrar las ideas que te hacen cosquillas, que te plantan una sonrisa. Es la mejor muestra de gratitud que le puedes devolver a la mente por haberte permitido transformar su ruido en un regalo para el alma.